Virgilio, inmortal, falso profeta y señor de las moscas

Virgilio y las musas

‘Arma virumque cano’.

Así comienza el segundo verso de la Eneida, con el canto a las terribles armas de Marte y al hombre que, huyendo de Troya prófugo del destino, vino el primero a Italia y a las costas lavinias. Eneas, aquel que anduvo errante por mar y tierra, arrastrado por el furor de la diosa Juno, logró llevar sus dioses al Lacio, “de donde vienen el linaje latino y los senadores albanos y las murallas de la soberbia Roma”.

Durante siglos, ‘La Eneida’ ha sido la cartilla en la que los estudiantes de latín han aprendido la antigua lengua, desde su publicación tras la muerte de su autor, Virgilio, a las escuelas del siglo pasado, y aún hoy. Su persistencia burló incluso la barrera del odio cristiano hacia todo lo relacionado con el paganismo. Virgilio en la poesía y Cicerón en la prosa marcaron el canon de la lengua y con ellos quedó fijado el latín normativo de la creación literaria y de la escuela frente al latín vulgar, el que se hablaba en la calle.

El latín era la lengua del imperio y, pese a que el cristianismo empezó su andadura intelectual en griego, la nueva religión tuvo que recurrir a su uso para comunicar su mensaje en el occidente europeo. Además de su virtuosismo literario, ni Cicerón ni Virgilio eran Ovidio o Catulo, con sus cantos al amor carnal y a las costumbres licenciosas. A ninguno de los dos les afectaron ni la destrucción ni el abandono que hicieron desaparecer para siempre multitud de obras escritas cuando en el siglo IV se proclamó al cristianismo como la única fe y se procedió a una sistemática eliminación de la cultura romana y griega.

A partir del año 313, cuando el emperador Constantino firmó el Edicto de Milán y estableció la tolerancia con el Dios cristiano, arreciaron los ataques y la destrucción de templos y estatuas de los dioses romanos, griegos y egipcios así como la de los libros: apenas un uno por ciento de la literatura latina sobrevivió al fanatismo cristiano que veía en todas las obras de la Antigüedad inmundos pozos rebosantes de pecados de idolatría, de blasfemia, avaricia, asesinato y vanagloria. Pero además, existía el placer que podían generar los escritos paganos: el mismo Jerónimo -traductor de la Biblia al latín (Vulgata)- denunció esta desviación del camino recto causada por la lectura de los clásicos latinos, como Cicerón, mediante el relato un sueño en el que el Juez le declaró culpable de deleitarse en el estilo literario y haber caído en la vanidad intelectual, una de las tentaciones más perversas del Diablo.

Doce años después del Edicto de Milán, el Imperio dejó de ser tolerante con todas las religiones de manera oficial y en Nicea declaró que sus guerras constituían la lucha del Bien contra el Mal, de la religión cristiana contra el paganismo corrupto. Constantino, aparentemente convertido pero descendiente de la gran Roma y de sus tradiciones, pidió a sus obispos y a sus teólogos que encontraran en cualquier tipo de fuentes romanas un testimonio de la naturaleza verdadera de la nueva religión. Incluso invocó a la sibilia Eritrea que, según un poema, había augurado la venida de Jesucristo. La lectura única impuesta dio por verdadero lo falso de la misma manera que validó la mentira de que Virgilio, el gran poeta nacional romano, también lo había profetizado.

Virgilio había escrito una égloga en la que se arriesgó a realizar una profecía. Bajo la invocación de la sibila de Cumas, oráculo muy conocido en la Roma de entonces, transmitió un vaticinio de tono entusiasta: en el año 40 a.C. durante el consulado de su protector Asinio Pollio, había nacido un varón que debía traer paz a la humanidad y establecer una nueva Edad de Oro. No hay constancia de que ningún muchacho divino, portador de paz y nacido en ese año hubiera tenido importancia alguna en aquella época.

