El ajedrecista turco que venció a Napoleón

Nunca nos hemos conformado con menos. Se nos quedó pequeño reproducir hombres y mujeres que escapaban del cuadro para echarse a andar de un momento a otro y animales que esperaban pacientes una caricia del espectador, así como estatuas dotadas de lo que parecía ser un impulso vital imposible. Desde que los dioses crearan a los hombres con arcilla y agua y Pigmalión convirtiera el marfil de la estatua de Galatea en carne palpitante, no hemos cejado en el intento de construir seres que se parecieran a nosotros y poseyeran la cualidad que nos es propia como organismos vivos superiores: el movimiento y, con el tiempo, la capacidad de calcular.

Además de referencias a criaturas mecánicas en la mitología griega, los primeros documentos acerca de la construcción de autómatas datan de hace dos mil años, exceptuando las noticias acerca de juguetes construidos en China quinientos años antes, como la urraca que movía las alas y el caballo de madera que daba saltos. Unos cien años después, Arquitas de Tarento construyó un palomo de madera que rotaba por el impulso de un surtidor de agua o de vapor.

La fabricación de juguetes y también la de objetos de uso práctico siguió adelante y los científicos y artesanos produjeron a lo largo de los siglos aves voladoras y bebedoras, cabezas parlantes, autómatas caminantes, relojes con figuras mecánicas que se movían según el orden de las horas, como el gallo de la catedral de Estrasburgo, y figuras articuladas que hacían las delicias de reyes y cortesanos, como el león mecánico que Leonardo da Vinci construyó para el rey Luis XII de Francia o el monje caminante que Juanelo Turriano fabricó para el emperador Carlos V.

Pero la discusión, en muchas ocasiones apasionada, sobre la criatura mecánica no aparece en toda su magnitud hasta los siglos XVII y XVIII, cuando se produce una revolución de las ideas filosóficas y de los progresos científicos que las acompañan. La nueva visión de la realidad acentuó el criterio mecanicista. Kepler concebía el universo como una gran máquina, Hobbes pensaba lo mismo del cuerpo humano y Descartes relegaba a los animales a la condición de autómatas naturales. Esta concepción implicaba que cualquier proceso natural podía explicarse e imitarse teniendo como principio una máquina universal como el reloj, cuyo mecanismo de engranajes podía ser aplicado a cualquier fenómeno natural.

La mayoría de los autómatas que se fabricaron entonces pretendían reproducir los principales procesos que se daban en los seres vivos, desde la digestión a la circulación de la sangre, o imitar actos complejos de la actividad humana, como la escritura, la pintura o la interpretación musical. Y al ser mostrados como entretenimiento en los salones de la alta sociedad, debían enmascararse con una apariencia que se acercara lo más posible a su modelo para reforzar de ese modo la ilusión de verosimilitud de criaturas como el flautista de Jacques de Vaucanson, cuyas entrañas de poleas, pesas y válvulas conseguían arrancar una destreza razonable en el uso de la flauta travesera. Del mismo autor llegaron otros dos autómatas musicales, uno que tocaba el caramillo y otro que tocaba la gaita, pero a todos los superó el pato que comía, hacía la digestión y expulsaba los residuos, aunque en realidad era un fraude porque lo que se suponía que era maíz digerido no era otra cosa que migas de pan teñido que simulaban excrementos.

Mucho más delito tuvo el jugador de ajedrez llamado El Turco. Lo había construido el artesano húngaro Wolfgang von Kempelen en 1760 para entretener a la emperatriz María Teresa, pero su éxito no comenzó hasta que lo llevó de gira por las principales ciudades de Europa. Si las creaciones de Vaucanson imitaban procesos naturales replicables, el jugador de ajedrez meditaba las jugadas, es decir, “pensaba”. Elegía un movimiento y lo llevaba a cabo sobre el tablero frente a un contrincante humano, que a su vez respondía con otro.

Kempelen, que nunca afirmó explícitamente que su ‘criatura’ jugara al ajedrez por sí mismo y calificaba su mecanismo de “bagatela” de efectos maravillosos, abría las puertas a la ilusión y para conseguirlo ponía todo su empeño en disipar cualquier duda acerca de la existencia de trucos con puertas falsas y huecos camuflados: antes de cada exhibición mostraba al público el interior del cajón –a rebosar de ruedas, engranajes, palancas y poleas- al que estaba fijado el asiento del ajedrecista, un muñeco vestido con un turbante y una capa que le cubría la espalda y que era apartada para que se pudieran observar los mecanismos, tan abigarrados como los del cajón, que lo sustentaban. Esa demostración convencía los incrédulos de que era imposible que un ser humano se pudiera introducir en el cajón o en el maniquí, aunque hubo algunos que aseguraron totalmente convencidos que en su interior se escondía un enano ajedrecista, un veterano de guerra mutilado, un niño prodigio o incluso un duende.

En 1784, Johann Maelzel, un ingeniero de la corte de Viena, compró la máquina y con ella derrotó a Federico el Grande de Prusia y a Napoleón, contra quien jugó tras la batalla de Wagram. En 1825, acuciado por las deudas, abandonó Europa con destino a Nueva York, desde donde emprendió una gira por varias ciudades norteamericanas. El secreto de Kempelen sobrevivió hasta 1834, cuando Jacques Mouret, antigua gloria del ajedrez, arruinado, enfermo y alcoholizado, lo vendió a un periódico a cambio de una botella de brandy: confesó haber dirigido las partidas desde el interior del Turco durante años, con ayuda de un espejo y un juego de imanes. Y no fue el único ajedrecista que contribuyó al engaño.

