La campaña de Napoleón en Egipto y su elogio del Islam

Si Napoleón hubiera llegado a China habría venerado a Confucio, si a la India, a Buda. Su tolerancia religiosa y el uso que hizo de los símbolos respondía a un conocimiento profundo de los hombres y de la oportunidad política y a su convencimiento de que las creencias podían ser tan mortíferas como un ejército aguerrido y bien pertrechado.

Fue haciéndome musulmán -reconoció- cómo me establecí en Egipto, haciéndome ultramontano me gané los corazones de los hombres de Italia y, si tuviese que gobernar al pueblo judío, reconstruiría el templo de Salomón”.

Cuánto hubo de oportunismo y cuánto de interés auténtico por otras culturas es algo que no resulta fácil discernir porque en estos asuntos Bonaparte mostró alarmantes contradicciones en sus conversaciones y en sus memorias. Lo que sí parece ser cierto es que acudió a Egipto convencido de que su historia era merecedora de una gran admiración y debía ser preservada.

La aventura egipcia

Napoleón sabe que el dominio de los mares está en manos inglesas y que un desembarco en Inglaterra es una empresa destinada al fracaso, por lo que propone atacar el comercio inglés en Egipto como primer paso de una estrategia que pretende arrojar a Inglaterra del mar Rojo y asegurarse este mar para Francia. Los hombres del Directorio, encantados, le ofrecen el mando de la expedición para así alejarle de Francia y él, obsesionado por el recuerdo de Alejandro con el que se identifica y que quiso hacer de Egipto el centro de su imperio mundial, sueña con el camino de gloria que se abre ante él: Siria, Irán y luego Afganistán, hasta llegar a la India.

El 5 de marzo de 1798, Napoleón recibió el mando del Ejército de Oriente y un ejército de treinta mil hombres y la flota necesaria para transportarlos se reúnen a lo largo de la costa francesa. En abril, trescientas naves abandonan el puerto de Tolón con su comandante navegando en el Oriente. Los barcos franceses que se dirigen a Egipto transportan más de dos mil cañones, pero también cajas y más cajas con instrumentos y libros: el Corán figura junto a la Biblia y Montesquieu, clasificado en la serie de obras políticas. Y, entre el pasaje, astrónomos, matemáticos, químicos, botánicos, anticuarios, arquitectos, ingenieros, dibujantes y poetas: en total ciento sesenta y siete ‘savants’, que formarán el Instituto de Egipto.

En junio Bonaparte se apodera de Malta, tras una breve escaramuza, y llega a Alejandría, donde la resistencia apenas dura un día. Entonces, el Ejército de Oriente avanza hacia El Cairo con Napoleón al frente, cabalgando sobre un camello. Llega al desierto y guarda silencio ante la Esfinge; han pasado unos dos mil años desde que Alejandro la contemplara y otros dos mil más desde su construcción. A unas pocas leguas, dispone su ejército contra el de Murad Bey, compuesto por unos doce mil soldados de caballería y cuarenta mil de infantería, aunque las cifras varían escandalosamente según qué autor cuente la historia. Es entonces cuando Bonaparte arenga a sus tropas: “¡Soldados, cuarenta siglos de historia os contemplan!”

Cuando terminó la batalla, llamada de las Pirámides, habían muerto veintinueve franceses frente a diez mil egipcios y convirtió a Napoleón en dueño de El Cairo, una ciudad de trescientos mil habitantes, en la que entró al día siguiente.

Pero a Napoleón no le basta con vencer en la batalla y se empeña en convencer a los vencidos para que acepten su presencia. Cuando Alejandro conquistó Egipto, en el año 332 a.C, visitó el templo de Amón en Shiwa para consultar el oráculo. El general francés estaba convencido de que eso le permitió la victoria y adaptando esa actitud a las circunstancias del momento no le pareció mal acercarse a los principios del Islam con ayuda de los orientalistas que había llevado consigo. También con ellos, se dispuso a adaptar a la sociedad egipcia y al Islam los principios de la Revolución, estableciendo como prioridad la idea de la igualdad.

Ya durante la travesía por el Mediterráneo, Napoleón había dictado una carta al intérprete de lenguas orientales que llevaba por título ‘Proclama a los egipcios’, escrita en árabe y en turco. Para aproximarse a los creyentes comienza con la invocación musulmana familiar y juega a reconocer al Dios del Corán: “En el nombre de Dios, el misericordioso, el compasivo. No hay más Dios que Dios y Mahoma es su profeta. No tiene ningún hijo ni a nadie asociado a su dominio”.

