Japón en su relato de origen, una creación de los dioses

A los japoneses les costó mucho tiempo y una profunda decepción renunciar a su mito de origen, aquel que decía que los miembros de la casa imperial descendían de los dioses, los mismos que crearon el archipiélago y todo lo que contiene. Lo que para muchos pueblos entrados en la modernidad eran relatos fantásticos que se habían conservado tradicionalmente pero que carecían del más mínimo crédito, para los japoneses formaban parte de una verdad sagrada que daba sentido a su existencia. Cuando el emperador Hirohito aceptó los términos de la rendición incondicional impuesta por Estados Unidos y lo comunicó a su pueblo a través de un mensaje radiofónico el 15 de agosto de 1945, Japón cayó en una profunda depresión porque no se entendía que el emperador hubiera dejado de ser un dios viviente.

Por orden del emperador Temmu, que reinó a finales del siglo VII, se inició la compilación de las tradiciones japonesas que, transmitidas oralmente, abarcaban todo lo ocurrido desde la era mítica de la creación del archipiélago. Esta labor se culminó treinta años después con la entrega de la obra ‘Kojiki’ a su sucesora, la emperatriz Gemmei. Esta ‘Crónica de antiguos hechos’ contiene lo esencial de los libros sagrados del sintoísmo que, como el judaísmo, constituye la religión de un pueblo y para un pueblo, con una característica peculiar, la de su encanto antiguo, rural e inocente, casi primitivo, que prefigura la poesía popular (renga) de siglos posteriores.

En realidad, hasta entonces la historia de Japón se había circunscrito a una continua lucha entre jefes de tribus y clanes por imponer su hegemonía en las islas. En el año 682, cuando se ordena la compilación, el emperador Temmu acaba de salir victorioso de una guerra de sucesión por la que usurpó el trono a su sobrino. Necesitaba perentoriamente justificar el poder recién adquirido y nada mejor que recurrir a las narraciones tradicionales para legitimar la nueva dinastía, así como establecer la subordinación de los otros clanes rivales y diferentes pueblos del archipiélago japonés a un poder centralizado mediante la construcción de una única identidad nacional representada por la casa imperial. De paso, el país se pondría a un nivel similar al de la poderosa civilización china, ya que el linaje gobernante japonés contaría con la respetable antigüedad que otorgan casi ocho siglos de existencia.

La compilación no estuvo exenta de depuraciones de tradiciones orales que podían proyectar dudas sobre la legitimidad del nuevo emperador y de ahí la “inquietud” imperial al ver muchos “errores” en las historias antiguas. Había que producir una “verdad” y elevarla a categoría de historia oficial, como relata Carlos Rubio en el prólogo a la edición española del Kojiki.

Uno de los motivos que impulsaron a Temmu a recoger las leyendas dispersas lo explica el mismo emperador en el prólogo del compilador: “Han llegado a mis oídos noticias de que las crónicas y memorias imperiales se apartan de la verdad, habiéndose añadido muchas historias contrarias a lo real. Si esto es así, será necesario enmendar sus errores de inmediato para que no desaparezca en pocos años la verdad sobre el pasado. Las crónicas y memorias imperiales nos han mostrado los comienzos de nuestra nación y han formado los fundamentos del gobierno. Es nuestra voluntad escudriñar esas crónicas y memorias, expurgarlas de errores y desviaciones de la verdad y escribirlas de nuevo”.

En un principio, nos dice el ‘Kojiki’, flotaba una capa de cieno en la oscuridad, en cuya parte superior merodeaban los espíritus divinos, los kami, en tanto que abajo todo era líquido. Las deidades que habitaban el Puente Flotante del Cielo pidieron a dos de los suyos, hermano y hermana, que pusieran orden en el barro; ambos batieron el cieno con la punta de una lanza cubierta de joyas y de esta acción surgió el primer islote del Mar Interior.

En este antiguo mito ya está implícita la posición subordinada de la mujer al hombre, aunque quizá fuera parte de la manipulación interesada, ya que la divinidad sintoísta más venerada es precisamente una diosa, Amaterasu. Nos cuenta el compilador que ambos dioses, Izanagi (el que invita) e Izanami (la que invita) descendieron sobre la isla recién creada y erigieron un pilar en el centro de la misma. Izanagi caminó rodeándolo por un lado e Izanami por el otro y cuando se encontraron ella dijo que le resultaba muy grato encontrarse con un joven tan encantador, pero él, lejos de sentirse elogiado, recriminó a la diosa que siendo mujer se atreviera a hablar primero, por lo que volvieron a empezar el ritual y de nuevo rodearon el pilar. Cuando se encontraron, él dijo que le resultaba muy grato encontrarse con una doncella tan hermosa y entonces, con el protocolo cumplido, se unieron en matrimonio y terminaron de crear el archipiélago japonés, además de la estirpe progenitora de la familia imperial.

Al principio, como desconocían el rito de la procreación tuvieron un niño sanguijuela que abandonaron en un cesto, pero inmediatamente después, tras repetir la vuelta al pilar, crearon islas y procrearon dioses: el dios del viento, el dios de los árboles, el dios de las montañas y el dios de las praderas y también el kami del Fuego, que acabó quemando y matando a su procreadora. Izanagi, como Orfeo, fue a rescatarla al País de Yomi, el país de las tinieblas, pero al contravenir las normas y volver la cabeza, el sortilegio se desmoronó y en su querida hermana sólo pudo ver un ser impuro y podrido en el que se escondía un espíritu maligno. Una vez a salvo, se dispuso a procrear más y más kami, entre ellos Amaterasu, la diosa del Sol, madre de todo el clan imperial y la figura principal del panteón sintoísta, compuesto por innumerables dioses que invaden todos los aspectos de la vida.

La descendencia divina otorgó a la familia imperial el derecho a gobernar por siempre. Según la mitología, Amaterasu entregó a su nieto Ninigi los tres símbolos del poder imperial -el espejo, la espada y las joyas- y lo envió a poner orden en el archipiélago, pero al llegar a la isla de Kyushu, en lugar de casarse con la hija mayor de un espíritu infernal, se enamoró de la hija pequeña y, en consecuencia, perdió el privilegio de la inmortalidad, pérdida que trasladó a toda su descendencia, incluido su biznieto, el emperador Jimmu, que emigró de Kyushu a Yamato y se instaló en ese territorio como si fuera la tierra prometida. Tras salir victorioso gracias a la asistencia divina en la lucha contra sus enemigos, ascendió al trono el 11 de febrero del año 660 antes de nuestra era, según el ‘Kojiki’, lo que desmienten categóricamente las crónicas chinas, más fiables.

Las leyendas también pretenden dejar establecido y legitimado el poder territorial de Yamato, cuyos dioses encabezados por Amaterasu como divinidad del Sol asumen una posición jerárquicamente superior a los dioses de la región periférica de Izumo, cuya deidad, Susanoo, hermano y rival de la diosa, se hace odioso a los hombres por su maldad y es castigado con el destierro a la Tierra de Yomi, es decir, el Reino de las Tinieblas, aunque luego es perdonado. De esta manera se reconocía la legitimidad del resto de clanes y su subordinación a la casa imperial.

La falsificación de un linaje de siglos por parte de la casa reinante japonesa respondía a una necesidad diplomática: cuando delegados japoneses acudían a la corte china tenían que hacer valer una antigüedad de siglos. El ‘Kojiki’ asegura que en los setecientos años en que no hay fuentes escritas propias, Japón ya era un imperio unificado cuando en realidad su territorio estaba fragmentado en más de cien unidades tribales. Todo indica que fue en torno al año 400 de nuestra era cuando una familia dirigente llegó a ejercer la soberanía territorial sobre un determinado número de clanes de la región central de Japón, en el área conocida como Yamato. Posiblemente tenga razón el ‘Kojiki’, aunque no acierte con el tiempo, cuando dice que la familia imperial, es decir, el clan que salió victorioso, provenía de Kyushu, la isla más próxima al continente, donde ya se conocían las técnicas militares de China y el uso del hierro, lo que podría haber facilitado la supremacía de los vencedores.

La primera referencia a Japón, la antigua tierra de Wa, en las crónicas de China no se produce hasta el año 57 de la era actual y gracias a ellas sabemos que la fecha de la creación del Estado japonés es un mito. Ese año, los Wa envían una delegación diplomática a China y dejan una fuerte impresión: los chinos dicen de los enviados de Yamato que su porte es feroz y altivo, “excepto cuando se embriagan con alcohol de arroz, cosa a la que parecen muy proclives”. Y cuentan que son gobernados por una emperatriz virgen y hechicera que vive encerrada, que cuando muere es seguida hacia su tumba por cien hombres, que sus adivinos son sucios y llevan los cabellos largos y que los navegantes de Wa se tatúan el cuerpo para asustar a los monstruos marinos.

China vuelve a hablar de ellos en el siglo V y ya entonces vuelven a reconocer su gusto firme en materia de vestimenta, lo que es llamativo teniendo en cuenta que Japón es el pueblo más estetizante del mundo. En la ‘Historia de la última dinastía Han’, recopilada en torno al año 448, se asegura que el archipiélago atravesó un periodo de luchas civiles durante el siglo II y en los anales chinos de la dinastía Wei, de mediados del siglo III se habla de una reina llamada Pimiku o Himiku (en japonés antiguo “hija del Sol”), que gobernaba una región norteña de Kyushu mediante magia y hechicería.

El soporte sintoísta del poder imperial ponía de relieve el papel religioso ejercido por el emperador y el hecho de que fuera el sumo sacerdote del sintoísmo permitió su supervivencia, incluso cuando era la aristocracia cortesana la que ostentaba el auténtico poder o durante los siglos del dominio del shogunato y de las guerras civiles entre clanes, alguna de ellas protagonizada por el propio emperador del momento. Nunca se prescindió del emperador, aunque su poder fuera simbólico.

El hecho de que Yasumaro, el compilador, escribiera el ‘Kojiki’ en japonés con ideogramas chinos era la expresión de que Japón se constituía como un imperio que se encargaba de sus propias crónicas y era dueño de su historia. Fortalecía así la identidad japonesa, aunque hasta el periodo Edo (1603-1867) no fue reconocido en todo su valor. En esta época se crea la Escuela de Aprendizaje Nacional con la pretensión de estudiar la historia del país, diferenciarse históricamente de China y ahondar en lo que era auténticamente japonés. Y el ‘Kojiki’ se presentó como tal, ajeno a las corrupciones de la cultura china, calificada de artificial y contraria al devenir sencillo y natural de lo japonés, que había sido deformado por el confucianismo. Se estipuló que Japón había sido creado por la diosa del Sol, que era el sol mismo y que la dinastía imperial descendía de ella, teoría que se convirtió en credo oficial de Japón tras la restauración del gobierno imperial en 1868. Respondían así a la llegada de las potencias extranjeras.

Los defensores del nacionalismo sintoísta afirmaban que los japoneses, al ser descendientes de los dioses, eran superiores a cualquier otro pueblo y esto constituyó durante mucho tiempo el núcleo de las doctrinas ultranacionalistas, que se exacerbaron durante el periodo Meiji, entre 1868 y 1912, y hasta la Segunda Guerra Mundial. Apenas iniciada la Restauración, se promulgó un edicto general que estipulaba lo siguiente: “Nuestro país es conocido como la tierra de los dioses y de todas las naciones del mundo ninguna es superior en costumbres y moral … En la Antigüedad, los descendientes del cielo descubrieron la tierra y crearon el orden moral y desde entonces el linaje imperial ha permanecido intacto … Todas las cosas de esta tierra pertenecen al emperador … y hemos de corresponderle, al menos con una mínima parte, a su honorable benevolencia …. como súbditos de la tierra de los dioses”.

Estos principios se incorporaron en el Edicto Imperial de Educación de 1890 que recitaron todos los escolares hasta después de la Segunda Guerra Mundial, un sistema de adoctrinamiento a favor del emperador y del nacionalismo más excluyente en un estado de naturaleza oligárquica y antidemocrática que desembocaría en una política imperialista con la ocupación de parte del territorio chino y el conflicto con Rusia del que Japón salió victorioso pero con escasos beneficios. Japón convirtió a Corea en una colonia y ocupó Manchuria. Su intención era situar las fronteras japonesas en el río Amur.

En la década de 1930 se puso especial énfasis en la defensa del carácter sagrado del sistema imperial y la superioridad de la raza japonesa y de su historia. Presionado por los ultranacionalistas, tanto militares como civiles, el ministro de Educación promulgó en 1937 los Fundamentos del Régimen Nacional, en los que aseguraba que el emperador descendía de la diosa Amaterasu y era el manantial de la vida y la moralidad del pueblo y condenaba el individualismo occidental, origen de ideas indeseables, como la democracia, el socialismo y el comunismo.

El entusiasmo por el ‘Kojiki’ se convirtió en fanatismo nacionalista y fue exaltado como la encarnación del “espíritu japonés” por sus valores de sencillez y virilidad y como la primera obra sintoísta escrita en japonés, aunque con ideogramas chinos. Se recuperaron y ensalzaron las aventuras de los primeros héroes y guerreros japoneses, fuertes y hábiles, defensores de los débiles, gigantes invencibles como Benkei, que encabezó, siguiendo a Yoshitsune, las huestes del clan Minamoto, pero que tras una victoria naval tuvieron que abandonar el país. Cuando todo está perdido, Yoshitsume pone fin a la vida de su hijo y de su esposa y se realiza el harakiri mientras Benkei, enfrentándose a las flechas de cientos de enemigos, permite que la ceremonia de muerte se lleve a cabo sin alteraciones.

Hacía años que los japoneses habían sido preparados desde la escuela para morir por el emperador; respetuosos con el fuerte, despreciaban profundamente a los débiles y convencidos de que eran la sal de la tierra no dudaron en mostrarse crueles con el enemigo al que no consideraban ni siquiera humano: en la batalla por la capital china, Nanjing, no dudaron en acabar con la vida de más de doscientos mil civiles y prisioneros de guerra de la forma más brutal.

La venganza fue extrema: Estados Unidos bombardeó más de sesenta ciudades, entre ellas Tokio, que perdió el 57% de sus edificios, y después lanzó dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Las bajas del ejército japonés durante la guerra llegaron a los dos millones y el número de civiles muertos alcanzó el millón.

Más de doscientos mil soldados japoneses se suicidaron en acciones de guerra, al grito de ‘Banzai’ y por el emperador. Descubrir que Hirohito era un personaje minúsculo, cuya voz en la radio no era de ningún modo imponente, que habían perdido la guerra, que no eran el pueblo mejor de la tierra y que todo el sufrimiento causado y recibido no había servido para nada, sólo para la destrucción, debió ser terriblemente desolador.

