La última peste del Mundo Antiguo: la plaga de Justiniano

En julio del 541 llegaron a Alejandría noticias acerca de una epidemia en la localidad portuaria de Pelusio, situada en el lado oriental del delta del Nilo; dos meses después ya se había aposentado en Alejandría, donde residían los más famosos médicos de la época, que nada pudieron hacer porque ni siquiera ellos podían prescribir una cura eficaz para la peste ni evitar su transmisión.

Los bultos negros, conocidos como bubones, atormentaban las ingles, axilas y la parte posterior de las orejas de las víctimas. Inflamados de fiebre, morían, muchos de ellos tirados en la calle, con el vientre hinchado y la boca abierta de par en par vomitando torrentes de pus. Nadie los enterraba por miedo al contagio, que se extendía inexorablemente.

Ya nadie duda de que la Yertsinia pestis fue la causante de la pestilencia de la década de 540 y, de acuerdo con la descripción de los síntomas que hizo el cronista Procopio de Cesarea, una de las cepas podría haber sido neumónica, la más mortífera e infecciosa de todas. La bacteria (aislada por el epidemiólogo francés Alexandre Yersin en 1894 en la epidemia de Hong Kong)se adaptó a vivir en las pulgas hace miles de años pero se convirtió en una enfermedad virulenta y letal tiempo después; originalmente no era tan mortífera pero una mutación genética, ocurrida antes de la pandemia del siglo VI, la convirtió en la causa de la muerte de un 60% de la población del Imperio Romano de Oriente.

En el otoño de 541 la peste llegó a Constantinopla, la capital. Al principio solo morían los pobres, pero enseguida la peste llegó a los palacios e incluso Justiniano enfermó, aunque sobrevivió. Las calles de la ciudad quedaron desiertas de vivos. Morían de la peste, pero también de inanición por pura hambruna; el único negocio que subsistía era el enterramiento de los cadáveres.

Justiniano en un principio ordenó lanzar los cadáveres al mar pero ante la enormidad del número y el peligro del remedio, se optó por enterrar a los muertos en grandes agujeros excavados a tal propósito en el Cuerno de Oro: se depositaba una fila de ellos y se cubrían con una capa de tierra para inmediatamente volver a colocar más muertos hasta que ya no cabían más; entonces “se los pisaba con los pies y se les aplastaba como si fueran uvas estropeadas”, cuenta Juan de Efeso.

Tras cuatro meses, la peste perdió su virulencia y en el otoño del año 542 desapareció de Constantinopla, no sin que antes hubiera fallecido el cuarenta por ciento de una población de cerca de seiscientas mil personas; la plaga fue tan virulenta que en su peor momento causaba la muerte a once mil personas cada día en la capital. La enfermedad siguió su curso y se extendió por todo el Imperio de Justiniano. Se trasladó a Asia Menor, a Jerusalén, Antioquía, Sicilia y cubrió un territorio enorme, desde España a los países nórdicos. Durante dos siglos apareció de forma intermitente y siguió diezmando poblaciones.

El número de muertos fue de tal magnitud que apenas quedaron artesanos, comerciantes y campesinos. Tan escasa era la mano de obra disponible que los pobres se atrevieron a exigir a los ricos lo que antes ni soñaban. Tres años después de la erradicación de la peste en Constantinopla, Justiniano promulgó un edicto en el que prohibía que cualquier trabajador tuviera un salario superior al que tenía antes de la aparición de la enfermedad. Pero los salarios siguieron creciendo porque, además de muertos la enfermedad dejó graves secuelas en muchos de los vivos: las labores del campo y las industrias se vieron privadas de mano de obra y muchas se abandonaron.

Pablo el Diácono describe así la campiña italiana: “El mundo parecía haber regresado al silencio primigenio, pues en los campos no se oían voces ni se escuchaban los silbidos de los pastores. Los lugares donde una vez vivieron los hombres se habían convertido en madrigueras de animales salvajes”. Se calcula que desde que se detectó en Pelusio -un importante puerto comercial al que arribaban los barcos cargados con mercancías de diversas partes del mundo, amén de ratas- hasta dos siglos después, la ‘peste de Justiniano’ causó entre treinta y cincuenta millones de muertos, una cifra que equivalía a la mitad de la población del mundo conocido.

Se sucedieron las lecturas apocalípticas y se llegó a aceptar que fuera un acto de venganza divina por los pecados de la población. Algunos creyeron que la peste fue solo un heraldo que anunciaba el fin de los tiempos. En diciembre de 557 un terrible terremoto arrasó la ciudad y removió los cimientos de la catedral Hagia Sophia; en la primavera siguiente, la cúpula se derrumbó. Dos años después un ejército de bárbaros cruzó el Danubio congelado y amenazó a la propia Constantinopla y desde el otro lado del gran río, nómadas de las estepas, los crueles avaros, exigían exorbitantes cantidades de dinero a cambio de quedarse donde estaban. Sobre Italia cayó en el 568 el pueblo de las largas barbas, los lombardos, que acabaron con el control imperial de Constantinopla, que apenas se sostenía en Rávena y en Roma.

La peste que abandonó Constantinopla siguió golpeando en diferentes lugares hasta el año 750. Pese al tiempo transcurrido desde el primer brote violento, la capital bizantina no se recuperó y doscientos años después apenas contabilizaba cien mil habitantes, una cuarta parte de lo que había sido. La enfermedad, que contribuyó de manera decisiva a la desaparición del poder bizantino en la parte occidental del Imperio Romano también sembró la bases del colapso del dominio sasánida. Los nómadas que, por lo general, habían demostrado ser inmunes a la plaga superaban en número a las guarniciones locales y se lanzaron sobre lo que quedaba del inmenso territorio que llegó a gobernar Justiniano, convertido en un territorio de aldeas abandonadas y conquistado previamente por la maleza.

Profetas judíos y cristianos habían pronosticado que hordas temibles y salvajes, comandadas por Gog y Magog, descenderían sobre el pueblo de Dios como una nube de langostas cubriendo la tierra en vísperas del fin del mundo. Los cristianos de los primeros tiempos, que habían recogido la profecía de Ezequiel de la Biblia, identificaron estos nombres como los de tribus del centro de Asia y luego con todos aquellos pueblos que pudieran amenazar la existencia del Imperio Romano.

