Beber o no beber a lo largo de la historia

1primeros vinos

Hace unas semanas escribí un comentario sobre escritores que han sufrido los efectos físicos y psicológicos de un desmesurado consumo de alcohol y lo han descrito con los atributos de una temporada en el infierno, aunque también los hay que califican la experiencia de necesaria y paradisíaca, contradicciones que no se dan solamente en las vivencias personales, sino que se reflejan en las diversas actitudes éticas, religiosas, sociales e incluso morales a lo largo de la historia y en diferentes sociedades. Beber o no beber, la inmensidad del tema lo hace practicamente inagotable.

En esta ocasión pretendo apuntar algunas observaciones sobre esta ambigüedad, que con frecuencia se convierte en incoherencia, en la que se ha movido la opinión sobre si es bueno, malo o regular darse a la dipsomanía. Los antropólogos deterministas consideran que la tendencia bebedora la llevamos en los genes y se remiten a la ‘hipótesis del mono borracho’: la enzima ADH 4, que nos permite a todos los primates digerir el alcohol, apareció hace diez millones de años, lo que significa que previamente y de forma casual, nuestros antecesores descubrieron la fermentación natural y, también de forma casual, nos hicimos adictos a las frutas maduras, repletas de azúcar y rebosantes de calorías, cuya energía nos facilitó saltar, correr y huir de los acechantes depredadores, además de procurarnos una reserva para tiempos peores. Esta reserva en forma de grasa extra que se acumula en la barriga cervecera y en otros depósitos estratégicos, como muslos y nalgas, nos vino gracias a la deglución de zumos fermentados y la ingestión de grandes cantidades de comida en los tiempos de bonanza, que no eran muchos, para hacer frente a los de carencia, que eran más.

Con el tiempo a los seres humanos no les bastó con encontrarse por casualidad con palmeras datileras y otros árboles con frutos fermentados, sino que se hicieron con el control del proceso: para hacer vino se sirvieron de las uvas; para la cerveza, de la cebada; para la sidra, de las manzanas y para el sake, del arroz. La popular cerveza es la bebida alcohólica conocida más antigua del mundo, probablemente anterior al milenio -IV. Se conocía ya en Mesopotamia y en Egipto, donde se han hallado inscripciones relativas a esta bebida, y las tribus germánicas y celtas del norte de Europa, muy aficionadas a ella, la conocían antes de entrar en contacto con los romanos.

En la época de los Ptolomeos, los griegos de Alejandría bebían vino y los egipcios del campo trasegaban cerveza. Eran dos tradiciones culturales paralelas que se conservaron sin mezclarse durante varios siglos. Parece que la viña fue domesticada en Oriente Próximo y, a través de Anatolia, llegó a Grecia, donde se aclimató perfectamente. Hesíodo, en ‘Los trabajos y los días’ da consejos sobre su cultivo y también sobre la manera óptima de consumir el vino, que ha de mezclarse en una proporción de una parte con tres de agua.

Se consideraba, y aún hoy se sigue creyendo, que el vino era más sofisticado y elitista que la cerveza. Heródoto menciona el vino más de treinta veces en sus libros de Historia y lo asocia a los pueblos civilizados y al refinamiento de su cultura. Presenta a los persas como “muy aficionados al vino” y dice que, después de “bien bebidos, suelen deliberar acerca de los negocios de mayor importancia” y que una vez sobrios vuelven a tratar el asunto, de manera que si les parece bien, lo ponen en ejecución. No obstante, no eran lo suficientemente educados porque no se abstenían de vomitar el exceso de vino en el mismo banquete.

El vino entre los egipcios se consumía por los altos estratos de la sociedad, como la guardia personal del faraón, que tenía establecido por contrato cuatro copas de vino diarias. A los reyes espartanos se les regalaba un cuartillo de vino, cuando lo consumían en sus casas, y el doble en las celebraciones a las que eran invitados. Los gobernadores de las regiones de Escitia ofrecían una crátera de vino a los guerreros que habían matado a un enemigo, como un premio al valor.

Pero, si bien el vino es parte del salario, un premio y una nota de refinamiento, también puede ser una desgracia. Saber beber siempre ha sido una condición imprescindible para poder hacerlo, a los ojos de todas las sociedades, comenzando por la griega, que no soportaba la desmesura. A Cambises, hijo del rey Ciro, se le consideraba un enajenado por culpa de su excesiva afición al vino y de hecho sus acciones muestran que no estaba en sus cabales y el padre de Alejandro Magno, Filipo de Macedonia, fue reconvenido por el historiador contemporáneo de ambos, Teopompo de Quíos, porque se presentaba en la batalla absolutamente borracho. Su hijo Alejandro tenía muy mal vino y en uno de esos banquetes, en que bebía a la usanza bárbara hasta caer inconsciente al amanecer, quiso castigar la insolencia de uno de sus mejores amigos, Clito, y lo mató con una lanza.

Son casos extremos de intemperancia y por lo tanto de proscripción, pero en general, a lo largo de los siglos y por diferentes sociedades, se ha condenado la naturaleza del vino porque convierte en indiscretos a los bebedores que usan de él torpemente y sin moderación y acaban cometiendo muchas inconveniencias, como dejó escrito en Roma Dion de Prusa en el siglo I.

Roma recogió de Grecia la afición al vino y casi desaparece por su culpa en uno de los episodios más críticos de su historia, tras ser atacada por los galos a principios del siglo -IV, cuando apenas era una ciudad entre otras. Llegó a Italia un gran contingente de población gala de origen céltico, que huía de la superpoblación en su territorio de origen y se adentró en la península, según señala Plutarco, atraído por una bebida hipnótica. Dice en ‘Vidas Paralelas, Camilo, XV’ que “…habiendo llegado, aunque tarde, a probar el vino, traído entonces por primera vez de Italia, de tal manera se maravillaron de aquella bebida, y hasta tal punto los sacó a todos de juicio su dulzura, que tomando las armas y llevando consigo a sus familias corrieron arrebatadamente a los Alpes, en busca de la tierra que tal fruto producía, teniendo todos los demás países por estériles y silvestres”.

El vino no sólo se bebe, sino que se comenta, y se usa en todo tipo de celebraciones: para cerrar acuerdos, homenajear a un héroe, recordar glorias pasadas y concelebrar con los muertos, como en algunas regiones balcánicas en las que es costumbre vaciar media copa en el suelo para convidar al fallecido al que se acaba de enterrar.

El vino forma parte de los ritos religiosos y en su entorno se han creado multitud de tradiciones, algunas de ellas relacionadas con las religiones monoteístas. En el Génesis se apunta a Noé como el primer ser humano que probó el zumo de la uva fermentada, tras el Diluvio, y como consecuencia de su dedicación a la agricultura y a los viñedos. También se dice que fue el primero en emborracharse y como Cam se burlase de su desnudez, lo maldijo a él y a todos sus descendientes.

Los judíos santifican su día sagrado, el shabbat, bebiendo vino y recitando la bendición; por Pascua su consumo es incluso obligatorio. Los cristianos recogieron la tradición de la “última cena” en la que Cristo bebió vino con sus discípulos y la incorporaron en la eucaristía, que los teólogos católicos interpretaron según la curiosa doctrina de la transubstanciación: en la misa, cuando el sacerdote dice las palabras mágicas, el vino deja de ser vino para convertirse en sangre de Cristo y, aunque el cambio no se ve porque los accidentes permanecen, la sustancia resulta que ya es otra.

En cambio, el Islam prohíbe el vino, aunque no siempre fue así: en el Irán del siglo XI, Omar Kayyam, poeta, filósofo, matemático y astrónomo, canta a la bebida y a la vida en su célebre ‘Rubaiyat’. El vino permite una liberación transitoria de la conciencia y por eso favorece el aprovechamiento pleno del presente. Dice el poeta persa: «¿Por qué vendes tu vino, mercader? Porque haciendo llegar a todos mi vino, doy poder, riqueza, sueños y amor”.

Sobre la prohibición del alcohol en los países musulmanes y las diferentes formas de abordar la bebida en los países del norte y del sur de Europa o en los Estados Unidos, versa ‘Una odisea etílica’, subtítulo del ensayo ‘Beber o no beber’, con todas sus resonancias hamletianas, en el que Lawrence Osborne, escritor británico, alcohólico confeso y ex crítico de vinos de la revista ‘Vogue’, nos hace partícipes de su experiencia personal acerca de “beber o dejar de beber’’.

Comienza con un gin-tonic en el Town House Gallery de Milán: tres partes de tónica y una de ginebra Gordon’s, tres cubitos de hielo y una corteza de lima. La marca de la tónica es irrelevante y la sensación es como “acero frío en forma líquida”. En la cena, en la mesa de al lado, una familia árabe adinerada acompaña los alimentos con botellines de agua mineral. A Osborne le gusta beber y cree que el alcohol es la esencia de la vida y que la mente es un cuerpo químico. Además, lo que verdaderamente le gustan son los destilados, que se beben en soledad, frente a las bebidas fermentadas, que son sociales y de países como Francia o Italia, donde no embriagarse es lo adecuado y en los que beber es un placer. Para Osborne beber vino o cerveza es un hábito que permite limpiar el cuerpo del auténtico alcohol, el de las bebidas destiladas.

Para corroborar su hipótesis de que el occidental es un ser libre y que son las moléculas de alcohol que fluyen constantemente por su sistema sanguíneo las que le hacen sentirse “libre, sin restricciones, magníficamente insolente” se embarca en un viaje, una ‘odisea etílica’ por los países musulmanes que prohíben el consumo público de bebidas alcohólicas, pero también confiesa que su periplo de varios meses compone un experimento para desintoxicarse, curarse de “un excesivo arrebato alcohólico”. Osborne es el ejemplo de lo que es el occidental para los musulmanes, alguien que se encuentra en un estado constante, aunque inadvertido, de embriaguez. El buen musulmán detesta el alcoho porque, al alterar la conciencia, falsea la relación humana y también la relación con Dios.

Osborne, en este libro en el que se contradice con bastante frecuencia, comprende los argumentos sobre la impureza alcohólica y los estados alterados de conciencia no deseables que esgrimen los clérigos musulmanes, pero al mismo tiempo defiende la embriaguez como un acto de libertad, aunque también señala el lamentable espectáculo de un borracho tirado en el suelo sobre su propio vómito. “Dos estados, beber y no beber: hacemos equilibrios entre ambos. Quizá todo bebedor sueñe con su propia abstinencia y todo musulmán o cristiano abstemio sueñe con una copa al final del arcoiris… Un musulmán alcohólico me ayuda a no perder la esperanza en la salvación de la raza humana”. Quizá no se hayan escrito párrafos más diáfanos acerca de la ambigüedad, la incoherencia y las contradicciones de ‘beber o no beber’. Del chato de vino, la caña de cerveza o el chupito de vodka como acto supremo de libertad, ya hablamos otro día.

Lecturas

– Jesús Mosterín, La cultura humana, Espasa Calpe, 2009.

– Herodoto, Los nueve libros de la Historia, EDAF, 1989.

– Lawrence Osborne, Beber o no beber, Gatopardo Ediciones, 2020.

El ajedrecista turco que venció a Napoleón

Nunca nos hemos conformado con menos. Se nos quedó pequeño reproducir hombres y mujeres que escapaban del cuadro para echarse a andar de un momento a otro y animales que esperaban pacientes una caricia del espectador, así como estatuas dotadas de lo que parecía ser un impulso vital imposible. Desde que los dioses crearan a los hombres con arcilla y agua y Pigmalión convirtiera el marfil de la estatua de Galatea en carne palpitante, no hemos cejado en el intento de construir seres que se parecieran a nosotros y poseyeran la cualidad que nos es propia como organismos vivos superiores: el movimiento y, con el tiempo, la capacidad de calcular.

Además de referencias a criaturas mecánicas en la mitología griega, los primeros documentos acerca de la construcción de autómatas datan de hace dos mil años, exceptuando las noticias acerca de juguetes construidos en China quinientos años antes, como la urraca que movía las alas y el caballo de madera que daba saltos. Unos cien años después, Arquitas de Tarento construyó un palomo de madera que rotaba por el impulso de un surtidor de agua o de vapor.

