Reyes, sacerdotisas y corredores de fondo en la ciudad sumeria de Ur

El Diluvio Universal nunca existió, ni siquiera el mesopotámico del que hablan las crónicas de Gilgamesh y repite el Génesis. Aunque el arqueólogo británico Leonard Woolley anunciara en 1929 urbi et orbi que había descubierto evidencias del diluvio de Noé en las excavaciones de la antigua ciudad sumeria de Ur, la inundación no fue en absoluto universal. Hubo al menos dos diluvios en Ur, pero con varios siglos de diferencia. En muchas ciudades del sur de Mesopotamia, pero no en todas, pueden hallarse estratos de diluvios similares pero fechados en distintos momentos. Algunos lugares, como Eridu, la primera ciudad mesopotámica, situada a once kilómetros de Ur, no muestran signo alguno de inundación.

El castigo a los hombres, ya sea por la maldad que tanto ofende a Yahvé o porque impiden el sueño al dios sumerio Enlil, es un mito que se alimenta de medias verdades para dar una explicación más o menos plausible de lo ocurrido cientos o miles de años antes. El mito del Diluvio se añadió posteriormente a la epopeya de Gilgamesh: los mesopotámicos creían que en esos tiempos remotos, anteriores a la aparición en escena de su héroe, se produjo una gran inundación en la región, justo al comienzo del desarrollo de las ciudades, que separó su historia en dos partes. Aunque probablemente los primeros asentamientos sufrieron inundaciones catastróficas y algunas comunidades fueron destruidas y sepultadas bajo el lodo, las ciudades creadas posteriormente no las sufrieron en demasía.

Antes del tercer milenio, los sumerios ya vivían en centros urbanos: Eridu, Ur, Uruk, Larsa, Lagash, Umma, Nippur y Kish. Uruk, en el 3100 (aec) era la ciudad más grande, no sólo de Mesopotamia, sino del mundo entero: estaba rodeada por una muralla de diez kilómetros de perímetro y el número de personas que vivían en ella alcanzaba las 25.000. Como las otras ciudades de su entorno, estaba gobernada por ‘ensi’, príncipes sacerdotes, y la economía dependía del templo, que poseía enormes cantidades de tierras y de animales y cuyos funcionarios iniciaron un sistema de escritura para poder hacer un seguimiento de los bienes con los que se comerciaba.

El Diluvio mesopotámico, señala Paul Kriwaczek, habría ocurrido hacia el año 2900 (aec) y explicaría en términos míticos el comienzo de la escritura como tal y una nueva ideología que impulsó la ciudad-estado y sustituyó la clase sacerdotal por la monarquía hereditaria. Comienza entonces el periodo que los historiadores denominan Dinástico Arcaico, en el que la escritura evolucionó hasta convertirse en un modo de expresar ideas aunque todavía seguía siendo utilitaria, una forma de recordar algo, como el nombre de los reyes y sus hazañas, o para intercambiar saludos o amenazas con otros gobernantes.

Los sacerdotes son sustituidos por los ‘lugal’, término que significa literalmente ‘hombre grande’ y que hace referencia a los reyes seculares y guerreros. La realeza “bajó del cielo”, dice la primera línea de la Lista Real Sumeria, compilada por los escribas mil años después de la aparición de la monarquía, y en la que se reescribe la historia de manera que toda Mesopotamia habría sido gobernada desde una sola ciudad cada vez. Los dioses, que habían creado a los hombres para no tener que trabajar los campos, elaborar los alimentos ni construir sus propios santuarios, querían que la gente fuera gobernada por los reyes e incluso los propios dioses tenían un rey: Enlil, que vivía en la ciudad de Nippur.

Las ciudades entraron en conflicto entre sí a causa precisamente de su éxito. Sus ejércitos se enfrentaron pero las hegemonías de unas y otras se revelaron efímeras. Lagash y Umma estaban rodeadas por varios reinos, incluidos Uruk y Ur por el sur; al norte de Summer, Kish, un reino mucho mayor dominaba la región. Algunas veces, los reyes sumerios conquistaban otras ciudades y asumían el título de “Rey de Kish”, aunque no controlaran la propia Kish.