El historiador judío Flavio Josefo, en la misma línea que los cristianos, había identificado a los descendientes de Magog como escitas y los había relacionado con una antigua leyenda, la del descubrimiento por Alejandro Magno de un paso de montaña en el Cáucaso, que selló con “puertas de hierro” para retrasar el Fin de los Tiempos, que se anunciaría con la aparición de estos pueblos en las fronteras de occidente. Dos siglos después, en el III, aparece en el ‘Pseudo-Calístenes’ el conquistador macedonio visitando tierras asombrosas y pueblos impuros. Sobre esas leyendas surgió, en estos tiempos de calamidades del siglo VI una nueva versión: las puertas de hierro, ahora recubiertas de bronce, habían encerrado a los pueblos de Gog y Magog y Alejandro, sobre quien “descansaba el Espíritu del Señor”, las había construido por indicación directa de un ángel. En el siglo de la peste y de los terremotos, los cerrojos de Alejandro estaban empezando a ceder.

La peste iniciada en el 540 remitió en algunos sitios durante un tiempo pero apareció en otros, al azar. En la Pascua del año 600 regresó a Galilea y se extendió por toda Palestina. Al igual que ocurriera en la frontera norte del Imperio bizantino, la falta de soldados y la disminución de las rentas públicas para mantener las guarniciones dejaron inerme al territorio de Siria, que cedió campos y ciudades a la muerte causada por la pestilencia.

A los males de la plaga se habían unido los de la violencia en ambos imperios, el bizantino y el persa. Tras varios años de inestabilidad y de golpes de estado contra la dinastía sasánida, Cosroes II quiso aprovechar la debilidad de Constantinopla y en sus manos cayeron a partir del 605 la fortaleza de Daras y las ciudades de Amida y Edesa. Su ejército llegó hasta Éfeso y en el 615 la totalidad de Siria y Palestina le pertenecían y, aunque fue derrotado quince años después por el emperador Heraclio, que consiguió recuperar la Vera Cruz que había sido robada por el ejército del general Sharbaraz en el sitio de Jerusalén, no se apagó en las mentes de las gentes el terror al fin de los tiempos generado por la peste, el hambre y la guerra.

Para los persas los años subsiguientes fueron los de los Últimos Días que auguraba su religión, el zoroastrismo, que tanto había influido en las narraciones apocalípticas de los judíos y, por consiguiente, de los cristianos. El Magog de los sasánidas fue el Islam, que se encontró con un país exhausto, dividido y sin ninguna estructura militar que pudiera hacerle frente. Tras la gran derrota de la batalla de Nihavand en el 642 cayó el Imperio sasánida, el territorio en su mayor parte fue absorbido por el Califato Omeya y ya no hubo más shahanshad, ‘rey de reyes’.

Lecturas

-Tom Holland, A la sombra de las espadas, Editorial Planeta, 2014

-Pseudo Calístenes, Vida y hazañas de Alejandro de Macedonia (Traducción de Carlos García Gual), Editorial Clásica Gredos.

Glanville Downey, Constantinople in the Age of Justinian, Norman Books, 1960

Epidemias en el Mundo Antiguo: de Sumeria a Roma

En una tablilla del siglo XVIII aec, impresa en caracteres cuneiformes, se prohibía que los habitantes de una ciudad infectada salieran de ella para “no contagiar a todo el país” y en otra se alertaba de que no debían tocar los objetos -copa, cama y silla- que habían sido propiedad de una mujer que había fallecido infectada. Esto ocurría en la antigua Sumeria, en Mesopotamia, donde surgieron las primeras aglomeraciones urbanas que serían pasto de las epidemias que asolaron desde entonces a la humanidad entera.

La viruela, la gripe, la tuberculosis, la malaria, la peste, el sarampión y el cólera son enfermedades contagiosas que evolucionaron a partir de enfermedades de los animales. Hacia el año 3000 aec la población humana superó el medio millón de habitantes gracias al éxito del sedentarismo agrícola; las ciudades alcanzaron la densidad crítica suficiente para que las enfermedades infecciosas pudieran propagarse velozmente entre las ciudades, primero en Sumeria, y extenderse por toda la zona en la que los hombres tuvieran contacto los unos con los otros.

Las epidemias se hicieron recurrentes: surgían y desaparecían poco después. Muchas de ellas ni siquiera fueron recogidas por los cronistas, pero algunas, las que marcaron un antes y un después porque acompañaron a los ejércitos en las batallas, contribuyeron a la derrota de uno de los contendientes o facilitaron la desaparición de una civilización, han quedado para la posteridad.

Se sabía que el contagio se producía por el contacto de los enfermos e incluso de los muertos y de sus pertenencias con los sanos y que de esa manera la enfermedad saltaba de un barrio a otro, de una aldea a una ciudad, y que el mal se transportaba en las caravanas y en los barcos a otras regiones, incluso alejadas del centro inicial del contagio. Lo que no se sabía era qué lo iniciaba y tampoco el remedio. Lo más fácil y lo más rentable en términos políticos y sociales era atribuírselo a los dioses.

En el reino de los hititas

En los últimos años del reinado de Suppiluliuma se desencadenó una virulenta epidemia, llevada a Hatti por los prisioneros de guerra egipcios, que diezmó el país hitita, probablemente condujo a la muerte a su soberano hacia el año 1321 aec y persistió durante el gobierno de Mursili, su sucesor en el trono, que dirigió a los dioses las llamadas Oraciones de la Peste en las que les censura por castigarles con tanta dureza y en las les pide desesperadamente que le revelen la causa de su cólera. “El País de Hatti, todo él, está muriendo y ya nadie prepara los panes del sacrificio ni las libaciones para vosotros, permitid a sibilas o a profetas, o en los sueños de los hombres, que puedan descubrir cuál es la causa para que los sacerdotes realicen la propiciación conveniente”.