La fabricación de juguetes y también la de objetos de uso práctico siguió adelante y los científicos y artesanos produjeron a lo largo de los siglos aves voladoras y bebedoras, cabezas parlantes, autómatas caminantes, relojes con figuras mecánicas que se movían según el orden de las horas, como el gallo de la catedral de Estrasburgo, y figuras articuladas que hacían las delicias de reyes y cortesanos, como el león mecánico que Leonardo da Vinci construyó para el rey Luis XII de Francia o el monje caminante que Juanelo Turriano fabricó para el emperador Carlos V.

Pero la discusión, en muchas ocasiones apasionada, sobre la criatura mecánica no aparece en toda su magnitud hasta los siglos XVII y XVIII, cuando se produce una revolución de las ideas filosóficas y de los progresos científicos que las acompañan. La nueva visión de la realidad acentuó el criterio mecanicista. Kepler concebía el universo como una gran máquina, Hobbes pensaba lo mismo del cuerpo humano y Descartes relegaba a los animales a la condición de autómatas naturales. Esta concepción implicaba que cualquier proceso natural podía explicarse e imitarse teniendo como principio una máquina universal como el reloj, cuyo mecanismo de engranajes podía ser aplicado a cualquier fenómeno natural.

La mayoría de los autómatas que se fabricaron entonces pretendían reproducir los principales procesos que se daban en los seres vivos, desde la digestión a la circulación de la sangre, o imitar actos complejos de la actividad humana, como la escritura, la pintura o la interpretación musical. Y al ser mostrados como entretenimiento en los salones de la alta sociedad, debían enmascararse con una apariencia que se acercara lo más posible a su modelo para reforzar de ese modo la ilusión de verosimilitud de criaturas como el flautista de Jacques de Vaucanson, cuyas entrañas de poleas, pesas y válvulas conseguían arrancar una destreza razonable en el uso de la flauta travesera. Del mismo autor llegaron otros dos autómatas musicales, uno que tocaba el caramillo y otro que tocaba la gaita, pero a todos los superó el pato que comía, hacía la digestión y expulsaba los residuos, aunque en realidad era un fraude porque lo que se suponía que era maíz digerido no era otra cosa que migas de pan teñido que simulaban excrementos.

Mucho más delito tuvo el jugador de ajedrez llamado El Turco. Lo había construido el artesano húngaro Wolfgang von Kempelen en 1760 para entretener a la emperatriz María Teresa, pero su éxito no comenzó hasta que lo llevó de gira por las principales ciudades de Europa. Si las creaciones de Vaucanson imitaban procesos naturales replicables, el jugador de ajedrez meditaba las jugadas, es decir, “pensaba”. Elegía un movimiento y lo llevaba a cabo sobre el tablero frente a un contrincante humano, que a su vez respondía con otro.

Kempelen, que nunca afirmó explícitamente que su ‘criatura’ jugara al ajedrez por sí mismo y calificaba su mecanismo de “bagatela” de efectos maravillosos, abría las puertas a la ilusión y para conseguirlo ponía todo su empeño en disipar cualquier duda acerca de la existencia de trucos con puertas falsas y huecos camuflados: antes de cada exhibición mostraba al público el interior del cajón –a rebosar de ruedas, engranajes, palancas y poleas- al que estaba fijado el asiento del ajedrecista, un muñeco vestido con un turbante y una capa que le cubría la espalda y que era apartada para que se pudieran observar los mecanismos, tan abigarrados como los del cajón, que lo sustentaban. Esa demostración convencía los incrédulos de que era imposible que un ser humano se pudiera introducir en el cajón o en el maniquí, aunque hubo algunos que aseguraron totalmente convencidos que en su interior se escondía un enano ajedrecista, un veterano de guerra mutilado, un niño prodigio o incluso un duende.

En 1784, Johann Maelzel, un ingeniero de la corte de Viena, compró la máquina y con ella derrotó a Federico el Grande de Prusia y a Napoleón, contra quien jugó tras la batalla de Wagram. En 1825, acuciado por las deudas, abandonó Europa con destino a Nueva York, desde donde emprendió una gira por varias ciudades norteamericanas. El secreto de Kempelen sobrevivió hasta 1834, cuando Jacques Mouret, antigua gloria del ajedrez, arruinado, enfermo y alcoholizado, lo vendió a un periódico a cambio de una botella de brandy: confesó haber dirigido las partidas desde el interior del Turco durante años, con ayuda de un espejo y un juego de imanes. Y no fue el único ajedrecista que contribuyó al engaño.

Dos años después de la revelación del misterio, Edgar Allan Poe escribió un artículo para el Southern Literary Journal, en el que analizó cómo se llevaba a cabo el engaño del jugador de ajedrez de Maelzel, tras asistir a las exhibiciones que había realizado en Richmond un año antes. Poe estaba convencido de que las acciones del autómata estaban dirigidas por una mente humana y la prueba, quizá más contundente, fuera la disposición del escenario en el que se jugaban las partidas.

Cuando la máquina se desliza rodando hacia el lugar de la exhibición y se presenta ante los espectadores, un hombre ya se encuentra su su interior, tras la densa maquinaria que parece ocupar el cajón y, a medida que Maelzel va cerrando y abriendo compartimentos con una rutina inamovible, va cambiando de posición. Una vez mostrados todos los posibles recovecos de la máquina, puede introducirse en el tronco del Turco de manera que sus ojos queden a la altura del tablero de ajedrez. Su rival en la partida se sienta a una mesa pequeña con un tablero propio, en el que Maelzel reproduce los movimientos del tablero del ajedrecista mecánico y a la inversa. Ambos jugadores mantienen una distancia de seis metros el uno del otro, suficientes para que el adversario humano pueda estar lo suficientemente cerca y sorprender algún sonido no mecánico, como pudiera ser la respiración del hombre escondido.

Si la distancia entre los contendientes era una condición indispensable para no ser descubierto podemos imaginar el terror del ajedrecista escondido cuando en 1809 jugó contra Napoleón Bonaparte. Posiblemente en esta ocasión el ajedrecista que se escondía dentro del Turco era Johann Baptist Allgaier, autor del primer libro de ajedrez publicado en Alemania y autor de la Variación Allgaier, bautizada así en su nombre. Enfrente, el emperador francés, quizá el mejor estratega militar de la historia, no se distinguía por ser un buen jugador de ajedrez, aunque sí entusiasta, pero de mal perder y mucho temperamento, además de ser el hombre más poderoso en la Europa de su tiempo. Su asistente, presente en la partida, relató después que el ambiente había sido cordial y de camaradería, a pesar de las trampas que hizo el emperador y que llevaron a que el ajedrecista mecánico retirara las piezas del tablero y diera por terminado el juego.

Una versión similar asegura que en las dos primeras partidas, Bonaparte realizó varios movimientos ilegales para poner a prueba al autómata, algo que solía hacer con cierta frecuencia ante contrincantes humanos, hasta que El Turco volcó las piezas del tablero en señal de disconformidad. Pero ya en la tercera partida, el emperador realizó una apertura de aficionado, el Turco no tuvo piedad y le dio una soberana paliza en diez movimientos.

¿Cómo se lo tomó el emperador? Cuentan que se irritó tanto cuando vio que El Turco le pillaba todas las trampas que fue él mismo quien tiró las piezas del tablero en un momento de cólera, aunque probablemente no fuera por las jugadas ilegales, sino porque fue derrotado de manera absoluta en la tercera partida. Un corresponsal del ‘New York Sun’ recuperó la historia unos años después y en su relato señala que desde el primer momento, el emperador se negó a sentarse a la mesa asignada y exigió “pelear cara a cara” y sin distancia. Fue derrotado en la primera partida y pidió una segunda vuelta, durante la cual colocó un gran imán en el tablero del autómata que fue retirado por Maelzel con toda cordialidad. De nuevo Napoleón fue derrotado y se inició una tercera partida, no sin antes de que envolviera el rostro y el cuerpo del Turco con un chal, lo que fue aceptado por el jugador autómata. Por tercera vez el artefacto cantó victoria. Entonces, Napoleón “contempló a su oponente y, con un gesto de desprecio, barrió las piezas del tablero y gritando ‘¡Bagatelle!’ sobre peones y alfiles salió a grandes zancadas de la habitación”. El enfado quedó en nada y es que Napoleón debía estar exultante: acababa de derrotar al Imperio austríaco en la batalla de Wagram.

A pesar de que en 1834 empezaron a desvelarse los misterios del Turco, Maelzel siguió viajando por Estados Unidos y luego llegó a Cuba, donde Schlumberger, su ayudante y posiblemente ajedrecista oculto, murió de la fiebre amarilla, enfermedad que también contrajo el propio dueño del artefacto y de la que falleció en el barco que se dirigía a Nueva York. Sus posesiones fueron subastadas y en 1839 el comprador del Turco lo donó al Museo Peale de Baltimore, donde permaneció hasta que acabó siendo pasto de las llamas en el gran incendio que se declaró en Filadelfia en 1854.

Nota

Las referencias al artículo de Edgar Allan Poe de 1835 están extraídas de su reproducción publicada en ‘El rival de Prometeo. Vidas de Autómatas Ilustres’, editado por Marta Peirano y Sonia Bueno Gómez-Tejedor para Impedimenta en 2009. Asimismo, una de las versiones sobre la partida de Napoleón contra el autómata, aparecida en el ‘New York Sun’, corresponde a la misma selección de textos.

Virgilio, inmortal, falso profeta y señor de las moscas

Virgilio y las musas

‘Arma virumque cano’.

Así comienza el segundo verso de la Eneida, con el canto a las terribles armas de Marte y al hombre que, huyendo de Troya prófugo del destino, vino el primero a Italia y a las costas lavinias. Eneas, aquel que anduvo errante por mar y tierra, arrastrado por el furor de la diosa Juno, logró llevar sus dioses al Lacio, “de donde vienen el linaje latino y los senadores albanos y las murallas de la soberbia Roma”.

Durante siglos, ‘La Eneida’ ha sido la cartilla en la que los estudiantes de latín han aprendido la antigua lengua, desde su publicación tras la muerte de su autor, Virgilio, a las escuelas del siglo pasado, y aún hoy. Su persistencia burló incluso la barrera del odio cristiano hacia todo lo relacionado con el paganismo. Virgilio en la poesía y Cicerón en la prosa marcaron el canon de la lengua y con ellos quedó fijado el latín normativo de la creación literaria y de la escuela frente al latín vulgar, el que se hablaba en la calle.

El latín era la lengua del imperio y, pese a que el cristianismo empezó su andadura intelectual en griego, la nueva religión tuvo que recurrir a su uso para comunicar su mensaje en el occidente europeo. Además de su virtuosismo literario, ni Cicerón ni Virgilio eran Ovidio o Catulo, con sus cantos al amor carnal y a las costumbres licenciosas. A ninguno de los dos les afectaron ni la destrucción ni el abandono que hicieron desaparecer para siempre multitud de obras escritas cuando en el siglo IV se proclamó al cristianismo como la única fe y se procedió a una sistemática eliminación de la cultura romana y griega.

A partir del año 313, cuando el emperador Constantino firmó el Edicto de Milán y estableció la tolerancia con el Dios cristiano, arreciaron los ataques y la destrucción de templos y estatuas de los dioses romanos, griegos y egipcios así como la de los libros: apenas un uno por ciento de la literatura latina sobrevivió al fanatismo cristiano que veía en todas las obras de la Antigüedad inmundos pozos rebosantes de pecados de idolatría, de blasfemia, avaricia, asesinato y vanagloria. Pero además, existía el placer que podían generar los escritos paganos: el mismo Jerónimo -traductor de la Biblia al latín (Vulgata)- denunció esta desviación del camino recto causada por la lectura de los clásicos latinos, como Cicerón, mediante el relato un sueño en el que el Juez le declaró culpable de deleitarse en el estilo literario y haber caído en la vanidad intelectual, una de las tentaciones más perversas del Diablo.

Doce años después del Edicto de Milán, el Imperio dejó de ser tolerante con todas las religiones de manera oficial y en Nicea declaró que sus guerras constituían la lucha del Bien contra el Mal, de la religión cristiana contra el paganismo corrupto. Constantino, aparentemente convertido pero descendiente de la gran Roma y de sus tradiciones, pidió a sus obispos y a sus teólogos que encontraran en cualquier tipo de fuentes romanas un testimonio de la naturaleza verdadera de la nueva religión. Incluso invocó a la sibilia Eritrea que, según un poema, había augurado la venida de Jesucristo. La lectura única impuesta dio por verdadero lo falso de la misma manera que validó la mentira de que Virgilio, el gran poeta nacional romano, también lo había profetizado.

