Las incursiones vikingas en Al Andalus

 

Hacia el año 840 los llamados hombres del norte o “de las bahías’, los vikingos, se establecen de forma permanente en el Loira. Ya es conocida en todo el territorio su ansia de riquezas y prisioneros, su eficacia y oportunismo en los ataques y su brutal comportamiento con las poblaciones atacadas. En esa década comienzan sus incursiones en la península ibérica, la bordean y desembocan en el Mediterráneo, por el que llegan incluso a amenazar la costa del Imperio bizantino.

Pero los vikingos no lo tuvieron fácil en la península ibérica: el emirato de Córdoba se mostraba en aquel tiempo como una potencia bélica formidable y no sólo era rico y culturalmente sofisticado, sino que disponía de una organización militar eficiente al contar con un ejército permanente y bien organizado, formado por infantería y caballería ligera. No necesitaba reclutar efectivos y podía reaccionar con mucha más rapidez que otros reinos europeos para hacer frente a partidas de saqueadores por muy audaces que fueran.

La costumbre de guerrear también fue un obstáculo para las correrías de los hombres del norte. Exista un estado de guerra permanente entre el Emirato y los reinos cristianos, pero también dentro del primero debido a rebeliones e incluso disputas familiares. Los reinos del norte también estaban preparados para la batalla y la primera gran derrota de los vikingos fue a manos del rey Ramiro I de Asturias.

La primera expedición

En el año 844, los vikingos asentados en el Loira decidieron viajar hacia el sur y tras remontar el río Garona hasta Toulouse, se dirigieron con más de doscientos barcos hacia la costa cantábrica: primero atacaron la ciudad de Oviedo pero el ejército del rey Ramiro I les rechazó y lo mismo ocurrió cuando lo intentaron en la actual Betanzos, en Galicia. Fue su primera gran derrota en tierras ibéricas, en la que perdieron sesenta barcos mientras muchos otros desaparecieron en la tormenta.

No obstante, los supervivientes siguieron el viaje bordeando la costa portuguesa hasta llegar al estuario del Tajo, donde desembarcaron en agosto con 108 barcos, según el cronista Ibn Muhammad al-Razi, que narra tres batallas entre los ‘majus’ y los musulmanes locales. Nunca habían sido vistos en esas tierras, pero sí habían llegado relatos de sus ataques por sorpresa, rápidos, sanguinarios y brutales.

El gobernador de Lisboa, Ibn Hazm, encabezó la lucha contra ellos y consiguió rechazarlos, después de trece días de pillajes en los campos cercanos a Lisboa. Sus mensajeros cabalgaron hasta Córdoba para advertir de la llegada de “las bestias del norte”. Abderramán II puso en alerta a los gobernadores de todas las provincias costeras, pero no antes de que los vikingos saquearan el puerto de Cádiz y el pueblo amurallado de Medina-Sidonia.

Les quedaban unos ochenta barcos. Una parte de la flota navegó hasta la costa africana, en el actual Marruecos, y saqueó la ciudad de Arcila. Cuatro naves se separaron de la flota principal y llegaron a la localidad de Coria del Río, donde desembarcaron y dieron muerte a todos sus habitantes para impedir que alertaran de su llegada. El camino hacia Sevilla estaba a su disposición y el 1 de octubre los vikingos remontaron el río hasta la segunda ciudad más importante del Emirato después de Córdoba. Sus habitantes se dispusieron a la defensa, sin caudillo militar alguno pues el gobernador había huido a Carmona. Los vikingos lo sabían y atacaron, primero con flechas, causando desconcierto y rompiendo sus filas, y luego cuerpo a cuerpo. Durante siete días robaron, mataron, violaron e hicieron prisioneros entre hombres, mujeres y niños.

Se retiraron a su base en Cabtil, hoy Isla Menor, desde donde siguieron enviando partidas de pillaje hacia Córdoba y otras ciudades. Unos días después volvieron a Sevilla con la intención de aumentar el número de cautivos entre quienes hubieran regresado a la ciudad. Sólo había ancianos, reunidos en una mezquita que los vikingos no respetaron como tampoco habían respetado nunca las iglesias cristianas. Desde entonces, el lugar de oración donde fueron asesinados uno a uno pasó a llamarse la ‘Mezquita de los Mártires’.