El escritor Kenzaburo Oe señala que ese día, el 15 de agosto de 1945, “Los adultos estaban sentados alrededor de los aparatos de radio y lloraban. Los niños se reunían en la polvorienta calle y murmuraban su perplejidad. Pero lo que más nos sorprendió y decepcionó fue descubrir que el emperador hablaba con voz humana… ¿Cómo podíamos creer que una divina presencia con tanto poder se había convertido en una simple voz humana?”.

Lecturas

  • Kojiki. Crónicas de antiguos hechos de Japón’, traducción del japonés de Carlos Rubio y Rumi Tani Moratalla, Editorial Trotta, 2012
  • Mikiso Hane, ‘Breve historia de Japón’, Alianza 2011
  • Nicolas Bouvier, ‘Crónica japonesa’, La Línea del Horizonte Ediciones, 2016
  • Kenzaburo Oé, ‘Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura’, Anagrama. 1968

El éxito de un fracaso: ‘Magallanes&Co.’ de Isabel Soler.

La expedición de Fernando de Magallanes es la historia de un negocio fracasado y una circunnavegación exitosa: dio la vuelta al mundo pero no era ése el objetivo. Hicieron setenta mil kilómetros a bordo de cinco naves, luego dos y finalmente una sola, durante dos años, once meses y dieciocho días, entre 1519 y 1522, y el mar quedó sembrado de muertos.

Frente a las crónicas oficiales que hablan de planes premeditados, Isabel Soler nos presenta unos hechos que se fueron sucediendo de forma fortuita y de un proyecto -que no era de ninguna manera dar la vuelta al mundo- que se fue al garete a poco de llegar a la mitad del viaje. Y en este relato, basado en una exhaustiva documentación consultada por la autora, emerge un Magallanes de luces y sombras, de voluntad y resignación. Tradicionalmente su figura ya era polémica porque fue tildado de traidor en Portugal y ninguneado en España al no ser él sino Juan Sebastián Elcano y los diecisiete hombres de la nao ‘Victoria’ quienes completaron la vuelta al mundo, de forma que el vasco de Getaria quedó consignado como el verdadero héroe de la expedición en la historiografía española.

Cinco meses después de cruzar la frontera portuguesa de manera desabrida al sentirse agraviado por el rey Manuel, que había rechazado aumentarle la pensión por los ocho años que peleó por Portugal en el Índico, hacia marzo de 1518 Magallanes se presentó en Valladolid con una carta, un mapa y un libro, en competencia con muchos otros, desde Pánfilo de Narváez al padre Las Casas, que esperaban audiencia para asuntos urgentes de las Indias del jovencísimo recién llegado rey Carlos.

El proyecto de Magallanes sedujo al rey y tuvo mucho que ver en este aval regio el mapa que llevaba consigo y que había encargado expresamente. En él se mostraba un mundo que pocos conocían y con él defendió una ruta hacia poniente para llegar a las islas de las especias pasando por “un estrecho que estaba muy escondido”, en palabras del principal cronista del viaje, Pigafetta. Según sus cálculos, el antimeridiano de Tordesillas dejaba las Molucas en el lado español del mundo y ése era el objetivo de la expedición, que tampoco tenía que ver, dice Soler, con “las ansias imperialistas y universalistas de los reyes peninsulares”, sino con el comercio y el enriquecimiento a costa de las especias, tan apreciadas y tan lejanas.

Tampoco el rey portugués rechazó el proyecto como antes se había hecho con Colón por la sencilla razón de que Magallanes no se lo presentó porque sabía perfectamente que al rey Manuel no le interesaba alcanzar las islas del Maluco por otros derroteros que no fueran los habituales por los que le llegaban a Lisboa el clavo y la nuez moscada. Sí quería volver a las Molucas, pero bajo las órdenes del rey portugués, lo que parece que no consiguió. Su intención desde que volviera de la India era poder regresar a las islas de las especias para hacer negocios y quizá no tuviera clara la forma de hacerlo hasta que, sintiéndose agraviado, se dispuso a cruzar la frontera y ponerse a disposición del rey español.

El plan que Magallanes expuso al rey Carlos consistía en alcanzar las Molucas siguiendo el poniente y regresar por el mismo camino, a lo que añadió que podía demostrar que esas islas pertenecían a la Corona española, una idea ya antigua en España pero que ahora el portugués reforzaba con la ayuda de su socio y astrónomo Ruy Faleiro, también enfadado con el rey Manuel. No era ninguna idea descabellada para los consejeros castellanos ni para la Casa de la Contratación de Sevilla, aunque sí lo fuera para el joven rey Carlos y sus consejeros flamencos. El abuelo de Carlos, Fernando el Católico, ya había planeado en 1512 con Juan Díaz de Solís una expedición para tomar posesión de todo lo que consideraba que pertenecía a la corona castellana, y más concretamente del archipiélago de las especias, pero el proyecto se vino abajo porque Solís pretendía llegar a Oriente por el cabo de Buena Esperanza, algo que el rey Manuel no estaba dispuesto a consentir.

En la reunión de Magallanes con el rey Carlos estuvo presente fray Bartolomé de las Casas y cuenta que los portugueses se comprometieron a llegar a las islas de Maluco por “cierto estrecho mar que sabían”, aunque en el mapa que mostraron el sur de América estaba en blanco “porque alguno no se lo saltease”. También mostró una carta de su amigo Francisco Serrao, escrita en Tidore, una de las cinco pequeñas islas Molucas, en las que crecían de forma espontánea los claveros; en ella le decía que se apresurara en llegar para hacerse rico.

Lo que definitivamente convenció al rey fue que Cristóbal de Haro, mercader burgalés y valedor de Magallanes, se ofreciera a financiar la expedición; para no ser menos, el joven Carlos hizo que intervinieran también los prestamistas alemanes Fugger y Welser. Soler hace cálculos exhaustivos de lo que costaron las naves y su avituallamiento y la cantidad de especias que consiguieron traer Elcano y sus compañeros tras casi tres años de viaje y escondiéndose de los portugueses. Los beneficios no fueron grandes, aunque por otra parte la expedición era de exploración, no de carga, que eso vendría más adelante.

Comenzaron los preparativos en marzo de 1518, con la condición impuesta por el rey Carlos de que se evitara cualquier conflicto con el rey Manuel de Portugal. Eso obligaba a la expedición a encontrar un paso en la Antártida, pero difícilmente podría evitarse la confrontación si el proyecto consistía en demostrar que las Molucas, por su ubicación, caían en la partición correspondiente a Castilla, gracias a lo cual España podría hacerse con la “especiería” que no había encontrado en América.

Determinación y seguridad en sí mismo caracterizan a Magallanes. Y ambición, tal vez algo de codicia y mucho de soberbia, pero también de conocimientos. Sabía desde 1511, porque allí estuvo, dónde se ubicaban las islas Molucas o del Maluco, las cinco pequeñas islas de Tenate, Tidore, Motor, Makián y Bachán. La primera parte del libro de Soler es un relato de los hechos de armas de los portugueses en la costa indostánica y la conquista de Malaca, en la que Magallanes participó, aunque mucho se debió de eliminar posteriormente por parte de Portugal para evitar que quedara constancia oficial de su presencia. Y en cuanto al paso por el estrecho del sur, parece que nuestro navegante tenía algunas noticias porque quizá -sospecha De las Casas- habría visto una carta de marear del piloto Martín de Bohemia guardada no a muy buen recaudo en la tesorería del rey de Portugal. De lo que no sabía nada era de la inmensidad del Pacífico.

A partir del Río de la Plata, la expedición navega por lugares desconocidos, a la búsqueda de un paso que les permita pasar al otro océano. Y mientras tanto, frío, tempestades, olas de más de diez metros, temibles vientos, escasez de alimentos, motines como el que protagonizó Juan de Cartagena, y deserciones, como la de la nao ‘San Antonio’, que tomó el rumbo de regreso a España muy poco antes de encontrar el estrecho el 28 de noviembre de 1520. Necesitaron siete semanas de navegación por inhóspitos y peligrosos canales en una hazaña sin parangón.

La tripulación de las tres naves que quedaban de las cinco que iniciaron la expedición en Sevilla el 10 de agosto de 1519, pudo desde la costa chilena contemplar la inmensidad del océano. Magallanes sabía que era grande, pero no tanto. Comenzaron ciento cinco días de navegación a ciegas aunque acertada y recorrieron sin escalas más de dieciocho mil kilómetros, en los que apenas se divisaban algunos islotes perdidos. El océano se mantuvo tranquilo y Magallanes lo llamó Pacífico. Pero la singladura fue terriblemente cruel, tal como relata Pigafetta: el agua pútrida, la galleta infestada de gusanos, las botas y el serrín como últimos recursos alimentarios y, lo peor, el escorbuto.

Llegan por fin a unas islas, las de San Lázaro, que luego serían rebautizadas como parte del archipiélago de Filipinas. Es entonces cuando Magallanes se iba a dar cuenta de que las Molucas no estaban en el lado de España, sino en el de Portugal. La Armada que dirigía había superado el antimeridiano de Tordesillas. Quizá en aquel momento, señala Isabel Soler, Magallanes pensó en no volver. Puede que lo hubiera pensado antes, a raíz del motín en San Julián y la deserción de la ‘San Antonio’, pero su error en los cálculos iba a empujarle en esa dirección: no tenía nada que ofrecer al rey Carlos y su viaje había resultado un auténtico fracaso. En España sólo le esperaba responder a graves acusaciones de abuso de poder. Deambuló cuarenta y tres días por las Filipinas, cuando las Molucas estaban ya tan cerca y en diez días podría haber alcanzado Ternate. Visitó varias islas y se empeñó en evangelizar a sus reyezuelos, cuando Magallanes nunca había dado señales de acendrada religiosidad.

Con la intención de buscar pilotos como guías y avituallarse en el intrincado laberinto de las más de siete mil islas del archipiélago filipino, las tres naves se dirigieron a Cebú, principal centro económico de las Visayas dedicado a la exportación de algodón, esclavos y oro. El rey Humabon les exigió un impuesto, como era la costumbre en estos enclaves mercantiles y Henrique, el intérprete y esclavo de Magallanes, le dijo que su señor no pagaba tasas y que si querían guerra, la tendrían. Humabon cambió de actitud y propuso una alianza que habría de ser sellada con un pacto de sangre. Magallanes pensó que era un buen momento para inducirlos a la fe y los cebuanos, al parecer medio convencidos, pidieron un religioso que les adoctrinase. Todo acabó en un banquete e intercambios de regalos y con Humabon aprovechando para pedir a Magallanes que atacase a sus enemigos, a cambio de bautizarse y la promesa de quemar todos sus ídolos.

Ocho días duró el bautizo de todos los habitantes de la isla y también de otras, cuenta Pigafetta. Magallanes se mostraba cada vez más entusiasmado con su nueva labor evangelizadora y parecía no ver el momento de completar el plan expedicionario. Isabel Soler señala que quizá se le hubiera pasado por la cabeza que “las Molucas habían dejado de ser el destino de aquella expedición y que valía la pena estudiar las posibilidades de Cebú y alrededores”, aunque no hubiera ni clavo ni nuez moscada, y “quizá pensó que, ya que no podía hacer nada por las supuestas especias del emperador Carlos, haría algo por Dios y convertiría al cristianismo a toda aquella gente”. Quizá no fuera sólo fervor religioso, sino estrategia porque cristianizar equivalía a tomar posesión en nombre de Castilla de todas aquellas islas que habían sido paganas, algo a lo que tenía derecho sólo por ser un reino cristiano.

Humabon le pidió que diera una lección a un cacique rebelde y Magallanes no se lo pensó dos veces y acudió a una peligrosa playa con cuarenta de sus hombres. Los indígenas de la isla de Mactán lo repelieron con lanzas, flechas y piedras y obligaron a retirarse a los españoles. Varios muertos quedaron en la playa, entre los que figuraba Magallanes, y los isleños se negaron a entregar los cadáveres.

El capitán general ni llegó al Maluco ni demostró en qué lado del antimeridiano quedaban las islas de las especias. Tras su muerte, el capitán de la ‘Trinidad’, Duarte Barbosa, envió con amenazas a Henrique a ayudar en los tratos comerciales que aún había que hacer en Cebú y parece que el esclavo de Magallanes, al que su amo había prometido liberar en el momento de su muerte, indujo a Humabon a ponerse en contra de los españoles. Hubo un banquete de despedida y mataron a todos los que acudieron, entre ellos el propio Duarte Barbosa y los capitanes de la ‘Concepción’ y de la ‘Victoria’.

Tras la masacre quedaron ciento trece hombres que, tras desguazar la ‘Concepción’,se distribuyeron entre las otras dos naos. El mando lo tomó Joao Lopes de Carvalho en la ‘Trinidad’ y Gómez de Espinosa fue nombrado capitán de la ‘Victoria’. Las naves estuvieron dando tumbos durante mucho tiempo, de isla en isla, navegando hacia poniente. Dos meses después de zarpar de Cebú llegaron a Brunei, en Borneo, donde todo podría haber ido bien si no hubiera sido por un malentendido y por la obsesión de Carvalho de hacer negocios con secuestros de principales, lo que le valió ser sustituido por Juan Sebastián Elcano, el que fuera maestre de la ‘Concepción’. “Aquella flamante Armada de las Especias -comenta Soler- parecía ya un desvencijado convoy corsario”.

Por fin llegaron a Tidore, siete meses después de que abandonaran la filipina Cebú, y comenzaron los intercambios comerciales para adquirir clavo a cambio de los productos robados a los juncos que habían atacado en los últimos meses. En diciembre de 1521 zarpó la ‘Victoria’ para aprovechar los vientos de levante, pero la ‘Trinidad’ tuvo que quedarse para ser reparada. El plan de la ‘Victoria’ era volver por la ruta portuguesa del cabo de Buena Esperanza, pese a los riesgos que suponía ser descubiertos por los “dueños” del Índico. A partir de Timor iniciaron una navegación a ciegas pero exitosa porque el rumbo seguido por Elcano, aunque temerario, le salió bien, por pura casualidad.

La ‘Trinidad’, en cambio, partió en abril hacia el noreste para enfrentarse de nuevo con el Pacífico y con la intención de llegar a Panamá, pero acabó en el norte del Japón, arrastrada por el temporal, por lo que decidieron regresar al Maluco. Fueron muchos los que murieron, un goteo incesante y algunos desertaron cuando les fue posible. En la isla de Halmahera supieron que los portugueses estaban en Ternate y les rogaron que les socorrieran, tal era su estado. De la veintena de hombres que consiguieron llegar vivos al Maluco, algunos murieron en aquel mes de octubre de 1522; sólo cuatro de la ‘Trinidad’ volvieron a la península. Con la ‘Victoria’ llegaron dieciocho el 6 de septiembre de 1522, con Juan Sebastián Elcano al frente. Habían completado por primera vez la vuelta al mundo.