Virgilio había escrito una égloga en la que se arriesgó a realizar una profecía. Bajo la invocación de la sibila de Cumas, oráculo muy conocido en la Roma de entonces, transmitió un vaticinio de tono entusiasta: en el año 40 a.C. durante el consulado de su protector Asinio Pollio, había nacido un varón que debía traer paz a la humanidad y establecer una nueva Edad de Oro. No hay constancia de que ningún muchacho divino, portador de paz y nacido en ese año hubiera tenido importancia alguna en aquella época.

Se acerca a esa fecha el nacimiento de Agusto, en el 63 a.C. y cuya aparición queda vaticinada en la Eneida por el padre de Eneas, Anquises, que en el mundo de ultratumba de los Campos Elíseos revela a su hijo que ya ha llegado “el hombre que a menudo oíste prometido, César Augusto, el hijo de un dios, por quien la Edad de Oro volverá a florecer en los campos del Lacio, donde antaño Saturno mantuvo su cetro”.

Pero a Constantino no le importó mucho el enorme error de Virgilio: simplemente olvidó la fecha y también los pasajes en los que el poeta latino mencionaba a Pan, Saturno o Apolo. Incluso llegó a establecer que Aquiles actuó como antecesor de Cristo: aquel precipitó el destino de Troya y el segundo, el del mundo.

Aunque ni siquiera los padres de la Iglesia lo creyeron, Virgilio entró de este modo en las filas de los profetas, junto a Isaías y otros autores bíblicos, gracias a la lectura interesada y errónea de Constantino. Virgilio pasó de ser el poeta que narró el origen de Roma y estableció la línea ininterrumpida entre Eneas, hijo de Venus, y la familia de los Julios, encarnada en ese momento por Octaviano, a convertirse en un visionario cristiano anunciador de la prodigiosa llegada de un salvador. El paso de los siglos contribuyeron a esta fama: una leyenda medieval se hizo eco de que incluso el mismo san Pablo viajó a Nápoles para llorar sobre la tumba del profeta. Y como todos sabemos, diez siglos después de la reconsideración de Constantino, se le encargó hacer de guía de Dante a través del infierno y del purgatorio.

Pero Virgilio era también famoso por otro tipo de virtudes: las llamadas sortes virgilianae. La bibliomancia cuenta con una larga tradición y ya antes de Constantino, se utilizaban pasajes de libros elegidos al azar para la adivinación del futuro. La Eneida era uno de los mejores para esta mancia y la primera referencia aparece en la ‘Vida de Adriano’ de Elio Esparciano: el joven Adriano quiso saber qué opinaba el emperador Trabajo sobre él y al consultar al azar la Eneida se topó con los versos en los que Eneas observa “al rey romano cuyas leyes renovarán Roma”. No podía ser un augurio mejor y, además cumplido porque Trajano lo adoptó como hijo y posteriormente se convirtió en emperador de Roma.

La adivinación por los libros siguió utilizándose durante los siglos posteriores, aunque la Eneida tuvo que compartir virtudes proféticas con la misma Biblia. La cleromancia evangélica era tan popular que el Concilio de París estimó prudente su condena oficial, aunque sin apenas éxito.

Del Virgilio poeta, creador de una epopeya nacional, profeta y adivino, se afirmó que su alumbramiento estuvo rodeado de sucesos sorprendentes: no lloró al nacer y un álamo plantado tras el parto alcanzó una altura sobrenatural en muy poco tiempo. Pero también se le dotó de una leyenda oscura: la de mago y señor de las moscas. Lo cuenta Néstor F. Marqués en el prefacio a su libro sobre mentiras y propaganda en la Antigua Roma, como un ejemplo notable de la deformación de la realidad por el engaño consciente e intencionado.

Se dice que Publio Virgilio Marón tuvo por mascota una simple mosca y que cuando murió se le hizo un funeral que costó la astronómica cifra de ochocientos mil sestercios. En la triste despedida al insecto se le recitó la oración fúnebre correspondiente y a ella acudieron los amigos para consolar al poeta. Finalmente se le construyó un gran monumento funerario y se colocó la inscripción de recuerdo: ‘Mosca: Séate ligera esta urna y descansen en ella tus huesos’.

Se justifica esta excentricidad, que no casa en absoluto con el carácter de Virgilio, un hombre tímido y comedido, en la ley de confiscación de tierras por parte del triunvirato de Marco Antonio, Lépido y Octaviano con objeto de asentar en ellas a veteranos de guerra y en que los terrenos de Virgilio se encontraban entre los afectados. La ley establecía que no podrían ser expropiadas aquellas propiedades que contuvieran monumentos funerarios de seres queridos y, como la norma no especificaba que tuvieran que ser humanos, sirvió la urna de la mosca para desbaratar los planes sobre las tierras de Virgilio.

Este es un relato muy popular pero también es mentira. Néstor F. Marqués no encontró ni una sola fuente clásica que mencione este asunto, cuya primera mención parece encontrarse en un escueto vídeo grabado en 1931 por un tal R. Ripley que, en su versión escrita, se remite a las ‘Vidas de los doce Césares’ de Suetonio, obra en la que no aparece ni mención de esta historia.

Quizá este relato de la mosca vino por asociación con una obra que se le atribuyó a Virgilio falsamente tras su muerte: se trataba de una especie de sátira de la Eneida, cuyo protagonista no era Eneas, sino un mosquito, Culex, que salvó a un pastor de la picadura de una serpiente mediante un picotazo de aviso, con la consecuencia de que aquel falleció de un manotazo. El mosquito se le apareció en sueños y el pastor, arrepentido, decidió dedicarle un túmulo de mármol en señal de desagravio y recuerdo.

Pero la relación de Virgilio con las moscas no acaba aquí. Desde la Antigüedad tardía comenzó a ser considerado como un mago muy poderoso relacionado con las fuerzas del mal. Diversas leyendas nos lo muestran como protector de la ciudad de Nápoles frente a las plagas de insectos, en especial de moscas que atormentaban a los ciudadanos. También protegió otras ciudades, como la misma Roma, donde se decía que Virgilio había convocado al moscone, el diablo al que obedecían todas las moscas y había hecho un trato con él para expulsarlo de la ciudad. Así se ganó el título de ‘señor de las moscas’, que es uno de los apelativos que los cristianos asociaban a menudo con el diablo -Belcebú- del hebreo baal zebub, que significa literalmente ‘señor de las moscas’, con lo que se pretendía ridiculizar al dios semítico del inframundo Baal Zebul (Baal el Príncipe) cuya figura era invocada para curar enfermedades.

Virgilio también ha perdurado en grandes escritores, como Herman Broch, otro ‘fato profugus’ como Eneas, que en ‘La muerte de Virgilio’ narra las últimas horas del poeta; en Cyril Connolly, que se transforma en el piloto de Eneas, Palinuro, en ‘La sepultura sin sosiego’. Y en Jorge Luis Borges, que cita o alude al poeta latino más de sesenta veces a lo largo de su obra y confiesa que aprendió en la Eneida a percibir la persistente melodía de la “antigua cadencia del hexámetro”, la belleza de la etimología y el verso como talismán.

Borges cita a Virgilio cuando afirma que “haber sabido y haber olvidado el latín es una posesión porque el olvido es una de las formas de la memoria”; cuando proclama su nostalgia por el “hábito de unir endecasílabos” y cuando admite estar cercado por la mitología porque “Virgilio me ha hechizado” e “hice que cada estrofa fuera un arduo laberinto de entretejidas voces”. Y recupera su presencia cuando nos dice que “sólo es nuestro lo que perdemos” y que “Ilión fue, pero Ilión perdura en el hexámetro que la plañe” o cuando se remite a los dioses para explicar la desventura: “De otra manera lo entendieron los dioses”.

Lecturas

– Virgilio, ‘La Eneida’ (traducción de Eugenio de Ochoa)

– Néstor F. Marqués, ‘Fake News de la Antigua Roma’, Espasa, 2019.

– Carlos García Gual, ‘La luz de los lejanos faros’, Ariel, 2017. El capítulo ‘Borges y los clásicos de Grecia y Roma’ me proporcionaron las citas y las alusiones a Virgilio.

Periodistas españoles en la República de Weimar: Chaves Nogales y Xammar

Chaves Nogales, redactor jefe del ‘Heraldo de Madrid’, realizó un viaje en avión por Europa camino de Bakú, algo más de dieciséis mil kilómetros, en 1928. La primera escala la hizo en París y, aunque el objetivo de sus crónicas era contar cómo les iba a los soviéticos diez años después de su revolución, hizo un repaso, un poco apresurado, de las ciudades y gentes con las que se iba encontrando. Las quinientas pesetas que le entregó el director del periódico, Manuel Fontdevila, para gastos de viaje y que no cubrían ni siquiera el trayecto hasta París, se estiraron lo suficiente para permitirle enviar casi treinta crónicas de sus observaciones por buena parte de Europa. Quizá siguió el consejo de su jefe: pedir dinero en las embajadas y en los consulados.

Llegó a Berlín en agosto de 1928, un año antes de que estallara el mundo financiero y Alemania volviera a los tiempos de penuria e incertidumbre, irracionalidad y violencia que acabarían con la República de Weimar, esa institución que había enraizado profundamente en la conciencia de los ciudadanos alemanes con una “fuerza indestructible” y cuya desaparición resultaba impensable, en la opinión del periodista sevillano. No acertó: en menos de cinco años la Constitución de Weimar se convirtió en papel mojado para dar paso al fuego y al horror del Tercer Reich.

Otro periodista español narró las vicisitudes a las que tuvo que hacer frente la República entre 1922 y 1924, los peores años sin contar los anteriores de posguerra. Eugenio Xammar, corresponsal de ‘La Veu de Catalunya’ y luego de ‘La Publicitat’ llegó a Berlín “un día de invierno, frío y con niebla” y se encontró con un país deprimido en más de un sentido. “Se casó con una prusiana alta y delgada llamada Amanda”, cuenta Josep Pla, con quien hizo tándem en varios trabajos periodísticos, incluida la famosa entrevista a Adolf Hitler unos días antes del putsch de Múnich.

Eran otros tiempos, pero sorprende el diferente criterio de Chaves Nogales y de Xammar en torno a la vigencia de la Constitución de Weimar. “La República en Alemania -escribe Xammar en 1922- se asienta sobre un consenso colectivo lo suficientemente amplio para ser calificado de general, pero sobre el entusiasmo activo de muy pocos ( ) Vive desde hace cuatro años en estado de perpetua defensa”.

Lo primero que le llama la atención al redactor jefe de ‘El Heraldo de Madrid’, cuando en 1928 desciende del avión en un vuelo procedente de Zurich, es la gran cantidad de trenes que agujerean Berlín, convirtiéndola en una ciudad perforada, cuyo símbolo parece ser “un volante y una biela en movimiento”. Durante muchos meses se ha exhibido en los cines una película titulada ‘Berlín 1928’, en la que se reproduce la vida berlinesa a lo largo de todo un día y en la que se suceden las imágenes de ruedas, émbolos y motores, en un homenaje triunfal a la máquina sin alma. Chaves Nogales sentencia que esta manifestación cinemática revela pobreza espiritual y que sólo un idiota como Marinetti puede rendirse ante algo tan inferior.

Quizá sea inferior pero Alemania parece resplandecer tras haber superado una etapa de economía convulsa. Chaves Nogales ve que las familias se divierten, que los pobres aspiran a ser burgueses y éstos a disfrutar como los millonarios. Todo es un frenesí de velocidad, de progreso y, aparentemente, de riqueza. Muy diferente a lo que seis años antes Xammar relataba en sus crónicas con el hundimiento del marco y las reparaciones de guerra, imposibles de ser satisfechas. La riqueza total de Alemania, admitiendo las tasaciones más optimistas, no pasaba de 230.000 millones de marcos oro, una cifra sensiblemente igual a la que debía hacer efectiva como indemnizaciones. Apenas lo valía Alemania entera.

