El lado oscuro de Ulises

El uso de la inteligencia frente a la fuerza bruta es lo que distingue a los dos héroes que comparten escenario en la Iliada, Ulises y Aquiles. Ninguno de los dos sale indemne ante la opinión pública porque si el primero puede ser visto como un marrullero sin escrúpulos, el segundo se revela como una criatura colérica, cruel y arrogante, aunque tiene a su favor su franqueza y la ausencia de simulación. En cambio, Ulises puede resultar siniestro, manipulador y deshonesto en sus fines. No obstante, la intención de Homero no es mostrar ni a un matón sanguinario ni a un ingenioso embustero del que nadie se puede fiar, al menos en esos términos; de eso se encargan otros.

Las malas artes de Ulises no son consideradas como tales en la Iliada y mucho menos en la Odisea, pero entre los oyentes y luego entre los lectores de ambos poemas siempre se sospechó que su carácter dejaba mucho que desear, una mala fama que se consolidó en las tragedias de Sófocles, Esquilo y Eurípides y en obras posteriores, como la Metamorfosis de Ovidio y la Eneida de Virgilio, hasta llegar a Dante, que lo confina en el Octavo Círculo del Infierno, el de los embaucadores, por sus terribles consejos y su papel decisivo en la destrucción de Troya.

Fue Ulises quien aconsejó a Agamenón que sacrificara a su hija Ifigenia para apaciguar a la diosa Artemisa y liberara los vientos que permitirían la navegación de la flota griega hacia Troya y fue quien convenció al rey de Micenas de la necesidad de abandonar a Filoctetes en Lemnos y apoderarse de su flota; fue el urdidor de la falsa acusación contra Palamedes que le costó la vida y la fama y quiso deshacerse, mediante el asesinato, de Diomedes, su compañero de hazañas, para quedarse con todo el honor y la gloria del robo del Paladio y de los caballos de Reso.

Su relación con Palamedes, hijo del rey de Eubea, es el ejemplo más claro de su lado oscuro y vengativo. Fue este guerrero quien descubrió su primer engaño, con el que había intentado eludir el juramento que él mismo había ideado y que le obligaba a unirse al resto de los griegos en la guerra contra Troya. Según cuenta Higinio, un oráculo había anunciado a Ulises que, si acudía a Troya, volvería después de veinte años tras haber perdido a sus compañeros y sin hogar, por lo que urdió la argucia de fingirse loco: unció un buey y un caballo a un arado y, en medio de tal desequilibrio, los llevaba hacia adelante mientras arrojaba granos de sal a la tierra como si fueran semillas. Pero Palamedes se dio cuenta del engaño y arrancando al recién nacido Telémaco de los brazos de Penélope lo puso delante del arado, con lo que Ulises se vio obligado a poner fin a su ardid para no matar a su hijo.

Nunca perdonó a Palamedes que descubriera su treta para no acudir a Troya y, según Filóstrato, que fuera superior a él en inteligencia y en virtud. Mientras Ulises utiliza su astucia para engañar y conseguir su propio beneficio, Palamedes pone sus cualidades al servicio de los demás: los autores antiguos le atribuyeron la invención del juego de dados y de tácticas bélicas y la difusión de las ‘letras fenicias’, de las leyes escritas, de los pesos y medidas y del número.

Ulises se labró muchos enemigos a lo largo de la guerra de Troya. Uno de ellos fue el gran guerrero Ayax, que se volvió loco por la intervención de Atenea y se quitó la vida, después de que Ulises se hiciera con las armas de Aquiles en un concurso de méritos, en el que la oratoria jugó un papel decisivo a favor del rey de Ítaca. La Iliada recoge este episodio pero no pone en duda el derecho de Ulises a pujar por conseguir las armas frente a Ayax y luego destaca el pesar de Ulises por la muerte de su rival. Las tragedias ponen un punto de duda, cuando no de condena, en el comportamiento del itacense pero, en ‘Ayax’ de Sófocles, aunque el coro se refiere al hijo de Laertes como perteneciente al “corrompido linaje de Sísifo”, aquel que intentó engañar a los propios dioses y acabó empujando una roca hasta la cima de una montaña para volver a caer y vuelta a empezar durante toda la eternidad, se decanta por la versión de Homero en la que Ulises se comporta como un héroe piadoso al elogiar la valentía de Ayax y lamentar su suicidio.

