Beber o no beber a lo largo de la historia

1primeros vinos

Hace unas semanas escribí un comentario sobre escritores que han sufrido los efectos físicos y psicológicos de un desmesurado consumo de alcohol y lo han descrito con los atributos de una temporada en el infierno, aunque también los hay que califican la experiencia de necesaria y paradisíaca, contradicciones que no se dan solamente en las vivencias personales, sino que se reflejan en las diversas actitudes éticas, religiosas, sociales e incluso morales a lo largo de la historia y en diferentes sociedades. Beber o no beber, la inmensidad del tema lo hace practicamente inagotable.

En esta ocasión pretendo apuntar algunas observaciones sobre esta ambigüedad, que con frecuencia se convierte en incoherencia, en la que se ha movido la opinión sobre si es bueno, malo o regular darse a la dipsomanía. Los antropólogos deterministas consideran que la tendencia bebedora la llevamos en los genes y se remiten a la ‘hipótesis del mono borracho’: la enzima ADH 4, que nos permite a todos los primates digerir el alcohol, apareció hace diez millones de años, lo que significa que previamente y de forma casual, nuestros antecesores descubrieron la fermentación natural y, también de forma casual, nos hicimos adictos a las frutas maduras, repletas de azúcar y rebosantes de calorías, cuya energía nos facilitó saltar, correr y huir de los acechantes depredadores, además de procurarnos una reserva para tiempos peores. Esta reserva en forma de grasa extra que se acumula en la barriga cervecera y en otros depósitos estratégicos, como muslos y nalgas, nos vino gracias a la deglución de zumos fermentados y la ingestión de grandes cantidades de comida en los tiempos de bonanza, que no eran muchos, para hacer frente a los de carencia, que eran más.

Con el tiempo a los seres humanos no les bastó con encontrarse por casualidad con palmeras datileras y otros árboles con frutos fermentados, sino que se hicieron con el control del proceso: para hacer vino se sirvieron de las uvas; para la cerveza, de la cebada; para la sidra, de las manzanas y para el sake, del arroz. La popular cerveza es la bebida alcohólica conocida más antigua del mundo, probablemente anterior al milenio -IV. Se conocía ya en Mesopotamia y en Egipto, donde se han hallado inscripciones relativas a esta bebida, y las tribus germánicas y celtas del norte de Europa, muy aficionadas a ella, la conocían antes de entrar en contacto con los romanos.

En la época de los Ptolomeos, los griegos de Alejandría bebían vino y los egipcios del campo trasegaban cerveza. Eran dos tradiciones culturales paralelas que se conservaron sin mezclarse durante varios siglos. Parece que la viña fue domesticada en Oriente Próximo y, a través de Anatolia, llegó a Grecia, donde se aclimató perfectamente. Hesíodo, en ‘Los trabajos y los días’ da consejos sobre su cultivo y también sobre la manera óptima de consumir el vino, que ha de mezclarse en una proporción de una parte con tres de agua.

Se consideraba, y aún hoy se sigue creyendo, que el vino era más sofisticado y elitista que la cerveza. Heródoto menciona el vino más de treinta veces en sus libros de Historia y lo asocia a los pueblos civilizados y al refinamiento de su cultura. Presenta a los persas como “muy aficionados al vino” y dice que, después de “bien bebidos, suelen deliberar acerca de los negocios de mayor importancia” y que una vez sobrios vuelven a tratar el asunto, de manera que si les parece bien, lo ponen en ejecución. No obstante, no eran lo suficientemente educados porque no se abstenían de vomitar el exceso de vino en el mismo banquete.

El vino entre los egipcios se consumía por los altos estratos de la sociedad, como la guardia personal del faraón, que tenía establecido por contrato cuatro copas de vino diarias. A los reyes espartanos se les regalaba un cuartillo de vino, cuando lo consumían en sus casas, y el doble en las celebraciones a las que eran invitados. Los gobernadores de las regiones de Escitia ofrecían una crátera de vino a los guerreros que habían matado a un enemigo, como un premio al valor.

Pero, si bien el vino es parte del salario, un premio y una nota de refinamiento, también puede ser una desgracia. Saber beber siempre ha sido una condición imprescindible para poder hacerlo, a los ojos de todas las sociedades, comenzando por la griega, que no soportaba la desmesura. A Cambises, hijo del rey Ciro, se le consideraba un enajenado por culpa de su excesiva afición al vino y de hecho sus acciones muestran que no estaba en sus cabales y el padre de Alejandro Magno, Filipo de Macedonia, fue reconvenido por el historiador contemporáneo de ambos, Teopompo de Quíos, porque se presentaba en la batalla absolutamente borracho. Su hijo Alejandro tenía muy mal vino y en uno de esos banquetes, en que bebía a la usanza bárbara hasta caer inconsciente al amanecer, quiso castigar la insolencia de uno de sus mejores amigos, Clito, y lo mató con una lanza.

Son casos extremos de intemperancia y por lo tanto de proscripción, pero en general, a lo largo de los siglos y por diferentes sociedades, se ha condenado la naturaleza del vino porque convierte en indiscretos a los bebedores que usan de él torpemente y sin moderación y acaban cometiendo muchas inconveniencias, como dejó escrito en Roma Dion de Prusa en el siglo I.