El encarecimiento de la vida aumentaba en torno al cien por cien cada mes en este año de 1922; centenares de miles de familias a duras penas tienen lo necesario para vivir y se evitan gastos como el uso del tranvía, el gas y la electricidad, cuyas fábricas tienen que despedir a buena parte de su personal. Además, la depreciación económica interrumpe la importación de materias primas que antes iban destinadas a la industria alemana. Los desórdenes empezaran en ciudades como Coblenza, donde las mujeres salieron a la calle, indignadas al ver que el dinero de la semana no llegaba ni para lo más indispensable.

La llegada del quinto invierno de guerra, como llama Xammar al año 1923, viene acompañada por la ocupación francesa de la cuenca del Ruhr. El Gobierno alemán espera la intervención de Inglaterra y de los Estados Unidos, que no llega. En quince días el dólar pasa de 10.000 a 25.000 marcos. Los alemanes responden con la resistencia pasiva: cierre de comercios a las fuerzas de ocupación y pequeños sabotajes como cortes de electricidad en sus residencias. El ejército francés procede a realizar detenciones y consejos de guerra que imponen duras penas de prisión.

La propaganda contra los franceses por medio de libelos y carteles es muy intensa en toda Alemania, que teme una ocupación militar indefinida que pueda conducir a la anexión final. Perderá de nuevo la guerra, vaticina Xammar, pero tiene a su favor “la opinión del mundo” que no tuvo durante la gran guerra. Se extiende la convicción de que las exigencias de Francia y la ocupación son inicuas: viajeros británicos y estadounidenses lo reflejan en sus crónicas o en sus diarios. Y en estos tiempos de racismo sin ambages los cronistas afirman que el despliegue de soldados de las colonias francesas, tropas negras, es una humillación consciente a Alemania. Cuentan historias de violaciones y mulatos bastardos y tildan de salvajes sin taparrabos y monos con uniforme a estos soldados franceses. Xammar también toma nota: “Estos soldados negros van y vienen por las calles como si estuviesen en su casa, ríen, gritan, hablan y se hacen los guasones. A veces, cuando están de juerga, se les dispara el fusil y matan a un par de niños. Pero no se puede decir que sean malintencionados”.

El francés se convierte en el enemigo, en el ocupante y en el que está hecho de otra pasta; la animadversión mutua durará decenios, aunque ya venía de antiguo. Chaves Nogales, en sus recorridos por Berlín, se hace acompañar de una señora francesa que hace años que vive en Alemania y que le sirve como contrapunto y freno al estupor que le producen “las sugestiones germánicas” de adolescentes dicharacheras y semidesnudas. Ocurre que a los alemanes les encantan los deportes y los jóvenes son endiabladamente naturales.

El cronista sevillano describe en una de sus crónicas cómo se comportan los adolescentes en la playa artificial que es orgullo del nuevo Berlín y las miradas de quienes les observan mientras cenan o beben champán. Se trata del magnífico espectáculo del Wellenbad, un baño de ola artificial del Luna Park. Dentro del agua, hombres y mujeres fraternizan con una libertad de movimientos y una indiferencia que el latino no entiende, dice, mientras queda extasiado ante las espléndidas mujeres germánicas “ahítas de cerveza y kirsch” que alborotan con sus estruendosas risas. “El alemán de dieciocho años es como un dios joven; a los treinta y cinco, es como un cerdo”, le susurra ‘Madame’, la acompañante “tan en sazón” a sus treinta y cinco años, cuya sensibilidad latina le impide confraternizar con semejantes hunos. Francia es la elegancia y la sensatez de la madurez, en tanto que Alemania es la potencia y la energía indomable de la juventud.

Por otra parte se aprecia en estas crónicas de Chaves Nogales el antisemitismo que inunda gran parte de Europa. Nos cuenta las impresiones que le produce una actuación en el ‘Kunstler Kafee’, un pequeño cabaret en cuyo centro se alza una tarima y sobre ella un piano, donde esa noche ha venido a expresarse un “judío joven, un inconfundible judío, ya un poco en arco el cuerpo a pesar de su juventud; pálidos y brillantes los ojos negros; corva -cómo no- la nariz. Y se ha puesto a recitar contra quienes practican el deporte físico y también contra el káiser y le han aplaudido; luego ha llegado un negro y el público también se ha reído con la ridiculización del viejo emperador ( ) los alemanes se divierten pero los que arremeten contra el viejo imperialismo no son nunca alemanes: son judíos, negros, esclavos… Me falta ver al alemán”.

Con esta visión del espectáculo sería difícil que el señor Chaves pudiera apercibirse del ambiente amenazador de las calles, de la marea parda, de la ascensión del movimiento racista y xenófobo alentado ya en esos años en Berlín por el propio Goebbels: en 1926 había sido nombrado Gauleiter de Berlín-Brandeburgo e inició una frenética actividad de propaganda y asaltos encomendados a sus fuerzas de choque, las SA. En ninguna de sus crónicas Chaves hace mención de los desfiles y de las palizas.

No ocurre lo mismo con Xammar, que relata cómo en Baviera se permite “el somatén monárquico y nacionalista encargado de romperle el cuello a los republicanos, socialistas y judíos, sobre todo a los judíos porque en Baviera todo el año es Jueves Santo”. Es septiembre de 1923 y dos meses después se produce “un espectáculo para turistas”, el ridículo golpe de Estado de Múnich, en el que Hitler entra a una cervecería y con su voz de cornetín pretende dirigirse al público en medio del desorden y el griterío y, al no conseguirlo, “con un gesto completamente norteamericano y cinematográfico levanta la mano al aire y encaja dos tiros en el techo”.

El día anterior, Hitler concedió una entrevista a Eugenio Xammar y a Josep Pla. Tan poca importancia le dieron que se publicó casi quince días después. Del futuro dictador de Alemania, Xammar dice que es “el necio más sustancioso que desde que estamos en el mundo, hemos tenido el gusto de conocer. Un necio cargado de empuje, de vitalidad, de energía; un necio sin medida ni freno. Un necio monumental, magnífico y destinado a hacer una carrera brillantísima”, algo de lo que él “está más convencido que nosotros mismos”.

A lo largo de su monólogo, más que entrevista, Hitler afirma que la única forma de deshacerse de los judíos es expulsándolos de Alemania, pero sin quedarse a medias como hicieron los Reyes Católicos al permitir que los conversos se quedaran en Castilla y en Aragón; no es un problema de religión, sino de raza, proclama Hitler, y todos sin excepción deberán abandonar el país. Añade que el Vaticano es el centro de las intrigas internacionales judías contra la liberación de la raza germánica. Xammar prometió una segunda parte de la entrevista sobre las intenciones en economía de Hitler, que “no tienen desperdicio”, pero no se publicó.

El año 1924 constituye un giro hacia una estabilidad económica y es a partir de 1926 cuando cambia la situación económica en Alemania, que consigue salir de la crisis gracias a los empréstitos internacionales -alentados más de una vez por Xammar en sus análisis de la política y de la economía alemanas- y que se hizo posible gracias al realismo y a la labor diplomática de Stresseman. Sólo diez años después del armisticio, Alemania era ya la segunda potencia industrial del mundo. Chaves Nogales, que llega en 1928, es consciente de la nueva riqueza, de la industriosidad del país y de su modernidad a ultranza, pero parece no observar la extensión del sentimiento nacional herido en todo el espectro político, el descreimiento de la derrota en la Gran Guerra y el deseo de venganza contra los que consideran traidores a la patria; se muestra convencido de que los alemanes han olvidado totalmente la última guerra y no quieren saber nada de aventuras imperialistas.

Eugenio Xammar reflejó el ambiente que podría convertir Alemania en una dictadura reaccionaria, pero se equivocó con Hitler, al que no dio demasiada importancia en esos años y al que consideraba un semianalfabeto, y con su partido “racial”, al que consideraba un partido de dementes. A Chaves Nogales ni siquiera se le pasó por la cabeza que Alemania dejara de ser una república democrática. En los años treinta, ambos coincidirán en Berlín y cambiarán de opinión.

Lecturas

– Eugenio Xammar, El huevo de la serpiente. Crónicas desde Alemania (1922-1924). Acantilado, 2005

– Manuel Chaves Nogales, La vuelta a Europa en avión. Libros del Asteroide, 2012.

El viaje que nunca existió: de Mesopotamia a Canaán. La Tierra Prometida

De la ciudad sumeria de Ur partió Abraham con destino a una tierra desconocida cargada de promesas. En ese punto comienza el viaje hacia el norte, que sustituye a la la quietud del Jardín del Edén y a la intemporaldiad del Diluvio, un destino en el que van acumulando cientos de relatos que aportan el contenido de los ciclos repetidos de llegada, exilio y retorno: la conquista de Canaán, el éxodo de Egipto, el regreso y los reinos, la caída de Israel y la deportación a Babilonia, el retorno, la pérdida y la diáspora.

Todo vuelve a empezar una y otra vez pero el comienzo tuvo lugar en Ur, una poderosa ciudad-estado, centro del imperio neosumerio que hacia el año 2112 contenía gran parte de Mesopotamia y que fue destruido por las invasiones de los amorreos, procedentes de los desiertos de Arabia, y de los elamitas, llegados del sur de la meseta iraní. En el Génesis se cuenta que Téraj tomó a su hijo Abraham y a su mujer, Sara, y su otro hijo, Harán, y a su nieto Lot y salieron de Ur de los caldeos para establecerse en Harán, quizá huyendo de la masacre elamita. En esta ciudad Abraham oyó por primera vez la voz de Dios que le dijo: “Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre y vete al país que yo te indicaré. Yo haré de ti un gran pueblo ( ) y por ti serán bendecidas todas las naciones de la tierra”.

El cronista elige la famosa ciudad de Ur como lugar natal de Abraham. En los relatos sobre los orígenes, todos los pueblos intentan prestigiarlos para hacer pasar por bueno lo que no fue más que un principio mediocre e incluso mezquino. Aquí se trata de instituir la figura del padre de la nación, Abraham, de la manera más halagüeña posible y, para empezar, se le sitúa en una de las primeras ciudades de Mesopotamia y último reducto imperial de los neosumerios.

Abraham abandona la ciudad de Harán con Sara, su sobrino Lot, con los esclavos y con el ganado hasta llegar a Siquem, una ciudad de Canaán, donde recibe el segundo mensaje de Dios: “Yo daré esta tierra a tu descendencia”. Después de visitar Betel y erigir un segundo altar, marcha hacia Egipto en busca de fortuna que le proporciona el mismo faraón como compensación por los servicios de Sara en su harén. Vuelven a Canaán, con abundante ganado, oro y plata y el resto de su vida permanecerán en esta tierra prometida pero sin que Dios haga efectiva su promesa. Es entonces cuando tiene lugar la destrucción de Sodoma y Gomorra entre nubes de azufre por orden de Dios que ya no podía soportar esos antros de depravación sexual.

Isaac sucede a Abraham y al primero, Jacob, padre de las doce tribus que dejaron su país natal para buscar refugio en Egipto en una época de grandes hambrunas. La epopeya familiar adquiere a partir de entonces las características de un drama histórico y es el propio Dios de Israel quien desafía al soberano más poderoso de la tierra, el faraón de Egipto, y le obliga a dejar marchar a su pueblo, al que se da a conocer como Yahvé en el Sinaí y al que guía a través del desierto hacia la tierra prometida.

Aquí concluye la narración de la historia de los orígenes de Israel contenida en los cuatro primeros libros bíblicos -Génesis, Éxodo, Levítico y Números. En el quinto, el Deuteronomio, además de establecerse el mensaje religioso definitivo, se suceden los relatos de la conquista de Canaán, la fundación de un gran imperio por el rey David y la construcción del Templo de Jerusalén por Salomón, hasta la destrucción de los dos reinos rivales, el de Israel en el norte y el de Judá en el sur. En esa ocasión Dios echó mano del ejército asirio para devastar al primero en el año 720 aec y de los babilonios un siglo después para acabar con el segundo. No se puede decir que Yahvé no fuera una deidad poderosa: conseguía incluso que le obedecieran los ejércitos enemigos para castigar a su propio pueblo.