Reseña

Isabel Soler, ‘Magallanes&Co.’ Acantilado, 2022

Escitas, los bárbaros

La estirpe de los escitas se tuvo durante mucho tiempo como la más antigua e incluso se llegó a discutir cuál lo era más, si ésta o la de los egipcios, por su persistencia en el tiempo y la extensión de las tierras que habitaron. Y, sin embargo, los antiguos sabían muy poco de unos nómadas que no dejaron huella en la estepa, que eran como el viento y nada edificaron, y como dice Heródoto “ni tienen ciudades fundadas ni muros levantados, todos sin casa ni habitación fija”.

Empezaron a llegar a Europa hace tres mil años, procedentes de las gélidas comarcas asiáticas del Altai y se distribuyeron en oleadas migratorias que cubrieron desde el mar del Japón al territorio de la actual Hungría, pero los expertos prefieren reservar la denominación de escitas para los grupos de lengua indoeuropea que se establecieron entre los años 700 y 300 aec. en los litorales del mar Negro y del mar de Azov y en el sur de Rusia, en la región de los grandes ríos, el Dniéper, el Volga y el Don. Allí fue donde los griegos los conocieron y los trataron, cuando impulsados por la necesidad, establecieron las primeras pesquerías en la parte occidental del mar Negro.

Los escritos persas de la época aqueménida que se refieren a los escitas señalan que aparecieron repentinamente en el Cáucaso, procedentes del norte y Heródoto confirma que, derrotados por los masagetas, se trasladaron a las tierras de los cimerios y las conquistaron obligando a estos últimos a refugiarse en el Asia Menor. También certifica estas migraciones la crónica de Chi King, que narra la derrota de nómadas a manos de la dinastía Chu: en cierto momento, el pueblo de los maságetas sufrió el empuje de una oleada de los ancestros de los hunos y repercutió en los escitas, sus vecinos occidentales, que se dirigieron al norte del mar Negro, tras franquear el Volga.

La invasión cimeria se agotó enseguida, tras las incursiones de saqueo en Urartu, Asiria, Anatolia y Frigia; en Lidia tomaron Sardes, pero tras ser derrotados por los propios lidios sus huellas se pierden entre el resto de las poblaciones de Asia. El peligro no estaba en los cimerios, sino en los escitas, los primeros nómadas de verdad que conoció la historia. En persecución de los cimerios se trasladaron al sur y comenzaron una larga aventura de pillajes y de éxitos. Avanzaban provistos de arcos de doble curvatura y extraordinaria precisión y a lomos de sus preciados caballos, que lo eran todo para ellos: con ellos iban a la guerra, con ellos viajaban y también eran la fuente de su alimento, la leche y la carne. Detrás de los guerreros iban las ciudades ambulantes compuestas por centenares de carros, arrastrados por bueyes, en los que viajaban las mujeres, los hijos y los tesoros de la familia.

En el siglo VII aec. los escitas se aliaron con los asirios y en sus correrías saquearon Siria y llegaron hasta Arabia y Egipto, donde el faraón Psamético hubo de pagarles para que se retiraran. El profeta Jeremías describe el terror que producían: “He aquí que avanzan las oleadas del norte, se convierten en un torrente que se desborda, inunda la Tierra y lo que contiene, las ciudades con sus habitantes; gritan los hombres, aúllan todos los habitantes de la Tierra, ante el martilleo de los cascos de los caballos de guerra, ante el fragor de los carros, ante el estruendo de las ruedas”.

Aprovecharon la inestabilidad del imperio asirio, tras la muerte de Assurbanipal, para cambiar de socios y esta vez junto a los medos, rudos montañeses que habitaban en la zona de los montes Zagros, y los babilonios, conquistaron Nínive en el año 612 aec. Durante “veintiocho años”, cuenta Heródoto, dominaron la Media, donde “todo fue destruido por su despotismo e incuria”. Luego fueron derrotados a su vez por los medos y, excepto algún príncipe escita y expertos jinetes que se alistaron en la caballería enemiga como guerreros e instructores, volvieron sobre sus pasos y cruzando de nuevo el Caúcaso se instalaron en las orillas del Caspio y en el norte del mar Negro.

Allí los encontró Heródoto, cuando hacia el año 450 aec, quizá comisionado por el mismo Pericles para convencer a Atenas de que debía ampliar su influencia marítima y enviar una expedición naval que pusiera estas ciudades bajo su protección, viajó al litoral norte del mar Negro. La expedición de Pericles partió en 447 aec, y las colonias griegas formaron parte del breve imperio marítimo de Atenas. Heródoto se estableció en Olbia, una importante colonia griega situada en la desembocadura del río Bug que ya tenía más de un siglo y medio de existencia y que dominaba el comercio del trigo. Muchas polis, en particular Atenas, importaba alrededor de 63.000 toneladas de grano del Bósforo cada año, según Demóstenes,y dependían peligrosamente del cereal de la estepa.

Los escitas no sólo vendían esclavos, pieles y otras mercancías a los griegos; también se implicaron en el cultivo y en el negocio de la exportación de cereal. Precisamente el historiador jónico nos divide la Escitia en tres partes: una, que podríamos llamar central, en la que se sitúan las colonias griegas y las zonas agrícolas situadas en torno al mar Negro; una población de escitas nómadas en la parte intermedia y, en la periferia, los salvajes, que comprendían también otras tribus, como la de los isedones, los arimaspos de un solo ojo y los grifos alados, todos provistos de connotaciones monstruosas.

Sobre el origen de los escitas, los colonos griegos de Olbia contaron a Heródoto una leyenda en la que Hércules aparece como el progenitor, en un curioso alarde de sincretismo mitológico. Volvía el héroe de finalizar su décimo trabajo, dar muerte a Gerión en la península ibérica y quedarse con las enormes vacas del gigante con las que iba cruzando Europa cuando, llegado a la estepa, una grandísima tormenta le obligó a cobijarse. Se quedó dormido y al despertar ya no tenía las yeguas que le habían acompañado. En su búsqueda se internó en los bosques de Hilea y en una cueva halló a una mujer que tenía cola de ofidio en lugar de piernas y que le prometió revelarle dónde estaban sus animales a cambio de que yaciera con ella. Quedó embarazada de tres niños, pero sólo uno cumpliría la profecía del héroe griego: Escita, nacido tras Agatirso y Gelono, fue el único que logró manejar el arco compuesto y por lo tanto gobernar como primer rey a toda su progenie. La Mixoparthenos, reina-serpiente de la mitología irania, fue venerada por los nómadas mucho antes de que los griegos fundasen colonias en la costa de Ucrania y Crimea y con el tiempo se convirtió en la diosa mayor del reino sármata del Bósforo y de la ciudad de Panticapea.

No obstante, los escitas tenían otra historia que contar y que también recogió Heródoto. La diosa Tabiti dejó caer del cielo tres objetos de oro incandescente: un arado con el yugo, un hacha de guerra y una copa. Los tres hijos del primer hombre intentaron recogerlos pero los dos primeros tuvieron que abandonar la empresa por la violencia del fuego y fue el tercero el que pudo llevar a casa los tres objetos, por lo que se convirtió en el rey y gran sacerdote de Escitia. A lo largo de los siglos se conservó el tesoro sagrado, que se convirtió en el vínculo de las tribus con el cielo, del que procedía.

Los escitas convivieron con los griegos en torno a las ciudades de la costa del mar Negro. Parece que los colonos griegos no los consideraban un peligro letal, ya que nunca destruyeron una polis helénica. Incluso actuaron como los protectores de las ciudades mercantiles griegas y los poblados agrícolas en esta zona. Y no sólo de las colonias: trescientos arqueros escitas fueron reclutados para hacer funciones de policía en la misma Atenas de Pericles: los días de asamblea arrastraban hacia la colina del Pnix a los ciudadanos remisos y expulsaban a los alborotadores.

Aunque Heródoto se limita a exponer las costumbres escitas, algunas muy desagradables, nada les recrimina. Ciertamente su sola exposición es suficiente para evidenciar que su cultura era todo lo contrario de lo que se estimaba en Grecia, y también en Persia, aunque los griegos se empeñaran en amalgamar a ambos pueblos en virtud de su salvajismo. Los escitas repartían el botín tras la batalla en tantas partes como cabezas presentaba cada uno y quien no aportara ninguna, nada recibía ni se le consideraba un guerrero de provecho; arrancaban las cabelleras de esos despojos y las colgaban en las riendas de sus caballos, llevando “como en triunfo aquel colgajo humano”; utilizaban la piel del enemigo tras desollarle por completo para fabricar una momia que clavada en un palo paseaban en el mismo caballo como señal de victoria; desollaban la mano derecha del enemigo y sin quitarle las uñas, hacían de ellas una tapa para su aljaba; con los cráneos fabricaban copas que, a veces, forraban de oro y tenían por costumbre beber la sangre de su primer enemigo muerto. Además, cegaban a sus esclavos porque para ordeñar a las yeguas no necesitaban ojos y a los que condenaban a muerte los subían, atados junto a haces de leña, a un carro tirado por bueyes al que prendían fuego de manera que hombres y animales acababan abrasados en medio de la carrera.

Después del recuento de los hábitos escitas, Heródoto pasa a lo que verdaderamente le importa: que los escitas vencieron a los persas haciendo fracasar la expedición que el rey Darío emprendió contra ellos en el Bósforo en el año 513 aec. Elogia la estrategia ante el gran ejército: los jinetes escitas avanzan hacia el norte con los carros en los que vivían las mujeres y los niños, y con el ganado, mientras quemaba los pastos, destruían las cosechas y cegaban los pozos que dejaban atrás; atacaban a los persas cuando éstos buscan alimentos o en el descanso nocturno e inmediatamente desaparecían, como fantasmas. Y mientras, el ejército persa se va internando más y más en la Escitia profunda que ya espera el cruel invierno. Darío renunció y volvió sobre sus pasos antes de perder a todo su ejército en estas maniobras.

Como suele ocurrir, los nómadas, incluso los “perfectos” como los escitas, acaban dejándose influir por la vida muelle de los pueblos sedentarios y adoptando sus costumbres. Muchos escitas sentían fascinación por la cultura griega: uno de ellos, el rey Escilas que en su palacio de Olbia abandonaba su naturaleza nómada y se comportaba como un griego, pagó con su vida haberse apartado de las tradiciones de su pueblo, pero con el tiempo, esta belicosa estirpe se helenizó y acabó por sedentarizarse. También tuvieron mucho que ver los nuevos enemigos que cercaron la estepa: aprisionados entre macedonios, ante cuyo ejército el rey Ateas sufrió una gran derrota en el 339 aec, y sármatas, los escitas quedaron circunscritos al territorio de Crimea y se refugiaron en el mundo urbano. Su caballería ligera no pudo ofrecer resistencia a los pesados y magníficos guerreros sármatas, nuevos dueños de las llanuras al oeste del Volga, donde ya no había lugar para ellos.

A finales del siglo II aec. el rey Esciluro instaló oficialmente su capital en Neápolis, junto a la moderna Simferopol en Crimea, desde donde rigió el último estado escítico consistente. Fue un monarca del todo asimilable a cualquiera de los pequeños reyes locales de la zona, teñidos de cultura helenística. Parece que quiso hacerse con toda Crimea y se alió con Mitrídates, sucesor de Farnaces, aunque finalmente, la Táuride escitia acabó en manos del rey del Ponto. Cuando los escitas no se documenten ya en las vecindades del mar Negro, los tracios destruirán Istro y los getas harán lo mismo con Olbia, en la segunda mitad del primer siglo anterior a nuestra era.

Mitrídates contó en su enfrentamiento contra Roma con abundantes contingentes de escitas, sármatas, celtas y tracios, que añadió a su ejército propio. Mucho tiempo después, un gobernador romano de tiempos de Nerón, Plautio Silvano Eliano, tuvo que actuar esporádicamente en Crimea para aquietar a los escitas que, de vez en cuando, seguían atacando a Quersoneso. El historiador judeo-romano Flavio Josefo pone en boca del rey Agripa un discurso fechado en el año 66 en el que se señala que las gentes de la Cólquide, la Táuride, el Bósforo y el Ponto Euxino están sujetas por la presencia de las legiones y la flota romana. “Las legiones -dice- mantienen ahora la paz en ese mar, hasta hoy bárbaro e innavegable”. Los enemigos de Roma ya no eran los escitas, sino los sármatas, un pueblo hermano, contra el que luchó Trajano y que siglos después fueron desalojados, a su vez, por los godos.

Todos ellos, los nómadas del arco e hijos del viento, fueron asimilados en el imaginario de Occidente como el pueblo salvaje por definición. A todos se les tildó de escitas, bárbaros de las estepas, representantes de lo obtuso y lo caótico; la imagen se extendió posteriormente a los mongoles que invadieron Rusia e incluso a los turcos que asaltaron Bizancio y llegaron hasta Viena muchos siglos después.

Lecturas

-Heródoto, Los nueve libros de la Historia (Libro IV), Biblioteca Edaf, 1989.

-Guillermo Fatás, ‘Los escitas’, en Historias del Viejo Mundo de Historia 16, 1994.

-Neal Ascherson, El mar Negro, Tusquets, 2016.

-Fernand Braudel, Memorias del Mediterráneo, Cátedra, 1998.

Relatos de origen: troyanos, godos y sármatas

Todos los comienzos son mezquinos pero después se van adornando con historias heroicas, triunfos bélicos, traiciones, conquistas y leyendas. No es lo mismo recordar que Roma fue en sus inicios un poblacho sin importancia que el germen de una nación fundada por un héroe troyano que atravesó el Mediterráneo para cumplir su destino: emparentar con los indígenas y construir con ellos un gran imperio. La labor del mito sobre los orígenes fue paciente y continua hasta el punto de que convenció a todos de que eran ciertos y de que Eneas fue el padre de la nación romana.

El fervor troyano se apoderó posteriormente de los cronistas de la Edad Media porque tener tales ancestros creaba el lazo que entroncaba directamente con Roma, fuente de legitimidad política hasta el siglo XVI en el occidente europeo. Los genealogistas se esforzaron en demostrar que las casas reinantes del continente descendían de príncipes de Troya; si el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico se considera heredero directo de Roma, los genealogistas franceses llegan a asegurar que los galos descienden directamente de Príamo como los auténticos fundadores de Troya que luego regresaron al lugar de sus ancestros, en la Galia, de manera que se igualan a la propia Roma.