Tras consultar de forma incesante a los oráculos, Mursili identifica en las ofensas cometidas por su padre la fuente de la ira del dios: el olvido de un sacrificio para el río Eúfrates y la violación, en dos ocasiones, de un juramento, que tenía que ver con la legalidad de su llegada al trono y el ataque a posiciones egipcias. Mursili aceptó cargar con las culpas de su padre y posiblemente intentó apaciguar a los dioses mediante ritos propiciatorios. Tal vez en ese momento la epidemia llegara a su fin o quizá en esa época ya había recorrido su camino y desapareció por consunción.

La cólera de los dioses

La Iliada también se hace eco de la peste enviada por Apolo contra los aqueos, en una fecha cercana a la de la peste en Hatti, hacia el 1200 (aec), y que posiblemente fuera un estallido de ántrax porque, según cuenta Homero, las primeras víctimas fueron los animales y luego los hombres. Tanto los sacerdotes de Apolo, como los de Yahvé en el Éxodo, se arrogaron el mérito de haber invocado las epidemias y, en el último caso, las diez plagas con las que castiga a los egipcios por no dejar salir a los hebreos del país son el más claro ejemplo del poder y la cólera de los dioses.

La invocación a los dioses para que muestren su poder frente al enemigo se reitera a lo largo de los siglos. Yahvé no sólo actuó contra los egipcios, sino también contra los filisteos, como se deduce del primer libro de Samuel en el que se relata el robo del Arca de la Alianza y su traslado hasta su capital en cuyo trayecto la población filistea acabó diezmada por una epidemia mortal, posiblemente la peste bubónica. Cuando finalmente el Arca fue recobrada y devuelta al templo de Salomón en Jerusalén, los israelitas se abstuvieron de tocarla.

Pero no sólo el Arca de la Alianza era origen de enfermedades. Una antigua leyenda se refiere a los “demonios de la peste”, una turba de espíritus de la enfermedad y del desastre, a los que el sabio rey Salomón recluyó en tinajas de cobre selladas con plata y enterró para siempre bajo los cimientos del templo de Jerusalén. El ‘Testamento de Salomón’, un texto apócrifo del siglo I, recogía la profecía de que cuando el templo fuera destruido por el rey de los caldeos, los espíritus de la peste quedarían liberados, lo que ocurriría con Nabucodonosor en el siglo VI, que saqueó e incendió el templo; durante el pillaje se encontraron los recipientes de cobre y se rompieron sus sellos y en ese mismo instante los demonios pestíferos quedaron libres para volver a hostigar a los hombres.

Otra versión del mismo episodio cuenta que fueron los soldados romanos de Tito los que, tras el asedio y la destrucción del segundo templo de Jerusalén, en el año 70, hallaron los antiguos recipientes y al romperlos dejaron el camino libre a los demonios de la peste. Suetonio cuenta que durante el reinado de Tito se sucedieron catástrofes temibles, como el estallido de la peor epidemia de cuantas se guarda memoria.

Existe otra leyenda acerca de la venganza de Yahvé contra Roma, y en concreto contra el emperador que destruyó su templo. Señala el ‘Talmud’ que Tito se habría llevado los vasos sagrados del templo y que durante su regreso a Roma se desató una gran tormenta que le demostró la ira del dios al que acababa de insultar y una voz desde las alturas le señaló que había una criatura insignificante contra la que no podría combatir: un mosquito que se introdujo por una de sus fosas nasales, alcanzó el cerebro y allí permaneció alimentándose durante siete años y causándole terribles dolores, de forma que cuando murió se abrió su cráneo y se descubrió a un mosquito del tamaño de una golondrina. Sorprende la coincidencia entre leyenda y realidad porque Tito, según la descripción médica de su fallecimiento, murió por un acceso pernicioso debido al plasmodium falciparum, agente del paludismo cerebral.

Los soldados romanos que habían batallado en todo el mundo conocido, y saqueado lo que habían podido, son protagonistas de la llegada de otra terrible plaga a Roma y más allá, a la Galia y Germania. Julio Capitolino, uno de los supuestos autores de la ‘Historia Augusta’, da cuenta de una “general y fatal pestilencia”, probablemente viruela, que apareció en Roma en el año 167, después de que Marco Aurelio y Lucio Vero dirigieran una campaña contra los partos de Mesopotamia. Ammiano Marcellino aseguró que dicha peste fue causada por el aire infestado que conservaba un arca de oro sustraída del templo de Apolo en Seleucia por un soldado romano: al abrirla quedaron libres los vapores pestíferos y contaminaron desde Babilonia hasta el Rhin.

La muerte de Pericles

Grecia tampoco se vio libre de la peste, en muchas ocasiones asociada a los ejércitos que se desplazan llevando de un lado a otro unos gérmenes que se lucran en las aglomeraciones y la falta de higiene. Se trató de un brote masivo de cólera y ocurrió en Atenas en el invierno y la primavera del año 430 aec, en el segundo año de la Guerra del Peloponeso. La epidemia causó un gran descontento en la ciudad y Pericles se defendió con un discurso emocionante, ‘La Oración Fúnebre’, que consiguió frenar el resentimiento de los atenienses durante un tiempo. Incluso un año después, en el 429, se le volvió a dar el mando del ejército, pero ese mismo año murieron sus dos hijos por culpa de la epidemia en un plazo de cuatro días.

El historiador Tucídides describe los síntomas de lo que se supone que fue un brote de cólera con auténtico horror: los ojos se enrojecen, sangran la garganta y la lengua y sus cuerpos, tras violentos espasmos, yacen insepultos y ni siquiera las aves y los animales que comen carne humana se les acercan.

Pericles murió a causa de la epidemia en el otoño de 429 (aec) y su muerte fue un desastre para Atenas; sus sucesores llevaron a la ciudad a la ruina. Ellos y la epidemia, que destruyó los rituales, incluso los que rendían homenaje a la santidad de la muerte: los griegos se apresuraban con sus propios muertos a la pira funeraria que habían preparado otros y allí arrojaban los cadáveres para que se consumieran porque quienes permanecían cerca se contagiaban de la enfermedad Los atenienses no esperaban vivir lo suficiente como para ser juzgados en un tribunal y perdieron su autodisciplina y su autogobierno. Culparon a Pericles de la epidemia argumentando que sus grandes proyectos de construcción habían sido dictadas por la hybris que dominó a Edipo y lo que llamaban prepotencia y desmesura fueron declarados causas de la enfermedad. Y en ese momento en que los atenienses perdieron el control de sus propias vidas y la visión de un proyecto común, sus enemigos aprovecharon para marchar sobre la ciudad y el Ática fue devastada por los lacedemonios.

