El kotow, la guerra del opio y la opinión de Napoleón

 

El año de 1816, aquel en el que no hubo verano y en el que nacieron los modernos monstruos -el de Frankenstein de Mary Shelley y el vampiro de Polidori- fue el mismo en el que fracasó la segunda y última embajada pacífica de los británicos a China, incidente del que surgió una nueva y desoladora monstruosidad: la guerra del opio.

Hubo una primera expedición británica a China, dirigida por Lord Macartney, en la que no se cumplió el kotow, una exigencia imperial que consistía en realizar, ante el Emperador, tres genuflexiones acompañadas cada una de ellas de tres prosternaciones con la frente tocando nueve veces el suelo.

Fue en septiembre de 1793, cuando una numerosa misión británica llegó a Mongolia, a la capital del campamento de Jehol, donde la Corte Imperial china pasaba el verano. De los setecientos miembros de la comitiva, sólo obtuvieron permiso para ver al Emperador, Lord Macartney, Sir George Staunton, su segundo; el padre Li, que actuaba como intérprete, y el hijo del anterior, Thomas Staunton, un paje de doce años que era el único que se había molestado en aprender chino. Fue lo único que causó una excelente impresión en el Emperador.

Todos los cortesanos y los príncipes de naciones vasallas cumplían con el kotow, todos menos los ingleses, que pretendieron salvar el expediente poniendo una rodilla en el suelo porque veían en la prosternación una actitud humillante para su país. Los ingleses pretendían establecer una embajada permanente ante el Hijo del Cielo y tratar con China de igual a igual. En la audiencia, Lord Macartney entrega al emperador Quianlong la caja de oro labrado que contiene la carta credencial de Jorge III y recibe, como regalo para su rey, un cetro blanco esculpido en piedra.

Veintitrés años después, el 28 de agosto de 1816, el año en que el cielo se oscureció y no hubo verano debido a la explosión de un volcán en una isla de Indonesia varios meses antes, Sir Thomas Staunton, el mismo que cuando tenía doce años habló con el Hijo del Cielo y que consiguió que olvidase, aparentemente, la inconveniencia de su señor, se disponía para ser recibido en una segunda audiencia junto con el resto de los miembros de una nueva misión británica. Pero el Emperador ya no era el gran Quianlong, sino su hijo Jiaquing. Thomas también había reemplazado a su padre en el puesto de segundo dignatario de la Embajada, a cargo esta vez de Lord Amherst.

Iban ya con la idea inquebrantable de no someterse al kotow. Apenas llegados a Pekín y en plena noche, Lord Amherst y Sir Thomas Staunton son introducidos a empujones en un patio del Palacio de Verano. Quieren arrojarlos a los pies de Jiaquing inmediatamente. Les empujan por la espalda. Ellos resisten el atropello y los servidores entienden que rechazan ver al Emperador y les expulsan de inmediato.

Veinticuatro años más tarde, el 7 de abril de 1840, Gran Bretaña prepara una expedición militar contra China por la detención y anuncio de condena a muerte de unos negociantes ingleses en Cantón. Sir Thomas Staunton toma la palabra en la Cámara de los Comunes para defender el comercio del opio mediante la guerra. “Considero, aunque con pesar -concluye su discurso- que esta guerra es justa y que se ha vuelto necesaria”.

Donde Macartney y Amherst fracasaron, los contrabandistas consiguieron el éxito; Inglaterra les apoya. El opio es la clave del comercio británico y se acallan los escrúpulos; es el mismo opio que ha destrozado China, donde ya no hay dinero ni para pagar los sueldos de los funcionarios y donde la droga constituye las tres cuartas partes de las importaciones. En 1837, dos mil revendedores son arrestados y se cierran los fumaderos. Para China, la cuestión de fondo es la lucha contra la droga; para Londres lo es el derecho sacrosanto a la libertad de empresa y de comercio.

No todos en Inglaterra estuvieron de acuerdo con la amenaza y la guerra. William Gladstone, joven diputado conservador, reprochó al Gobierno de Lord Palmerston, partidario de que “hablaran las cañoneras”, lo que se convertiría en el pecado más infame del imperialismo occidental en Asia Oriental y que obligó a China a abrirse a un siglo de humillaciones y explotación. “No conozco en toda la historia una guerra mas injusta en su origen, una guerra más calculada para cubrir a nuestro país con un permanente deshonor. La bandera británica, que flota con orgullo sobre Cantón, se ha izado allí para proteger un infame tráfico de contrabando”, dijo el futuro primer ministro. El voto de censura instado por la oposición conservadora perdió por nueve votos, de 271 a 262.