Petrarca, en plena Edad Media, se pregunta si “hay algo en la historia que no sea el elogio de Roma”. Roma funcionaba como una especie de presencia histórica permanente y era percibida como el punto de salida de mil canales que atravesaban Europa y conducían todos al origen. Todas las historias políticas nacionales y prenacionales -señala Foucault- tenían siempre como punto de partida un mito troyano y todas las naciones de Europa reivindicaban el hecho de haber nacido de la caída de Troya, lo que aseguraba el vínculo de parentesco con la Roma antigua.

Pero, tras el desbordamiento de las fronteras y la caída de Roma, se forma una nueva Europa que no puede olvidar a francos, godos y todos aquellos que van a construir las nuevas naciones. Y, naturalmente, es entonces cuando van apareciendo los relatos sobre los ‘bárbaros’, que ya no lo son tanto porque han pasado por el tamiz de la romanidad y de la religión. Se “blanquea” a aquellos que los griegos consideraban como opuestos a la civilización, que transgredían las leyes más fundamentales de la vida en común, que eran caóticos, violentos y no tenían sentido de la medida. Pero ya no son bárbaros quienes atravesaron las fronteras del Imperio romano y se hicieron los dueños de Europa. Los pueblos a los que los griegos denominaban escitas y que eran tribus de nómadas o seminómadas que ocupaban las estepas en torno al mar Negro y más al norte y al este, continuaron siendo el paradigma de la barbarie durante siglos hasta el punto de que la palabra ‘escita’ siguió designando todo aquello que era salvaje e incontrolable o, simplemente, el enemigo. Como señaló el papa Pío II, cuando ya Bizancio había caído, los turcos que forman esa nación “truculenta e infame” son “de raza escita y por tanto bárbara”.

El fervor gótico de la Reconquista

Los incipientes reinos del norte de España necesitaban mitos con los que legitimarse tras la caída del Reino visigodo en el año 711. La elaboración de la leyenda comienza tiempo después y nos presenta como necesario el golpe de estado contra el rey Witiza, cruel y de nefandas costumbres, por parte de don Rodrigo, también hijo de rey según las crónicas cristianas o jefe de la caballería goda en la versión árabe- que, a la larga, se convirtió en un monarca tan lujurioso como el anterior. La violación de la hija del conde don Julián desencadenó la traición del padre de la doncella, a la que se unió la de los hijos del depuesto Witiza en la batalla de Guadalete, en la que los ismaelitas se alzaron con la victoria. Toledo cayó en sus manos en noviembre; luego Mérida, León, Astorga, ….

El reino cristiano de Asturias, surgido a mediados del siglo VIII, tras la victoria de Pelayo y los astures sobre los moros en Covadonga, comenzó a atribuirse la condición de heredero del reino visigodo de Toledo un siglo después, bajo el reinado de Alfonso III. De esta época datan las crónicas que enaltecen la herencia visigótica de los reyes asturianos, cuya dinastía probablemente surgió de oscuros caudillos astures. Crónicas, a las que se añaden las de otros reinos de la península, que afirman que, tras la pérdida de España, a causa de la conspiración de musulmanes y judíos, los restos de los godos, refugiados en los montes de Galicia, Asturias y Navarra, iniciaron la Reconquista y la restauración del antiguo orden gótico por mandato divino. El problema es cómo hacer que Pelayo sea heredero de los visigodos, pero no de los malhadados Witiza y Rodrigo. Mientras la Crónica Silense lo considera “espatario del rey Rodrigo”, la Abeldense estima que era “hijo de Bermudo, nieto de Rodrigo, rey de Toledo” y que mientras deambulaba por los valles de Asturias, “fue designado por el divino oráculo para expulsar a los bárbaros, ayudado por algunos guerreros godos unidos a la comunidad de los asturianos”. Se reconoced, pueds, la misión divina de los godos, que hace tiempo dejaron de ser salvajes, condición que pasan a ostentar los musulmanes.

En su afán legitimador de los gobernantes godos de los que descienden sus contemporáneos, ya en el siglo XV el historiador castellano Alonso de Cartagena afirma que la casa real goda es anterior a Hércules y que, aunque los pecados de sus reyes atrajeron el castigo divino en forma de invasión sarracena, no por ello se interrumpió su estirpe porque el mismo día en que Rodrigo perdió su reino, Pelayo, por voluntad divina fue elegido para sustituirlo. Y su descendencia continuó en el presente rey de Castilla, cuya obligación era unir bajo la corona del Rex Hispaniae todas las gentes y tierras de la península, además del Magreb y sus tierras adyacentes.

Su contemporáneo Rodrigo Sánchez de Arévalo, obispo de varias sedes castellanas, afirmaba que los primeros españoles eran vigorosos, viriles y sobrios y que los romanos los engatusaron con delicias afeminadas que trajeron a España, como el vino y los baños calientes, y acabaron por someterlos, pero los godos, siguiendo el mandato divino de liberar a quienes padecen injusticia y opresión vinieron a salvarlos por la fuerza de las armas. Y lucharon también contra otros opresores de la península: hunos, vándalos, suevos, alanos y silingos, y victoriosos, adquirieron el derecho de reinar en toda la península.

En cambio, los humanistas de la corte castellana de Isabel I, como Hernando del Pulgar, se decantan por la hipótesis indigenista y prestan muy poca atención al mito gótico. Los legítimos antepasados fueron los que Hércules había encontrado a su llegada a la península, los mismos que resistieron contra Roma y echaron a los moros y ahora se disponían a iniciar una gran empresa imperial. Fernández de Enciso le dirá a Carlos I que se equivocan quienes por halagarle le hacen descender de los reyes godos, toda vez que el emperador viene de reyes naturales de España, mucha mejor gente que la goda, puesto que ganaron con su esfuerzo lo que los godos perdieron.

Al mismo tiempo, los genealogistas nobiliarios se apropian de la historia gótica para convertirla en un mito estamental. Vienen a decir que la nobleza es toda de ascendencia goda y que el trabajo manual es incompatible con ella. Mientras, a lo largo del siglo XVI los godos pierden prestigio como mito político, se consolida su función mítica como garantes de la condición nobiliaria a través del tópico de la “ilustre sangre goda”, sinónimo de superioridad aristocrática. Al cundir la idea de que las genealogías que se hacían derivar de los godos eran fraudulentas, la expresión sangre goda pasó a ser sinónimo de envanecimiento infundado.

El sarmatismo polaco

También de carácter estamental es la invención del origen de los nobles polacos en las tribus nómadas de los sármatas, un pueblo que empezó a desplazar a los escitas en el siglo III aec. y que provenía de la meseta irania, armado con lanza y espada de doble filo y hoja ancha que utilizaban en las cargas a caballo, protegidos por cotas de malla y yelmos, una estética bastante similar a la de los caballeros medievales europeos.

En los siglos XVI y XVII la nobleza polaca (szlachta) difundió la idea de que eran los nobles -no la población polaca en general- los descendientes exclusivos de los sármatas, que constituían no sólo una casta superior en el seno de la sociedad polaca, sino una raza diferente a la de los burgueses o campesinos, descendientes de tribus de origen tracio o germánico que, según ellos, habían entrado en la Europa central y oriental como esclavos de los caballeros sármatas.

La szlachta dominaba la vieja confederación polaco-lituana y constituía un multitudinario grupo social, aproximadamente el diez por ciento de la población, y cuya cohesión se basaba en un sistema de clanes formados tanto por lealtades militares y por adopción como por línea hereditaria. Esta ‘ideología sármata’ tenía una clara función legitimadora, ya que los nobles acaparaban casi todas las riendas del estado: elegían al rey y eran miembros de la asamblea (sejm), en la que imponían la ley de la unanimidad en todo tipo de decisiones ante cualquier interferencia centralizadora, con lo que la szlachta, más que gobernar, impedía que los demás gobernasen.

Durante el siglo XVII se añadieron otros elementos a la ideología: la xenofobbia, el catolicismo fanático y el conservadurismo a ultranza, a pesar de que su mirada se dirigía más hacia Oriente, de donde llegaron los nobles bárbaros de la estepa póntica. Se restauró el término ‘Sarmacia’ para describir a todas las poblaciones eslavas y sus territorios y esto les sirvió para defender que Polonia tenía derechos históricos sobre los antiguos reinos sármatas de Rusia, de las tierras ucranianas de los cosacos, de Moldavia y de Besarabia.

El sarmatismo, señala Acheson, fue también un estilo, una forma de vida extravagante y ostentosa, unas veces inesperadamente magnánima y otras salvajemente violenta y vengativa, cuyos cimientos eran la vida rural de las mansiones señoriales de los bosques y un culto al saludable y beato ambiente del campo. La extravagancia también atañía al vestuario del noble polaco-sármata: se afeitaba el cráneo, se dejaba unos bigotes largos y caídos y llevaba un caftán que se ceñía con una faja a la altura del ombligo. Su espada era una cimitarra, de oro y joyas engastadas en el puño, lo que les asemejaba, sorprendentemente, con los turcos o los tártaros que tanto despreciaban.

A finales del siglo XVIII se hundió el sarmatismo, aplastado por su propia estupidez, pero al caer destruyó Polonia y la independencia por la que la nobleza había luchado durante siglos. Las grandes familias sármatas prefirieron ser súbditos de Rusia que aceptar una modernización que consideraban extranjera y jacobina y en 1792 pidieron a Catalina II que interviniera contra los reformistas polacos.

Lecturas

-Neal Ascherson, ‘El Mar Negro: del siglo de Pericles a la actualidad’, Tusquets, 2016

-Jon Juaristi, ‘El bosque originario: genealogías míticas de los pueblos de Europa’, Taurus, 2000

Ascherson trata en su libro de las identidades y del uso de los espejos para engrandecer o distorsionar la identidad, y la aparición de múltiples pueblos alrededor del mar Negro; Juaristi señala en el prefacio su interés por los vínculos del nacionalismo con los mitos ancestrales de autoctonía y de emigración de griegos, romanos, caldeos, escitas, celtas y arios.

Con las aportaciones de ambos autores está construido este artículo y otro anterior que se refiere a las genealogías troyanas en la Antigüedad. Los relatos que he escogido son una pequeña parte de lo que aparece en ambos libros, por lo que recomiendo sinceramente su lectura a quienes estén interesados en los elementos míticos del origen de las naciones y de legitimación de sus gobernantes que, aunque en la actualidad parecen estar superados, reaparecen a poco que se rasque la superficie de muchos nacionalismos de hoy.

Egipcios, mitanios, hititas, asirios y aqueos: guerreros del Bronce Tardío

En el tercer milenio, hace cinco mil años, los objetos de bronce empezaron a convertirse en símbolos de prestigio y riqueza. Las brillantes vajillas y las joyas cuidadosamente labradas proclamaban la riqueza de su propietario pero fueron las armas fabricadas con esta aleación, cuyo uso se generalizó en el Oriente Próximo y en las islas del mar Egeo mil años después, hacia el 1700, las que favorecieron la conquista de los pueblos y el poder de los imperios.

Los herreros descubrieron que el cobre podía reforzarse si lo fundían y lo aleaban con el estaño. Tuvieron tanto éxito que los barcos surcaron las rutas comerciales del mar y las caravanas las terrestres, cargados con este preciado metal, sólo accesible para quienes controlaban esas rutas o tenían acceso a las minas de las que se extraían los preciados metales.

Hititas, guerreros y diplomáticos de un reino desconocido

Coincidiendo con la generalización de espadas, arcos y escudos de bronce surge un nuevo reino en Anatolia que durante quinientos años rivalizará, con más o menos altibajos, con las grandes potencias vecinas -Egipto, Mitanni, Asiria y Acaya- hasta su desaparición en las brumas del recuerdo tras la invasión de los Pueblos del Mar. Hizo su aparición en la escena internacional de la época de forma inesperada: el ejército hitita, liderado por el rey Mursili I, llegó a Babilonia hacia el 1595, saqueó la ciudad y regresó a Hattusa, su capital, tras dejar instalada a la dinastía casita, con la que mantendrá vínculos amistosos y matrimoniales durante toda su existencia y convivencia pacífica. Desde entonces, hasta su conquista por Asiria al final de la Edad del Bronce, Babilonia no tuvo ambiciones territoriales más allá del Éufrates, lo que en un mundo inmerso casi de continuo en guerras de expansión y dominio, la apartaba de las potencias que dirigían los destinos del antiguo Oriente Próximo.

Hasta hace dos siglos nadie había oído hablar de Hatti ni de los hititas. En 1830, Jean-François Champollion publicó la traducción de un tratado de paz firmado por el faraón Ramsés II con Hattusili de Hetta o Hatti, lo que produjo un gran revuelo por el hecho de que un gran faraón firmara un acuerdo entre iguales con un personaje desconocido de un desconocido reino. El mismo faraón había hecho representar su supuesta victoria sobre el pueblo de Hatti en la batalla de Kadesh; la Biblia, en el Génesis, les llama “los hijos de Heth” o solamente heteos o hititas y los confunde con sus avanzadillas en territorio de Canaán y los griegos, que tendrían muchas razones para recordarlos por su relación con Troya, nunca mencionaron su nombre por lo que su existencia cayó en el olvido en los siglos que siguieron a su desaparición.

Hasta que unas excavaciones en Bogazköy (a 150 kilómetros de Ankara) realizadas a principios del siglo XX de nuestra era, descubrieron las ruinas de su capital Hattusa y, en ellas, unas cinco mil tablillas de arcilla impresas con escritura cuneiforme rotas en más de 30.000 fragmentos que abarcan la historia de cinco reinados, justamente los del apogeo del poder de los hititas, que revelaron no sólo su eminencia guerrera, sino la capacidad diplomática de sus gobernantes, que con frecuencia hicieron de las relaciones con sus poderosos vecinos una estrategia política de contención bélica.

Los enemigos más cercanos a los que tuvo que enfrentarse el País de Hatti, que ocupaba un territorio muy vulnerable, fueron los reinos montañeses de los kaskas o gaskas en el norte y el reino de Arzawa al oeste que, pese a llegar a ser un estado vasallo de los reyes hititas, nunca se comportó como un súbdito fiel y en varias ocasiones, junto a los pequeños reinos vecinos, se rebeló con ayuda de la potencia que dominó el Egeo en los últimos tres siglos del Bronce Tardío: Acaya o Ahhiyawa en su nombre hitita, es decir, el país de los aqueos.

Mitanios, los guerreros del carro

El primer gran enemigo de Hatti fue el reino de Mitanni, que hizo su aparición con la supresión de las colonias de comerciantes asirios en Anatolia hacia el siglo XVIII y el sometimiento de Asiria a vasallaje. Instalado en los cursos altos del Tigris y del Éufrates, ocupaba el corazón del actual Kurdistán y constituía el producto de la fusión perfecta de hurritas y mitanios. Se les conoce por las referencias de las otras potencias a las que se enfrentó, sobre todo Egipto, pero no corrieron la suerte de dejar en tablillas los hechos significativos de su historia, como ha ocurrido con los hititas. Sus guerreros eran experimentados combatientes de carros ligeros, modalidad que ellos introdujeron, y responsables del complejo adiestramiento de los caballos que requería su utilización en combate.