Durante mucho tiempo se creyó que la Biblia narraba verdades históricas y se pasaron por alto las versiones diferentes, e incluso contradictorias; la cronología improbable de los acontecimientos; la falsedad de algunos escenarios y la escasa y poco fiable documentación de los compiladores de los textos. Ocurrió que, a finales del siglo VII aec, en tiempos del rey Josías, en Jerusalén, la capital del reino de Judá, un grupo de funcionarios, escribas, sacerdotes y profetas utilizó un conjunto extraordinario de historias orales y escritas, leyendas y cuentos, mitos y poemas para crear un relato más o menos coherente que diera cuerpo a lo que creían que eran las aspiraciones del pueblo judío: la creación de un Dios todopoderoso que les amaba pero también les castigaba cuando le eran infieles; el rechazo radical de todos los dioses que hasta entonces, bien o mal, habían convivido con el suyo y la fijación de las bases de un monoteísmo excluyente que ha llegado hasta nuestros días, además de dejar establecido que Canaán, la Tierra Prometida, les pertenecía por un contrato exclusivo con la divinidad.

Por todas estas razones la Biblia insiste una y otra vez en el origen extranjero del pueblo elegido, desde la salida de Ur hasta la huida de Egipto. El primer patriarca, Abraham, recorrió Canaán en torno al año 1850 aec, vivió como un emigrante y no poseyó tierra alguna hasta que adquirió un terreno para enterrar a su mujer en la cueva de Macpelá, en Hebrón. Esta condición de intruso se repetirá en las generaciones posteriores de patriarcas, depositarios de promesas de una tierra pero que no se cumplieron hasta cientos de años más tarde.

Ninguno de los patriarcas pone en duda el derecho de los cananeos a ocupar su propio territorio, e incluso manifiestan respeto a sus dioses y a sus tradiciones religiosas, actitud que no se mantendrá en absoluto tras el Éxodo y el regreso de los israelitas liberados de la esclavitud en Egipto. El cambio de signo ideológico es notable: se intensifica el sentimiento de que el pueblo israelita tenía un derecho sagrado a una tierra porque le fue prometida por Dios y el derecho a una ‘guerra santa’ justificativa de cualquier agresión que tienda a conseguir esa misma tierra.

Comienza a elaborarse la identidad israelita en los relatos acerca de los patriarcas. Pero la llamada migración amorrea, en la que se situaría la salida de Abraham de Mesopotamia hacia Canaán, resultó ser una ilusión: no existen ni indicios arqueológicos ni similitudes culturales entre ambos territorios. La compilación de los relatos sobre los patriarcas debió hacerse mucho tiempo después y como poco se les puede reprochar su mala documentación: ni Isaac pudo tener un encuentro con Abimelec, rey de los filisteos, en la ciudad de Guerar, porque este pueblo no se estableció en la llanura costera de Canaán hasta después del año 1200 aec, ni había caravanas de camellos cuando José vivía en Egipto porque estos animales no se utilizaron de forma masiva para transportar mercancías hasta después del año 1000 aec.

El relato del éxodo, tan fundamental en la conformación identitaria israelita, tampoco es fiable: ni la esclavitud en Egipto ni la travesía de cuarenta años por el desierto hasta el regreso y conquista de Canaán. Cuando se inicia la reelaboración de los relatos bíblicos, hacia el siglo VII, tras la caída del reino de Israel, el de la huida de Egipto debía ser una historia arraigada en la imaginación judía y cananea desde hacía tiempo como una vigorosa imagen de libertad y resistencia nacional frente a las amenazas de los grandes imperios. Pero no hay nada que confirme que los israelitas se enfrentaran al faraón y que seiscientos mil consiguieran huir sin ningún percance. A menos que pensemos en los hicsos, un pueblo que había estado al servicio de Egipto, como esclavos, trabajadores inmigrantes o soldados fronterizos y que, tras sublevarse contra sus amos, gobernó el norte del país desde el año 1650 al 1550 aec. Avaris, la capital de los hicsos, era demasiado poderosa para que el ejército egipcio que avanzaba desde el sur pudiera tomarla al asalto, así que se llegó a un acuerdo para permitirles que abandonaran el delta sin ser atacados.

Esto explicaría, aunque de forma menos fantástica con el envío de plagas diversas y la apertura de las aguas del Mar Rojo, la huida del pueblo judío del ejército del faraón. El historiador judío del siglo I Flavio Josefo creyó que los judíos eran descendientes de los hicsos y está acreditado que Avaris mantenía estrechos lazos con Canaán, de donde eran originarios. Cuando fueron expulsados de Egipto a su tierra de origen, organizaron un sistema de ciudades-estado que protagonizó uno de los periodos más prósperos de su historia en los comienzos de la Edad del Hierro, entre los años 1200 y 1000 aec.

Es una conjetura, pero probablemente, los hicsos, fueron desvaneciéndose entre la población cananea y formaron, junto a la autóctona, el futuro Israel, que entra en la historia propiamente dicha en torno al año 950 aec. Todo indica que los judíos no aparecieron de repente desde otro lugar, sino que habían vivido en la región durante mucho tiempo. No hubo una invasión violenta en Canaán después del supuesto éxodo de Egipto, hacia el 1200, y Jericó no fue destruida por el ruido de las trompetas que derribaron sus murallas porque en esa época carecía de fortificaciones; tampoco Josué pudo realizar una emboscada a la ciudad de Ay porque ya no existía y en cuanto a la destrucción de Betel, Laquis, Jasor y demás ciudades cananeas hay pruebas de que no fueron los israelitas, sino las convulsiones, guerras y crisis sociales causadas por la irrupción de los llamados Pueblos del Mar.

La supuesta conquista de Canaán ni ocurrió en esos años ni tampoco por la fuerza, sino como consecuencia de una infiltración pacífica y gradual de los israelitas en la sociedad cananea. Se llegó a pensar que los apiru, mencionados en inscripciones y documentos del siglo XIV eran los antepasados de las tribus hebreas de Josué, pero todo indica que no formaban un grupo étnico, sino que constituían una clase compuesta por marginados sociales, desterrados algunos de ellos de las ciudades cananeas, y que se desempeñaban como bandidos e incluso como mercenarios.

Probablemente, el núcleo original de lo que luego sería Israel surgiría en la zona montañosa ocupada por pastores nómadas. Fue resultado del colapso de la cultura cananea, no su causa. Los israelitas surgieron de la propia Canaán y ni hubo un éxodo masivo de Egipto ni travesía del desierto ni conquista violenta de la Tierra Prometida.

Lecturas

Israel Finkelstein, La Biblia desenterrada, Siglo XXI, 2003.

John C.H. Laughlin, La arqueología y la Biblia, Crítica, 2000.

La última peste del Mundo Antiguo: la plaga de Justiniano

En julio del 541 llegaron a Alejandría noticias acerca de una epidemia en la localidad portuaria de Pelusio, situada en el lado oriental del delta del Nilo; dos meses después ya se había aposentado en Alejandría, donde residían los más famosos médicos de la época, que nada pudieron hacer porque ni siquiera ellos podían prescribir una cura eficaz para la peste ni evitar su transmisión.

Los bultos negros, conocidos como bubones, atormentaban las ingles, axilas y la parte posterior de las orejas de las víctimas. Inflamados de fiebre, morían, muchos de ellos tirados en la calle, con el vientre hinchado y la boca abierta de par en par vomitando torrentes de pus. Nadie los enterraba por miedo al contagio, que se extendía inexorablemente.

Ya nadie duda de que la Yertsinia pestis fue la causante de la pestilencia de la década de 540 y, de acuerdo con la descripción de los síntomas que hizo el cronista Procopio de Cesarea, una de las cepas podría haber sido neumónica, la más mortífera e infecciosa de todas. La bacteria (aislada por el epidemiólogo francés Alexandre Yersin en 1894 en la epidemia de Hong Kong)se adaptó a vivir en las pulgas hace miles de años pero se convirtió en una enfermedad virulenta y letal tiempo después; originalmente no era tan mortífera pero una mutación genética, ocurrida antes de la pandemia del siglo VI, la convirtió en la causa de la muerte de un 60% de la población del Imperio Romano de Oriente.

En el otoño de 541 la peste llegó a Constantinopla, la capital. Al principio solo morían los pobres, pero enseguida la peste llegó a los palacios e incluso Justiniano enfermó, aunque sobrevivió. Las calles de la ciudad quedaron desiertas de vivos. Morían de la peste, pero también de inanición por pura hambruna; el único negocio que subsistía era el enterramiento de los cadáveres.

Justiniano en un principio ordenó lanzar los cadáveres al mar pero ante la enormidad del número y el peligro del remedio, se optó por enterrar a los muertos en grandes agujeros excavados a tal propósito en el Cuerno de Oro: se depositaba una fila de ellos y se cubrían con una capa de tierra para inmediatamente volver a colocar más muertos hasta que ya no cabían más; entonces “se los pisaba con los pies y se les aplastaba como si fueran uvas estropeadas”, cuenta Juan de Efeso.

Tras cuatro meses, la peste perdió su virulencia y en el otoño del año 542 desapareció de Constantinopla, no sin que antes hubiera fallecido el cuarenta por ciento de una población de cerca de seiscientas mil personas; la plaga fue tan virulenta que en su peor momento causaba la muerte a once mil personas cada día en la capital. La enfermedad siguió su curso y se extendió por todo el Imperio de Justiniano. Se trasladó a Asia Menor, a Jerusalén, Antioquía, Sicilia y cubrió un territorio enorme, desde España a los países nórdicos. Durante dos siglos apareció de forma intermitente y siguió diezmando poblaciones.

El número de muertos fue de tal magnitud que apenas quedaron artesanos, comerciantes y campesinos. Tan escasa era la mano de obra disponible que los pobres se atrevieron a exigir a los ricos lo que antes ni soñaban. Tres años después de la erradicación de la peste en Constantinopla, Justiniano promulgó un edicto en el que prohibía que cualquier trabajador tuviera un salario superior al que tenía antes de la aparición de la enfermedad. Pero los salarios siguieron creciendo porque, además de muertos la enfermedad dejó graves secuelas en muchos de los vivos: las labores del campo y las industrias se vieron privadas de mano de obra y muchas se abandonaron.

Pablo el Diácono describe así la campiña italiana: “El mundo parecía haber regresado al silencio primigenio, pues en los campos no se oían voces ni se escuchaban los silbidos de los pastores. Los lugares donde una vez vivieron los hombres se habían convertido en madrigueras de animales salvajes”. Se calcula que desde que se detectó en Pelusio -un importante puerto comercial al que arribaban los barcos cargados con mercancías de diversas partes del mundo, amén de ratas- hasta dos siglos después, la ‘peste de Justiniano’ causó entre treinta y cincuenta millones de muertos, una cifra que equivalía a la mitad de la población del mundo conocido.

Se sucedieron las lecturas apocalípticas y se llegó a aceptar que fuera un acto de venganza divina por los pecados de la población. Algunos creyeron que la peste fue solo un heraldo que anunciaba el fin de los tiempos. En diciembre de 557 un terrible terremoto arrasó la ciudad y removió los cimientos de la catedral Hagia Sophia; en la primavera siguiente, la cúpula se derrumbó. Dos años después un ejército de bárbaros cruzó el Danubio congelado y amenazó a la propia Constantinopla y desde el otro lado del gran río, nómadas de las estepas, los crueles avaros, exigían exorbitantes cantidades de dinero a cambio de quedarse donde estaban. Sobre Italia cayó en el 568 el pueblo de las largas barbas, los lombardos, que acabaron con el control imperial de Constantinopla, que apenas se sostenía en Rávena y en Roma.

La peste que abandonó Constantinopla siguió golpeando en diferentes lugares hasta el año 750. Pese al tiempo transcurrido desde el primer brote violento, la capital bizantina no se recuperó y doscientos años después apenas contabilizaba cien mil habitantes, una cuarta parte de lo que había sido. La enfermedad, que contribuyó de manera decisiva a la desaparición del poder bizantino en la parte occidental del Imperio Romano también sembró la bases del colapso del dominio sasánida. Los nómadas que, por lo general, habían demostrado ser inmunes a la plaga superaban en número a las guarniciones locales y se lanzaron sobre lo que quedaba del inmenso territorio que llegó a gobernar Justiniano, convertido en un territorio de aldeas abandonadas y conquistado previamente por la maleza.

Profetas judíos y cristianos habían pronosticado que hordas temibles y salvajes, comandadas por Gog y Magog, descenderían sobre el pueblo de Dios como una nube de langostas cubriendo la tierra en vísperas del fin del mundo. Los cristianos de los primeros tiempos, que habían recogido la profecía de Ezequiel de la Biblia, identificaron estos nombres como los de tribus del centro de Asia y luego con todos aquellos pueblos que pudieran amenazar la existencia del Imperio Romano.