Por poco tiempo retuvo Ulises en su poder las armas que pertenecieron a Aquiles. Muertos éste y Ayax, el ejército griego se desmorona y para paliar esta fragilidad, el adivino Calcante profetiza que ha de ser Neoptolemo, hijo del pélida, quien abata los muros de Troya y, además, para que se cumpla el oráculo deben llegar al escenario bélico el arco de Hércules y sus flechas, en posesión de Filoctetes. Ulises dice que es una tarea imposible, pero en la asamblea reaparece Palamedes de Eubea para decirle al rey de Ítaca que debe viajar a Esciros, donde reside el hijo de Aquiles, y cederle las armas inmortales de su padre que en justicia le pertenecen y también llegarse a Lemnos para convencer a Filoctetes de que les ayude, a pesar del odio que pueda guardar a los griegos y en especial a Ulises, principal instigador de la decisión de abandonar al arquero en la isla inhóspita de Lemnos y hacerse con el control de la flota melibea, cuando se dirigían a Troya, porque no se soportaban el olor que exhalaba la herida supurante de su pierna causada por la mordedura de una serpiente.

Sobre la traición urdida por Ulises contra Palamedes existen diferentes versiones pero la más extendida señala que el primero enterró una gran cantidad de oro en el lugar donde iba a levantarse la tienda de Palamedes y, a continuación, falsificó una carta que un prisionero troyano, al que inmediatamente hace matar, debía entregar al rey Príamo. En la carta, el rey troyano prometía oro al hijo de Nauplio si traicionaba a los griegos. Cuando Agamenón le cita para acusarlo de traición, el eubeo ni se queja ni se lamenta y se limita a decir: “Te compadezco, Verdad, porque has muerto antes que yo”. Palamedes murió lapidado por los soldados griegos. Resulta irónico que el divulgador de la escritura muriera debido a la falsificación de una carta.

Gorgias, el gran sofista del siglo -V, escribe en la ‘Defensa de Palamedes’ un discurso que pone en boca de Palamedes, en el que se pregunta si Ulises urdió la acusación contra él por envidia o maldad, desmonta la traición con razonamientos lógicos y expresa su desdén al afirmar que también podría formular acusaciones contra el itacense por sus muchas y graves faltas pero prefiere no hacerlo porque “quiero salir de esta acusación no por tus crímenes, sino por mis méritos”. Y ahí lo deja.

Más violenta es la diatriba que Ayax, señor del escudo de siete pieles”, dirige a Ulises en las ‘Metamorfosis’. Ante la asamblea de guerreros en la que se dirimen los méritos de cada uno de ellos para recibir las armas de Aquiles, recuerda cómo el rey de Ítaca se retiró ante el fuego provocado por Héctor y cómo él resistió su embate para concluir que “es más fácil luchar con palabras engañosas que combatir con las manos”; le reprocha que todas sus hazañas ocurran de noche y sin testigos y maldice el día en que se descubrió su fingimiento porque si no hubiera ido a la guerra, Filoctetes no habría sido abandonado en Lemnos, aunque él afortunadamente sigue vivo, lo que no ha ocurrido con Palamedes al que quiso perjudicar, porque sólo su presencia le recordaba el vergonzoso descubrimiento de su falsa locura, por lo que se inventó “que había traicionado a los dánaos y probó el supuesto delito mostrando una cantidad de oro que había enterrado previamente”.

El episodio de la falsa traición de Palamedes no aparece en las epopeyas homéricas, aunque sí en el primero de los poemas del ciclo troyano -en el Ciprias’, hoy perdido aunque se conserva el resumen de Proclo- y también en la obra de Apolodoro de Atenas y en las Fábulas de Cayo Julio Higinio. En el ‘Heroico’ de Filóstrato, el fantasma de Ulises dialoga con el propio Homero, que había viajado a Ítaca porque le habían llegado noticias de que el alma del rey de Ítaca estaba viva. La evocó y cuando apareció, le preguntó por lo sucedido en Troya; Ulises le dijo que lo sabía todo, que se acordaba de todo y que se lo contaría a cambio de que hablara bien de él en su poema y que éste fuera un himno a su sabiduría y coraje.

Se lo contó todo y cuando Homero ya se alejaba, Ulises le gritó: “Palamedes me reclama que pague por su muerte; yo sé que cometí delito y caeré sin duda alguna, pues los jueces de los muertos aquí son terribles, Homero, y tengo muy cerca el suplicio. Pero si a los hombres de ahí arriba no les parezco culpable por lo de Palamedes, los de aquí me castigarán menos. Haz que Palamedes no vaya a Troya, que no forme parte del ejército, y no digas que era un sabio. Sin duda lo dirán otros poetas, pero nadie los creerá si tú no lo dices”.

En efecto, Homero no menciona a Palamedes y Ulises se convierte en el héroe de la inteligencia y la astucia y así ha sido durante siglos, desde que en el -II fuera redactado el texto definitivo de los dos poemas homéricos y depurado, probablemente por los bibliotecarios de Alejandría Aristarco y Calímaco. Desde entonces, se ha marginado a los sofistas que veían en Palamedes un mejor modelo a imitar y a los trágicos que apreciaron en Ulises un lado demasiado oscuro.

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