El primer choque documentado entre hititas y hurritas-mitanios tuvo lugar en 1595 según los registros babilónicos, durante el reinado de Mursili I, el mismo monarca hitita que saqueó Babilonia tras una prodigiosa marcha de ochocientos kilómetros desde Alepo, en la que llevó el terror y la desolación a las ciudades del sur, muchas de ellas de lealtad mitania: su guerreros, montados en carros ligeros bajaron a las llanuras abiertas mesopotámicas e infligieron graves bajas a los caldeos. La táctica consistía en correr en círculo, a una distancia de cien o doscientos metros, alrededor de los infantes sin coraza, al tiempo que la tripulación de los carros les aseteaba, causando seis bajas por minuto. La potencia de los carros de guerra era inusitada: diez minutos de acción de diez carros causaban quinientas bajas o más.

Mursili se enfrentó a las tropas de Mitanni y a la vuelta le fue arrebatado todo el botín conseguido en Babilonia, posiblemente en represalia por los ataques a las ciudades asaltadas en el camino de ida. Tras llegar a Hatussa fue asesinado por su cuñado Hantili en una más de las revoluciones palaciegas que infestaron los reinados hititas y que tuvieron como consecuencia la pérdida de poder e influencia sobre los países vecinos. Los hurritas se hicieron con los territorios que previamente había conquistado Hatti e incluso la esposa y los hijos de Mursili fueron hechos prisioneros y murieron en la región del Éufrates.

Los egipcios se interesan por Siria

Que el reino de Mitanni disputara a Egipto el corredor sirio espoleó el ánimo guerrero de los faraones que, tradicionalmente e incluso en las épocas más imperialistas, se esforzaban únicamente en la defensa del territorio y de las rutas comerciales sin afán expansionista. A lo largo de mucho tiempo, Egipto vivió protegido por la geografía y la ausencia de vecinos poderosos; la única amenaza provenía del noroeste, donde el Sinaí desempeñaba un papel de tampón y fue por el noroeste por donde penetraron los hicsos, por lo que urgía controlar el pasillo siriopalestino, idealmente hasta el Éufrates. Expulsados los hicsos y después de varios reinados en los que la reconstrucción del país fue prioritaria, Tutmosis I cruzó el istmo con una formidable caballería, además de carros de guerra, y barrió sin dificultad los pequeños reinos de Siria y Palestina hasta llegar al Éufrates.

Su nieto Tutmosis III es quien consolida el dominio de los territorios conquistados que se habían perdido en los reinados posteriores, y convierte a Egipto en una gran potencia. En 1469 condujo sus tropas a marchas forzadas a través de Mitanni, que demostró ser un formidable oponente. De esta campaña data la famosa batalla de Meggido, la primera de la que se tiene constancia y un relato histórico, en la que el faraón venció a la coalición de ciudades de Siria y Palestina respaldada por el reino de Mitanni.

El final de las campañas de Tutmosis III en Siria y la preocupación hitita por los asuntos que reclamaban la presencia del rey en Anatolia, proporcionaron una clara oportunidad al reino de Mittani para reafirmar su control sobre los países del norte de Siria y no sólo sobre ellos. Surge este reino en todo su esplendor imperialista de la mano del rey guerrero Saustatar, que se apoderó de Assur, la capital asiria, y cerró las rutas del Tauro a los hititas, de manera que sus dominios se extendieron desde la costa mediterránea de Siria hasta la cordillera de los Zagros y desde el sur de Anatolia hasta el norte de Babilonia.

Egipto y Mitanni competían por los recursos naturales de Siria y su acceso al mar, pero como ninguno era capaz de sacar provecho de los enfrentamientos, en el último tercio del siglo XV decidieron sellar una alianza rubricada con el matrimonio de una princesa mitania con el faraón. A este trato se unieron, mediante juramentos, pactos matrimoniales, cartas, embajadores y regalos, el País de Hatti, Babilonia y territorios más pequeños, como Alasiya (Chipre) y Kizzuwatna (Cilicia). Fue una época en la que todos se consideraban “hermanos” y se enviaban cartas muy conciliadoras, casi amorosas, un triunfo de la diplomacia, en la que Hatti llegaría a ser maestra de naciones.

A mediados del siglo XIV, el rey hitita Suppiluliuma entra en escena e intenta aislar diplomáticamente a Tusratta, rey de Mitanni, previamente a un ataque a gran escala contra él y sus territorios vasallos y aliados. Para ello intensifica las relaciones amistosas con Egipto, cuyo trono estaba ocupado por Akenatón, antes de hacerse con Alepo y ocupar y saquear la capital mitania, Wassukkanni. Tusratta tuvo que dividir sus fuerzas para defender su territorio de los ataques hititas y de los asirios, que empezaban su recuperación. Tras su derrota, huyó y fue asesinado por su propio hijo, con lo que Mitanni prácticamente desapareció.

Cuando un príncipe hitita pudo ser faraón de Egipto

Con Egipto a punto de atacar Carkemish y prácticamente en pie de guerra contra Hatti, se produce uno de los episodios más extraños de la historia del antiguo Oriente Próximo. Suppiluliuma recibe una carta urgente de la reina de Egipto, esposa de Tutankamón, en la que le comunica que su marido ha muerto y le pide que le envíe a uno de sus hijos para convertirlo en su esposo, ya que no tiene hijos. El rey hitita desconfía de la propuesta y manda al copero real Hattusa-ziti a Egipto para que obtenga pruebas de que no le están engañando. Lo extraordinario es que la propuesta de la reina egipcia no era una simple alianza matrimonial, sino el ofrecimiento del trono de su reino a un príncipe extranjero.

En la primavera siguiente Hattusa-ziti volvió a la corte hitita en Hattusa, acompañado por Hani, un emisario especial de Egipto que le entrega una carta de la reina en la que le reprocha amargamente que no la crea y le asegura que la propuesta sólo se la había presentado al rey de Hatti. Suppiluliuma temía que si enviaba a su hijo, éste se convirtiera en un rehén de los egipcios, pero al final acepta y envía a su cuarto hijo, un joven llamado Zannanza, para desposar a la reina. El asunto no pudo terminar peor: el hijo enviado para casarse fue asesinado durante el viaje.

El dolor y la ira de Suppiluliuma no tuvo límites y en ese mismo momento comenzó a preparar su venganza contra Egipto, a pesar de que el nuevo faraón, Ay, le aseguró que era inocente y que quería una reconciliación. El rey hitita envió a su ejército bajo el mando de su hijo Amuwanda, que cruzó las fronteras egipcias en Siria, atacó las poblaciones a su paso y tomó miles de prisioneros que fueron trasladados hasta Hatti, lo que constituyó un episodio irónicamente trágico: los prisioneros llevaban consigo una epidemia que durante veinte años hizo estragos en Hatti y diezmó su población. Suppiluliuma y Amuwanda, que le sucedió en el trono apenas durante un año, fueron también víctimas de la peste.

Al invadir tierras egipcias, Suppiluliuma había actuado contra los términos de su tratado con Egipto, de modo que los dos mil dioses y diosas de ambos países que servían como testigos se veían obligados a “destruir la casa, la tierra y los servidores” del rey que había faltado a su palabra y cometido un acto impío, por lo que hicieron caer una plaga sobre Hatti. Con el tiempo y con las oraciones al dios de la Tormenta, la peste amainó, pero siempre quedó en la memoria de los gobernantes que no debía contrariarse a los dioses, que todo lo ven.

La segunda parte de todo esta rivalidad entre Egipto y Hatti se dilucidó en la famosa batalla de Kadesh, cincuenta años después. Tuvo lugar en el 1274 y su resultado está recogido en los muros de cinco templos egipcios, entre ellos el de Abu-Simbel. A pesar de que Ramsés se glorificó a sí mismo como gran vencedor, las consecuencias de la batalla no dicen eso y, a largo plazo, Muwatalli, el rey hitita, no fue el perdedor. Ramsés partió tras la batalla hasta el país de Aba, adonde fue perseguido por los hititas y el país conquistado. En los dos años siguientes, gobernantes locales de Canaán y Palestina desafiaron abiertamente la autoridad egipcia.

Achaia, el país de los aqueos, el quinto en discordia

Durante el reinado de Mutawalli hace su aparición la misteriosa potencia marítima llamada Ahhiyawa por los hititas. Sus gobernantes aparecen en las listas de los grandes reyes del Bronce Tardío contenidas en las comunicaciones de los hititas y en relación con los conflictos surgidos en los países del oeste de Anatolia. En la década de 1920, Emil Forrrer afirmó que Ahhiyawa era el modo hitita de escribir el nombre griego Achaiwia, una forma arcaica de Achaia, el país de los aqueos a los que se refiere Homero en la Ilíada. El término debió usarse en referencia al mundo micénico, o al menos a parte de ese mundo. Con el tiempo la vinculación Ahhiyawa-micénico se ha vuelto más convincente.

Los aqueos podrían ser considerados como ‘el quinto en discordia’, después de egipcios, mitanios, hititas y asirios, utilizando una expresión del teatro que designa a aquellos personajes que sin ser los protagonistas de la obra ni los villanos, son igualmente importantes para el desenlace de la trama. Aunque fueron los últimos en intervenir en los asuntos de la costa asiática, dejaron una impronta peculiar porque sus acciones perduraron a lo largo de los siglos gracias a la inclusión poética de guerreros aqueos en Troya, recogidos en la Ilíada.

Ahhiyawa fue una potencia principal del Bronce Tardío, cuyo rey había acordado con los hititas un estatuto similar al de los otros grandes gobernantes de la Edad de Bronce -los reyes de Egipto, Babilonia, Asiria y Mitanni. Aparece en Anatolia en el siglo XV en el transcurso de una operación militar dirigida sobre esta región por Attarsiya, ‘el hombre de Ahhiya’ (forma más antigua que Ahhiyawa) con infantería y una fuerza de cien carros. A partir de ese momento se produce una creciente implicación de esta potencia en los asuntos de Anatolia occidental, pero nunca mediante una ocupación de territorios.

En el siglo XIII, la estrategia de Ahhiyawa fue la de apoyar a destacados disidentes de la autoridad hitita en los estados de Anatolia occidental porque, al igual que Egipto y Hatti, pretendía consolidar su influencia en la zona mediante el establecimiento de una red de estados vasallos bajo el mando inmediato de gobernadores locales con el objetivo de acceder a recursos demandados en Grecia, como esclavos, caballos y metales.

A finales del siglo XIII, un renegado hitita de alta cuna llamado Pijamaradu, que había caído en desgracia ante el rey Muwatalli II, huyó hacia el oeste, donde comenzó a construir su propio reino entre los territorios occidentales sometidos a los hititas, probablemente con el apoyo del rey de los aqueos. Su hija se casó con Atpa, el gobernante vasallo de Ahhiyawa en Milawanda (Mileto para los griegos), que estaba bajo la influencia micénica desde hacía ya un siglo como resultado de una concesión hitita que pretendía frenar las ambiciones de la potencia aquea, probablemente mediante un tratado formal. Pijamaradu consiguió, durante los primeros años de su rebelión, controlar el País de Wilusa (Ilios para los griegos). Muwatalli reconquistó Wilusa, pero Pijamaradu eludió su captura y fue a refugiarse junto al rey de Ahhiyawa. Poco después, el rey hitita suscribió un tratado con Alaksandu, reconocido ocupante del trono de Wilusa. Todo esto ocurrió entre 1295 y 1272.

No terminaron entonces los problemas con Pijamaradu, que prosiguieron durante el reinado de Hattusili. La llamada carta de Tawalawa, escrita por este rey a su homólogo aqueo, exige la entrega del renegado, que había escapado a Milawanda. Entonces Hattusili entró en Milawanda, pero aún no fue sometida al control hitita. Fue con su hijo, Tudhaliya I (1237-1209), cuando se rebela el Reino de Seha a instancias de Ahhiyawa y se establece un régimen prohitita en Milawanda, con lo que las actividades aqueas quedaron totalmente suprimidas y su rey fue borrado de las listas de reyes ‘hermanos’ que tenían su mismo rango.

Las relaciones entre Ahhiyawa y Hatti llevan inevitablemente a la guerra de Troya (ciudad identificada como Ilios/Willios/Wilusa, uno de los reinos vasallos de Hatti). Trevor Bryce recuerda que las fuentes escritas anatólicas no proporcionan pruebas de un único ataque de invasores griegos sobre un reino de Anatolia que condujera a una posterior destrucción de ese reino, sino más bien a un cierto número de ataques limitados, realizados durante varias décadas y quizá una ocasional ocupación del reino asediado. Las fuentes griegas, por su parte, asignan varias fechas a la guerra de Troya, en su mayoría entre el siglo XIV y los comienzos del XIII. La intervención micénica en el oeste de Anatolia alcanzó su cima en el mismo periodo, pero la historia del conflicto entre griegos micénicos y nativos anatolios en el oeste de la península retrocede al menos hasta principios del XIV, con Attarsiya, quizá la manera hitita de escribir Atreo, un nombre llevado en la tradición griega por uno de los primeros gobernantes de Micenas.

Los asirios acaban con lo que quedaba de los mitanios y atacan a los hititas

El uso de la diplomacia para evitar conflictos se extendió durante todo el reino hitita, pero seguramente fue con Hattusili III y su esposa Puduhepa cuando alcanzó sus mejores momentos. Este monarca dio un golpe de estado y sustituyó a su sobrino Urhi-Tesub, que se refugió en la corte de Ramsés II. El nuevo monarca pasó todo su reinado intentando convencer de su legitimidad como gobernante al resto de las naciones. Tras subir al trono, estableció una alianza con el rey de Babilonia, formalizó su relación con el rey amorreo Bentesina, pactó un doble matrimonio con las casas reales de Amurru y de Babilonia y dos hijas de Hattusili se convirtieron en esposas de Ramsés. La correspondencia entre Ramsés y Puduhepa es abundante y el tratado firmado con Egipto lleva el nombre del rey y de la reina hititas.