Lecturas

– Trevor Bryce, El Reino de los hititas, Cátedra, 1998 (sobre Mursili y el País de Hatti)

– Adrienne Mayor, La guerra química y biológica en la Antigüedad, Desperta Ferro Ediciones, 2018 (sobre el Testamento de Salomón)

– Règis F. Martin, Los doce césares, Aldebarán, 1991 (sobre Tito y el Talmud)

-Richard Sennet, Carne y piedra, Mondadori, 1997 (sobre Atenas)

 

Reyes, sacerdotisas y corredores de fondo en la ciudad sumeria de Ur

El Diluvio Universal nunca existió, ni siquiera el mesopotámico del que hablan las crónicas de Gilgamesh y repite el Génesis. Aunque el arqueólogo británico Leonard Woolley anunciara en 1929 urbi et orbi que había descubierto evidencias del diluvio de Noé en las excavaciones de la antigua ciudad sumeria de Ur, la inundación no fue en absoluto universal. Hubo al menos dos diluvios en Ur, pero con varios siglos de diferencia. En muchas ciudades del sur de Mesopotamia, pero no en todas, pueden hallarse estratos de diluvios similares pero fechados en distintos momentos. Algunos lugares, como Eridu, la primera ciudad mesopotámica, situada a once kilómetros de Ur, no muestran signo alguno de inundación.

El castigo a los hombres, ya sea por la maldad que tanto ofende a Yahvé o porque impiden el sueño al dios sumerio Enlil, es un mito que se alimenta de medias verdades para dar una explicación más o menos plausible de lo ocurrido cientos o miles de años antes. El mito del Diluvio se añadió posteriormente a la epopeya de Gilgamesh: los mesopotámicos creían que en esos tiempos remotos, anteriores a la aparición en escena de su héroe, se produjo una gran inundación en la región, justo al comienzo del desarrollo de las ciudades, que separó su historia en dos partes. Aunque probablemente los primeros asentamientos sufrieron inundaciones catastróficas y algunas comunidades fueron destruidas y sepultadas bajo el lodo, las ciudades creadas posteriormente no las sufrieron en demasía.

Antes del tercer milenio, los sumerios ya vivían en centros urbanos: Eridu, Ur, Uruk, Larsa, Lagash, Umma, Nippur y Kish. Uruk, en el 3100 (aec) era la ciudad más grande, no sólo de Mesopotamia, sino del mundo entero: estaba rodeada por una muralla de diez kilómetros de perímetro y el número de personas que vivían en ella alcanzaba las 25.000. Como las otras ciudades de su entorno, estaba gobernada por ‘ensi’, príncipes sacerdotes, y la economía dependía del templo, que poseía enormes cantidades de tierras y de animales y cuyos funcionarios iniciaron un sistema de escritura para poder hacer un seguimiento de los bienes con los que se comerciaba.

El Diluvio mesopotámico, señala Paul Kriwaczek, habría ocurrido hacia el año 2900 (aec) y explicaría en términos míticos el comienzo de la escritura como tal y una nueva ideología que impulsó la ciudad-estado y sustituyó la clase sacerdotal por la monarquía hereditaria. Comienza entonces el periodo que los historiadores denominan Dinástico Arcaico, en el que la escritura evolucionó hasta convertirse en un modo de expresar ideas aunque todavía seguía siendo utilitaria, una forma de recordar algo, como el nombre de los reyes y sus hazañas, o para intercambiar saludos o amenazas con otros gobernantes.

Los sacerdotes son sustituidos por los ‘lugal’, término que significa literalmente ‘hombre grande’ y que hace referencia a los reyes seculares y guerreros. La realeza “bajó del cielo”, dice la primera línea de la Lista Real Sumeria, compilada por los escribas mil años después de la aparición de la monarquía, y en la que se reescribe la historia de manera que toda Mesopotamia habría sido gobernada desde una sola ciudad cada vez. Los dioses, que habían creado a los hombres para no tener que trabajar los campos, elaborar los alimentos ni construir sus propios santuarios, querían que la gente fuera gobernada por los reyes e incluso los propios dioses tenían un rey: Enlil, que vivía en la ciudad de Nippur.

Las ciudades entraron en conflicto entre sí a causa precisamente de su éxito. Sus ejércitos se enfrentaron pero las hegemonías de unas y otras se revelaron efímeras. Lagash y Umma estaban rodeadas por varios reinos, incluidos Uruk y Ur por el sur; al norte de Summer, Kish, un reino mucho mayor dominaba la región. Algunas veces, los reyes sumerios conquistaban otras ciudades y asumían el título de “Rey de Kish”, aunque no controlaran la propia Kish.

En este periodo cobra importancia la ciudad de Ur. Lo sabemos por sus Tumbas Reales, descubiertas en 1920 por Leonard Woolley. De las 2.000 mil tumbas, dieciséis incluían una construcción sepulcral subterránea y cada una de ellas albergaba el cadáver de un hombre o una mujer junto con innumerables objetos para su vida en el más allá. Pudieran ser sacerdotes y sacerdotisas o tal vez reyes y reinas pero en cualquier caso eran personas que poseían una riqueza inmensa; enterrados con tocados de oro, copas de plata, mantos rojos y collares de lapislázuli. Pero a su lado también yacían los cuerpos de sus sirvientes, algunos envenenados y otros con señales de violencia.

