Troya y la Biblia en los relatos de origen medievales

Los relatos sobre los orígenes están inspirados por lo general en la más desbocada imaginación, aunque sus autores insistan en presentar cédulas de identidad trayendo a la memoria personajes o hechos auténticos. Pretenden legitimar el poder de los dirigentes de una comunidad, constituida en nación, pueblo, clan o en estado, y, a veces, crear una identidad colectiva que la cohesione.

Resulta apasionante, por otra parte, repasar todas esas genealogías mitológicas que fueron dadas por verdaderas durante siglos y constatar la audacia de los eruditos que confeccionaron linajes desmesurados que llegan a implicar a Adán y Eva o, más modestamente aunque de forma no menos ficcional, a Troya.

Virgilio, a través de ‘La Eneida’ narra el viaje de un héroe singular, Eneas, a la península itálica y cómo su estirpe se prolongó en línea directa hasta César y Octaviano. Tras la desaparición del Imperio Romano de Occidente, la obra de Virgilio se leyó como un compendio histórico en el que se habría reunido la suma de conocimientos del mundo antiguo y se estimó como fuente fidedigna para la fijación de nuevos relatos de origen.

Los reinos germánicos que resultaron de la fragmentación del Imperio Romano descubrieron las oportunidades que les podía brindar una apropiación del linaje troyano para proclamarse herederos legítimos de Roma y de su cultura, que estimaban muy superior a la propia. Los autores medievales contribuyeron a contemplar los orígenes troyanos como connaturales a los reinos bárbaros establecidos en Europa: Troya fue un pretexto para entroncar con Roma, que siguió siendo la fuente de la legitimación política en el mundo cristiano.

El rey ostrogodo Teodorico el Grande (453-526) que, siguiendo órdenes de Bizancio, marchó sobre Italia para expulsar a Odoacro y restaurar la suerte del Imperio, fue de los primeros bárbaros que reclamó para sí una ascendencia troyana. Fue su mano derecha, un brillante orador y teólogo, de nombre Magnus Aurelius Cassiodorus Senator, más conocido como Casiodoro, quien escribió la Historia Gothorum’, en la que formula esta hipótesis sobre la estirpe de Teodorico. Su obra, recogida en doce libros, se perdió y Jordanès, dos siglos después se basará en ella para relatar asombrosas historias sobre la relación de los godos con las amazonas, con Troya e incluso con los persas de Jerjes y con Alejandro Magno.

Estos relatos de diversos autores de la Antigüedad tardía y de la Edad Media tienen en común la confusión en la identificación de godos y getas, términos cuya similitud fonética contribuyó también a considerarlos un solo pueblo cuando eran dos naciones que nada tenían en común, excepto el haber ocupado el mismo territorio de la orilla izquierda del bajo Danubio, pero en épocas diferentes, de forma que entre unos y otros se dio la ocupación romana en ese espacio, que Roma llamaba Dacia, durante 165 años.

La genealogía troyana, desde Casiodoro, buscaba dar a los godos respetabilidad cultural, con el intento de mostrar que pertenecían a la línea principal de la historia greco-romana y justificar, de ese modo su dominio en Italia y en el resto de las regiones del continente europeo en el que se diluyó el poder romano a favor de reinos germánicos, como ocurrió también con los francos.

La reclamación sobre orígenes comunes con los romanos fue presentada por los reyes francos dos siglos después de la de Teodorico el Grande, mediante la creación de la saga troyana franca, documentada en las ‘Crónicas de Fredegario’, en las que se cuenta que, tras la caída de Troya, parte de los supervivientes, bajo el mando de un tal rey Frigas, hermano de Eneas o de Héctor, se trasladó a la región del Danubio; de ellos se separó luego un grupo que se dirigió al Rin y edificó una “ciudad semejante” a Troya, que sería la actual Xanten de la Baja Renania, identificación documentada ya en el siglo VIII. Posteriormente, los genealogistas de la corte carolingia se las arreglaron para mantener el principio de que los monarcas franceses procedían de la ciudad de Príamo y para darle más verosimilitud, de acuerdo con el relato bíblico de la humanidad posterior al Diluvio, añadieron que los troyanos, como occidentales, descendían de Jafet y de su nieto Kittim.

Britania tampoco quiso renunciar al banquete de genealogías troyanas, aunque logró un éxito relativo. La leyenda aparece esbozada en la ‘Historia Brittonum’, del cronista galés del siglo IX Nennius, y desarrollada plenamente por el obispo galés Geoffrey de Monmouth tres siglos después en su ‘Historia Regum Britanniae’. En resumen, la pseudo historia del obispo cuenta que Bruto, fundador del pueblo britano, nació de los amores clandestinos de Silvio, hijo de Ascanio, hijo a su vez de Eneas, y de una sobrina de Lavinia. Cuando la joven quedó encinta, un oráculo profetizó que el niño mataría a sus padres, en una especie de repetición de la historia de Edipo (la madre murió en el parto y Bruto hirió a Silvio accidentalmente durante una cacería).