En noviembre, Abderramán II movilizó a su ejército para hacer frente a la amenaza normanda: parte de su tropa alcanzó la comarca del Aljarafe con objeto de frenar las correrías de los daneses e impedirles la retirada. Su aparición desconcertó a las hordas del norte que carecían de caballería y de conocimientos al respecto. Después, Nasr, el lugarteniente del príncipe omeya, dispuso la emboscada: pequeños grupos de soldados consiguieron atraer a los vikingos, unos tres mil según la crónica de Ibn-al-Cutia, a un lugar llamado Tablada, una llanura al sur de Sevilla, donde les esperaba la infantería musulmana. En medio del fragor, apareció por la retaguardia vikinga Ibn Rustum al mando de la caballería ligera impidiéndoles la retirada. Les caían flechas y lanzas por doquier y, como repiten los relatos, “el cielo se abatió sobre ellos”.

La derrota vikinga fue espectacular. Más de mil muertos, treinta barcos capturados y cuatrocientos prisioneros decapitados, cuyas cabezas fueron enviadas a sus compañeros de Arcila o colgadas de las palmeras. La correría que salió del Loira, regresó a su base con menos de la cuarta parte de quienes la compusieron.

Después de esta incursión, el emir ordenó que se reforzasen las defensas costeras y mandó construir una nueva flota, cuyos barcos superaban con creces a las naves vikingas: con una tripulación de 50 remeros y otros tantos soldados, cada barco tenía dos mástiles con velas latinas, más adaptadas a la navegación a favor del viento que la vela cuadrada vikinga, y estaban equipados con catapultas capaces de lanzar bombas incendiarias contra el enemigo.

La expedición de los tres años

La más grande de todas las expediciones vikingas en España estuvo bajo el mando de dos de los jefes vikingos más famosos, Björn ‘Brazo de hierro’ y Hastein, que la leyenda identifica como dos de los muchos hijos del legendario Ragnar Lodbrok. Se cuenta que el primero, cuando era niño, recibió de su madre el don de la invulnerabilidad contra las heridas y de ahí su apodo.

Ambos abandonaron su base en el Loira en el 859 con una flota de 62 barcos y tardaron tres años en regresar, tras innumerables pillajes, secuestros, batallas y destrucción por toda la costa atlántica y mediterránea. Comenzaron con la costa cantábrica, donde chocaron con una resistencia excesiva para sus propósitos de saqueo. En Niebla (Huelva) sufrieron otra derrota; entraron en la desembocadura del Guadalquivir, tal vez para saquear de nuevo la ciudad de Sevilla pero allí estaba la nueva flota del emir, contra la cual no podían hacer nada porque sus barcos eran más veloces y sus armas más eficientes: huyeron. Los vikingos sólo contaban, como todos los piratas, con la ventaja de la sorpresa y así fue cómo consiguieron destruir Algeciras, hacia donde se dirigieron contra todo pronóstico.

Después cruzaron el estrecho de Gibraltar y penetraron en el Mediterráneo; desembarcaron en un lugar cercano a la actual Melilla y durante una semana robaron, secuestraron y mataron sin ningún obstáculo; pasaron a la costa de Murcia, luego a las islas Baleares y a continuación penetraron en territorio franco, donde fueron derrotados. Entonces viraron hacia Italia e incluso es posible que saquearan en el Imperio bizantino, ya que algunas fuentes hablan de su llegada a Grecia y a Alejandría.

Dos años después, en el 861, reaparecieron en el estrecho de Gibraltar, pero allí fueron masacrados por la flota cordobesa, ayudada por la corriente superficial que fluye desde el Atlántico al Mediterráneo, que ralentizó el movimiento de las naves vikingas. De las más de sesenta naves que aún conservaban, sólo les quedaron veinte, aunque siguieron su actividad depredadora. Llegaron a Pamplona, la incendiaron tras saquearla y capturaron al rey de Navarra, García I, por cuyo rescate consiguieron 308 kilos de oro. Los supervivientes, ya ricos, regresaron a su base en el Loira en el 862 pero en esos tres años perecieron dos tercios de los miembros de la expedición.

Nunca regresaron al Mediterráneo, aunque siguieron realizando algunas incursiones en la península Ibérica. En la del 889 fueron derrotados de nuevo y otra vez en los campos de Tablada. Los supervivientes se asentaron en los alrededores y muchos acabaron convirtiéndose al Islam. Algo que se dice también de un grupo de derrotados de la primera incursión: se instalaron en la zona y se especializaron en la cría del ganado y la producción de leche, pero otros cronistas señalan que aquellos que lograron huir a Carmona fueron acorralados por el general Ibn Rustum y sus vidas perdonadas a cambio de su conversión al Islam; sus descendientes pasarían a formar la guardia de élite del ejército andalusí.

Más sobre vikingos

https://skandza.wordpress.com/2016/12/11/ragnarok-la-ultima-batalla-vikinga-del-fin-de-los-tiempos/

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