El tratado, traducido por Champollion y del que se halló una copia en las tablillas encontradas en Hatussa, no le sirvió al reino de Hatti en su enfrentamiento con Asiria. Gobernada por Adad-Nirari, acabó con Hanigalbat, nombre del pequeño territorio que quedaba del antiguo reino de Mitanni, y obligó al rey hitita a reconocerle como a un igual, como un ‘Gran Rey’. Hattusili no estaba muy convencido, pero al final tuvo que reconocer la soberanía asiria sobre los territorios conquistados. Sattuara, descendiente del rey mitanio destronado, se rebeló contra Asiria y Salmanasar capturó, saqueó y masacró sus ciudades; tomó miles de prisioneros y dejó por escrito lo que sería la estrategia comunicativa de terror que caracterizó al imperio asirio durante siglos: “Masacré sus hordas, pero catorce mil de ellos seguían vivos, los cegué y me los llevé”.

El enfrentamiento entre Asiria y Hatti prosiguió con sus sucesores. Tukulti-Ninurta atacó los estados de Subari, territorio que controlaba las rutas más importantes que conducían a través del Éufrates a Anatolia y las estratégicas minas de cobre de Ergani-Maden. Thudaliya, el rey hitita, impuso sanciones sobre los mercaderes asirios, con quienes prohibió negociar a sus estados vasallos, pero sólo sirvió para fortalecer la resolución asiria de obtener el acceso sin restricciones a los puertos del Mediterráneo. El enfrentamiento militar en Niriya dio la victoria de Asiria, pero en lugar de seguir combatiendo a los hititas, los ejércitos de Ninurta se dirigieron a la conquista de Babilonia, que no ofrecía ninguna recompensa y cuyo control dilapidó los recursos asirios.

Las últimas crónicas y el colapso

Los últimos registros históricos informan de las batallas navales que el reino de Hatti protagonizó con su su rey Tudhaliya en las costas de Alasiya (Chipre) para asegurarse sus abundantes recursos de madera y cobre, impedir una amenaza en el suministro de grano al reino y evitar que bases navales fueran tomadas por fuerzas enemigas, quizá aquellas que formaban parte de los Pueblos del Mar y que pronto figurarán en los registros egipcios.

Nadie que hubiera vivido en Micenas, Egipto o Hattusa en 1230 habría podido reconocer su mundo cien años después. Egipto había perdido la mayor parte de sus territorios extranjeros, Hatti no existía y Hattusa estaba en ruinas, el esplendor del mundo micénico era solamente un recuerdo, el comercio se había suspendido en Alasiya y los grandes puertos situados a lo largo de la costa del Mediterráneo, incluido el gran emporio de Ugarit en el norte habían quedado reducidos a cenizas y las ciudades del interior, abandonadas.

Terremotos, prolongadas sequías, escasez de alimentos o el colapso de los sofisticados reinos del Oriente Próximo contribuyeron a la llegada de los llamados Pueblos del Mar, quizá movimientos migratorios en busca de nuevas tierras y alimentos que barrieron Anatolia, Siria y Palestina y sólo fueron detenidos en Egipto por Ramsés III.

Lecturas

-Trevor Bryce, El reino de los hititas, Cátedra, 1998.

-David Solar, Cavernas, pirámides, imperios, Espasa 2011.

Troya y la Biblia en los relatos de origen medievales

Los relatos sobre los orígenes están inspirados por lo general en la más desbocada imaginación, aunque sus autores insistan en presentar cédulas de identidad trayendo a la memoria personajes o hechos auténticos. Pretenden legitimar el poder de los dirigentes de una comunidad, constituida en nación, pueblo, clan o en estado, y, a veces, crear una identidad colectiva que la cohesione.

Resulta apasionante, por otra parte, repasar todas esas genealogías mitológicas que fueron dadas por verdaderas durante siglos y constatar la audacia de los eruditos que confeccionaron linajes desmesurados que llegan a implicar a Adán y Eva o, más modestamente aunque de forma no menos ficcional, a Troya.

Virgilio, a través de ‘La Eneida’ narra el viaje de un héroe singular, Eneas, a la península itálica y cómo su estirpe se prolongó en línea directa hasta César y Octaviano. Tras la desaparición del Imperio Romano de Occidente, la obra de Virgilio se leyó como un compendio histórico en el que se habría reunido la suma de conocimientos del mundo antiguo y se estimó como fuente fidedigna para la fijación de nuevos relatos de origen.

Los reinos germánicos que resultaron de la fragmentación del Imperio Romano descubrieron las oportunidades que les podía brindar una apropiación del linaje troyano para proclamarse herederos legítimos de Roma y de su cultura, que estimaban muy superior a la propia. Los autores medievales contribuyeron a contemplar los orígenes troyanos como connaturales a los reinos bárbaros establecidos en Europa: Troya fue un pretexto para entroncar con Roma, que siguió siendo la fuente de la legitimación política en el mundo cristiano.

El rey ostrogodo Teodorico el Grande (453-526) que, siguiendo órdenes de Bizancio, marchó sobre Italia para expulsar a Odoacro y restaurar la suerte del Imperio, fue de los primeros bárbaros que reclamó para sí una ascendencia troyana. Fue su mano derecha, un brillante orador y teólogo, de nombre Magnus Aurelius Cassiodorus Senator, más conocido como Casiodoro, quien escribió la Historia Gothorum’, en la que formula esta hipótesis sobre la estirpe de Teodorico. Su obra, recogida en doce libros, se perdió y Jordanès, dos siglos después se basará en ella para relatar asombrosas historias sobre la relación de los godos con las amazonas, con Troya e incluso con los persas de Jerjes y con Alejandro Magno.

Estos relatos de diversos autores de la Antigüedad tardía y de la Edad Media tienen en común la confusión en la identificación de godos y getas, términos cuya similitud fonética contribuyó también a considerarlos un solo pueblo cuando eran dos naciones que nada tenían en común, excepto el haber ocupado el mismo territorio de la orilla izquierda del bajo Danubio, pero en épocas diferentes, de forma que entre unos y otros se dio la ocupación romana en ese espacio, que Roma llamaba Dacia, durante 165 años.

La genealogía troyana, desde Casiodoro, buscaba dar a los godos respetabilidad cultural, con el intento de mostrar que pertenecían a la línea principal de la historia greco-romana y justificar, de ese modo su dominio en Italia y en el resto de las regiones del continente europeo en el que se diluyó el poder romano a favor de reinos germánicos, como ocurrió también con los francos.

La reclamación sobre orígenes comunes con los romanos fue presentada por los reyes francos dos siglos después de la de Teodorico el Grande, mediante la creación de la saga troyana franca, documentada en las ‘Crónicas de Fredegario’, en las que se cuenta que, tras la caída de Troya, parte de los supervivientes, bajo el mando de un tal rey Frigas, hermano de Eneas o de Héctor, se trasladó a la región del Danubio; de ellos se separó luego un grupo que se dirigió al Rin y edificó una “ciudad semejante” a Troya, que sería la actual Xanten de la Baja Renania, identificación documentada ya en el siglo VIII. Posteriormente, los genealogistas de la corte carolingia se las arreglaron para mantener el principio de que los monarcas franceses procedían de la ciudad de Príamo y para darle más verosimilitud, de acuerdo con el relato bíblico de la humanidad posterior al Diluvio, añadieron que los troyanos, como occidentales, descendían de Jafet y de su nieto Kittim.

Britania tampoco quiso renunciar al banquete de genealogías troyanas, aunque logró un éxito relativo. La leyenda aparece esbozada en la ‘Historia Brittonum’, del cronista galés del siglo IX Nennius, y desarrollada plenamente por el obispo galés Geoffrey de Monmouth tres siglos después en su ‘Historia Regum Britanniae’. En resumen, la pseudo historia del obispo cuenta que Bruto, fundador del pueblo britano, nació de los amores clandestinos de Silvio, hijo de Ascanio, hijo a su vez de Eneas, y de una sobrina de Lavinia. Cuando la joven quedó encinta, un oráculo profetizó que el niño mataría a sus padres, en una especie de repetición de la historia de Edipo (la madre murió en el parto y Bruto hirió a Silvio accidentalmente durante una cacería).

Desterrado de Italia marchó a Grecia, donde los troyanos supervivientes y cautivos por orden de Aquiles, malvivían bajo el rey Pandraso. Bruto los reunió y consiguió liberarlos de la esclavitud, tras lo cual iniciaron un largo y provechoso viaje por el Mediterráneo: atravesaron las Columnas de Hércules y marcharon hacia Aquitania; desembarcaron en la desembocadura del Loira y allí vencieron al rey galo Goffario Picto, duque de los poitevinos. Por fin llegan a una gran isla a la que Bruto da el nombre de Britania. Con los troyanos que le acompañan, elimina a los gigantes, entre ellos Gogmagog y funda junto al Támesis la ciudad de Troya Nova,Trinovantum. Monmouth considera a Bruto como el padre de los britanos, pero esta historia se olvidó rápidamente; en cambio, persistió hasta nuestros días las figuras de Arturo y Merlín, cuyo autor fue precisamente el obispo. Jon Juaristi explica este eclipse de la genealogía troyana de Geoffrey de Monmouth en que en ninguna parte del libro I de su Historia aparece un solo nombre tomado de la Biblia, excepto Gogmagog, precisamente cuando la época estaba impregnada de religiosidad cristiana por lo que ningún mito de origen se justificaba si no se relacionaba con las genealogías bíblicas.

Esta adaptación con ascendientes bíblicos la hicieron los eslavos al apropiarse del linaje troyano, en consonancia con una época de religiosidad extrema. Fueron los eslavos balcánicos los que llevaron a Moscovia su pasión por las genealogías, utilizadas tradicionalmente por los reinos búlgaros y serbios para apoyar sus quejas ante Bizancio. Fue un inmigrante serbio el autor de los ‘Grandes Príncipes de Vladímir de la Gran Rusia’, un relato que conectaba a los príncipes moscovitas con los de Kiev y con el legendario Rurik, cuya dinastía fue fundada por Pruso, gobernador de un imaginario reino antiguo a las orillas del Vístula y pariente de Octaviano, descendiente de Eneas, y a su vez emparentado, a través de Antonio y Cleopatra, con los descendientes egipcios de Noé y de Sem.

Una historia que, a pesar o quizá por su complejidad fantasiosa, animó a los zares rusos a considerarse los herederos de Roma. La coronación del zar se celebraba con los emblemas imperiales bizantinos que habrían pertenecido también a Octaviano, el primer emperador de Roma.

La adscripción de reyes a la estirpe troyana no terminó con la Edad Media. Se dio un caso de sorprendente longevidad con la Casa de Austria, cuyo árbol genealógico no era lo suficientemente antiguo cuando en 1273, el conde Rodolfo de Habsburgo fue elegido Rey de los Romanos y su oponente lo tildó de “conde pobre” de origen dudoso. Para combatir esta ofensa y crear un pasado fastuoso, surgió en el entorno de Rodolfo I la versión de que los Habsburgo descendían de la estirpe romana de los Colonna cuyo origen se remontaba hasta Julio César y, como hemos visto ya antes, hasta Eneas.

Maximiliano I quería una comprobación “científica” que no dejara ninguna duda acerca de su origen y se lo encargó a Jacob Mennel, quien, tras innumerables consultas en archivos de los Países Bajos, de Francia y de Italia, presentó al emperador en 1518 seis grandes volúmenes con los resultados. Consiguió representar exactamente las más de cien generaciones existentes entre el troyano Héctor y Maximiliano. Y quedó definitivamente claro que los Austrias descendían del héroe troyano, un hecho que se consideró absolutamente histórico durante todo el siglo XVI.

Pero hubo más: Maximiliano I se dejó convencer por el erudito Johann Stabius de que descendía de Noé, lo que no resulta extraño porque sólo el patriarca y su familia se salvaron y de ellos descienden todos los seres humanos, según la Biblia, pero el emperador conocía todos los detalles de su árbol genealógico desde Noé y en él aparecía incluso el dios Osiris de Egipto. El emperador quiso asegurarse una vez más y en 1518 pidió y recibió de la Facultad de Teología de la Universidad de Viena una confirmación por escrito de su ascendencia tal como la había planteado Stabius. Asimismo Fernando I, hermano de Carlos V, declaró finalmente en 1526, cuando le entregaron un árbol genealógico con los resultados más recientes de la investigación, en los que se volvía a mencionar a Osiris, que estaba muy satisfecho con ellos. Carlos V recibió también en esos años una genealogía en la que aparece Adán como fundador de la Casa de Borgoña y en los mismos términos hubo otro informe genealógico remitido a Felipe II.

Solamente en el siglo XVIII la Casa de Austria dejó de sostener la idea de la descendencia de los troyanos y el árbol genealógico bíblico. Carlos VI fue el último miembro masculino de la Casa de Austria y la muerte de la dinastía en 1740 inició la época de la Casa de Habsburgo-Lorena. Con él, desapareció el concepto medieval que adjudicaba a la Casa de Austria la misión divina de gobernar el mundo mediante una Monarquía Universal, fundamentada en el acendrado catolicismo dinástico y en la legitimación propagandística de su origen troyano y bíblico.

Lecturas

  • Michael Siebler, La Guerra de Troya, Ariel 2006
  • Jon Juaristi, El bosque originario, Aguilar, 2000.
  • Friedrich Edelmayer, ‘La Casa de Austria: mitos, propaganda y apología’, en ‘Política y Cultura en la época moderna’, Universidad de Alcalá, 2004.
  • Jacques LeGoff, Los intelectuales en la Edad Media, Gedisa, 2017
  • James H. Billington, El icono y el hacha, Siglo XXI, 2011

El lado oscuro de Ulises

El uso de la inteligencia frente a la fuerza bruta es lo que distingue a los dos héroes que comparten escenario en la Iliada, Ulises y Aquiles. Ninguno de los dos sale indemne ante la opinión pública porque si el primero puede ser visto como un marrullero sin escrúpulos, el segundo se revela como una criatura colérica, cruel y arrogante, aunque tiene a su favor su franqueza y la ausencia de simulación. En cambio, Ulises puede resultar siniestro, manipulador y deshonesto en sus fines. No obstante, la intención de Homero no es mostrar ni a un matón sanguinario ni a un ingenioso embustero del que nadie se puede fiar, al menos en esos términos; de eso se encargan otros.

Las malas artes de Ulises no son consideradas como tales en la Iliada y mucho menos en la Odisea, pero entre los oyentes y luego entre los lectores de ambos poemas siempre se sospechó que su carácter dejaba mucho que desear, una mala fama que se consolidó en las tragedias de Sófocles, Esquilo y Eurípides y en obras posteriores, como la Metamorfosis de Ovidio y la Eneida de Virgilio, hasta llegar a Dante, que lo confina en el Octavo Círculo del Infierno, el de los embaucadores, por sus terribles consejos y su papel decisivo en la destrucción de Troya.

