Conquistadores Adventum, los primeros treinta años

Boabdil entrega las llaves de Granada y la reina Isabel insta a sus soldados a nuevas hazañas al tiempo que consiente y contribuye a la expedición de un marino genovés, Cristóbal Colón, que buscando las Indias de las especias desembarcará en las islas de un continente desconocido.

Así empieza el primer capítulo de lo que algunos consideran gesta caballeresca y otros, genocidio de indios. La serie Conquistadores Adventum, dirigida por Israel del Santo, y cuya primera temporada consta de ocho capítulos, no toma partido porque no es necesario insistir en lo sucedido; se cuenta y basta. Y aunque los sucesos se dramatizan, la serie pretende ser un documental con las pocas licencias que permite la historia.

Se trata del relato de una conquista casi siempre brutal, pero también de las aventuras de unos hombres que, espoleados por diferentes razones, llegan a extremos inusitados de resistencia, de crueldad, de conmiseración y también de valor. Por sus capítulos aparecerán el Cristóbal Colón tenaz y fantasioso; el embustero Vespuccio; el sanguinario y devoto Alonso de Ojeda; el elegante Ponce de León; el feroz Núñez de Balboa; el loco Pedro Arias; Pánfilo de Narváez, el gafe; el conquistador conquistado Gonzalo Guerrero; el incombustible Bartolomé de las Casas; el cronista Pigafetta y el ‘desertor’ portugués Magallanes.

Una voz en off, que participa en las expediciones de estos primeros treinta años de la conquista, nos cuenta cómo tres carabelas parten hacia las Indias, “repletas de desgraciados”: negreros, esclavistas, piratas, ladrones y condenados a muerte. También viaja Juan de la Cosa, el “mejor cartógrafo de la época” y, naturalmente, Cristóbal Colón, al mando de todos ellos.

Después de treinta y tres días de navegación, las tres carabelas tocan tierra. Ante los viajeros se extiende una playa de arenas blancas y, al frente, una tupida maraña de árboles, muchos desconocidos. Era el 12 de octubre de 1492. Pero resultó ser América, no Cipango, la “isla de los tejados de oro” como llamó Marco Polo a Japón, y mucho menos Catay, pero transcurrirán años antes de que se den cuenta de que se trata de un mundo nuevo del que no había noticias hasta entonces. Los recién llegados inspeccionan más de diez islas, pero ni rastro del Gran Khan ni de las especias que devolverían, multiplicado por mil, el gasto de las tres carabelas y su tripulación.

Colón vuelve a España con varios indios de muestra, bastantes papagayos y una cantidad de oro ridículamente pequeña, pero se le encarga un segundo viaje y esta vez son mil quinientos los hombres que desembarcan en las Indias. Entre ellos figura Américo Vespucio, “el más grande de los mentirosos, traficante de perlas y esclavos, que no distinguía la proa del retrete”, y que consiguió, por chiripa y mediante engaños, dar su nombre al nuevo continente.

Alonso de Ojeda, de conquistador con mala suerte a franciscano

Cuando llegan a la isla de La Española, el fuerte Natividad construido un año antes con los restos de la nao Santa María, ya no existe: los treinta y nueve soldados que dejó Colón han sido masacrados como consecuencia de su codicia y su violencia. Y dará comienzo la venganza. Entre los más sanguinarios destaca Alonso de Ojeda, un personaje sorprendente, vengativo, pendenciero, vivaracho, duelista y devoto de la Virgen de los Remedios. Es pequeño de estatura y tiene el pelo rojizo. Por eso los españoles le llaman el ‘pequeño capitán’ y los taínos le dan el sobrenombre de ‘cutía’, un pequeño roedor que vive en el bosque.

Tras “pacificar” la isla de La Española, vuelve a España y consigue de los Reyes Católicos una capitulación y, tras desembarcar con tres carabelas en 1499, acompañado por Juan de la Cosa y Americo Vespuccio, explora la costa de Venezuela, a la que da ese nombre por sus grandes casas de madera construidas sobre el agua y unidas por pasarelas, una especie de Venecia selvática.

Pasaron años poco halagüeños para Ojeda, pero en 1509 consigue la gobernación de un territorio inmenso, que habría de compartir con Diego de Nicuesa, y que comprendía las actuales Nicaragua, Costa Rica, Panamá y la costa de Colombia. La construcción de un fuerte en lo que hoy es el puerto de Cartagena fue un tremendo error: las tribus de la zona les atacaron y aunque los indios fueron perseguidos y aniquilados, decenas de hombres de Ojeda murieron, incluido Juan de la Cosa.

Es entonces cuando funda el fuerte San Sebastián, tampoco en un buen lugar. Esperaba la llegada de Martín Fernández de Enciso, uno de sus socios, con provisiones para los colonizadores, pero quien llegó fue un antiguo compañero, Bernardino de Talavera, al que no se le ocurre más que secuestrarlo para conseguir un rescate pero, con tan mala suerte que el barco en el que navegan naufraga en la isla de Cuba, cuya costa sur recorren a pie, unas setecientas leguas, hasta que llegan tres naves al mando de Pánfilo de Narváez (el mismo que se enfrentó a Hernán Cortes y luego murió ahogado en su expedición a La Florida).