Roma recogió de Grecia la afición al vino y casi desaparece por su culpa en uno de los episodios más críticos de su historia, tras ser atacada por los galos a principios del siglo -IV, cuando apenas era una ciudad entre otras. Llegó a Italia un gran contingente de población gala de origen céltico, que huía de la superpoblación en su territorio de origen y se adentró en la península, según señala Plutarco, atraído por una bebida hipnótica. Dice en ‘Vidas Paralelas, Camilo, XV’ que “…habiendo llegado, aunque tarde, a probar el vino, traído entonces por primera vez de Italia, de tal manera se maravillaron de aquella bebida, y hasta tal punto los sacó a todos de juicio su dulzura, que tomando las armas y llevando consigo a sus familias corrieron arrebatadamente a los Alpes, en busca de la tierra que tal fruto producía, teniendo todos los demás países por estériles y silvestres”.

El vino no sólo se bebe, sino que se comenta, y se usa en todo tipo de celebraciones: para cerrar acuerdos, homenajear a un héroe, recordar glorias pasadas y concelebrar con los muertos, como en algunas regiones balcánicas en las que es costumbre vaciar media copa en el suelo para convidar al fallecido al que se acaba de enterrar.

El vino forma parte de los ritos religiosos y en su entorno se han creado multitud de tradiciones, algunas de ellas relacionadas con las religiones monoteístas. En el Génesis se apunta a Noé como el primer ser humano que probó el zumo de la uva fermentada, tras el Diluvio, y como consecuencia de su dedicación a la agricultura y a los viñedos. También se dice que fue el primero en emborracharse y como Cam se burlase de su desnudez, lo maldijo a él y a todos sus descendientes.

Los judíos santifican su día sagrado, el shabbat, bebiendo vino y recitando la bendición; por Pascua su consumo es incluso obligatorio. Los cristianos recogieron la tradición de la “última cena” en la que Cristo bebió vino con sus discípulos y la incorporaron en la eucaristía, que los teólogos católicos interpretaron según la curiosa doctrina de la transubstanciación: en la misa, cuando el sacerdote dice las palabras mágicas, el vino deja de ser vino para convertirse en sangre de Cristo y, aunque el cambio no se ve porque los accidentes permanecen, la sustancia resulta que ya es otra.

En cambio, el Islam prohíbe el vino, aunque no siempre fue así: en el Irán del siglo XI, Omar Kayyam, poeta, filósofo, matemático y astrónomo, canta a la bebida y a la vida en su célebre ‘Rubaiyat’. El vino permite una liberación transitoria de la conciencia y por eso favorece el aprovechamiento pleno del presente. Dice el poeta persa: «¿Por qué vendes tu vino, mercader? Porque haciendo llegar a todos mi vino, doy poder, riqueza, sueños y amor”.

Sobre la prohibición del alcohol en los países musulmanes y las diferentes formas de abordar la bebida en los países del norte y del sur de Europa o en los Estados Unidos, versa ‘Una odisea etílica’, subtítulo del ensayo ‘Beber o no beber’, con todas sus resonancias hamletianas, en el que Lawrence Osborne, escritor británico, alcohólico confeso y ex crítico de vinos de la revista ‘Vogue’, nos hace partícipes de su experiencia personal acerca de “beber o dejar de beber’’.

Comienza con un gin-tonic en el Town House Gallery de Milán: tres partes de tónica y una de ginebra Gordon’s, tres cubitos de hielo y una corteza de lima. La marca de la tónica es irrelevante y la sensación es como “acero frío en forma líquida”. En la cena, en la mesa de al lado, una familia árabe adinerada acompaña los alimentos con botellines de agua mineral. A Osborne le gusta beber y cree que el alcohol es la esencia de la vida y que la mente es un cuerpo químico. Además, lo que verdaderamente le gustan son los destilados, que se beben en soledad, frente a las bebidas fermentadas, que son sociales y de países como Francia o Italia, donde no embriagarse es lo adecuado y en los que beber es un placer. Para Osborne beber vino o cerveza es un hábito que permite limpiar el cuerpo del auténtico alcohol, el de las bebidas destiladas.

Para corroborar su hipótesis de que el occidental es un ser libre y que son las moléculas de alcohol que fluyen constantemente por su sistema sanguíneo las que le hacen sentirse “libre, sin restricciones, magníficamente insolente” se embarca en un viaje, una ‘odisea etílica’ por los países musulmanes que prohíben el consumo público de bebidas alcohólicas, pero también confiesa que su periplo de varios meses compone un experimento para desintoxicarse, curarse de “un excesivo arrebato alcohólico”. Osborne es el ejemplo de lo que es el occidental para los musulmanes, alguien que se encuentra en un estado constante, aunque inadvertido, de embriaguez. El buen musulmán detesta el alcoho porque, al alterar la conciencia, falsea la relación humana y también la relación con Dios.

Osborne, en este libro en el que se contradice con bastante frecuencia, comprende los argumentos sobre la impureza alcohólica y los estados alterados de conciencia no deseables que esgrimen los clérigos musulmanes, pero al mismo tiempo defiende la embriaguez como un acto de libertad, aunque también señala el lamentable espectáculo de un borracho tirado en el suelo sobre su propio vómito. “Dos estados, beber y no beber: hacemos equilibrios entre ambos. Quizá todo bebedor sueñe con su propia abstinencia y todo musulmán o cristiano abstemio sueñe con una copa al final del arcoiris… Un musulmán alcohólico me ayuda a no perder la esperanza en la salvación de la raza humana”. Quizá no se hayan escrito párrafos más diáfanos acerca de la ambigüedad, la incoherencia y las contradicciones de ‘beber o no beber’. Del chato de vino, la caña de cerveza o el chupito de vodka como acto supremo de libertad, ya hablamos otro día.

Lecturas

– Jesús Mosterín, La cultura humana, Espasa Calpe, 2009.

– Herodoto, Los nueve libros de la Historia, EDAF, 1989.

– Lawrence Osborne, Beber o no beber, Gatopardo Ediciones, 2020.

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