Sumeria: las primeras ciudades

La civilización nació en Eridu, una ciudad situada en el extremo sur de Mesopotamia, aunque primero fue la agricultura, introducida lentamente entre el décimo y el séptimo milenio a.e.c. (antes de la era común) en una amplia franja de tierra en forma de media luna que recibe el nombre de Creciente Fértil y cuyos cuernos están constituidos por el Levante (los actuales Siria, Líbano e Israel) y la Mesopotamia (el actual Irak).

El Creciente Fértil tiene como centro la “tierra entre los dos ríos”, el Éufrates y el Tigris, un lugar en el que siempre han convivido múltiples etnias. Hace unos seis mil años, llegaron en gran número los sumerios, un pueblo procedente quizá del Turquestán, creativo y tenaz, que se mezcló con los antiguos pobladores y que actuó como catalizador de la revolución urbana.

Pero primero se constata un gran impulso de la la agricultura. Para soslayar las brutales sequías y las crecidas impetuosas de los ríos, los habitantes de Mesopotamia crearon una tecnología que les permitía la realización de grandes obras públicas para asegurar el regadío de las tierras de labor y para facilitar la tarea se inventó el arado y después la tracción animal. Los excedentes agrícolas permitieron alimentar a dioses y a sacerdotes y a gran cantidad de artesanos y especialistas que forman el tejido de la ciudad, que no es ya una simple aglomeración de campesinos en un poblado, sino un complejo organismo social, en el que los individuos realizan funciones distintas y especializadas, desde los alfareros a los metalistas o a los comerciantes.

Son las primeras ciudades: Eridu, Uruk, Nippur, Kish y Ur. Desde antes del 4000 aec y durante los quince siglos siguientes, las gentes de Eridú y de sus alrededores sentaron los cimientos de lo que hoy llamamos civilización. Con ellas llegaron la división del trabajo, las religiones organizadas, la construcción de monumentos y la ingeniería civil, la escritura, las invenciones, los descubrimientos y la ley. También la ideología del progreso, de que era posible mejorar el pasado, pero también la desigualdad, la jerarquía, el despotismo y la guerra organizada.

Con el éxito económico se complicó la contaduría burocrática y comercial. Había que registrar la producción y los excedentes y es entonces cuando surgen los primeros balbuceos de la escritura, que sirve para extender la memoria y el control sobre las transacciones económicas y administrativas. Lo demás, afortunadamente, será literatura. Los sumerios no sólo habían conservado su lengua, sino que se había convertido en la más importante de la región y hacia el tercer milenio, cuando surge la escritura, todos los escribas escriben en sumerio.

En el tercer milenio las ciudades de Sumeria se protegen con grandes murallas fortificadas y, junto con la comarca que les rodea, constituyen una ciudad Estado, posesión del dios que vivíe en el templo principal, administrada como un organismo centralizado. Durante todo el tiempo que duró Mesopotamia se creía que cada ciudad había sido fundada por una divinidad concreta como si fuera su hogar terrenal. Los nombres de las ciudades se escribían con un signo que denotaba “dios”, un signo para el nombre del dios y un signo para el lugar. Nippur se escribió como DIOS.ENLIL. LUGAR y Uruk como DIOS.INANNA.LUGAR.

La divinidad celebrada en la ciudad de Eridu sería recordada como la inspiradora de la civilización. Su nombre era Enki, señor de la tierra, y se le reconocía como el dios que trajo la civilización a la humanidad y el guardián de las normas. Pero anteriormente fue el lugar de Ea, el espíritu del abismo, el remolino de las aguas, y su esposa era Dakina, la tierra y ambos constituían los elementos con los que se creó el mundo.

A sesenta y cinco kilómetros de Eridú, en el otro lado del río Buranum se produjo otro asentamiento en torno a un templo. Primero se lo conoció como Unug y luego como Uruk, la primera gran ciudad, que en el cuarto milenio aec era más grande en tamaño y población que la Atenas de Pericles o la Roma republicana de tres milenios después. Según relatos posteriores y restos arqueológicos, la actividad y la vida social eran intensas y, además de bellas construcciones, santuarios, lugares de reunión y jardines, sus habitantes se trasladaban por canales de agua en pequeños barcos, como en una Venecia del desierto.