Hacia el año 2320 (aec), Lugalzagasi, monarca de la ciudad de Umma, se apoderó de Ur, Kish y Uruk. Consiguió la unificación política de todas las ciudades de Summer pero tuvo la mala suerte de que en esa misma época pueblos procedentes del desierto sirio descendieran por el curso del Eúfrates y se establecieran en una zona de la Mesopotamia central, a la que denominaron Acad. Serán los acadios los que, dirigidos por su soberano Sargón, lleguen a Uruk, cuyas famosas murallas construidas por Gilgamesh demolieron; vencieron a una coalición de cincuenta gobernantes de ciudades sumerias y capturaron a Lugalzagesi “Gran Rey de Uruk y de Todos los Países” que, cargado de cadenas fue llevado hasta Nippur, donde se le expuso en una jaula ante el templo de Enlil, dios del viento y de la tierra.

Sargón venció también a Ur “en batalla y castigó a la ciudad y destruyó sus fortalezas”, según reza una inscripción real. Conquistó casi todo lo que es actualmente Iraq y gran parte de Siria, forjando el primer imperio del mundo y revelándose como un maestro en utilizar la religión para legitimar su reinado. No sólo afirmó que era un elegido de los dioses sino que convirtió a su hija en la suma sacerdotisa de Nanna, el dios lunar de la ciudad de Ur. Enheduanna asumió el control de un patrimonio inmenso asociado al templo de Nanna y, con ello, de una buena parte de la economía de Ur. Pero la recordamos porque con su nombre rubricó himnos y plegarias a la diosa Inanna que aún se conservan, de manera que es el primer autor literario del mundo al que se atribuye una composición.

Sargón no tuvo un reinado tranquilo: él y su dinastía tuvieron que enfrentarse a unos poderosos invasores, los gutis, unos montañeses semibárbaros. Los acadio-sumerios lo creyeron un justo castigo de los dioses: “Enlil hizo descender de las montañas a aquellos que no se parecen a ningún otro pueblo ni son considerados parte de la Tierra, a los gutis, un pueblo con inteligencia humana pero con instintos de perro y apariencia de monos que, en gran número, como los saltamontes, cubrieron la tierra”.

Acad quedó arrasada y el imperio acadio desapareció: los arqueólogos documentan un fin repentino de las reliquias de la civilización y la Lista Real Sumeria apenas cuenta que fueron 157 los años de la dinastía de Sargón.

El Imperio acadio se desmoronó tras su cuarto sucesor, pero los guti fueron derrotados por la unión de las ciudades bajo del mando de Utu-hegal, de Lagash, que tras veinte años de lucha derrotaron y tomaron prisionero a Virigan, el último monarca guti. Una crónica babilónica, escrita probablemente trescientos años después de los sucesos, confirma que el dios Marduk arrebató el gobierno a los guti y se lo concedió a Utu-hegal, aunque debido a sus actos criminales el reino pasó a la ciudad de Ur.

Comienza entonces la Tercera Dinastía de Ur, creadora del imperio neosumerio, hacia el 2112 (aec), que en su momento de mayor auge abarcó gran parte de Mesopotamia, un vasto territorio que agrupaba Summer, Babilonia y los territorios comprendidos entre las cuencas de ambos ríos hasta Mari y Assur. Su rey, Ur-Nammu, se presenta como un liberador y, en el prólogo a las leyes que ordenó escribir, probablemente en una estela de piedra que no ha llegado hasta nosotros, se describe como un monarca amable y piadoso y afirma que protegió al débil frente al poderoso: “No entregué el huérfano al rico. No entregué la viuda al poderoso… Eliminé la enemistad, la violencia y los gritos en busca de justicia. Establecí la justicia en el país”.

También se proclama como un elegido de los dioses, igual que hizo Sargón: “Ur-Namma, el poderoso guerrero, rey de la ciudad de Ur, rey de los países de Sumner y Acad, hijo de la diosa Ninsun”. Para ganarse el favor de las divinidades y de la población, mandó construir zigurats en al menos cuatro ciudades. El Gran Zigurat de Ur, cuyos restos reconstruidos aún pueden contemplarse, se emprendió durante su reinado. Tanto en Ur como en las otras ciudades sumerias se construía con adobe, una especie de ladrillo secado al sol, debido a la ausencia de canteras en la zona. Este tipo de construcción no permitía levantar edificios que duraran siglos y cuando se estropeaban se volvía a construir sobre ellos hasta que se convertían en auténticas colinas artificiales o ‘tells’, sobre los que se alzaban los templos y los palacios. También los zigurats eran de adobe, aunque algunas de sus paredes se revestían con ladrillos de cerámica vidriada que les hacían más resistentes y más ornamentales.

Ur-Nammu no consiguió ver el Gran Zigurat terminado y dejó a su hijo Shulgi el problema de cómo hacer algo extraordinario que le colocara por encima del resto de los hombres, prácticamente a la altura de un dios. La labor propagandística de su entorno fue fabulosa y aún hoy se conservan más de veinte himnos referidos a su gloria, que le presentan como gran rey y un gran guerrero, azote de sus enemigos, portador de prosperidad a su tierra y encarnación de la misma civilización sumeria.

A los himnos se añade la crónica de la espectacular y curiosa carrera que Shulgi realizó en el año siete de su reinado entre Nippur, centro religioso de Sumeria, hasta Ur, la capital del Estado. Fue y volvió en un día para oficiar el festival religioso ‘Eshesh’ en ambas ciudades. Dicen las tablillas: “Lo hice para que mi nombre se asentara en días venideros y no cayera nunca en el olvido, para que mi alabanza se extendiera a lo largo de la Tierra y mi gloria fuera proclamada en las tierras extranjeras, yo, el veloz corredor, convoqué mi fuerza y para probar mi velocidad, mi corazón me impelió a hacer un viaje de ida y vuelta de Nippur a Ur”.

Los espectadores se reunieron a lo largo de la ruta para ver su rey correr más veloz y cubrir una mayor distancia que un mensajero del imperio. Llega al templo de Ur y oficia el sacrificio de bueyes y corderos mientras resuenan los tambores y los instrumentos de viento. Y regresa a Nippur “como un halcón”. Se desencadena una tormenta en la que chocan los vientos del norte y del sur y los rayos colisionan en el cielo; temblaba la tierra, y caía granizo sobre su espalda. Pero siguió corriendo, como un “fiero león” o como “un asno en el desierto” y alcanzó Nippur antes del anochecer.