Fue Ulises quien aconsejó a Agamenón que sacrificara a su hija Ifigenia para apaciguar a la diosa Artemisa y liberara los vientos que permitirían la navegación de la flota griega hacia Troya y fue quien convenció al rey de Micenas de la necesidad de abandonar a Filoctetes en Lemnos y apoderarse de su flota; fue el urdidor de la falsa acusación contra Palamedes que le costó la vida y la fama y quiso deshacerse, mediante el asesinato, de Diomedes, su compañero de hazañas, para quedarse con todo el honor y la gloria del robo del Paladio y de los caballos de Reso.

Su relación con Palamedes, hijo del rey de Eubea, es el ejemplo más claro de su lado oscuro y vengativo. Fue este guerrero quien descubrió su primer engaño, con el que había intentado eludir el juramento que él mismo había ideado y que le obligaba a unirse al resto de los griegos en la guerra contra Troya. Según cuenta Higinio, un oráculo había anunciado a Ulises que, si acudía a Troya, volvería después de veinte años tras haber perdido a sus compañeros y sin hogar, por lo que urdió la argucia de fingirse loco: unció un buey y un caballo a un arado y, en medio de tal desequilibrio, los llevaba hacia adelante mientras arrojaba granos de sal a la tierra como si fueran semillas. Pero Palamedes se dio cuenta del engaño y arrancando al recién nacido Telémaco de los brazos de Penélope lo puso delante del arado, con lo que Ulises se vio obligado a poner fin a su ardid para no matar a su hijo.

Nunca perdonó a Palamedes que descubriera su treta para no acudir a Troya y, según Filóstrato, que fuera superior a él en inteligencia y en virtud. Mientras Ulises utiliza su astucia para engañar y conseguir su propio beneficio, Palamedes pone sus cualidades al servicio de los demás: los autores antiguos le atribuyeron la invención del juego de dados y de tácticas bélicas y la difusión de las ‘letras fenicias’, de las leyes escritas, de los pesos y medidas y del número.

Ulises se labró muchos enemigos a lo largo de la guerra de Troya. Uno de ellos fue el gran guerrero Ayax, que se volvió loco por la intervención de Atenea y se quitó la vida, después de que Ulises se hiciera con las armas de Aquiles en un concurso de méritos, en el que la oratoria jugó un papel decisivo a favor del rey de Ítaca. La Iliada recoge este episodio pero no pone en duda el derecho de Ulises a pujar por conseguir las armas frente a Ayax y luego destaca el pesar de Ulises por la muerte de su rival. Las tragedias ponen un punto de duda, cuando no de condena, en el comportamiento del itacense pero, en ‘Ayax’ de Sófocles, aunque el coro se refiere al hijo de Laertes como perteneciente al “corrompido linaje de Sísifo”, aquel que intentó engañar a los propios dioses y acabó empujando una roca hasta la cima de una montaña para volver a caer y vuelta a empezar durante toda la eternidad, se decanta por la versión de Homero en la que Ulises se comporta como un héroe piadoso al elogiar la valentía de Ayax y lamentar su suicidio.

Por poco tiempo retuvo Ulises en su poder las armas que pertenecieron a Aquiles. Muertos éste y Ayax, el ejército griego se desmorona y para paliar esta fragilidad, el adivino Calcante profetiza que ha de ser Neoptolemo, hijo del pélida, quien abata los muros de Troya y, además, para que se cumpla el oráculo deben llegar al escenario bélico el arco de Hércules y sus flechas, en posesión de Filoctetes. Ulises dice que es una tarea imposible, pero en la asamblea reaparece Palamedes de Eubea para decirle al rey de Ítaca que debe viajar a Esciros, donde reside el hijo de Aquiles, y cederle las armas inmortales de su padre que en justicia le pertenecen y también llegarse a Lemnos para convencer a Filoctetes de que les ayude, a pesar del odio que pueda guardar a los griegos y en especial a Ulises, principal instigador de la decisión de abandonar al arquero en la isla inhóspita de Lemnos y hacerse con el control de la flota melibea, cuando se dirigían a Troya, porque no se soportaban el olor que exhalaba la herida supurante de su pierna causada por la mordedura de una serpiente.

Sobre la traición urdida por Ulises contra Palamedes existen diferentes versiones pero la más extendida señala que el primero enterró una gran cantidad de oro en el lugar donde iba a levantarse la tienda de Palamedes y, a continuación, falsificó una carta que un prisionero troyano, al que inmediatamente hace matar, debía entregar al rey Príamo. En la carta, el rey troyano prometía oro al hijo de Nauplio si traicionaba a los griegos. Cuando Agamenón le cita para acusarlo de traición, el eubeo ni se queja ni se lamenta y se limita a decir: “Te compadezco, Verdad, porque has muerto antes que yo”. Palamedes murió lapidado por los soldados griegos. Resulta irónico que el divulgador de la escritura muriera debido a la falsificación de una carta.

Gorgias, el gran sofista del siglo -V, escribe en la ‘Defensa de Palamedes’ un discurso que pone en boca de Palamedes, en el que se pregunta si Ulises urdió la acusación contra él por envidia o maldad, desmonta la traición con razonamientos lógicos y expresa su desdén al afirmar que también podría formular acusaciones contra el itacense por sus muchas y graves faltas pero prefiere no hacerlo porque “quiero salir de esta acusación no por tus crímenes, sino por mis méritos”. Y ahí lo deja.

Más violenta es la diatriba que Ayax, señor del escudo de siete pieles”, dirige a Ulises en las ‘Metamorfosis’. Ante la asamblea de guerreros en la que se dirimen los méritos de cada uno de ellos para recibir las armas de Aquiles, recuerda cómo el rey de Ítaca se retiró ante el fuego provocado por Héctor y cómo él resistió su embate para concluir que “es más fácil luchar con palabras engañosas que combatir con las manos”; le reprocha que todas sus hazañas ocurran de noche y sin testigos y maldice el día en que se descubrió su fingimiento porque si no hubiera ido a la guerra, Filoctetes no habría sido abandonado en Lemnos, aunque él afortunadamente sigue vivo, lo que no ha ocurrido con Palamedes al que quiso perjudicar, porque sólo su presencia le recordaba el vergonzoso descubrimiento de su falsa locura, por lo que se inventó “que había traicionado a los dánaos y probó el supuesto delito mostrando una cantidad de oro que había enterrado previamente”.

El episodio de la falsa traición de Palamedes no aparece en las epopeyas homéricas, aunque sí en el primero de los poemas del ciclo troyano -en el Ciprias’, hoy perdido aunque se conserva el resumen de Proclo- y también en la obra de Apolodoro de Atenas y en las Fábulas de Cayo Julio Higinio. En el ‘Heroico’ de Filóstrato, el fantasma de Ulises dialoga con el propio Homero, que había viajado a Ítaca porque le habían llegado noticias de que el alma del rey de Ítaca estaba viva. La evocó y cuando apareció, le preguntó por lo sucedido en Troya; Ulises le dijo que lo sabía todo, que se acordaba de todo y que se lo contaría a cambio de que hablara bien de él en su poema y que éste fuera un himno a su sabiduría y coraje.

Se lo contó todo y cuando Homero ya se alejaba, Ulises le gritó: “Palamedes me reclama que pague por su muerte; yo sé que cometí delito y caeré sin duda alguna, pues los jueces de los muertos aquí son terribles, Homero, y tengo muy cerca el suplicio. Pero si a los hombres de ahí arriba no les parezco culpable por lo de Palamedes, los de aquí me castigarán menos. Haz que Palamedes no vaya a Troya, que no forme parte del ejército, y no digas que era un sabio. Sin duda lo dirán otros poetas, pero nadie los creerá si tú no lo dices”.

En efecto, Homero no menciona a Palamedes y Ulises se convierte en el héroe de la inteligencia y la astucia y así ha sido durante siglos, desde que en el -II fuera redactado el texto definitivo de los dos poemas homéricos y depurado, probablemente por los bibliotecarios de Alejandría Aristarco y Calímaco. Desde entonces, se ha marginado a los sofistas que veían en Palamedes un mejor modelo a imitar y a los trágicos que apreciaron en Ulises un lado demasiado oscuro.

Beber o no beber a lo largo de la historia

1primeros vinos

Hace unas semanas escribí un comentario sobre escritores que han sufrido los efectos físicos y psicológicos de un desmesurado consumo de alcohol y lo han descrito con los atributos de una temporada en el infierno, aunque también los hay que califican la experiencia de necesaria y paradisíaca, contradicciones que no se dan solamente en las vivencias personales, sino que se reflejan en las diversas actitudes éticas, religiosas, sociales e incluso morales a lo largo de la historia y en diferentes sociedades. Beber o no beber, la inmensidad del tema lo hace practicamente inagotable.

En esta ocasión pretendo apuntar algunas observaciones sobre esta ambigüedad, que con frecuencia se convierte en incoherencia, en la que se ha movido la opinión sobre si es bueno, malo o regular darse a la dipsomanía. Los antropólogos deterministas consideran que la tendencia bebedora la llevamos en los genes y se remiten a la ‘hipótesis del mono borracho’: la enzima ADH 4, que nos permite a todos los primates digerir el alcohol, apareció hace diez millones de años, lo que significa que previamente y de forma casual, nuestros antecesores descubrieron la fermentación natural y, también de forma casual, nos hicimos adictos a las frutas maduras, repletas de azúcar y rebosantes de calorías, cuya energía nos facilitó saltar, correr y huir de los acechantes depredadores, además de procurarnos una reserva para tiempos peores. Esta reserva en forma de grasa extra que se acumula en la barriga cervecera y en otros depósitos estratégicos, como muslos y nalgas, nos vino gracias a la deglución de zumos fermentados y la ingestión de grandes cantidades de comida en los tiempos de bonanza, que no eran muchos, para hacer frente a los de carencia, que eran más.

Con el tiempo a los seres humanos no les bastó con encontrarse por casualidad con palmeras datileras y otros árboles con frutos fermentados, sino que se hicieron con el control del proceso: para hacer vino se sirvieron de las uvas; para la cerveza, de la cebada; para la sidra, de las manzanas y para el sake, del arroz. La popular cerveza es la bebida alcohólica conocida más antigua del mundo, probablemente anterior al milenio -IV. Se conocía ya en Mesopotamia y en Egipto, donde se han hallado inscripciones relativas a esta bebida, y las tribus germánicas y celtas del norte de Europa, muy aficionadas a ella, la conocían antes de entrar en contacto con los romanos.

En la época de los Ptolomeos, los griegos de Alejandría bebían vino y los egipcios del campo trasegaban cerveza. Eran dos tradiciones culturales paralelas que se conservaron sin mezclarse durante varios siglos. Parece que la viña fue domesticada en Oriente Próximo y, a través de Anatolia, llegó a Grecia, donde se aclimató perfectamente. Hesíodo, en ‘Los trabajos y los días’ da consejos sobre su cultivo y también sobre la manera óptima de consumir el vino, que ha de mezclarse en una proporción de una parte con tres de agua.

Se consideraba, y aún hoy se sigue creyendo, que el vino era más sofisticado y elitista que la cerveza. Heródoto menciona el vino más de treinta veces en sus libros de Historia y lo asocia a los pueblos civilizados y al refinamiento de su cultura. Presenta a los persas como “muy aficionados al vino” y dice que, después de “bien bebidos, suelen deliberar acerca de los negocios de mayor importancia” y que una vez sobrios vuelven a tratar el asunto, de manera que si les parece bien, lo ponen en ejecución. No obstante, no eran lo suficientemente educados porque no se abstenían de vomitar el exceso de vino en el mismo banquete.

El vino entre los egipcios se consumía por los altos estratos de la sociedad, como la guardia personal del faraón, que tenía establecido por contrato cuatro copas de vino diarias. A los reyes espartanos se les regalaba un cuartillo de vino, cuando lo consumían en sus casas, y el doble en las celebraciones a las que eran invitados. Los gobernadores de las regiones de Escitia ofrecían una crátera de vino a los guerreros que habían matado a un enemigo, como un premio al valor.

Pero, si bien el vino es parte del salario, un premio y una nota de refinamiento, también puede ser una desgracia. Saber beber siempre ha sido una condición imprescindible para poder hacerlo, a los ojos de todas las sociedades, comenzando por la griega, que no soportaba la desmesura. A Cambises, hijo del rey Ciro, se le consideraba un enajenado por culpa de su excesiva afición al vino y de hecho sus acciones muestran que no estaba en sus cabales y el padre de Alejandro Magno, Filipo de Macedonia, fue reconvenido por el historiador contemporáneo de ambos, Teopompo de Quíos, porque se presentaba en la batalla absolutamente borracho. Su hijo Alejandro tenía muy mal vino y en uno de esos banquetes, en que bebía a la usanza bárbara hasta caer inconsciente al amanecer, quiso castigar la insolencia de uno de sus mejores amigos, Clito, y lo mató con una lanza.

Son casos extremos de intemperancia y por lo tanto de proscripción, pero en general, a lo largo de los siglos y por diferentes sociedades, se ha condenado la naturaleza del vino porque convierte en indiscretos a los bebedores que usan de él torpemente y sin moderación y acaban cometiendo muchas inconveniencias, como dejó escrito en Roma Dion de Prusa en el siglo I.

Roma recogió de Grecia la afición al vino y casi desaparece por su culpa en uno de los episodios más críticos de su historia, tras ser atacada por los galos a principios del siglo -IV, cuando apenas era una ciudad entre otras. Llegó a Italia un gran contingente de población gala de origen céltico, que huía de la superpoblación en su territorio de origen y se adentró en la península, según señala Plutarco, atraído por una bebida hipnótica. Dice en ‘Vidas Paralelas, Camilo, XV’ que “…habiendo llegado, aunque tarde, a probar el vino, traído entonces por primera vez de Italia, de tal manera se maravillaron de aquella bebida, y hasta tal punto los sacó a todos de juicio su dulzura, que tomando las armas y llevando consigo a sus familias corrieron arrebatadamente a los Alpes, en busca de la tierra que tal fruto producía, teniendo todos los demás países por estériles y silvestres”.

El vino no sólo se bebe, sino que se comenta, y se usa en todo tipo de celebraciones: para cerrar acuerdos, homenajear a un héroe, recordar glorias pasadas y concelebrar con los muertos, como en algunas regiones balcánicas en las que es costumbre vaciar media copa en el suelo para convidar al fallecido al que se acaba de enterrar.

El vino forma parte de los ritos religiosos y en su entorno se han creado multitud de tradiciones, algunas de ellas relacionadas con las religiones monoteístas. En el Génesis se apunta a Noé como el primer ser humano que probó el zumo de la uva fermentada, tras el Diluvio, y como consecuencia de su dedicación a la agricultura y a los viñedos. También se dice que fue el primero en emborracharse y como Cam se burlase de su desnudez, lo maldijo a él y a todos sus descendientes.