Desterrado de Italia marchó a Grecia, donde los troyanos supervivientes y cautivos por orden de Aquiles, malvivían bajo el rey Pandraso. Bruto los reunió y consiguió liberarlos de la esclavitud, tras lo cual iniciaron un largo y provechoso viaje por el Mediterráneo: atravesaron las Columnas de Hércules y marcharon hacia Aquitania; desembarcaron en la desembocadura del Loira y allí vencieron al rey galo Goffario Picto, duque de los poitevinos. Por fin llegan a una gran isla a la que Bruto da el nombre de Britania. Con los troyanos que le acompañan, elimina a los gigantes, entre ellos Gogmagog y funda junto al Támesis la ciudad de Troya Nova,Trinovantum. Monmouth considera a Bruto como el padre de los britanos, pero esta historia se olvidó rápidamente; en cambio, persistió hasta nuestros días las figuras de Arturo y Merlín, cuyo autor fue precisamente el obispo. Jon Juaristi explica este eclipse de la genealogía troyana de Geoffrey de Monmouth en que en ninguna parte del libro I de su Historia aparece un solo nombre tomado de la Biblia, excepto Gogmagog, precisamente cuando la época estaba impregnada de religiosidad cristiana por lo que ningún mito de origen se justificaba si no se relacionaba con las genealogías bíblicas.

Esta adaptación con ascendientes bíblicos la hicieron los eslavos al apropiarse del linaje troyano, en consonancia con una época de religiosidad extrema. Fueron los eslavos balcánicos los que llevaron a Moscovia su pasión por las genealogías, utilizadas tradicionalmente por los reinos búlgaros y serbios para apoyar sus quejas ante Bizancio. Fue un inmigrante serbio el autor de los ‘Grandes Príncipes de Vladímir de la Gran Rusia’, un relato que conectaba a los príncipes moscovitas con los de Kiev y con el legendario Rurik, cuya dinastía fue fundada por Pruso, gobernador de un imaginario reino antiguo a las orillas del Vístula y pariente de Octaviano, descendiente de Eneas, y a su vez emparentado, a través de Antonio y Cleopatra, con los descendientes egipcios de Noé y de Sem.

Una historia que, a pesar o quizá por su complejidad fantasiosa, animó a los zares rusos a considerarse los herederos de Roma. La coronación del zar se celebraba con los emblemas imperiales bizantinos que habrían pertenecido también a Octaviano, el primer emperador de Roma.

La adscripción de reyes a la estirpe troyana no terminó con la Edad Media. Se dio un caso de sorprendente longevidad con la Casa de Austria, cuyo árbol genealógico no era lo suficientemente antiguo cuando en 1273, el conde Rodolfo de Habsburgo fue elegido Rey de los Romanos y su oponente lo tildó de “conde pobre” de origen dudoso. Para combatir esta ofensa y crear un pasado fastuoso, surgió en el entorno de Rodolfo I la versión de que los Habsburgo descendían de la estirpe romana de los Colonna cuyo origen se remontaba hasta Julio César y, como hemos visto ya antes, hasta Eneas.

Maximiliano I quería una comprobación “científica” que no dejara ninguna duda acerca de su origen y se lo encargó a Jacob Mennel, quien, tras innumerables consultas en archivos de los Países Bajos, de Francia y de Italia, presentó al emperador en 1518 seis grandes volúmenes con los resultados. Consiguió representar exactamente las más de cien generaciones existentes entre el troyano Héctor y Maximiliano. Y quedó definitivamente claro que los Austrias descendían del héroe troyano, un hecho que se consideró absolutamente histórico durante todo el siglo XVI.

Pero hubo más: Maximiliano I se dejó convencer por el erudito Johann Stabius de que descendía de Noé, lo que no resulta extraño porque sólo el patriarca y su familia se salvaron y de ellos descienden todos los seres humanos, según la Biblia, pero el emperador conocía todos los detalles de su árbol genealógico desde Noé y en él aparecía incluso el dios Osiris de Egipto. El emperador quiso asegurarse una vez más y en 1518 pidió y recibió de la Facultad de Teología de la Universidad de Viena una confirmación por escrito de su ascendencia tal como la había planteado Stabius. Asimismo Fernando I, hermano de Carlos V, declaró finalmente en 1526, cuando le entregaron un árbol genealógico con los resultados más recientes de la investigación, en los que se volvía a mencionar a Osiris, que estaba muy satisfecho con ellos. Carlos V recibió también en esos años una genealogía en la que aparece Adán como fundador de la Casa de Borgoña y en los mismos términos hubo otro informe genealógico remitido a Felipe II.

Solamente en el siglo XVIII la Casa de Austria dejó de sostener la idea de la descendencia de los troyanos y el árbol genealógico bíblico. Carlos VI fue el último miembro masculino de la Casa de Austria y la muerte de la dinastía en 1740 inició la época de la Casa de Habsburgo-Lorena. Con él, desapareció el concepto medieval que adjudicaba a la Casa de Austria la misión divina de gobernar el mundo mediante una Monarquía Universal, fundamentada en el acendrado catolicismo dinástico y en la legitimación propagandística de su origen troyano y bíblico.

Lecturas

  • Michael Siebler, La Guerra de Troya, Ariel 2006
  • Jon Juaristi, El bosque originario, Aguilar, 2000.
  • Friedrich Edelmayer, ‘La Casa de Austria: mitos, propaganda y apología’, en ‘Política y Cultura en la época moderna’, Universidad de Alcalá, 2004.
  • Jacques LeGoff, Los intelectuales en la Edad Media, Gedisa, 2017
  • James H. Billington, El icono y el hacha, Siglo XXI, 2011

2 comentarios sobre “Troya y la Biblia en los relatos de origen medievales

  1. El tema de los orígenes me ronda desde hace años y como andaba escribiendo sobre Homero se me ocurrió documentarlo. Empezó con la lectura de Juaristi, de ‘El bosque originario’, su intención no era hablar de Troya, sino de relatos de origen de carácter mitológico, en concreto de los vascos. Me sorprendió la cantidad de relatos de casas reinantes que reivindican ascendencias fantásticas como legitimación. En fin, me alegro de que te haya interesado. Por cierto, hace tiempo que no te localizo en wordpress.

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