En este periodo cobra importancia la ciudad de Ur. Lo sabemos por sus Tumbas Reales, descubiertas en 1920 por Leonard Woolley. De las 2.000 mil tumbas, dieciséis incluían una construcción sepulcral subterránea y cada una de ellas albergaba el cadáver de un hombre o una mujer junto con innumerables objetos para su vida en el más allá. Pudieran ser sacerdotes y sacerdotisas o tal vez reyes y reinas pero en cualquier caso eran personas que poseían una riqueza inmensa; enterrados con tocados de oro, copas de plata, mantos rojos y collares de lapislázuli. Pero a su lado también yacían los cuerpos de sus sirvientes, algunos envenenados y otros con señales de violencia.

Hacia el año 2320 (aec), Lugalzagasi, monarca de la ciudad de Umma, se apoderó de Ur, Kish y Uruk. Consiguió la unificación política de todas las ciudades de Summer pero tuvo la mala suerte de que en esa misma época pueblos procedentes del desierto sirio descendieran por el curso del Eúfrates y se establecieran en una zona de la Mesopotamia central, a la que denominaron Acad. Serán los acadios los que, dirigidos por su soberano Sargón, lleguen a Uruk, cuyas famosas murallas construidas por Gilgamesh demolieron; vencieron a una coalición de cincuenta gobernantes de ciudades sumerias y capturaron a Lugalzagesi “Gran Rey de Uruk y de Todos los Países” que, cargado de cadenas fue llevado hasta Nippur, donde se le expuso en una jaula ante el templo de Enlil, dios del viento y de la tierra.

Sargón venció también a Ur “en batalla y castigó a la ciudad y destruyó sus fortalezas”, según reza una inscripción real. Conquistó casi todo lo que es actualmente Iraq y gran parte de Siria, forjando el primer imperio del mundo y revelándose como un maestro en utilizar la religión para legitimar su reinado. No sólo afirmó que era un elegido de los dioses sino que convirtió a su hija en la suma sacerdotisa de Nanna, el dios lunar de la ciudad de Ur. Enheduanna asumió el control de un patrimonio inmenso asociado al templo de Nanna y, con ello, de una buena parte de la economía de Ur. Pero la recordamos porque con su nombre rubricó himnos y plegarias a la diosa Inanna que aún se conservan, de manera que es el primer autor literario del mundo al que se atribuye una composición.

Sargón no tuvo un reinado tranquilo: él y su dinastía tuvieron que enfrentarse a unos poderosos invasores, los gutis, unos montañeses semibárbaros. Los acadio-sumerios lo creyeron un justo castigo de los dioses: “Enlil hizo descender de las montañas a aquellos que no se parecen a ningún otro pueblo ni son considerados parte de la Tierra, a los gutis, un pueblo con inteligencia humana pero con instintos de perro y apariencia de monos que, en gran número, como los saltamontes, cubrieron la tierra”.

Acad quedó arrasada y el imperio acadio desapareció: los arqueólogos documentan un fin repentino de las reliquias de la civilización y la Lista Real Sumeria apenas cuenta que fueron 157 los años de la dinastía de Sargón.

El Imperio acadio se desmoronó tras su cuarto sucesor, pero los guti fueron derrotados por la unión de las ciudades bajo del mando de Utu-hegal, de Lagash, que tras veinte años de lucha derrotaron y tomaron prisionero a Virigan, el último monarca guti. Una crónica babilónica, escrita probablemente trescientos años después de los sucesos, confirma que el dios Marduk arrebató el gobierno a los guti y se lo concedió a Utu-hegal, aunque debido a sus actos criminales el reino pasó a la ciudad de Ur.

Comienza entonces la Tercera Dinastía de Ur, creadora del imperio neosumerio, hacia el 2112 (aec), que en su momento de mayor auge abarcó gran parte de Mesopotamia, un vasto territorio que agrupaba Summer, Babilonia y los territorios comprendidos entre las cuencas de ambos ríos hasta Mari y Assur. Su rey, Ur-Nammu, se presenta como un liberador y, en el prólogo a las leyes que ordenó escribir, probablemente en una estela de piedra que no ha llegado hasta nosotros, se describe como un monarca amable y piadoso y afirma que protegió al débil frente al poderoso: “No entregué el huérfano al rico. No entregué la viuda al poderoso… Eliminé la enemistad, la violencia y los gritos en busca de justicia. Establecí la justicia en el país”.