El historiador judío Flavio Josefo, en la misma línea que los cristianos, había identificado a los descendientes de Magog como escitas y los había relacionado con una antigua leyenda, la del descubrimiento por Alejandro Magno de un paso de montaña en el Cáucaso, que selló con “puertas de hierro” para retrasar el Fin de los Tiempos, que se anunciaría con la aparición de estos pueblos en las fronteras de occidente. Dos siglos después, en el III, aparece en el ‘Pseudo-Calístenes’ el conquistador macedonio visitando tierras asombrosas y pueblos impuros. Sobre esas leyendas surgió, en estos tiempos de calamidades del siglo VI una nueva versión: las puertas de hierro, ahora recubiertas de bronce, habían encerrado a los pueblos de Gog y Magog y Alejandro, sobre quien “descansaba el Espíritu del Señor”, las había construido por indicación directa de un ángel. En el siglo de la peste y de los terremotos, los cerrojos de Alejandro estaban empezando a ceder.

La peste iniciada en el 540 remitió en algunos sitios durante un tiempo pero apareció en otros, al azar. En la Pascua del año 600 regresó a Galilea y se extendió por toda Palestina. Al igual que ocurriera en la frontera norte del Imperio bizantino, la falta de soldados y la disminución de las rentas públicas para mantener las guarniciones dejaron inerme al territorio de Siria, que cedió campos y ciudades a la muerte causada por la pestilencia.

A los males de la plaga se habían unido los de la violencia en ambos imperios, el bizantino y el persa. Tras varios años de inestabilidad y de golpes de estado contra la dinastía sasánida, Cosroes II quiso aprovechar la debilidad de Constantinopla y en sus manos cayeron a partir del 605 la fortaleza de Daras y las ciudades de Amida y Edesa. Su ejército llegó hasta Éfeso y en el 615 la totalidad de Siria y Palestina le pertenecían y, aunque fue derrotado quince años después por el emperador Heraclio, que consiguió recuperar la Vera Cruz que había sido robada por el ejército del general Sharbaraz en el sitio de Jerusalén, no se apagó en las mentes de las gentes el terror al fin de los tiempos generado por la peste, el hambre y la guerra.

Para los persas los años subsiguientes fueron los de los Últimos Días que auguraba su religión, el zoroastrismo, que tanto había influido en las narraciones apocalípticas de los judíos y, por consiguiente, de los cristianos. El Magog de los sasánidas fue el Islam, que se encontró con un país exhausto, dividido y sin ninguna estructura militar que pudiera hacerle frente. Tras la gran derrota de la batalla de Nihavand en el 642 cayó el Imperio sasánida, el territorio en su mayor parte fue absorbido por el Califato Omeya y ya no hubo más shahanshad, ‘rey de reyes’.

Lecturas

-Tom Holland, A la sombra de las espadas, Editorial Planeta, 2014

-Pseudo Calístenes, Vida y hazañas de Alejandro de Macedonia (Traducción de Carlos García Gual), Editorial Clásica Gredos.

Glanville Downey, Constantinople in the Age of Justinian, Norman Books, 1960

Epidemias en el Mundo Antiguo: de Sumeria a Roma

En una tablilla del siglo XVIII aec, impresa en caracteres cuneiformes, se prohibía que los habitantes de una ciudad infectada salieran de ella para “no contagiar a todo el país” y en otra se alertaba de que no debían tocar los objetos -copa, cama y silla- que habían sido propiedad de una mujer que había fallecido infectada. Esto ocurría en la antigua Sumeria, en Mesopotamia, donde surgieron las primeras aglomeraciones urbanas que serían pasto de las epidemias que asolaron desde entonces a la humanidad entera.

La viruela, la gripe, la tuberculosis, la malaria, la peste, el sarampión y el cólera son enfermedades contagiosas que evolucionaron a partir de enfermedades de los animales. Hacia el año 3000 aec la población humana superó el medio millón de habitantes gracias al éxito del sedentarismo agrícola; las ciudades alcanzaron la densidad crítica suficiente para que las enfermedades infecciosas pudieran propagarse velozmente entre las ciudades, primero en Sumeria, y extenderse por toda la zona en la que los hombres tuvieran contacto los unos con los otros.

Las epidemias se hicieron recurrentes: surgían y desaparecían poco después. Muchas de ellas ni siquiera fueron recogidas por los cronistas, pero algunas, las que marcaron un antes y un después porque acompañaron a los ejércitos en las batallas, contribuyeron a la derrota de uno de los contendientes o facilitaron la desaparición de una civilización, han quedado para la posteridad.

Se sabía que el contagio se producía por el contacto de los enfermos e incluso de los muertos y de sus pertenencias con los sanos y que de esa manera la enfermedad saltaba de un barrio a otro, de una aldea a una ciudad, y que el mal se transportaba en las caravanas y en los barcos a otras regiones, incluso alejadas del centro inicial del contagio. Lo que no se sabía era qué lo iniciaba y tampoco el remedio. Lo más fácil y lo más rentable en términos políticos y sociales era atribuírselo a los dioses.

En el reino de los hititas

En los últimos años del reinado de Suppiluliuma se desencadenó una virulenta epidemia, llevada a Hatti por los prisioneros de guerra egipcios, que diezmó el país hitita, probablemente condujo a la muerte a su soberano hacia el año 1321 aec y persistió durante el gobierno de Mursili, su sucesor en el trono, que dirigió a los dioses las llamadas Oraciones de la Peste en las que les censura por castigarles con tanta dureza y en las les pide desesperadamente que le revelen la causa de su cólera. “El País de Hatti, todo él, está muriendo y ya nadie prepara los panes del sacrificio ni las libaciones para vosotros, permitid a sibilas o a profetas, o en los sueños de los hombres, que puedan descubrir cuál es la causa para que los sacerdotes realicen la propiciación conveniente”.

Tras consultar de forma incesante a los oráculos, Mursili identifica en las ofensas cometidas por su padre la fuente de la ira del dios: el olvido de un sacrificio para el río Eúfrates y la violación, en dos ocasiones, de un juramento, que tenía que ver con la legalidad de su llegada al trono y el ataque a posiciones egipcias. Mursili aceptó cargar con las culpas de su padre y posiblemente intentó apaciguar a los dioses mediante ritos propiciatorios. Tal vez en ese momento la epidemia llegara a su fin o quizá en esa época ya había recorrido su camino y desapareció por consunción.

La cólera de los dioses

La Iliada también se hace eco de la peste enviada por Apolo contra los aqueos, en una fecha cercana a la de la peste en Hatti, hacia el 1200 (aec), y que posiblemente fuera un estallido de ántrax porque, según cuenta Homero, las primeras víctimas fueron los animales y luego los hombres. Tanto los sacerdotes de Apolo, como los de Yahvé en el Éxodo, se arrogaron el mérito de haber invocado las epidemias y, en el último caso, las diez plagas con las que castiga a los egipcios por no dejar salir a los hebreos del país son el más claro ejemplo del poder y la cólera de los dioses.

La invocación a los dioses para que muestren su poder frente al enemigo se reitera a lo largo de los siglos. Yahvé no sólo actuó contra los egipcios, sino también contra los filisteos, como se deduce del primer libro de Samuel en el que se relata el robo del Arca de la Alianza y su traslado hasta su capital en cuyo trayecto la población filistea acabó diezmada por una epidemia mortal, posiblemente la peste bubónica. Cuando finalmente el Arca fue recobrada y devuelta al templo de Salomón en Jerusalén, los israelitas se abstuvieron de tocarla.

Pero no sólo el Arca de la Alianza era origen de enfermedades. Una antigua leyenda se refiere a los “demonios de la peste”, una turba de espíritus de la enfermedad y del desastre, a los que el sabio rey Salomón recluyó en tinajas de cobre selladas con plata y enterró para siempre bajo los cimientos del templo de Jerusalén. El ‘Testamento de Salomón’, un texto apócrifo del siglo I, recogía la profecía de que cuando el templo fuera destruido por el rey de los caldeos, los espíritus de la peste quedarían liberados, lo que ocurriría con Nabucodonosor en el siglo VI, que saqueó e incendió el templo; durante el pillaje se encontraron los recipientes de cobre y se rompieron sus sellos y en ese mismo instante los demonios pestíferos quedaron libres para volver a hostigar a los hombres.

Otra versión del mismo episodio cuenta que fueron los soldados romanos de Tito los que, tras el asedio y la destrucción del segundo templo de Jerusalén, en el año 70, hallaron los antiguos recipientes y al romperlos dejaron el camino libre a los demonios de la peste. Suetonio cuenta que durante el reinado de Tito se sucedieron catástrofes temibles, como el estallido de la peor epidemia de cuantas se guarda memoria.

Existe otra leyenda acerca de la venganza de Yahvé contra Roma, y en concreto contra el emperador que destruyó su templo. Señala el ‘Talmud’ que Tito se habría llevado los vasos sagrados del templo y que durante su regreso a Roma se desató una gran tormenta que le demostró la ira del dios al que acababa de insultar y una voz desde las alturas le señaló que había una criatura insignificante contra la que no podría combatir: un mosquito que se introdujo por una de sus fosas nasales, alcanzó el cerebro y allí permaneció alimentándose durante siete años y causándole terribles dolores, de forma que cuando murió se abrió su cráneo y se descubrió a un mosquito del tamaño de una golondrina. Sorprende la coincidencia entre leyenda y realidad porque Tito, según la descripción médica de su fallecimiento, murió por un acceso pernicioso debido al plasmodium falciparum, agente del paludismo cerebral.

Los soldados romanos que habían batallado en todo el mundo conocido, y saqueado lo que habían podido, son protagonistas de la llegada de otra terrible plaga a Roma y más allá, a la Galia y Germania. Julio Capitolino, uno de los supuestos autores de la ‘Historia Augusta’, da cuenta de una “general y fatal pestilencia”, probablemente viruela, que apareció en Roma en el año 167, después de que Marco Aurelio y Lucio Vero dirigieran una campaña contra los partos de Mesopotamia. Ammiano Marcellino aseguró que dicha peste fue causada por el aire infestado que conservaba un arca de oro sustraída del templo de Apolo en Seleucia por un soldado romano: al abrirla quedaron libres los vapores pestíferos y contaminaron desde Babilonia hasta el Rhin.

La muerte de Pericles

Grecia tampoco se vio libre de la peste, en muchas ocasiones asociada a los ejércitos que se desplazan llevando de un lado a otro unos gérmenes que se lucran en las aglomeraciones y la falta de higiene. Se trató de un brote masivo de cólera y ocurrió en Atenas en el invierno y la primavera del año 430 aec, en el segundo año de la Guerra del Peloponeso. La epidemia causó un gran descontento en la ciudad y Pericles se defendió con un discurso emocionante, ‘La Oración Fúnebre’, que consiguió frenar el resentimiento de los atenienses durante un tiempo. Incluso un año después, en el 429, se le volvió a dar el mando del ejército, pero ese mismo año murieron sus dos hijos por culpa de la epidemia en un plazo de cuatro días.

El historiador Tucídides describe los síntomas de lo que se supone que fue un brote de cólera con auténtico horror: los ojos se enrojecen, sangran la garganta y la lengua y sus cuerpos, tras violentos espasmos, yacen insepultos y ni siquiera las aves y los animales que comen carne humana se les acercan.

Pericles murió a causa de la epidemia en el otoño de 429 (aec) y su muerte fue un desastre para Atenas; sus sucesores llevaron a la ciudad a la ruina. Ellos y la epidemia, que destruyó los rituales, incluso los que rendían homenaje a la santidad de la muerte: los griegos se apresuraban con sus propios muertos a la pira funeraria que habían preparado otros y allí arrojaban los cadáveres para que se consumieran porque quienes permanecían cerca se contagiaban de la enfermedad Los atenienses no esperaban vivir lo suficiente como para ser juzgados en un tribunal y perdieron su autodisciplina y su autogobierno. Culparon a Pericles de la epidemia argumentando que sus grandes proyectos de construcción habían sido dictadas por la hybris que dominó a Edipo y lo que llamaban prepotencia y desmesura fueron declarados causas de la enfermedad. Y en ese momento en que los atenienses perdieron el control de sus propias vidas y la visión de un proyecto común, sus enemigos aprovecharon para marchar sobre la ciudad y el Ática fue devastada por los lacedemonios.