Dos años después de la revelación del misterio, Edgar Allan Poe escribió un artículo para el Southern Literary Journal, en el que analizó cómo se llevaba a cabo el engaño del jugador de ajedrez de Maelzel, tras asistir a las exhibiciones que había realizado en Richmond un año antes. Poe estaba convencido de que las acciones del autómata estaban dirigidas por una mente humana y la prueba, quizá más contundente, fuera la disposición del escenario en el que se jugaban las partidas.

Cuando la máquina se desliza rodando hacia el lugar de la exhibición y se presenta ante los espectadores, un hombre ya se encuentra su su interior, tras la densa maquinaria que parece ocupar el cajón y, a medida que Maelzel va cerrando y abriendo compartimentos con una rutina inamovible, va cambiando de posición. Una vez mostrados todos los posibles recovecos de la máquina, puede introducirse en el tronco del Turco de manera que sus ojos queden a la altura del tablero de ajedrez. Su rival en la partida se sienta a una mesa pequeña con un tablero propio, en el que Maelzel reproduce los movimientos del tablero del ajedrecista mecánico y a la inversa. Ambos jugadores mantienen una distancia de seis metros el uno del otro, suficientes para que el adversario humano pueda estar lo suficientemente cerca y sorprender algún sonido no mecánico, como pudiera ser la respiración del hombre escondido.

Si la distancia entre los contendientes era una condición indispensable para no ser descubierto podemos imaginar el terror del ajedrecista escondido cuando en 1809 jugó contra Napoleón Bonaparte. Posiblemente en esta ocasión el ajedrecista que se escondía dentro del Turco era Johann Baptist Allgaier, autor del primer libro de ajedrez publicado en Alemania y autor de la Variación Allgaier, bautizada así en su nombre. Enfrente, el emperador francés, quizá el mejor estratega militar de la historia, no se distinguía por ser un buen jugador de ajedrez, aunque sí entusiasta, pero de mal perder y mucho temperamento, además de ser el hombre más poderoso en la Europa de su tiempo. Su asistente, presente en la partida, relató después que el ambiente había sido cordial y de camaradería, a pesar de las trampas que hizo el emperador y que llevaron a que el ajedrecista mecánico retirara las piezas del tablero y diera por terminado el juego.

Una versión similar asegura que en las dos primeras partidas, Bonaparte realizó varios movimientos ilegales para poner a prueba al autómata, algo que solía hacer con cierta frecuencia ante contrincantes humanos, hasta que El Turco volcó las piezas del tablero en señal de disconformidad. Pero ya en la tercera partida, el emperador realizó una apertura de aficionado, el Turco no tuvo piedad y le dio una soberana paliza en diez movimientos.

¿Cómo se lo tomó el emperador? Cuentan que se irritó tanto cuando vio que El Turco le pillaba todas las trampas que fue él mismo quien tiró las piezas del tablero en un momento de cólera, aunque probablemente no fuera por las jugadas ilegales, sino porque fue derrotado de manera absoluta en la tercera partida. Un corresponsal del ‘New York Sun’ recuperó la historia unos años después y en su relato señala que desde el primer momento, el emperador se negó a sentarse a la mesa asignada y exigió “pelear cara a cara” y sin distancia. Fue derrotado en la primera partida y pidió una segunda vuelta, durante la cual colocó un gran imán en el tablero del autómata que fue retirado por Maelzel con toda cordialidad. De nuevo Napoleón fue derrotado y se inició una tercera partida, no sin antes de que envolviera el rostro y el cuerpo del Turco con un chal, lo que fue aceptado por el jugador autómata. Por tercera vez el artefacto cantó victoria. Entonces, Napoleón “contempló a su oponente y, con un gesto de desprecio, barrió las piezas del tablero y gritando ‘¡Bagatelle!’ sobre peones y alfiles salió a grandes zancadas de la habitación”. El enfado quedó en nada y es que Napoleón debía estar exultante: acababa de derrotar al Imperio austríaco en la batalla de Wagram.

A pesar de que en 1834 empezaron a desvelarse los misterios del Turco, Maelzel siguió viajando por Estados Unidos y luego llegó a Cuba, donde Schlumberger, su ayudante y posiblemente ajedrecista oculto, murió de la fiebre amarilla, enfermedad que también contrajo el propio dueño del artefacto y de la que falleció en el barco que se dirigía a Nueva York. Sus posesiones fueron subastadas y en 1839 el comprador del Turco lo donó al Museo Peale de Baltimore, donde permaneció hasta que acabó siendo pasto de las llamas en el gran incendio que se declaró en Filadelfia en 1854.

Nota

Las referencias al artículo de Edgar Allan Poe de 1835 están extraídas de su reproducción publicada en ‘El rival de Prometeo. Vidas de Autómatas Ilustres’, editado por Marta Peirano y Sonia Bueno Gómez-Tejedor para Impedimenta en 2009. Asimismo, una de las versiones sobre la partida de Napoleón contra el autómata, aparecida en el ‘New York Sun’, corresponde a la misma selección de textos.

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