También se proclama como un elegido de los dioses, igual que hizo Sargón: “Ur-Namma, el poderoso guerrero, rey de la ciudad de Ur, rey de los países de Sumner y Acad, hijo de la diosa Ninsun”. Para ganarse el favor de las divinidades y de la población, mandó construir zigurats en al menos cuatro ciudades. El Gran Zigurat de Ur, cuyos restos reconstruidos aún pueden contemplarse, se emprendió durante su reinado. Tanto en Ur como en las otras ciudades sumerias se construía con adobe, una especie de ladrillo secado al sol, debido a la ausencia de canteras en la zona. Este tipo de construcción no permitía levantar edificios que duraran siglos y cuando se estropeaban se volvía a construir sobre ellos hasta que se convertían en auténticas colinas artificiales o ‘tells’, sobre los que se alzaban los templos y los palacios. También los zigurats eran de adobe, aunque algunas de sus paredes se revestían con ladrillos de cerámica vidriada que les hacían más resistentes y más ornamentales.

Ur-Nammu no consiguió ver el Gran Zigurat terminado y dejó a su hijo Shulgi el problema de cómo hacer algo extraordinario que le colocara por encima del resto de los hombres, prácticamente a la altura de un dios. La labor propagandística de su entorno fue fabulosa y aún hoy se conservan más de veinte himnos referidos a su gloria, que le presentan como gran rey y un gran guerrero, azote de sus enemigos, portador de prosperidad a su tierra y encarnación de la misma civilización sumeria.

A los himnos se añade la crónica de la espectacular y curiosa carrera que Shulgi realizó en el año siete de su reinado entre Nippur, centro religioso de Sumeria, hasta Ur, la capital del Estado. Fue y volvió en un día para oficiar el festival religioso ‘Eshesh’ en ambas ciudades. Dicen las tablillas: “Lo hice para que mi nombre se asentara en días venideros y no cayera nunca en el olvido, para que mi alabanza se extendiera a lo largo de la Tierra y mi gloria fuera proclamada en las tierras extranjeras, yo, el veloz corredor, convoqué mi fuerza y para probar mi velocidad, mi corazón me impelió a hacer un viaje de ida y vuelta de Nippur a Ur”.

Los espectadores se reunieron a lo largo de la ruta para ver su rey correr más veloz y cubrir una mayor distancia que un mensajero del imperio. Llega al templo de Ur y oficia el sacrificio de bueyes y corderos mientras resuenan los tambores y los instrumentos de viento. Y regresa a Nippur “como un halcón”. Se desencadena una tormenta en la que chocan los vientos del norte y del sur y los rayos colisionan en el cielo; temblaba la tierra, y caía granizo sobre su espalda. Pero siguió corriendo, como un “fiero león” o como “un asno en el desierto” y alcanzó Nippur antes del anochecer.

Hacia el comienzo del segundo milenio se produjo una etapa de anarquía general con la amenaza de nuevas invasiones, entre ellas la de los amorreos, pueblo seminómada procedente posiblemente de los desiertos de Arabia. Shulgi había construido un muro alrededor del territorio de más de 250 kilómetros para contenerlos y su sucesor ordenó su refuerzo pero continuaron los ataques.

El intercambio de bienes se paralizó y llegó incluso la hambruna a Ur, cuyo rey pidió ayuda al general Ishbi-Erra, a cargo de la zona norte del país, pero éste no hizo caso. La ciudad vecina de Larsa, a cuarenta kilómetros, fue conquistada por un líder tribal amorreo. Los elamitas, llegados del sur de la meseta iraní, se apoderaron de Ur, se llevaron sus dioses y se establecieron en algunas zonas del sur de Mesopotamia. Fue entonces cuando Summer desapareció de la historia pero perseveró como el estrato de la gran civilización que le sucedió: Babilonia.

Lecturas

Paul Kriwaczek, ‘Babilonia. Mesopotamia: la mitad de la historia humana’, Ariel, 2010

Amanda H. Podany, El antiguo Oriente Próximo, Alianza, 2014

Joseph M. Walker, Antiguas civilizaciones de Mesopotamia, Edimat, 2002

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