Ojeda habla a favor de su secuestrador, pero éste es ajusticiado, y él decide abandonar la vida de conquistador y convertirse en fraile franciscano, en Santo Domingo. En su testamento ordena que le entierren en la entrada del convento para que todo el que entre en él le pise y así pueda penar por los múltiples crímenes que cometió en vida.

Núñez de Balboa, el descubridor decapitado

Otro personaje sorprendente es Núñez de Balboa, que asume el mando de los hombres de Ojeda y destituye a Martín Fernández de Enciso, un buen hombre pero débil para medrar en estos lugares. Con menos de setenta hombres, realiza una larga expedición hacia el oeste, en la que atraviesan ciénagas, duermen enterrados en la arena para librarse de los mosquitos y se enfrentan a diferentes grupos de indios.

El 25 de septiembre de 1513 descubren el Océano Pacífico, al que Núñez de Balboa llama el Mar del Sur. Habían pasado veinte años desde que Colón llegara a las Indias. El que fuera criador de cerdos sin éxito en La Española y polizón dentro de un barril, Núñez de Balboa, se ha convertido en un héroe. No sólo ha descubierto el océano, sino que ha vencido a “más de veinte naciones”. En lugar de matar indios y esclavizar al resto, negocia, pacta, toma partido y divide a las tribus, y se casa con la princesa más bella de las Indias, Anayansi, a la que bautiza con el nombre de María Caridad de los Remedios.

Pero el rey Fernando nombra gobernador de Castilla de Oro a Pedro Arias de Ávila, llamado ‘la ira de Dios’ y también Pedrarias Dávila porque cuando se enoja habla tan deprisa que se le juntan las sílabas, y aunque mantiene a Núñez de Balboa como Adelantado del Mar del Sur, se trata de una falta de consideración al descubridor del gran océano.

Hasta ese momento, 1514, todos los que habían llegado a las Indias eran “enfermos, locos o monstruos”. Con la llegada de Pedro Arias llegará también la infecta burocracia española y la obligación de leerles a los indios el infame Requerimiento, del que nada entendían y que solo era un pretexto para atacarlos, como denuncia en la propia Castilla el dominico Bartolomé de las Casas, dedicado por entero a la protección y la defensa de los indios.

Balboa, el de la “mirada alcohólica”, confiesa que ni él ni sus compañeros son héroes y que se han limitado a no dejarse matar. Alentado por las historias del oro de Perú, o Birú, de las que hablan los indios, pretende armar una flota, pero Pedro Arias no va a permitírselo: envía a Francisco Pizarro para que lo arreste y, bajo la acusación de falsa traición, ordena su decapitación el 15 de enero de 1519. Su cabeza estuvo clavada en una pica durante cuatro días y cuenta la leyenda que Pedro Arias convirtió en candil su calavera. A su perro, Leoncico, nadie le puedo quitar el collar de oro, ni siquiera Pizarro.

Magallanes, siempre hacia el oeste, y Narváez, en busca de la eterna juventud

Los dos últimos capítulos de la serie están dedicados a la expedición de Narváez a La Florida y a la vuelta alrededor del mundo que inició Fernando de Magallanes y completó Juan Sebastián Elcano. Su cronista, el lombardo Pigafetta, nos cuenta el encuentro con un gigante en la Patagonia; los motines que sufrió el almirante y la respuesta que a ellos dio; el descubrimiento del paso entre el Atlántico y el Pacífico; de cómo durante los tres meses de travesía de este infinito mar se comieron las ratas del barco y, cuando se acabaron, el cuero que cubría el palo mayor y el serrín de la madera.

También relata en su Diario la muerte de Magallanes en un enfrentamiento con los indígenas de una isla de Filipinas y cómo la Victoria, capitaneada por Elcano siguió adelante y la Trinidad, bajo el mando de Espinosa, volvió atrás, por el este. Los del comandante vasco llegaron a las Molucas y cargaron la nave de clavo y pimienta, hasta 25 toneladas con un valor de quince millones de maravedíes. Dieciocho de los 265 marinos que se enrolaron tres años atrás consiguieron llegar a Sanlúcar de Barrameda, el 6 de septiembre de 1522, y completar la vuelta al mundo.

Fue una hazaña que acabó con éxito, aunque sólo fuera para dieciocho. En cambio, la expedición encargada por el emperador Carlos V a Pánfilo de Narváez en La Florida fue un absoluto desastre. Su misión secreta consistía en la búsqueda de las fuentes de la eterna juventud, pero envejeció veinte años en dicha empresa y finalmente perdió la vida en un naufragio, en la desembocadura del Misisipi. Su segundo al mando, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, y unos pocos más sobrevivieron gracias a que los indios carancahuas, al verlos desamparados e indefensos, se compadecieron y, como mandan las tradiciones de su pueblo, “lloraron” con ellos.

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