En 1840 el almirante Elliot fondea en Tientsin y exige a Pekín la apertura de sus puertos y una indemnización por el opio destruido. La tecnología militar británica destrozó de inmediato las defensas chinas y después de tres años de lucha costera, la guerra terminó con el Tratado de Nanking de 1842, que obligó a los chinos a entregar la isla de Hong-Kong, abrir su territorio al comercio occidental y pagar una indemnización de 21 millones de dólares de plata.

Napoleón en Santa Elena; Inglaterra, una “nación de tenderos”

En el camino de regreso, tras el fracaso de su Embajada, Lord Amherst hizo escala en Santa Elena, una isla perdida y lúgubre en medio del Atlántico sur que sirvió de prisión para quien fue el Emperador de los franceses. Napoleón fue avisado en marzo de 1817 de su llegada. China había estado en la cabeza del emperador francés desde hacía tiempo y en los tres meses previos a la visita pudo leer o releer las narraciones relativas a la primera embajada, la de Macartney. Por su parte, Lord Amherst estaba deseoso de presentar sus respetos a Bonaparte en Longwood.

El médico irlandés que trataba al Emperador dejó testimonio de la impresión que esa expedición dejó en Napoleón. Según sus notas, el prisionero opina que “naciones diferentes tienen costumbres diferentes” y no es un deshonor para un extranjero someterse a ellas. “Si yo hubiese enviado un embajador a China, continúa diciéndole a O’Meara, le hubiese ordenado que se instruyese con los primeros mandarines acerca de las ceremonias usuales ante el Emperador y que se adaptase a ellas; de lo contrario quizá perdáis con esta prueba de estupidez la amistad de China y grandes beneficios comerciales”.

Napoleón, dice Chateaubriand, consintió en recibir a Lord Amherst a su regreso de su Embajada en China, pero sin la presencia del gobernador de Santa Elena, Hudson Lowe, su odioso carcelero, que quería estar presente a toda costa. Informado de este extremo, Lord Amhers no renunció al encuentro.

La recepción, celebrada el 30 de junio, fue majestuosa, según cuenta el médico de la expedición. Napoleón les preguntó a cada uno de ellos por sus profesiones y posición en la Embajada y se portó de forma seductora. En ningún momento, hizo a Amherst un comentario crítico, como había venido haciendo en las semanas anteriores. Posiblemente por delicadeza y diplomacia.

Después, en conversaciones con O’Meara, Napoleón siguió mostrando su interés por el asunto y llegó a decir que Amherst estaba dispuesto a someterse a la ceremonia del kotow, pero que estuvo mal aconsejado, detalles que sólo podía saber por el propio embajador.

Napoleón explicaba que el kotow significa que hay un solo emperador y que todos los demás soberanos son sus vasallos. También que en la China tradicional el kotow se practica constantemente, argumentaba: lo hace un soldado ante su oficial, un comerciante ante un subprefecto, el hijo ante su padre, la familia ante el moribundo; es una simple muestra de veneración, concluía.

Esa Embajada británica, observó Napoleón, no era la indicada para comprometer el honor del país; mejor hubiera sido tratar todo este asunto de un modo comercial, sin implicar a ninguna majestad ni a ningún emperador. Un simple acuerdo entre comerciantes. Y es que Inglaterra, decía, esa “nación de tenderos” no debió implicar en sus negocios al país porque no se puede comprometer el honor en un intercambio de mercancías. No en vano, Inglaterra fue siempre su gran enemigo y si a él, la aristocracia de las islas lo señalaban como a un palurdo militarote, Napoleón los consideraba como pequeños comerciantes al por menor. Truhanes, si hubiera vivido para conocer los pormenores de la guerra del opio.

Napoleón se irritó profundamente ante la idea británica de abrir China al comercio por la fuerza. No llegó a conocer las guerras del opio. Pero sí profetizó: “Cuando China despierte, el mundo temblará”.

Bibliografía

Sobre las dos expediciones británicas a China: Alain Peyrefitte, ‘El imperio inmóvil o el choque de los mundos’, Plaza y Janés, 1990.

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