La venganza de los siervos: Rusia 2017, Julián Casanova

La guerra que estalló en 1914 se convirtió para Rusia en una carnicería, con quince millones de hombres movilizados, de los que casi la mitad resultaron muertos, heridos de gravedad, desaparecidos o hechos prisioneros, y provocó un seísmo de tan colosales dimensiones que disolvió las estructuras de poder y permitió el triunfo de los comités de soldados, campesinos y obreros.

En las primeras semanas de 1917, una multitud de mujeres pobres, muchas de ellas esposas de los soldados que luchaban en las trincheras, permanecían durante horas haciendo cola en las calles heladas de Petrogrado para obtener alimentos y mitigar el hambre de sus hijos. El 23 de febrero, 8 de marzo en el calendario occidental, muchas de ellas se dirigieron a los barrios ricos de la ciudad para protestar contra la carestía y el racionamiento; miles de trabajadores se unieron a ellas y tomaron las calles.

La represión se cobró decenas de muertos y fue ordenada personalmente por el zar desde Maguilov, donde se instaló la Stavka, el cuartel general del ejército, y el lugar en el que simulaba que dirigía la guerra desde que decidió asumir el mando en agosto de 2015. Ese mismo día, el 24 de febrero, la zarina escribía a su marido que había desayunado, jugado al dominó y tomado té por la tarde. Ni una sola mención a la rebelión y represión en las calles de la capital.

La zarina Alejandra escribía cartas a su esposo en ese tono. Luis XVI, el rey que perdió la corona y la cabeza en la Revolución Francesa, llevaba un diario desde su adolescencia, en el que describía minuciosamente los miles de animales que abatió en sus innumerables cacerías y hacía un recuento exhaustivo de sus enfermedades (catarros, indigestiones y hemorroides) y de las audiencias que concedía. De la revolución que había estallado en el país sobre el que reinaba no escribió absolutamente nada.

Nicolás II sucedió a su padre, el zar Alejandro III, cuando contaba veintiséis años, y al igual que Luis XIV era hombre aficionado a los diarios: cuando en enero de 1905, ante el Palacio de Invierno, las tropas imperiales abren fuego y los cosacos galopan con sus sables desenvainados contra una manifestación de decenas de miles de trabajadores harapientos, armados con iconos y crucifijos, entre los que causan cientos de muertos y heridos, el ‘padrecito zar’ ocupa su ocio en realizar multitud de apuntes sobre el tiempo y la caza de pájaros, en su residencia de Tsarkoye Selò. Tiene un momento para simular cesiones y firmar un manifiesto de garantías democráticas y constitución de un parlamento, la Duma, que fue disuelta a las pocas semanas. Ante tamaña masacre frente al Palacio se acaban las contemplaciones y el sentimiento popular dictamina que los rusos ya no tienen zar.

Para mantener su divina autocracia, el zar dio órdenes al ejército para reprimir brutalmente las revueltas e insurrecciones campesinas que reclamaban una justa distribución de la tierra. Y con su anuencia, se crearon grupos paramilitares contratados por los terratenientes para defender sus propiedades; estos grupos, que se manifestaban con estandartes patrióticos y retratos del zar protagonizaron infinidad de pogromos contra los judíos y, en 1906, contaban con más de trescientos mil miembros.

El zar Nicolás era “el hombre más educado de Europa”, según su primo el Gran Duque Alejandro, pero sus dotes para gobernar eran nulas y su inteligencia política inexistente: se aferró al poder absoluto e incluso los suyos, aquellos aristócratas y altos mandos militares que debían acompañarle, le pidieron su abdicación para evitar una revolución desde abajo. Quien se creyó zar por derecho divino y un enviado de Dios para preservar los principios de la autocracia, tuvo que abdicar el 2 de marzo de 2017. Esta renuncia hizo que, de golpe, todo el edificio del Estado ruso se desmoronara.

Tras la abdicación siguen sucediéndose actos de violencia por parte de los soldados y también de los campesinos. “Es la venganza de los siervos” y el “resultado de nuestro pecado original”, que no es otro que “el comportamiento tosco y brutal durante siglos de servidumbre”, les dice el Príncipe Lvov, jefe del Gobierno Provisional, a los ministros de su Gabinete, en junio de 1917.

Y con esa frase – ‘La venganza de los siervos’- titula el historiador Julián Casanova, su libro sobre las dos revoluciones rusas: la de febrero y la de octubre, en cuyos orígenes ve, como causa fundamental, la guerra del 14 y, sobre todo, la negativa o la incapacidad de los Gobiernos provisionales, que sustituyeron al zar entre febrero y octubre de 1917, para poner fin a un conflicto bélico que no podían ganar, ni siquiera mantener, en una situación de total quiebra de la autoridad en el ejército, que se convirtió en escenario de motines y deserciones; con una carestía de productos básicos en el campo, en las ciudad y en el propio frente y con la expectativa de una revolución agraria en ciernes que prometía tierras a los campesinos, muchos de ellos integrantes de un ejército en ruinas y cuyos objetivos bélicos ni compartían ni entendían.