Lecturas

– Trevor Bryce, El Reino de los hititas, Cátedra, 1998 (sobre Mursili y el País de Hatti)

– Adrienne Mayor, La guerra química y biológica en la Antigüedad, Desperta Ferro Ediciones, 2018 (sobre el Testamento de Salomón)

– Règis F. Martin, Los doce césares, Aldebarán, 1991 (sobre Tito y el Talmud)

-Richard Sennet, Carne y piedra, Mondadori, 1997 (sobre Atenas)

 

Reyes, sacerdotisas y corredores de fondo en la ciudad sumeria de Ur

El Diluvio Universal nunca existió, ni siquiera el mesopotámico del que hablan las crónicas de Gilgamesh y repite el Génesis. Aunque el arqueólogo británico Leonard Woolley anunciara en 1929 urbi et orbi que había descubierto evidencias del diluvio de Noé en las excavaciones de la antigua ciudad sumeria de Ur, la inundación no fue en absoluto universal. Hubo al menos dos diluvios en Ur, pero con varios siglos de diferencia. En muchas ciudades del sur de Mesopotamia, pero no en todas, pueden hallarse estratos de diluvios similares pero fechados en distintos momentos. Algunos lugares, como Eridu, la primera ciudad mesopotámica, situada a once kilómetros de Ur, no muestran signo alguno de inundación.

El castigo a los hombres, ya sea por la maldad que tanto ofende a Yahvé o porque impiden el sueño al dios sumerio Enlil, es un mito que se alimenta de medias verdades para dar una explicación más o menos plausible de lo ocurrido cientos o miles de años antes. El mito del Diluvio se añadió posteriormente a la epopeya de Gilgamesh: los mesopotámicos creían que en esos tiempos remotos, anteriores a la aparición en escena de su héroe, se produjo una gran inundación en la región, justo al comienzo del desarrollo de las ciudades, que separó su historia en dos partes. Aunque probablemente los primeros asentamientos sufrieron inundaciones catastróficas y algunas comunidades fueron destruidas y sepultadas bajo el lodo, las ciudades creadas posteriormente no las sufrieron en demasía.

Antes del tercer milenio, los sumerios ya vivían en centros urbanos: Eridu, Ur, Uruk, Larsa, Lagash, Umma, Nippur y Kish. Uruk, en el 3100 (aec) era la ciudad más grande, no sólo de Mesopotamia, sino del mundo entero: estaba rodeada por una muralla de diez kilómetros de perímetro y el número de personas que vivían en ella alcanzaba las 25.000. Como las otras ciudades de su entorno, estaba gobernada por ‘ensi’, príncipes sacerdotes, y la economía dependía del templo, que poseía enormes cantidades de tierras y de animales y cuyos funcionarios iniciaron un sistema de escritura para poder hacer un seguimiento de los bienes con los que se comerciaba.

El Diluvio mesopotámico, señala Paul Kriwaczek, habría ocurrido hacia el año 2900 (aec) y explicaría en términos míticos el comienzo de la escritura como tal y una nueva ideología que impulsó la ciudad-estado y sustituyó la clase sacerdotal por la monarquía hereditaria. Comienza entonces el periodo que los historiadores denominan Dinástico Arcaico, en el que la escritura evolucionó hasta convertirse en un modo de expresar ideas aunque todavía seguía siendo utilitaria, una forma de recordar algo, como el nombre de los reyes y sus hazañas, o para intercambiar saludos o amenazas con otros gobernantes.

Los sacerdotes son sustituidos por los ‘lugal’, término que significa literalmente ‘hombre grande’ y que hace referencia a los reyes seculares y guerreros. La realeza “bajó del cielo”, dice la primera línea de la Lista Real Sumeria, compilada por los escribas mil años después de la aparición de la monarquía, y en la que se reescribe la historia de manera que toda Mesopotamia habría sido gobernada desde una sola ciudad cada vez. Los dioses, que habían creado a los hombres para no tener que trabajar los campos, elaborar los alimentos ni construir sus propios santuarios, querían que la gente fuera gobernada por los reyes e incluso los propios dioses tenían un rey: Enlil, que vivía en la ciudad de Nippur.

Las ciudades entraron en conflicto entre sí a causa precisamente de su éxito. Sus ejércitos se enfrentaron pero las hegemonías de unas y otras se revelaron efímeras. Lagash y Umma estaban rodeadas por varios reinos, incluidos Uruk y Ur por el sur; al norte de Summer, Kish, un reino mucho mayor dominaba la región. Algunas veces, los reyes sumerios conquistaban otras ciudades y asumían el título de “Rey de Kish”, aunque no controlaran la propia Kish.

En este periodo cobra importancia la ciudad de Ur. Lo sabemos por sus Tumbas Reales, descubiertas en 1920 por Leonard Woolley. De las 2.000 mil tumbas, dieciséis incluían una construcción sepulcral subterránea y cada una de ellas albergaba el cadáver de un hombre o una mujer junto con innumerables objetos para su vida en el más allá. Pudieran ser sacerdotes y sacerdotisas o tal vez reyes y reinas pero en cualquier caso eran personas que poseían una riqueza inmensa; enterrados con tocados de oro, copas de plata, mantos rojos y collares de lapislázuli. Pero a su lado también yacían los cuerpos de sus sirvientes, algunos envenenados y otros con señales de violencia.

Hacia el año 2320 (aec), Lugalzagasi, monarca de la ciudad de Umma, se apoderó de Ur, Kish y Uruk. Consiguió la unificación política de todas las ciudades de Summer pero tuvo la mala suerte de que en esa misma época pueblos procedentes del desierto sirio descendieran por el curso del Eúfrates y se establecieran en una zona de la Mesopotamia central, a la que denominaron Acad. Serán los acadios los que, dirigidos por su soberano Sargón, lleguen a Uruk, cuyas famosas murallas construidas por Gilgamesh demolieron; vencieron a una coalición de cincuenta gobernantes de ciudades sumerias y capturaron a Lugalzagesi “Gran Rey de Uruk y de Todos los Países” que, cargado de cadenas fue llevado hasta Nippur, donde se le expuso en una jaula ante el templo de Enlil, dios del viento y de la tierra.

Sargón venció también a Ur “en batalla y castigó a la ciudad y destruyó sus fortalezas”, según reza una inscripción real. Conquistó casi todo lo que es actualmente Iraq y gran parte de Siria, forjando el primer imperio del mundo y revelándose como un maestro en utilizar la religión para legitimar su reinado. No sólo afirmó que era un elegido de los dioses sino que convirtió a su hija en la suma sacerdotisa de Nanna, el dios lunar de la ciudad de Ur. Enheduanna asumió el control de un patrimonio inmenso asociado al templo de Nanna y, con ello, de una buena parte de la economía de Ur. Pero la recordamos porque con su nombre rubricó himnos y plegarias a la diosa Inanna que aún se conservan, de manera que es el primer autor literario del mundo al que se atribuye una composición.

Sargón no tuvo un reinado tranquilo: él y su dinastía tuvieron que enfrentarse a unos poderosos invasores, los gutis, unos montañeses semibárbaros. Los acadio-sumerios lo creyeron un justo castigo de los dioses: “Enlil hizo descender de las montañas a aquellos que no se parecen a ningún otro pueblo ni son considerados parte de la Tierra, a los gutis, un pueblo con inteligencia humana pero con instintos de perro y apariencia de monos que, en gran número, como los saltamontes, cubrieron la tierra”.

Acad quedó arrasada y el imperio acadio desapareció: los arqueólogos documentan un fin repentino de las reliquias de la civilización y la Lista Real Sumeria apenas cuenta que fueron 157 los años de la dinastía de Sargón.

El Imperio acadio se desmoronó tras su cuarto sucesor, pero los guti fueron derrotados por la unión de las ciudades bajo del mando de Utu-hegal, de Lagash, que tras veinte años de lucha derrotaron y tomaron prisionero a Virigan, el último monarca guti. Una crónica babilónica, escrita probablemente trescientos años después de los sucesos, confirma que el dios Marduk arrebató el gobierno a los guti y se lo concedió a Utu-hegal, aunque debido a sus actos criminales el reino pasó a la ciudad de Ur.

Comienza entonces la Tercera Dinastía de Ur, creadora del imperio neosumerio, hacia el 2112 (aec), que en su momento de mayor auge abarcó gran parte de Mesopotamia, un vasto territorio que agrupaba Summer, Babilonia y los territorios comprendidos entre las cuencas de ambos ríos hasta Mari y Assur. Su rey, Ur-Nammu, se presenta como un liberador y, en el prólogo a las leyes que ordenó escribir, probablemente en una estela de piedra que no ha llegado hasta nosotros, se describe como un monarca amable y piadoso y afirma que protegió al débil frente al poderoso: “No entregué el huérfano al rico. No entregué la viuda al poderoso… Eliminé la enemistad, la violencia y los gritos en busca de justicia. Establecí la justicia en el país”.

También se proclama como un elegido de los dioses, igual que hizo Sargón: “Ur-Namma, el poderoso guerrero, rey de la ciudad de Ur, rey de los países de Sumner y Acad, hijo de la diosa Ninsun”. Para ganarse el favor de las divinidades y de la población, mandó construir zigurats en al menos cuatro ciudades. El Gran Zigurat de Ur, cuyos restos reconstruidos aún pueden contemplarse, se emprendió durante su reinado. Tanto en Ur como en las otras ciudades sumerias se construía con adobe, una especie de ladrillo secado al sol, debido a la ausencia de canteras en la zona. Este tipo de construcción no permitía levantar edificios que duraran siglos y cuando se estropeaban se volvía a construir sobre ellos hasta que se convertían en auténticas colinas artificiales o ‘tells’, sobre los que se alzaban los templos y los palacios. También los zigurats eran de adobe, aunque algunas de sus paredes se revestían con ladrillos de cerámica vidriada que les hacían más resistentes y más ornamentales.

Ur-Nammu no consiguió ver el Gran Zigurat terminado y dejó a su hijo Shulgi el problema de cómo hacer algo extraordinario que le colocara por encima del resto de los hombres, prácticamente a la altura de un dios. La labor propagandística de su entorno fue fabulosa y aún hoy se conservan más de veinte himnos referidos a su gloria, que le presentan como gran rey y un gran guerrero, azote de sus enemigos, portador de prosperidad a su tierra y encarnación de la misma civilización sumeria.

A los himnos se añade la crónica de la espectacular y curiosa carrera que Shulgi realizó en el año siete de su reinado entre Nippur, centro religioso de Sumeria, hasta Ur, la capital del Estado. Fue y volvió en un día para oficiar el festival religioso ‘Eshesh’ en ambas ciudades. Dicen las tablillas: “Lo hice para que mi nombre se asentara en días venideros y no cayera nunca en el olvido, para que mi alabanza se extendiera a lo largo de la Tierra y mi gloria fuera proclamada en las tierras extranjeras, yo, el veloz corredor, convoqué mi fuerza y para probar mi velocidad, mi corazón me impelió a hacer un viaje de ida y vuelta de Nippur a Ur”.

Los espectadores se reunieron a lo largo de la ruta para ver su rey correr más veloz y cubrir una mayor distancia que un mensajero del imperio. Llega al templo de Ur y oficia el sacrificio de bueyes y corderos mientras resuenan los tambores y los instrumentos de viento. Y regresa a Nippur “como un halcón”. Se desencadena una tormenta en la que chocan los vientos del norte y del sur y los rayos colisionan en el cielo; temblaba la tierra, y caía granizo sobre su espalda. Pero siguió corriendo, como un “fiero león” o como “un asno en el desierto” y alcanzó Nippur antes del anochecer.

Hacia el comienzo del segundo milenio se produjo una etapa de anarquía general con la amenaza de nuevas invasiones, entre ellas la de los amorreos, pueblo seminómada procedente posiblemente de los desiertos de Arabia. Shulgi había construido un muro alrededor del territorio de más de 250 kilómetros para contenerlos y su sucesor ordenó su refuerzo pero continuaron los ataques.

El intercambio de bienes se paralizó y llegó incluso la hambruna a Ur, cuyo rey pidió ayuda al general Ishbi-Erra, a cargo de la zona norte del país, pero éste no hizo caso. La ciudad vecina de Larsa, a cuarenta kilómetros, fue conquistada por un líder tribal amorreo. Los elamitas, llegados del sur de la meseta iraní, se apoderaron de Ur, se llevaron sus dioses y se establecieron en algunas zonas del sur de Mesopotamia. Fue entonces cuando Summer desapareció de la historia pero perseveró como el estrato de la gran civilización que le sucedió: Babilonia.