Insistirá en las convicciones poco cristianas de Francia, cuyas ideas, por tanto, no se oponen a la religión musulmana, y pasa a asegurar al pueblo egipcio que no ha llegado como un cruzado, sino para restaurar los derechos de los que le han privado los opresores y que el enemigo son los mamelucos, venidos del Cáucaso para corromper Egipto. “Jeques, jueces e imanes, funcionarios y notables de esta tierra: decid a vuestro pueblo que también los franceses son musulmanes sinceros. Prueba de ello es que han ocupado Roma y arruinado la sede del Papa, que siempre ha animado a los cristianos a atacar al Islam, e igual han ido a Malta, de donde han expulsado a los Caballeros, quienes se preciaban de proclamar que Dios deseaba que combatieran a los musulmanes. Los franceses han sido siempre amigos del sultán otomano y enemigos de sus enemigos”. Y sigue diciendo que todos los pueblos son iguales a los ojos de Dios.

Bonaparte intentó por todos los medios demostrar que combatía por el Islam y cuando consideró que su fuerza era insuficiente para imponerse a los egipcios, intentó que los ulemas interpretaran el Corán en favor de la Grande Armée. En las conversaciones que mantuvo con ellos, quiso convencerlos de que la “voluntad de Mahoma” era que los egipcios se aliaran con los franceses en contra de los mamelucos, que el Profeta “favoreció el comercio con los francos” y que también deseó la “expulsión de los habitantes de Albión”.

En El Cairo, Napoleón se instaló en el antiguo palacio de Ali Bey e inició la reestructuración del sistema fiscal y la administración, además de poner en marcha a todos los ‘savants’ del Instituto de Egipto, que en veinte meses consiguieron una hazaña intelectual de considerables dimensiones. La Descripción de Egipto, elaborada en los veinticinco años posteriores a partir de los descubrimientos y hallazgos conseguidos por este cuerpo de eruditos, ocupa más de veinte volúmenes de gran tamaño, una obra colosal en la que quedó grabada la historia antigua y reciente de la región, así como su geografía, su flora y su fauna. Su actividad también se dirigió a la construcción de edificios civiles, de puentes y hospitales, así como la participación en el gobierno de algunas poblaciones y en su sistema judicial y la difusión de las ideas y costumbres ilustradas

Napoleón se presentaba a los egipcios como el introductor del progreso y la Ilustración y al mismo tiempo, él era, les decía a los asombrados ulemas, el nuevo Mahdi, y algunos le creyeron o al menos les pareció un cambio agradable respecto al trato que les otorgaban otros occidentales. Víctor Hugo le describiría más tarde como el Mahoma de Occidente.

Los británicos hicieron ver que se lo creían e iniciaron una campaña de desprestigio que acompañaría a Napoleón el resto de su vida. Al-Jabarti, el primer cronista árabe de la expedición, no se dejó convencer. Siempre pensó que Napoleón era una bestia atea porque entendía que la frase inicial de la proclama no significaba una preferencia por el islam por parte de una Francia tolerante, sino que los franceses daban el mismo crédito a las tres religiones, el islam, el cristianismo y el judaísmo, lo que significaba en realidad que no creían en ninguna de ellas. El sultán, Selim III, tampoco le dio credibilidad y, tras la destrucción de la flota francesa en Abukir por Nelson, se alió con el zar y declaró la yihad contra el ejército francés.

Como hijo de la Ilustración, Napoleón pudo haber considerado que el Islam estaba más cercano a la razón que el Cristianismo. Hasta qué punto creía sus proclamas, si su defensa de la tolerancia era meramente oportunista o surgía de un convencimiento absoluto y cuánto había de cálculo, de hipocresía o de cinismo es difícil de evaluar. Lo que sí parece fuera de lugar y propio de versiones sensacionalistas es pensar que Bonaparte se convirtiera al Islam y profesara esa fe de manera oculta. Sencillamente, no estaba en su carácter.

Napoleón intentó vestirse a la oriental pero se sentía incómodo con el turbante y las ropas flotantes, que provocaron las risas de sus compañeros de armas. Bromeó en muchas ocasiones con lo cerca que había estado de convertirse al islamismo. En el destierro en Santa Elena admitiría que todo era “charlatanería, pero del género más elevado”.

Pero Egipto y Oriente siempre estuvieron en su mente, como el proyecto de convertirse en un segundo Alejandro que pudo haberse hecho realidad. El primer comentario de Napoleón en su destierro en la inhóspita isla de Santa Elena se refiere precisamente al sueño egipcio: “Éste no es un bonito lugar. Habría sido mejor permanecer en Egipto. Ahora sería el emperador de todo Oriente”.

Bibliografía.

-Anthony Padgen, Mundos en guerra: 2500 años de conflicto entre Oriente y Occidente, RBA, 2011

-Jean-Paul Kauffmann, La chambre noir a Longwood, Editions La Table Ronde, 1997

-Emil Ludwig, Napoleón, Editorial Juventud, 1956

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