Hacia el comienzo del segundo milenio se produjo una etapa de anarquía general con la amenaza de nuevas invasiones, entre ellas la de los amorreos, pueblo seminómada procedente posiblemente de los desiertos de Arabia. Shulgi había construido un muro alrededor del territorio de más de 250 kilómetros para contenerlos y su sucesor ordenó su refuerzo pero continuaron los ataques.

El intercambio de bienes se paralizó y llegó incluso la hambruna a Ur, cuyo rey pidió ayuda al general Ishbi-Erra, a cargo de la zona norte del país, pero éste no hizo caso. La ciudad vecina de Larsa, a cuarenta kilómetros, fue conquistada por un líder tribal amorreo. Los elamitas, llegados del sur de la meseta iraní, se apoderaron de Ur, se llevaron sus dioses y se establecieron en algunas zonas del sur de Mesopotamia. Fue entonces cuando Summer desapareció de la historia pero perseveró como el estrato de la gran civilización que le sucedió: Babilonia.

Lecturas

Paul Kriwaczek, ‘Babilonia. Mesopotamia: la mitad de la historia humana’, Ariel, 2010

Amanda H. Podany, El antiguo Oriente Próximo, Alianza, 2014

Joseph M. Walker, Antiguas civilizaciones de Mesopotamia, Edimat, 2002

El caníbal como bárbaro, griegos vegetarianos y el buen salvaje

Ulises en la cueva

Ulises desembarca en la isla de los cíclopes, criaturas feroces cuyo nombre significa ‘el del ojo en forma de anillo’, un círculo concéntrico que lucían en medio de la frente. Habían olvidado el arte de la herrería que aprendieron sus antepasados y se habían convertido en pastores sin leyes ni sociedad, viviendo separados entre sí, huraños a toda compañía, en cavernas excavadas en la montaña.

Polifemo era hijo de Poseidón y uno de los cíclopes más afectos a la carne humana para desgracia de los guerreros que volvían a sus hogares tras la guerra de Troya y que fueron sorprendidos por el cíclope dentro de su gruta, en la que habían entrado de forma insensata. Nada más descubrirlos, Polifemo cogió a dos de ellos por los pies y los estrelló contra el suelo para después devorarlos hasta dejar sus huesos pelados; a la mañana siguiente mató a otros dos para que le sirvieran como desayuno y de nuevo, por la noche, hizo lo mismo con otro par de compañeros de Ulises. No es el único episodio de antropofagia de la Odisea: tras escapar de los cíclopes, Ulises y sus compañeros caen en manos de otros comedores de hombres, los lestrigones.

Cíclopes y lestrigones no son humanos, sino gigantes, y por eso no se les puede calificar de caníbales, de la misma forma que los leones cuando devoran individuos de otras especies no lo son y cuando comen hombres son antropófagos, en tanto que el dios Crono, al devorar a sus propios hijos, se convertiría en un caníbal pero no en un antropófago. El término ‘caníbal’ procede de un error por parte de Colón que escucha o quiere escuchar ‘caniba’, término que le suena a súbdito del Gran Kan, cuando lo que le dicen los taínos, según cuenta Bartolomé de las Casas, es que los ‘caribe’ o ‘cariba’ son indígenas feroces que habitan en islas del entorno, vecinos que incursionan violentamente en su territorio y que se comen a sus prisioneros.

Está claro que la antropofagia, o canibalismo para mayor precisión, existía antes de la llegada de los españoles a las Indias y que probablemente el tabú que prohíbe la ingestión de carne humana sea uno de los más antiguos y más extendidos en casi todas las culturas que han relacionado este fenómeno con lo salvaje y lo bárbaro, con comportamientos perturbados y, en el mejor de los casos lo han justificado en situaciones de extrema necesidad.

Existe aún entre nosotros un temor ancestral a ser comido, tal vez inscrito en la memoria de la especie, de cuando éramos unos agresivos simios que huían de depredadores más feroces o se comían los unos a los otros. Los cuentos populares están repletos de ogros, trolls y sacamantecas, personajes muy relacionados con lo primitivo y lo elemental. Sin embargo, en época reciente han aparecido caníbales gourmets, cuyo representante más conspicuo es Hannibal Lecter, la criatura del escritor Thomas Harris llevada al cine con gran éxito, que si bien es claramente un perturbado, presenta una faceta sofisticada y elegante, es doctor en psiquiatría, aficionado a la música clásica y también a los sesos humanos, un manjar cuya degustación potencia el placer si se consume mientras se conversa amablemente con el propietario.

La visión refinada del canibalismo no existió en la antigüedad grecolatina, que lo consideraba como un retorno a la barbarie de los primeros tiempos: dice Hesíodo que el sentido de la justicia que Zeus dio a los hombres nos hizo diferentes de las bestias, que se caracterizan por comerse entre sí. En la mitología griega se narran varios episodios de canibalismo, aunque muy antiguos y de carácter ritual, como el que se refiere al sacrificio anual de un niño que, tras actuar como sustituto del rey Minos durante un único día, era comido crudo, en la antigua Creta.

También se cuenta cómo Zeus se enfadó mucho con Licaón cuando en su honor sacrificó un niño en la Arcadia; sus hijos continuaron cometiendo crímenes y Zeus, disfrazado de viajero, fue a visitarlos. Le sirvieron una sopa en la que mezclaron las vísceras de su hermano Níctimo con otras de ovejas y cabras. El dios olímpico no se dejó engañar y en venganza los convirtió a todos en lobos, pero no se quedó conforme y ordenó un gran diluvio para borrar de la faz de la tierra a todos sus habitantes. Sólo Deucalión y Pirra se salvaron porque siguieron el consejo de Prometeo y construyeron un arca, aunque de poco sirvió el castigo porque los repobladores de la Arcadia volvieron a sacrificar niños y a comerse sus vísceras. Esta práctica convertía a los caníbales en lobos que aullaban en manadas sin poder recuperar su condición humana durante ocho años.