Los judíos santifican su día sagrado, el shabbat, bebiendo vino y recitando la bendición; por Pascua su consumo es incluso obligatorio. Los cristianos recogieron la tradición de la “última cena” en la que Cristo bebió vino con sus discípulos y la incorporaron en la eucaristía, que los teólogos católicos interpretaron según la curiosa doctrina de la transubstanciación: en la misa, cuando el sacerdote dice las palabras mágicas, el vino deja de ser vino para convertirse en sangre de Cristo y, aunque el cambio no se ve porque los accidentes permanecen, la sustancia resulta que ya es otra.

En cambio, el Islam prohíbe el vino, aunque no siempre fue así: en el Irán del siglo XI, Omar Kayyam, poeta, filósofo, matemático y astrónomo, canta a la bebida y a la vida en su célebre ‘Rubaiyat’. El vino permite una liberación transitoria de la conciencia y por eso favorece el aprovechamiento pleno del presente. Dice el poeta persa: «¿Por qué vendes tu vino, mercader? Porque haciendo llegar a todos mi vino, doy poder, riqueza, sueños y amor”.

Sobre la prohibición del alcohol en los países musulmanes y las diferentes formas de abordar la bebida en los países del norte y del sur de Europa o en los Estados Unidos, versa ‘Una odisea etílica’, subtítulo del ensayo ‘Beber o no beber’, con todas sus resonancias hamletianas, en el que Lawrence Osborne, escritor británico, alcohólico confeso y ex crítico de vinos de la revista ‘Vogue’, nos hace partícipes de su experiencia personal acerca de “beber o dejar de beber’’.

Comienza con un gin-tonic en el Town House Gallery de Milán: tres partes de tónica y una de ginebra Gordon’s, tres cubitos de hielo y una corteza de lima. La marca de la tónica es irrelevante y la sensación es como “acero frío en forma líquida”. En la cena, en la mesa de al lado, una familia árabe adinerada acompaña los alimentos con botellines de agua mineral. A Osborne le gusta beber y cree que el alcohol es la esencia de la vida y que la mente es un cuerpo químico. Además, lo que verdaderamente le gustan son los destilados, que se beben en soledad, frente a las bebidas fermentadas, que son sociales y de países como Francia o Italia, donde no embriagarse es lo adecuado y en los que beber es un placer. Para Osborne beber vino o cerveza es un hábito que permite limpiar el cuerpo del auténtico alcohol, el de las bebidas destiladas.

Para corroborar su hipótesis de que el occidental es un ser libre y que son las moléculas de alcohol que fluyen constantemente por su sistema sanguíneo las que le hacen sentirse “libre, sin restricciones, magníficamente insolente” se embarca en un viaje, una ‘odisea etílica’ por los países musulmanes que prohíben el consumo público de bebidas alcohólicas, pero también confiesa que su periplo de varios meses compone un experimento para desintoxicarse, curarse de “un excesivo arrebato alcohólico”. Osborne es el ejemplo de lo que es el occidental para los musulmanes, alguien que se encuentra en un estado constante, aunque inadvertido, de embriaguez. El buen musulmán detesta el alcoho porque, al alterar la conciencia, falsea la relación humana y también la relación con Dios.

Osborne, en este libro en el que se contradice con bastante frecuencia, comprende los argumentos sobre la impureza alcohólica y los estados alterados de conciencia no deseables que esgrimen los clérigos musulmanes, pero al mismo tiempo defiende la embriaguez como un acto de libertad, aunque también señala el lamentable espectáculo de un borracho tirado en el suelo sobre su propio vómito. “Dos estados, beber y no beber: hacemos equilibrios entre ambos. Quizá todo bebedor sueñe con su propia abstinencia y todo musulmán o cristiano abstemio sueñe con una copa al final del arcoiris… Un musulmán alcohólico me ayuda a no perder la esperanza en la salvación de la raza humana”. Quizá no se hayan escrito párrafos más diáfanos acerca de la ambigüedad, la incoherencia y las contradicciones de ‘beber o no beber’. Del chato de vino, la caña de cerveza o el chupito de vodka como acto supremo de libertad, ya hablamos otro día.

Lecturas

– Jesús Mosterín, La cultura humana, Espasa Calpe, 2009.

– Herodoto, Los nueve libros de la Historia, EDAF, 1989.

– Lawrence Osborne, Beber o no beber, Gatopardo Ediciones, 2020.

El ajedrecista turco que venció a Napoleón

Nunca nos hemos conformado con menos. Se nos quedó pequeño reproducir hombres y mujeres que escapaban del cuadro para echarse a andar de un momento a otro y animales que esperaban pacientes una caricia del espectador, así como estatuas dotadas de lo que parecía ser un impulso vital imposible. Desde que los dioses crearan a los hombres con arcilla y agua y Pigmalión convirtiera el marfil de la estatua de Galatea en carne palpitante, no hemos cejado en el intento de construir seres que se parecieran a nosotros y poseyeran la cualidad que nos es propia como organismos vivos superiores: el movimiento y, con el tiempo, la capacidad de calcular.

Además de referencias a criaturas mecánicas en la mitología griega, los primeros documentos acerca de la construcción de autómatas datan de hace dos mil años, exceptuando las noticias acerca de juguetes construidos en China quinientos años antes, como la urraca que movía las alas y el caballo de madera que daba saltos. Unos cien años después, Arquitas de Tarento construyó un palomo de madera que rotaba por el impulso de un surtidor de agua o de vapor.

La fabricación de juguetes y también la de objetos de uso práctico siguió adelante y los científicos y artesanos produjeron a lo largo de los siglos aves voladoras y bebedoras, cabezas parlantes, autómatas caminantes, relojes con figuras mecánicas que se movían según el orden de las horas, como el gallo de la catedral de Estrasburgo, y figuras articuladas que hacían las delicias de reyes y cortesanos, como el león mecánico que Leonardo da Vinci construyó para el rey Luis XII de Francia o el monje caminante que Juanelo Turriano fabricó para el emperador Carlos V.

Pero la discusión, en muchas ocasiones apasionada, sobre la criatura mecánica no aparece en toda su magnitud hasta los siglos XVII y XVIII, cuando se produce una revolución de las ideas filosóficas y de los progresos científicos que las acompañan. La nueva visión de la realidad acentuó el criterio mecanicista. Kepler concebía el universo como una gran máquina, Hobbes pensaba lo mismo del cuerpo humano y Descartes relegaba a los animales a la condición de autómatas naturales. Esta concepción implicaba que cualquier proceso natural podía explicarse e imitarse teniendo como principio una máquina universal como el reloj, cuyo mecanismo de engranajes podía ser aplicado a cualquier fenómeno natural.

La mayoría de los autómatas que se fabricaron entonces pretendían reproducir los principales procesos que se daban en los seres vivos, desde la digestión a la circulación de la sangre, o imitar actos complejos de la actividad humana, como la escritura, la pintura o la interpretación musical. Y al ser mostrados como entretenimiento en los salones de la alta sociedad, debían enmascararse con una apariencia que se acercara lo más posible a su modelo para reforzar de ese modo la ilusión de verosimilitud de criaturas como el flautista de Jacques de Vaucanson, cuyas entrañas de poleas, pesas y válvulas conseguían arrancar una destreza razonable en el uso de la flauta travesera. Del mismo autor llegaron otros dos autómatas musicales, uno que tocaba el caramillo y otro que tocaba la gaita, pero a todos los superó el pato que comía, hacía la digestión y expulsaba los residuos, aunque en realidad era un fraude porque lo que se suponía que era maíz digerido no era otra cosa que migas de pan teñido que simulaban excrementos.

Mucho más delito tuvo el jugador de ajedrez llamado El Turco. Lo había construido el artesano húngaro Wolfgang von Kempelen en 1760 para entretener a la emperatriz María Teresa, pero su éxito no comenzó hasta que lo llevó de gira por las principales ciudades de Europa. Si las creaciones de Vaucanson imitaban procesos naturales replicables, el jugador de ajedrez meditaba las jugadas, es decir, “pensaba”. Elegía un movimiento y lo llevaba a cabo sobre el tablero frente a un contrincante humano, que a su vez respondía con otro.

Kempelen, que nunca afirmó explícitamente que su ‘criatura’ jugara al ajedrez por sí mismo y calificaba su mecanismo de “bagatela” de efectos maravillosos, abría las puertas a la ilusión y para conseguirlo ponía todo su empeño en disipar cualquier duda acerca de la existencia de trucos con puertas falsas y huecos camuflados: antes de cada exhibición mostraba al público el interior del cajón –a rebosar de ruedas, engranajes, palancas y poleas- al que estaba fijado el asiento del ajedrecista, un muñeco vestido con un turbante y una capa que le cubría la espalda y que era apartada para que se pudieran observar los mecanismos, tan abigarrados como los del cajón, que lo sustentaban. Esa demostración convencía los incrédulos de que era imposible que un ser humano se pudiera introducir en el cajón o en el maniquí, aunque hubo algunos que aseguraron totalmente convencidos que en su interior se escondía un enano ajedrecista, un veterano de guerra mutilado, un niño prodigio o incluso un duende.

En 1784, Johann Maelzel, un ingeniero de la corte de Viena, compró la máquina y con ella derrotó a Federico el Grande de Prusia y a Napoleón, contra quien jugó tras la batalla de Wagram. En 1825, acuciado por las deudas, abandonó Europa con destino a Nueva York, desde donde emprendió una gira por varias ciudades norteamericanas. El secreto de Kempelen sobrevivió hasta 1834, cuando Jacques Mouret, antigua gloria del ajedrez, arruinado, enfermo y alcoholizado, lo vendió a un periódico a cambio de una botella de brandy: confesó haber dirigido las partidas desde el interior del Turco durante años, con ayuda de un espejo y un juego de imanes. Y no fue el único ajedrecista que contribuyó al engaño.

Dos años después de la revelación del misterio, Edgar Allan Poe escribió un artículo para el Southern Literary Journal, en el que analizó cómo se llevaba a cabo el engaño del jugador de ajedrez de Maelzel, tras asistir a las exhibiciones que había realizado en Richmond un año antes. Poe estaba convencido de que las acciones del autómata estaban dirigidas por una mente humana y la prueba, quizá más contundente, fuera la disposición del escenario en el que se jugaban las partidas.

Cuando la máquina se desliza rodando hacia el lugar de la exhibición y se presenta ante los espectadores, un hombre ya se encuentra su su interior, tras la densa maquinaria que parece ocupar el cajón y, a medida que Maelzel va cerrando y abriendo compartimentos con una rutina inamovible, va cambiando de posición. Una vez mostrados todos los posibles recovecos de la máquina, puede introducirse en el tronco del Turco de manera que sus ojos queden a la altura del tablero de ajedrez. Su rival en la partida se sienta a una mesa pequeña con un tablero propio, en el que Maelzel reproduce los movimientos del tablero del ajedrecista mecánico y a la inversa. Ambos jugadores mantienen una distancia de seis metros el uno del otro, suficientes para que el adversario humano pueda estar lo suficientemente cerca y sorprender algún sonido no mecánico, como pudiera ser la respiración del hombre escondido.

Si la distancia entre los contendientes era una condición indispensable para no ser descubierto podemos imaginar el terror del ajedrecista escondido cuando en 1809 jugó contra Napoleón Bonaparte. Posiblemente en esta ocasión el ajedrecista que se escondía dentro del Turco era Johann Baptist Allgaier, autor del primer libro de ajedrez publicado en Alemania y autor de la Variación Allgaier, bautizada así en su nombre. Enfrente, el emperador francés, quizá el mejor estratega militar de la historia, no se distinguía por ser un buen jugador de ajedrez, aunque sí entusiasta, pero de mal perder y mucho temperamento, además de ser el hombre más poderoso en la Europa de su tiempo. Su asistente, presente en la partida, relató después que el ambiente había sido cordial y de camaradería, a pesar de las trampas que hizo el emperador y que llevaron a que el ajedrecista mecánico retirara las piezas del tablero y diera por terminado el juego.

Una versión similar asegura que en las dos primeras partidas, Bonaparte realizó varios movimientos ilegales para poner a prueba al autómata, algo que solía hacer con cierta frecuencia ante contrincantes humanos, hasta que El Turco volcó las piezas del tablero en señal de disconformidad. Pero ya en la tercera partida, el emperador realizó una apertura de aficionado, el Turco no tuvo piedad y le dio una soberana paliza en diez movimientos.

¿Cómo se lo tomó el emperador? Cuentan que se irritó tanto cuando vio que El Turco le pillaba todas las trampas que fue él mismo quien tiró las piezas del tablero en un momento de cólera, aunque probablemente no fuera por las jugadas ilegales, sino porque fue derrotado de manera absoluta en la tercera partida. Un corresponsal del ‘New York Sun’ recuperó la historia unos años después y en su relato señala que desde el primer momento, el emperador se negó a sentarse a la mesa asignada y exigió “pelear cara a cara” y sin distancia. Fue derrotado en la primera partida y pidió una segunda vuelta, durante la cual colocó un gran imán en el tablero del autómata que fue retirado por Maelzel con toda cordialidad. De nuevo Napoleón fue derrotado y se inició una tercera partida, no sin antes de que envolviera el rostro y el cuerpo del Turco con un chal, lo que fue aceptado por el jugador autómata. Por tercera vez el artefacto cantó victoria. Entonces, Napoleón “contempló a su oponente y, con un gesto de desprecio, barrió las piezas del tablero y gritando ‘¡Bagatelle!’ sobre peones y alfiles salió a grandes zancadas de la habitación”. El enfado quedó en nada y es que Napoleón debía estar exultante: acababa de derrotar al Imperio austríaco en la batalla de Wagram.

A pesar de que en 1834 empezaron a desvelarse los misterios del Turco, Maelzel siguió viajando por Estados Unidos y luego llegó a Cuba, donde Schlumberger, su ayudante y posiblemente ajedrecista oculto, murió de la fiebre amarilla, enfermedad que también contrajo el propio dueño del artefacto y de la que falleció en el barco que se dirigía a Nueva York. Sus posesiones fueron subastadas y en 1839 el comprador del Turco lo donó al Museo Peale de Baltimore, donde permaneció hasta que acabó siendo pasto de las llamas en el gran incendio que se declaró en Filadelfia en 1854.

Nota

Las referencias al artículo de Edgar Allan Poe de 1835 están extraídas de su reproducción publicada en ‘El rival de Prometeo. Vidas de Autómatas Ilustres’, editado por Marta Peirano y Sonia Bueno Gómez-Tejedor para Impedimenta en 2009. Asimismo, una de las versiones sobre la partida de Napoleón contra el autómata, aparecida en el ‘New York Sun’, corresponde a la misma selección de textos.