Se acerca a esa fecha el nacimiento de Agusto, en el 63 a.C. y cuya aparición queda vaticinada en la Eneida por el padre de Eneas, Anquises, que en el mundo de ultratumba de los Campos Elíseos revela a su hijo que ya ha llegado “el hombre que a menudo oíste prometido, César Augusto, el hijo de un dios, por quien la Edad de Oro volverá a florecer en los campos del Lacio, donde antaño Saturno mantuvo su cetro”.

Pero a Constantino no le importó mucho el enorme error de Virgilio: simplemente olvidó la fecha y también los pasajes en los que el poeta latino mencionaba a Pan, Saturno o Apolo. Incluso llegó a establecer que Aquiles actuó como antecesor de Cristo: aquel precipitó el destino de Troya y el segundo, el del mundo.

Aunque ni siquiera los padres de la Iglesia lo creyeron, Virgilio entró de este modo en las filas de los profetas, junto a Isaías y otros autores bíblicos, gracias a la lectura interesada y errónea de Constantino. Virgilio pasó de ser el poeta que narró el origen de Roma y estableció la línea ininterrumpida entre Eneas, hijo de Venus, y la familia de los Julios, encarnada en ese momento por Octaviano, a convertirse en un visionario cristiano anunciador de la prodigiosa llegada de un salvador. El paso de los siglos contribuyeron a esta fama: una leyenda medieval se hizo eco de que incluso el mismo san Pablo viajó a Nápoles para llorar sobre la tumba del profeta. Y como todos sabemos, diez siglos después de la reconsideración de Constantino, se le encargó hacer de guía de Dante a través del infierno y del purgatorio.

Pero Virgilio era también famoso por otro tipo de virtudes: las llamadas sortes virgilianae. La bibliomancia cuenta con una larga tradición y ya antes de Constantino, se utilizaban pasajes de libros elegidos al azar para la adivinación del futuro. La Eneida era uno de los mejores para esta mancia y la primera referencia aparece en la ‘Vida de Adriano’ de Elio Esparciano: el joven Adriano quiso saber qué opinaba el emperador Trabajo sobre él y al consultar al azar la Eneida se topó con los versos en los que Eneas observa “al rey romano cuyas leyes renovarán Roma”. No podía ser un augurio mejor y, además cumplido porque Trajano lo adoptó como hijo y posteriormente se convirtió en emperador de Roma.

La adivinación por los libros siguió utilizándose durante los siglos posteriores, aunque la Eneida tuvo que compartir virtudes proféticas con la misma Biblia. La cleromancia evangélica era tan popular que el Concilio de París estimó prudente su condena oficial, aunque sin apenas éxito.

Del Virgilio poeta, creador de una epopeya nacional, profeta y adivino, se afirmó que su alumbramiento estuvo rodeado de sucesos sorprendentes: no lloró al nacer y un álamo plantado tras el parto alcanzó una altura sobrenatural en muy poco tiempo. Pero también se le dotó de una leyenda oscura: la de mago y señor de las moscas. Lo cuenta Néstor F. Marqués en el prefacio a su libro sobre mentiras y propaganda en la Antigua Roma, como un ejemplo notable de la deformación de la realidad por el engaño consciente e intencionado.

Se dice que Publio Virgilio Marón tuvo por mascota una simple mosca y que cuando murió se le hizo un funeral que costó la astronómica cifra de ochocientos mil sestercios. En la triste despedida al insecto se le recitó la oración fúnebre correspondiente y a ella acudieron los amigos para consolar al poeta. Finalmente se le construyó un gran monumento funerario y se colocó la inscripción de recuerdo: ‘Mosca: Séate ligera esta urna y descansen en ella tus huesos’.

