Epidemias en el Mundo Antiguo: de Sumeria a Roma

En una tablilla del siglo XVIII aec, impresa en caracteres cuneiformes, se prohibía que los habitantes de una ciudad infectada salieran de ella para “no contagiar a todo el país” y en otra se alertaba de que no debían tocar los objetos -copa, cama y silla- que habían sido propiedad de una mujer que había fallecido infectada. Esto ocurría en la antigua Sumeria, en Mesopotamia, donde surgieron las primeras aglomeraciones urbanas que serían pasto de las epidemias que asolaron desde entonces a la humanidad entera.

La viruela, la gripe, la tuberculosis, la malaria, la peste, el sarampión y el cólera son enfermedades contagiosas que evolucionaron a partir de enfermedades de los animales. Hacia el año 3000 aec la población humana superó el medio millón de habitantes gracias al éxito del sedentarismo agrícola; las ciudades alcanzaron la densidad crítica suficiente para que las enfermedades infecciosas pudieran propagarse velozmente entre las ciudades, primero en Sumeria, y extenderse por toda la zona en la que los hombres tuvieran contacto los unos con los otros.

Las epidemias se hicieron recurrentes: surgían y desaparecían poco después. Muchas de ellas ni siquiera fueron recogidas por los cronistas, pero algunas, las que marcaron un antes y un después porque acompañaron a los ejércitos en las batallas, contribuyeron a la derrota de uno de los contendientes o facilitaron la desaparición de una civilización, han quedado para la posteridad.

Se sabía que el contagio se producía por el contacto de los enfermos e incluso de los muertos y de sus pertenencias con los sanos y que de esa manera la enfermedad saltaba de un barrio a otro, de una aldea a una ciudad, y que el mal se transportaba en las caravanas y en los barcos a otras regiones, incluso alejadas del centro inicial del contagio. Lo que no se sabía era qué lo iniciaba y tampoco el remedio. Lo más fácil y lo más rentable en términos políticos y sociales era atribuírselo a los dioses.

En el reino de los hititas

En los últimos años del reinado de Suppiluliuma se desencadenó una virulenta epidemia, llevada a Hatti por los prisioneros de guerra egipcios, que diezmó el país hitita, probablemente condujo a la muerte a su soberano hacia el año 1321 aec y persistió durante el gobierno de Mursili, su sucesor en el trono, que dirigió a los dioses las llamadas Oraciones de la Peste en las que les censura por castigarles con tanta dureza y en las les pide desesperadamente que le revelen la causa de su cólera. “El País de Hatti, todo él, está muriendo y ya nadie prepara los panes del sacrificio ni las libaciones para vosotros, permitid a sibilas o a profetas, o en los sueños de los hombres, que puedan descubrir cuál es la causa para que los sacerdotes realicen la propiciación conveniente”.

Tras consultar de forma incesante a los oráculos, Mursili identifica en las ofensas cometidas por su padre la fuente de la ira del dios: el olvido de un sacrificio para el río Eúfrates y la violación, en dos ocasiones, de un juramento, que tenía que ver con la legalidad de su llegada al trono y el ataque a posiciones egipcias. Mursili aceptó cargar con las culpas de su padre y posiblemente intentó apaciguar a los dioses mediante ritos propiciatorios. Tal vez en ese momento la epidemia llegara a su fin o quizá en esa época ya había recorrido su camino y desapareció por consunción.

La cólera de los dioses

La Iliada también se hace eco de la peste enviada por Apolo contra los aqueos, en una fecha cercana a la de la peste en Hatti, hacia el 1200 (aec), y que posiblemente fuera un estallido de ántrax porque, según cuenta Homero, las primeras víctimas fueron los animales y luego los hombres. Tanto los sacerdotes de Apolo, como los de Yahvé en el Éxodo, se arrogaron el mérito de haber invocado las epidemias y, en el último caso, las diez plagas con las que castiga a los egipcios por no dejar salir a los hebreos del país son el más claro ejemplo del poder y la cólera de los dioses.

La invocación a los dioses para que muestren su poder frente al enemigo se reitera a lo largo de los siglos. Yahvé no sólo actuó contra los egipcios, sino también contra los filisteos, como se deduce del primer libro de Samuel en el que se relata el robo del Arca de la Alianza y su traslado hasta su capital en cuyo trayecto la población filistea acabó diezmada por una epidemia mortal, posiblemente la peste bubónica. Cuando finalmente el Arca fue recobrada y devuelta al templo de Salomón en Jerusalén, los israelitas se abstuvieron de tocarla.

Pero no sólo el Arca de la Alianza era origen de enfermedades. Una antigua leyenda se refiere a los “demonios de la peste”, una turba de espíritus de la enfermedad y del desastre, a los que el sabio rey Salomón recluyó en tinajas de cobre selladas con plata y enterró para siempre bajo los cimientos del templo de Jerusalén. El ‘Testamento de Salomón’, un texto apócrifo del siglo I, recogía la profecía de que cuando el templo fuera destruido por el rey de los caldeos, los espíritus de la peste quedarían liberados, lo que ocurriría con Nabucodonosor en el siglo VI, que saqueó e incendió el templo; durante el pillaje se encontraron los recipientes de cobre y se rompieron sus sellos y en ese mismo instante los demonios pestíferos quedaron libres para volver a hostigar a los hombres.