Estas historias, dice Robert Graves, “no son tanto un mito como una anécdota moral que expresa la repugnancia que provocaban en las zonas más civilizadas de Grecia las primitivas prácticas canibalísticas de Arcadia” y que, según Plutarco, eran consideradas “bárbaras y antinaturales”. Bárbaro en Grecia es el pueblo que desconoce el trigo, el olivo y la vid. Hombres de los primeros tiempos que, según el poeta del siglo III a. C. Melquión, tenían un modo de vida semejante al de las bestias y vivían en cavernas, desconocían la agricultura, sólo “la carne les daba sustento y por ello se mataban los unos a los otros”.

Aunque en este pasaje se habla de canibalismo, existe en la tradición griega un rechazo al consumo de carne, proceda de la misma especie o no. Se pensaba que su consumo volvía a los hombres violentos y proclives al asesinato y era la evidencia más palpable de la superioridad de los dioses sobre los mortales, porque no utilizaban el derramamiento de sangre para alimentarse de cadáveres, sino que su inmortalidad se debía a la ingestión de néctar o ambrosía, una especie de fluido etéreo que se producía en el Jardín de las Hespérides y que era transportado al Olimpo por palomas.

Según el orfismo, el ser humano se hallaba en el mismo nivel de los animales, sin ley alguna excepto la del más fuerte hasta que Orfeo ofreció a los hombres los dones de la agricultura y éstos dejaron de comer carne impura y de manchar de sangre el altar de los dioses. Los pitagóricos, al igual que los órficos, por su creencia en la metempsicosis, consideran que los animales participan de un alma que se reencarna sucesivamente y está presente en cualquier cuerpo vivo, lo que les obliga a rechazar todo tipo de carne porque su consumo sería una práctica caníbal y así, abanderan sin complejos una dieta absolutamente vegetariana, aunque la creencia que profesaban los antiguos acerca de que las habas contenían el alma de los difuntos, constituía una excepción en el mundo comestible de las plantas herbáceas. Se cuenta que Pitágoras, perseguido por sus enemigos, se negó a entrar en un campo de habas y fue capturado y muerto.

A pesar de que los estoicos Crisipo y Zenón consideraban que no había inconveniente alguno en utilizar los cadáveres humanos como alimento, esta práctica constituía para los griegos la maldad suprema porque suponía renunciar a la condición humana. Cuando los europeos llegan al continente americano crean un imaginario caníbal asociado a los indígenas que les servirá para deshumanizarlos y justificar su aniquilación. Ya lo habían experimentado en su territorio: herejes, judíos y brujas fueron acusados en los países cristianos de Europa de prácticas antropófagas porque se pretendía hacer de los disidentes una especie ajena a la humana.

Sin embargo, no todos los europeos menospreciaban a los pueblos primitivos. Sorprendentemente, en el siglo XVI, cuando miles de ciudadanos del Viejo Mundo marcharon a colonizar los nuevos territorios, Michel de Montaigne se presenta como precursor de la defensa del ‘buen salvaje’, idea que experimentará un importante auge en la Edad Moderna. En uno de sus ensayos, titulado ‘De los caníbales’, cuenta que ha conocido a un hombre que durante más de diez años vivió en lo que se llamó durante un tiempo la ‘Francia Antártica’, una colonia francesa en el actual Río de Jaaneiro que no prosperó, y de él obtuvo información sobre las costumbres de los indígenas, que no le parecieron en absoluto bárbaras, sino acordes a las leyes naturales y alejadas de la banalidad e injusticia de la civilización.

Menciona el canibalismo y cómo se realiza exclusivamente con los prisioneros, que viven durante tres meses a cuerpo de rey y deseando que los ejecuten. Les asan y se los comen entre todos e incluso envían trozos a los amigos ausentes. Montaigne reconoce la “barbarie y el horror” que supone comerse al enemigo, pero considera “más bárbaro aún comerse a un hombre vivo que comérselo muerto; desgarrar por medio de suplicios y tormentos un cuerpo todavía lleno de vida, asarlo lentamente, y echarlo luego a los perros o a los cerdos” con el agravante de que “para la comisión de tal horror sirvieron de pretexto la piedad y la religión”. Concluye que nosotros, los civilizados, “les sobrepasamos en todo género de barbarie”.

Esta visión un tanto idílica del prisionero que, alegre y satisfecho, se presta a convertirse en festín del vencedor no es totalmente cierta. Los actos de canibalismo recogidos por los observadores son, en muchas ocasiones, insoportablemente crueles. Existen testimonios, como el de Hans Staden, un marino alemán que naufragó en la costa de Brasil y pudo observar los sacrificios rituales de los tupinambas, o el de los jesuitas que en Canadá fueron testigos de una ceremonia similar por parte de los hurones. Mención aparte merecen los sucesos en el imperio méxica, que van más allá del ritual propio de un sacrificio humano habitual en sociedades preestatales que carecen de infraestructura para mantener a prisioneros como esclavos o sirvientes, para convertirse en imperio caníbal” basado en la distribución cotidiana de proteínas humanas, según la polémica tesis del antropólogo Marvin Harris.

Una visión interesante de todo este asunto es la de Claude Lèvi-Strauss. En un artículo publicado en 1993, “Todos somos caníbales”, afirma que el canibalismo -alimentario, político, ritual o terapéutico (por ejemplo, los trasplantes de órganos)- es un concepto subjetivo, una “categoría etnocéntrica”: no existe si no a los ojos de las sociedades que lo proscriben. “Toda carne, sea cual fuera su procedencia, es un alimento caníbal para el budismo, que cree en la unidad de la vida. A la inversa, en África y en Melanesia, hay pueblos que hacían de la carne humana un alimento como cualquier otro, cuando no el mejor, el más respetable, el único que ‘tiene un hombre’, decían”.

También los griegos adoptaron un relativismo que hoy nos parece muy actual. En el libro III de su “Historia”, Heródoto, tras referirse al insensato Cambises, rey de los persas, que se comportaba de forma impía, haciendo burla de las creencias de otros pueblos y de sus dioses, afirma que, si se diera la oportunidad a cualquier hombre en el mundo para poder elegir las leyes y usos de otros pueblos tras ser informado convenientemente, siempre acabaría prefiriendo los de su nación porque no hay nadie que no piense que lo de su patria es lo mejor.