Se justifica esta excentricidad, que no casa en absoluto con el carácter de Virgilio, un hombre tímido y comedido, en la ley de confiscación de tierras por parte del triunvirato de Marco Antonio, Lépido y Octaviano con objeto de asentar en ellas a veteranos de guerra y en que los terrenos de Virgilio se encontraban entre los afectados. La ley establecía que no podrían ser expropiadas aquellas propiedades que contuvieran monumentos funerarios de seres queridos y, como la norma no especificaba que tuvieran que ser humanos, sirvió la urna de la mosca para desbaratar los planes sobre las tierras de Virgilio.

Este es un relato muy popular pero también es mentira. Néstor F. Marqués no encontró ni una sola fuente clásica que mencione este asunto, cuya primera mención parece encontrarse en un escueto vídeo grabado en 1931 por un tal R. Ripley que, en su versión escrita, se remite a las ‘Vidas de los doce Césares’ de Suetonio, obra en la que no aparece ni mención de esta historia.

Quizá este relato de la mosca vino por asociación con una obra que se le atribuyó a Virgilio falsamente tras su muerte: se trataba de una especie de sátira de la Eneida, cuyo protagonista no era Eneas, sino un mosquito, Culex, que salvó a un pastor de la picadura de una serpiente mediante un picotazo de aviso, con la consecuencia de que aquel falleció de un manotazo. El mosquito se le apareció en sueños y el pastor, arrepentido, decidió dedicarle un túmulo de mármol en señal de desagravio y recuerdo.

Pero la relación de Virgilio con las moscas no acaba aquí. Desde la Antigüedad tardía comenzó a ser considerado como un mago muy poderoso relacionado con las fuerzas del mal. Diversas leyendas nos lo muestran como protector de la ciudad de Nápoles frente a las plagas de insectos, en especial de moscas que atormentaban a los ciudadanos. También protegió otras ciudades, como la misma Roma, donde se decía que Virgilio había convocado al moscone, el diablo al que obedecían todas las moscas y había hecho un trato con él para expulsarlo de la ciudad. Así se ganó el título de ‘señor de las moscas’, que es uno de los apelativos que los cristianos asociaban a menudo con el diablo -Belcebú- del hebreo baal zebub, que significa literalmente ‘señor de las moscas’, con lo que se pretendía ridiculizar al dios semítico del inframundo Baal Zebul (Baal el Príncipe) cuya figura era invocada para curar enfermedades.

Virgilio también ha perdurado en grandes escritores, como Herman Broch, otro ‘fato profugus’ como Eneas, que en ‘La muerte de Virgilio’ narra las últimas horas del poeta; en Cyril Connolly, que se transforma en el piloto de Eneas, Palinuro, en ‘La sepultura sin sosiego’. Y en Jorge Luis Borges, que cita o alude al poeta latino más de sesenta veces a lo largo de su obra y confiesa que aprendió en la Eneida a percibir la persistente melodía de la “antigua cadencia del hexámetro”, la belleza de la etimología y el verso como talismán.

Borges cita a Virgilio cuando afirma que “haber sabido y haber olvidado el latín es una posesión porque el olvido es una de las formas de la memoria”; cuando proclama su nostalgia por el “hábito de unir endecasílabos” y cuando admite estar cercado por la mitología porque “Virgilio me ha hechizado” e “hice que cada estrofa fuera un arduo laberinto de entretejidas voces”. Y recupera su presencia cuando nos dice que “sólo es nuestro lo que perdemos” y que “Ilión fue, pero Ilión perdura en el hexámetro que la plañe” o cuando se remite a los dioses para explicar la desventura: “De otra manera lo entendieron los dioses”.

Lecturas

– Virgilio, ‘La Eneida’ (traducción de Eugenio de Ochoa)

– Néstor F. Marqués, ‘Fake News de la Antigua Roma’, Espasa, 2019.

– Carlos García Gual, ‘La luz de los lejanos faros’, Ariel, 2017. El capítulo ‘Borges y los clásicos de Grecia y Roma’ me proporcionaron las citas y las alusiones a Virgilio.

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