Lecturas

Paul Kriwaczek, ‘Babilonia. Mesopotamia: la mitad de la historia humana’, Ariel, 2010

Amanda H. Podany, El antiguo Oriente Próximo, Alianza, 2014

Joseph M. Walker, Antiguas civilizaciones de Mesopotamia, Edimat, 2002

El caníbal como bárbaro, griegos vegetarianos y el buen salvaje

Ulises en la cueva

Ulises desembarca en la isla de los cíclopes, criaturas feroces cuyo nombre significa ‘el del ojo en forma de anillo’, un círculo concéntrico que lucían en medio de la frente. Habían olvidado el arte de la herrería que aprendieron sus antepasados y se habían convertido en pastores sin leyes ni sociedad, viviendo separados entre sí, huraños a toda compañía, en cavernas excavadas en la montaña.

Polifemo era hijo de Poseidón y uno de los cíclopes más afectos a la carne humana para desgracia de los guerreros que volvían a sus hogares tras la guerra de Troya y que fueron sorprendidos por el cíclope dentro de su gruta, en la que habían entrado de forma insensata. Nada más descubrirlos, Polifemo cogió a dos de ellos por los pies y los estrelló contra el suelo para después devorarlos hasta dejar sus huesos pelados; a la mañana siguiente mató a otros dos para que le sirvieran como desayuno y de nuevo, por la noche, hizo lo mismo con otro par de compañeros de Ulises. No es el único episodio de antropofagia de la Odisea: tras escapar de los cíclopes, Ulises y sus compañeros caen en manos de otros comedores de hombres, los lestrigones.

Cíclopes y lestrigones no son humanos, sino gigantes, y por eso no se les puede calificar de caníbales, de la misma forma que los leones cuando devoran individuos de otras especies no lo son y cuando comen hombres son antropófagos, en tanto que el dios Crono, al devorar a sus propios hijos, se convertiría en un caníbal pero no en un antropófago. El término ‘caníbal’ procede de un error por parte de Colón que escucha o quiere escuchar ‘caniba’, término que le suena a súbdito del Gran Kan, cuando lo que le dicen los taínos, según cuenta Bartolomé de las Casas, es que los ‘caribe’ o ‘cariba’ son indígenas feroces que habitan en islas del entorno, vecinos que incursionan violentamente en su territorio y que se comen a sus prisioneros.

Está claro que la antropofagia, o canibalismo para mayor precisión, existía antes de la llegada de los españoles a las Indias y que probablemente el tabú que prohíbe la ingestión de carne humana sea uno de los más antiguos y más extendidos en casi todas las culturas que han relacionado este fenómeno con lo salvaje y lo bárbaro, con comportamientos perturbados y, en el mejor de los casos lo han justificado en situaciones de extrema necesidad.

Existe aún entre nosotros un temor ancestral a ser comido, tal vez inscrito en la memoria de la especie, de cuando éramos unos agresivos simios que huían de depredadores más feroces o se comían los unos a los otros. Los cuentos populares están repletos de ogros, trolls y sacamantecas, personajes muy relacionados con lo primitivo y lo elemental. Sin embargo, en época reciente han aparecido caníbales gourmets, cuyo representante más conspicuo es Hannibal Lecter, la criatura del escritor Thomas Harris llevada al cine con gran éxito, que si bien es claramente un perturbado, presenta una faceta sofisticada y elegante, es doctor en psiquiatría, aficionado a la música clásica y también a los sesos humanos, un manjar cuya degustación potencia el placer si se consume mientras se conversa amablemente con el propietario.

La visión refinada del canibalismo no existió en la antigüedad grecolatina, que lo consideraba como un retorno a la barbarie de los primeros tiempos: dice Hesíodo que el sentido de la justicia que Zeus dio a los hombres nos hizo diferentes de las bestias, que se caracterizan por comerse entre sí. En la mitología griega se narran varios episodios de canibalismo, aunque muy antiguos y de carácter ritual, como el que se refiere al sacrificio anual de un niño que, tras actuar como sustituto del rey Minos durante un único día, era comido crudo, en la antigua Creta.

También se cuenta cómo Zeus se enfadó mucho con Licaón cuando en su honor sacrificó un niño en la Arcadia; sus hijos continuaron cometiendo crímenes y Zeus, disfrazado de viajero, fue a visitarlos. Le sirvieron una sopa en la que mezclaron las vísceras de su hermano Níctimo con otras de ovejas y cabras. El dios olímpico no se dejó engañar y en venganza los convirtió a todos en lobos, pero no se quedó conforme y ordenó un gran diluvio para borrar de la faz de la tierra a todos sus habitantes. Sólo Deucalión y Pirra se salvaron porque siguieron el consejo de Prometeo y construyeron un arca, aunque de poco sirvió el castigo porque los repobladores de la Arcadia volvieron a sacrificar niños y a comerse sus vísceras. Esta práctica convertía a los caníbales en lobos que aullaban en manadas sin poder recuperar su condición humana durante ocho años.

Estas historias, dice Robert Graves, “no son tanto un mito como una anécdota moral que expresa la repugnancia que provocaban en las zonas más civilizadas de Grecia las primitivas prácticas canibalísticas de Arcadia” y que, según Plutarco, eran consideradas “bárbaras y antinaturales”. Bárbaro en Grecia es el pueblo que desconoce el trigo, el olivo y la vid. Hombres de los primeros tiempos que, según el poeta del siglo III a. C. Melquión, tenían un modo de vida semejante al de las bestias y vivían en cavernas, desconocían la agricultura, sólo “la carne les daba sustento y por ello se mataban los unos a los otros”.

Aunque en este pasaje se habla de canibalismo, existe en la tradición griega un rechazo al consumo de carne, proceda de la misma especie o no. Se pensaba que su consumo volvía a los hombres violentos y proclives al asesinato y era la evidencia más palpable de la superioridad de los dioses sobre los mortales, porque no utilizaban el derramamiento de sangre para alimentarse de cadáveres, sino que su inmortalidad se debía a la ingestión de néctar o ambrosía, una especie de fluido etéreo que se producía en el Jardín de las Hespérides y que era transportado al Olimpo por palomas.

Según el orfismo, el ser humano se hallaba en el mismo nivel de los animales, sin ley alguna excepto la del más fuerte hasta que Orfeo ofreció a los hombres los dones de la agricultura y éstos dejaron de comer carne impura y de manchar de sangre el altar de los dioses. Los pitagóricos, al igual que los órficos, por su creencia en la metempsicosis, consideran que los animales participan de un alma que se reencarna sucesivamente y está presente en cualquier cuerpo vivo, lo que les obliga a rechazar todo tipo de carne porque su consumo sería una práctica caníbal y así, abanderan sin complejos una dieta absolutamente vegetariana, aunque la creencia que profesaban los antiguos acerca de que las habas contenían el alma de los difuntos, constituía una excepción en el mundo comestible de las plantas herbáceas. Se cuenta que Pitágoras, perseguido por sus enemigos, se negó a entrar en un campo de habas y fue capturado y muerto.

A pesar de que los estoicos Crisipo y Zenón consideraban que no había inconveniente alguno en utilizar los cadáveres humanos como alimento, esta práctica constituía para los griegos la maldad suprema porque suponía renunciar a la condición humana. Cuando los europeos llegan al continente americano crean un imaginario caníbal asociado a los indígenas que les servirá para deshumanizarlos y justificar su aniquilación. Ya lo habían experimentado en su territorio: herejes, judíos y brujas fueron acusados en los países cristianos de Europa de prácticas antropófagas porque se pretendía hacer de los disidentes una especie ajena a la humana.

Sin embargo, no todos los europeos menospreciaban a los pueblos primitivos. Sorprendentemente, en el siglo XVI, cuando miles de ciudadanos del Viejo Mundo marcharon a colonizar los nuevos territorios, Michel de Montaigne se presenta como precursor de la defensa del ‘buen salvaje’, idea que experimentará un importante auge en la Edad Moderna. En uno de sus ensayos, titulado ‘De los caníbales’, cuenta que ha conocido a un hombre que durante más de diez años vivió en lo que se llamó durante un tiempo la ‘Francia Antártica’, una colonia francesa en el actual Río de Jaaneiro que no prosperó, y de él obtuvo información sobre las costumbres de los indígenas, que no le parecieron en absoluto bárbaras, sino acordes a las leyes naturales y alejadas de la banalidad e injusticia de la civilización.

Menciona el canibalismo y cómo se realiza exclusivamente con los prisioneros, que viven durante tres meses a cuerpo de rey y deseando que los ejecuten. Les asan y se los comen entre todos e incluso envían trozos a los amigos ausentes. Montaigne reconoce la “barbarie y el horror” que supone comerse al enemigo, pero considera “más bárbaro aún comerse a un hombre vivo que comérselo muerto; desgarrar por medio de suplicios y tormentos un cuerpo todavía lleno de vida, asarlo lentamente, y echarlo luego a los perros o a los cerdos” con el agravante de que “para la comisión de tal horror sirvieron de pretexto la piedad y la religión”. Concluye que nosotros, los civilizados, “les sobrepasamos en todo género de barbarie”.

Esta visión un tanto idílica del prisionero que, alegre y satisfecho, se presta a convertirse en festín del vencedor no es totalmente cierta. Los actos de canibalismo recogidos por los observadores son, en muchas ocasiones, insoportablemente crueles. Existen testimonios, como el de Hans Staden, un marino alemán que naufragó en la costa de Brasil y pudo observar los sacrificios rituales de los tupinambas, o el de los jesuitas que en Canadá fueron testigos de una ceremonia similar por parte de los hurones. Mención aparte merecen los sucesos en el imperio méxica, que van más allá del ritual propio de un sacrificio humano habitual en sociedades preestatales que carecen de infraestructura para mantener a prisioneros como esclavos o sirvientes, para convertirse en imperio caníbal” basado en la distribución cotidiana de proteínas humanas, según la polémica tesis del antropólogo Marvin Harris.

Una visión interesante de todo este asunto es la de Claude Lèvi-Strauss. En un artículo publicado en 1993, “Todos somos caníbales”, afirma que el canibalismo -alimentario, político, ritual o terapéutico (por ejemplo, los trasplantes de órganos)- es un concepto subjetivo, una “categoría etnocéntrica”: no existe si no a los ojos de las sociedades que lo proscriben. “Toda carne, sea cual fuera su procedencia, es un alimento caníbal para el budismo, que cree en la unidad de la vida. A la inversa, en África y en Melanesia, hay pueblos que hacían de la carne humana un alimento como cualquier otro, cuando no el mejor, el más respetable, el único que ‘tiene un hombre’, decían”.

También los griegos adoptaron un relativismo que hoy nos parece muy actual. En el libro III de su “Historia”, Heródoto, tras referirse al insensato Cambises, rey de los persas, que se comportaba de forma impía, haciendo burla de las creencias de otros pueblos y de sus dioses, afirma que, si se diera la oportunidad a cualquier hombre en el mundo para poder elegir las leyes y usos de otros pueblos tras ser informado convenientemente, siempre acabaría prefiriendo los de su nación porque no hay nadie que no piense que lo de su patria es lo mejor.

Y cuenta que “en cierta ocasión hizo llamar Darío a unos griegos, sus vasallos, que vivían junto a él, y habiendo comparecido les preguntó cuánto dinero querían por comerse a sus padres una vez fallecidos. Respondiéronle que ni por todo el oro del mundo lo harían. Llama inmediatamente después a unos indios llamados calatias, entre los cuales es normal comerse el cadáver de los propios padres. Estaban allí presentes los griegos y Darío pregunta a los indios cuánto querían por permitir que se quemaran los cadáveres de sus padres y ellos suplicaron a gritos que no dijeran por los dioses semejante blasfemia”.

Lecturas

– Robert Graves, “Los mitos griegos”, RBA 2005

– Herodoto, “Los nueve libros de la Historia”, Edaf 2006

– Miguel de Montaigne, “Ensayos”, Penguin Random House, 2014

– Marvin Harris, Caníbales y reyes, Alianza Editorial, 2006

– Claude Lévi-Strauss, “Todos somos caníbles”, Fondo de Cultura Económica, 2013