La ciudad de Uruk estaba consagrada a la gran diosa, celebrada bajo el nombre de Inanna, que gobernaba también, en una época de enfermedades, plagas y elevadísima mortalidad, sobre el sexo y la fertilidad. Una civilización, dice Paul Kriwaczek en su libro “Babilonia”, no puede darse sin un grado de libertinaje y los antiguos mesopotámicos creían que el sexo y la vida en la ciudad iban emparejados y que la represión sexual y la moral conservadora de los campesinos aplastaban la creatividad y la imaginación de la gran ciudad. Uruk era conocida por sus cortesanas y prostitutas, por sus homosexuales y por sus travestis.

Seguro que no había nada más atractivo y al mismo tiempo más detestable que Uruk y lugares semejantes para las tribus dispersas de pastores nómadas, que hablaban dialectos semíticos emparentados entre sí, y habitaban los márgenes del Creciente Fértil, en el desierto inhóspito, ayuno de agricultura y de ciudades. Esos pastores nómadas, antepasados de los israelitas, fueron llamados “amurru” (occidentales) en Mesopotamia porque venían del oeste. Hacia el 2000, cuando Sumer gozaba de una nueva época de esplendor bajo el reinado de la tercera dinastía de Ur, la ciudad cayó en manos de los amurru. Algunos de ellos se sedentarizaron y pasaron a formar parte de la ciudad. Otros continuaron ofreciendo sus servicios en la frontera, a veces robando o saqueando, y transitando con sus rebaños de cabras y ovejas por el desierto.

Hacia el siglo XIII aec se habían establecido en sucesivas oleadas en Canaán y su modo de vida nómada o seminómada era ya un anacronismo. Ellos mismos sentían la necesidad de asentarse sobre tierras propias, deseo que se plasmó en una serie de leyendas sobre la promesa que el dios familiar de sus patriarcas ancestrales les había hecho, la concesión de tierras propias, mito central de la religión judía. Este pacto lo suscribe Yahvé con Abraham, que vivió en Ur y luego en Harán, pero que marcha hacia Canaán por orden de su dios, que dará a su descendencia el dominio de las tierras “desde el río de Egipto hasta el Éufrates”, a cambio de una obediencia ciega y de la circuncisión de todo varón a los ocho días de su nacimiento.

El libro del Génesis contiene las leyendas de la época en que los protoisraelitas eran pastores nómadas y fueron escritas y reelaboradas ya en Canaán. Y también contiene una referencia que va más allá, al principio de todo, al dramático cambio que supuso la agricultura y lo hace con la maldición que Yhavé dirige a Adán y a Eva al expulsarles del Paraíso: “Maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan”.

La revolución agrícola amplió la suma total de alimentos, pero no se tradujo en una dieta mejor o en más tiempo libre. La vida se hizo más difícil para los agricultores, pero lo que perdieron como individuos, lo ganaron como especie porque el cultivo de plantas y la domesticación de animales causó una revolucionaria explosión demográfica llevando al hombre a una multiplicación exponencial como nunca se hubiera visto. Yuval Noah Harari, en “De animales a dioses”, califica la revolución agrícola como “el mayor fraude de la historia”: el hombre ganó en inseguridad, el trabajo se convirtió en extenuante, la dieta era más pobre y para colmo surgieron enfermedades y plagas hasta ese momento desconocidas. Pero logró multiplicarse y poblar la tierra y dominar la naturaleza.

Los contactos de los israelitas con los estados mesopotámicos fueron intensos y no sólo recogen, deformándolas para crear su propio relato, las leyendas del Diluvio o la torre de Babel, sino también nombres y lugares. La Biblia menciona Ur como patria de Abraham, pero también Uruk, a la que llamaron Erech, y a Enki se le nombra en el Génesis como hijo de Caín con el nombre de Henoc. Yhavé condenó a Caín a una errancia sin reposo, pero le permitió construir una ciudad que le sirviera de refugio a él y a todos los desterrados, un lugar que es el mal en sí mismo, donde viven los demonios y otros dioses y donde reina la lujuria y se hace escarnio de los justos. La ciudad es el compendio de todo lo que detesta una cultura nómada que rechaza la construcción de un templo porque prefiere llevarlo consigo, el Arca de la Alianza, un santuario en miniatura que acompaña a los patriarcas y a sus rebaños en sus continuos desplazamientos por el desierto. Hasta la construcción de Jerusalén, la ciudad sagrada.

Lecturas

Paul Kriwaczek, Babilonia, Ariel 2010

Yuval Noah Harari, De animales a dioses, Debate. 2014

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