El ejército del zar parecía sólo apto para reprimir a campesinos y obreros. A finales de 1915, Rusia había perdido toda Polonia y partes de Ucrania, Bielorrusia y la región báltica, pese a que fueron movilizados quince millones y medio de hombres, un número que excedió la capacidad de despliegue, de armamento y de suministros necesarios. No todos los soldados enviados al frente tenían fusiles y debían esperar a que sus compañeros murieran para hacerse con ellos.

Las pérdidas totales se elevaron a más de siete millones de soldados: más de tres millones de muertos y desaparecidos y cuatro millones de heridos, muchos de ellos mutilados de gravedad. La magnitud de las cifras de hombres reclutados y los problemas que esa movilización provocó están en la raíz de la Revolución, según defiende Casanova, que cita la pésima gestión en el suministro de alimentos, tanto en el frente como en las ciudades, y la consiguiente escasez de comida y productos básicos que ya produjo disturbios en 1915.

La rebelión en las calles siguió aumentando y, en el frente, la cruel disciplina utilizada por muchos oficiales y la situación política radicalizó a muchos soldados campesinos que querían la paz y volver a casa.

La chispa prendió en Petrogrado, la capital construida por el zar Pedro el Grande mediante el trabajo forzado de miles de siervos y convictos, que drenaron los pantanos y colocaron los cimientos sobre el fango, en el que perecieron por millares, posiblemente unos cien mil, y que convirtieron a la que entonces era San Petersburgo en “la ciudad construida sobre huesos”.

Lo que ocurrió en Petrogrado el 22 de febrero de 1917 marcó el destino de la revolución: las mujeres marcharon hacia la avenida Nevski, el barrio de los ricos, de los palacios y de los comercios. A ellas se unieron los trabajadores y, durante los dos días siguientes miles de ellos tomaron las calles. El zar, desde Maguilov, envió un telegrama al jefe del distrito militar de Petrogrado en el que le ordenaba acabar con todos los desórdenes como fuera.

Pero esta vez ni siquiera los cosacos le obedecieron. No iban a repetir las terribles escenas de 1905: en la avenida Nevski, frente a la multitud de huelguistas, los oficiales se dieron la vuelta y se alejaron; en la plaza Znaménskaya, se negaron a dispersarlos e incluso hicieron a los manifestantes una reverencia desde sus monturas y en Viborg un batallón cosaco formó en una fila única para permitir que la multitud la atravesase.

Algunos soldados se amotinaron y salieron a la calle para defender a los manifestantes. Fueron detenidos pero, al día siguiente, el 27 de febrero, otros regimientos hicieron lo mismo y por la tarde ya eran casi 67.000 los amotinados. Las autoridades perdieron el control de las fuerzas militares, compuestas fundamentalmente por reclutas jóvenes y soldados que esperaban regresar al frente y que, cansados de reprimir a sus compatriotas y fracasar en la guerra contra Alemania, resolvieron confraternizar con los manifestantes.

Los motines y la rebelión abierta de los soldados hizo inevitable la renuncia del zar, que aún en estos primeros días de revolución esperaba poder ahogar en sangre la revuelta. La zarina le escribía recomendándole que no hiciera concesiones, que Dios le salvaría y le restablecería todos sus derechos. El Comité Ejecutivo del Sóviet de Petrogrado decidió el 3 de marzo arrestar a todos los miembros de la dinastía Romanov. Fueron trasladados a Tsárkoye Seló y, en agosto, a Siberia.

El Gobierno provisional que sustituyó al zar no pudo o no supo controlar el escenario revolucionario y tampoco buscó la paz con los alemanes, lo que explica -dice Casanova- su fracaso y el posterior triunfo bolchevique en la Revolución de Octubre. El Príncipe Lvov, que presidió el primer Gobierno provisional, quiso solucionar el problema de la tierra por medios legales y evitar que los Sóviets mandaran más que su Ejecutivo y, en cuanto a la guerra, permitió que su ministro, Kerenski, presionado por los Aliados iniciara una ofensiva que acabó en desastre. La crisis se trasladó a la capital y el 3 de junio, soldados del Primer Regimiento de Ametralladoras se negaron a ir al frente y ocuparon las calles. Se les unieron más de diez mil marinos de Kronstadt y miles de obreros, apoyados por los bolcheviques.

Lvov dimitió porque consideró que la única manera de “salvar al país era cerrar el Sóviet y disparar al pueblo y eso no lo puedo hacer”. En octubre, no hubo un golpe de estado porque “había muy poco Estado que tomar” y la ocupación del poder por los bolcheviques fue posible por el masivo apoyo popular de los Sóviets, el creciente movimiento de ocupación de tierras, el hartazgo de la guerra y las graves dificultades económicas.

La decisión de los Gobiernos provisionales de continuar la guerra contra Alemania fue el mayor de los errores, aunque posiblemente temieran que la repatriación de miles de soldados dificultara aún más el control sobre el campesinado y sobre los trabajadores de las fábricas. Lenin prometió tierras y prometió paz y se hizo con el poder.

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