Otra versión del mismo episodio cuenta que fueron los soldados romanos de Tito los que, tras el asedio y la destrucción del segundo templo de Jerusalén, en el año 70, hallaron los antiguos recipientes y al romperlos dejaron el camino libre a los demonios de la peste. Suetonio cuenta que durante el reinado de Tito se sucedieron catástrofes temibles, como el estallido de la peor epidemia de cuantas se guarda memoria.

Existe otra leyenda acerca de la venganza de Yahvé contra Roma, y en concreto contra el emperador que destruyó su templo. Señala el ‘Talmud’ que Tito se habría llevado los vasos sagrados del templo y que durante su regreso a Roma se desató una gran tormenta que le demostró la ira del dios al que acababa de insultar y una voz desde las alturas le señaló que había una criatura insignificante contra la que no podría combatir: un mosquito que se introdujo por una de sus fosas nasales, alcanzó el cerebro y allí permaneció alimentándose durante siete años y causándole terribles dolores, de forma que cuando murió se abrió su cráneo y se descubrió a un mosquito del tamaño de una golondrina. Sorprende la coincidencia entre leyenda y realidad porque Tito, según la descripción médica de su fallecimiento, murió por un acceso pernicioso debido al plasmodium falciparum, agente del paludismo cerebral.

Los soldados romanos que habían batallado en todo el mundo conocido, y saqueado lo que habían podido, son protagonistas de la llegada de otra terrible plaga a Roma y más allá, a la Galia y Germania. Julio Capitolino, uno de los supuestos autores de la ‘Historia Augusta’, da cuenta de una “general y fatal pestilencia”, probablemente viruela, que apareció en Roma en el año 167, después de que Marco Aurelio y Lucio Vero dirigieran una campaña contra los partos de Mesopotamia. Ammiano Marcellino aseguró que dicha peste fue causada por el aire infestado que conservaba un arca de oro sustraída del templo de Apolo en Seleucia por un soldado romano: al abrirla quedaron libres los vapores pestíferos y contaminaron desde Babilonia hasta el Rhin.

La muerte de Pericles

Grecia tampoco se vio libre de la peste, en muchas ocasiones asociada a los ejércitos que se desplazan llevando de un lado a otro unos gérmenes que se lucran en las aglomeraciones y la falta de higiene. Se trató de un brote masivo de cólera y ocurrió en Atenas en el invierno y la primavera del año 430 aec, en el segundo año de la Guerra del Peloponeso. La epidemia causó un gran descontento en la ciudad y Pericles se defendió con un discurso emocionante, ‘La Oración Fúnebre’, que consiguió frenar el resentimiento de los atenienses durante un tiempo. Incluso un año después, en el 429, se le volvió a dar el mando del ejército, pero ese mismo año murieron sus dos hijos por culpa de la epidemia en un plazo de cuatro días.

El historiador Tucídides describe los síntomas de lo que se supone que fue un brote de cólera con auténtico horror: los ojos se enrojecen, sangran la garganta y la lengua y sus cuerpos, tras violentos espasmos, yacen insepultos y ni siquiera las aves y los animales que comen carne humana se les acercan.

Pericles murió a causa de la epidemia en el otoño de 429 (aec) y su muerte fue un desastre para Atenas; sus sucesores llevaron a la ciudad a la ruina. Ellos y la epidemia, que destruyó los rituales, incluso los que rendían homenaje a la santidad de la muerte: los griegos se apresuraban con sus propios muertos a la pira funeraria que habían preparado otros y allí arrojaban los cadáveres para que se consumieran porque quienes permanecían cerca se contagiaban de la enfermedad Los atenienses no esperaban vivir lo suficiente como para ser juzgados en un tribunal y perdieron su autodisciplina y su autogobierno. Culparon a Pericles de la epidemia argumentando que sus grandes proyectos de construcción habían sido dictadas por la hybris que dominó a Edipo y lo que llamaban prepotencia y desmesura fueron declarados causas de la enfermedad. Y en ese momento en que los atenienses perdieron el control de sus propias vidas y la visión de un proyecto común, sus enemigos aprovecharon para marchar sobre la ciudad y el Ática fue devastada por los lacedemonios.

Lecturas

– Trevor Bryce, El Reino de los hititas, Cátedra, 1998 (sobre Mursili y el País de Hatti)

– Adrienne Mayor, La guerra química y biológica en la Antigüedad, Desperta Ferro Ediciones, 2018 (sobre el Testamento de Salomón)

– Règis F. Martin, Los doce césares, Aldebarán, 1991 (sobre Tito y el Talmud)

-Richard Sennet, Carne y piedra, Mondadori, 1997 (sobre Atenas)

 

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