Y cuenta que “en cierta ocasión hizo llamar Darío a unos griegos, sus vasallos, que vivían junto a él, y habiendo comparecido les preguntó cuánto dinero querían por comerse a sus padres una vez fallecidos. Respondiéronle que ni por todo el oro del mundo lo harían. Llama inmediatamente después a unos indios llamados calatias, entre los cuales es normal comerse el cadáver de los propios padres. Estaban allí presentes los griegos y Darío pregunta a los indios cuánto querían por permitir que se quemaran los cadáveres de sus padres y ellos suplicaron a gritos que no dijeran por los dioses semejante blasfemia”.

Lecturas

– Robert Graves, “Los mitos griegos”, RBA 2005

– Herodoto, “Los nueve libros de la Historia”, Edaf 2006

– Miguel de Montaigne, “Ensayos”, Penguin Random House, 2014

– Marvin Harris, Caníbales y reyes, Alianza Editorial, 2006

– Claude Lévi-Strauss, “Todos somos caníbles”, Fondo de Cultura Económica, 2013

Venecia, un turbio pasado

Ciudad melancólica que arrastra pesares antiguos, dice Jan Morris, su mejor biógrafo. Todo empezó cuando las islas de la laguna se convirtieron en refugio de las invasiones bárbaras; cuando, aún envueltas en la bruma de los mitos y de la malaria, acogieron a sus nuevos habitantes que, desposeídos de todo en su huida, fundaron aldeas, habitaron covachas y obtuvieron de los marjales y de las radas cenagosas sus dos únicas riquezas: la pesca y la sal.

Según las crónicas antiguas, la fundación de Venecia tuvo lugar el 25 de marzo del año 421 a las doce del mediodía exactamente; era viernes. Pero, como entidad política surgió en el siglo IX tras la guerra entre bizantinos y francos y después de un tratado de paz con Carlomagno. Se metió en negocios y no le fue nada mal el de los productos de lujo procedentes de Oriente y el de las manufacturas europeas con los que traficó desde el lugar privilegiado, cruce entre dos mundos, que ocupaba; primero se adueñó del Adriático, luego del Mediterráneo oriental y, finalmente, de las rutas comerciales orientales con Persia, la India y China, mientras Europa permanecía en su retaguardia.

Venecia se coronó como señora del mar y en recuerdo de estas bodas regias y del dominio perpetuo de la ciudad sobre el Adriático, el dux, en representación de la Serenísima y acompañado por una procesión de embarcaciones engalanadas, se hacía llevar a bordo de la galera ceremonial, la Bucintauro, hasta el Lido, un año tras otro. En el puerto, erguido sobre la popa de la nave capitana, el dux derramaba agua bendita sobre el mar y arrojaba un anillo de diamantes bendecido por el patriarca, al tiempo que exclamaba en voz alta: “¡Nos desposamos contigo, mar nuestro, en señal de verdadero y eterno dominio!”.

La costumbre, que en principio era una libación antes de la batalla, dio comienzo en el año 997, cuando el dux Pietro Orseolo derrotó a los primeros enemigos marinos de la República, los dálmatas -o piratas, según opinión de los venecianos- y se transformó en un impresionante acontecimiento anual que simbolizaba el poderío naval de Venecia y que se representó con toda su fastuosidad a lo largo de veinte generaciones. Uno de los anillos arrojado al mar fue hallado en el interior de un pez y ahora se encuentra en el Tesoro de la Basílica de San Marcos.

Refugiados primero y luego incansables amasadores de fortuna y dueños de las rutas que conectaban con el Oriente, los poderosos venecianos fueron temidos y despreciados por sus vecinos, sus aliados y sus enemigos. En su haber hay que reconocerles que nunca fueron hipócritas y que trataron las guerras contra el Islam como cualquier otra expedición comercial destinada al lucro. Nunca pretendieron justificar sus acciones.

Con motivo de la cuarta cruzada a Oriente, en 1202, se firmó un contrato de alquiler de barcos con Venecia para trasladar a los ejércitos francos a cambio de 85.000 marcos de plata, pagaderos a plazos, más la mitad del botín, condiciones exigidas por el dux Enrico Dandolo, prácticamente ciego y casi nonagenario, que se empeñó en comandar la flota personalmente. Más de treinta mil hombres del ejército franco acampó en la isla del Lido, pero llegado el momento de partir, no tenían dinero para pagar. Los venecianos plantearon sus exigencias: les transportarían a Tierra Santa pero por el camino debían someter una o dos colonias venecianas rebeldes de la costa de Dalmacia. No fueron sólo una ni dos y ni se dirigieron a Tierra Santa, sino a la misma Constantinopla, a cuyo emperador depusieron. Al mando del viejo y ciego dux en persona, cayeron sobre las cuatrocientas torres de la ciudad, cargaron los barcos de botín y se dividieron el Imperio entre los asaltantes.

Por un simple incumplimiento de contrato, los venecianos se convirtieron en los dueños de “un cuarto y la mitad de un cuarto del Imperio romano”. Obtuvieron la soberanía de Lacedemonia, Durazzo, las Cícladas, las Espóradas y Creta, y volvieron a casa cargados de suntuosos objetos robados el palacio imperial de Constantinopla, muchos de los cuales aún permanecen en San Marcos, como el más notable de ellos: los caballos de bronce de tamaño real procedentes del Hipódromo.

De las iglesias de Constantinopla se llevaron las reliquias de los santos. No era su primer robo de esta índole. Hacia el año 828 unos mercaderes venecianos robaron los huesos de Marcos, uno de los evangelistas, en Alejandría. Los metieron en un barril, los cubrieron con carne de cerdo y pasaron su carga de contrabando por los controles aduaneros de los musulmanes, que se negaron a rebuscar bajo al carne porcina. San Marcos fue depositado en una pequeña capilla que se convirtió en gran basílica en el siglo XI.

Siglos después hicieron otro tanto: desesperados por una de tantas epidemias pestíferas que asolaban la ciudad, los venecianos robaron el cuerpo de San Roque en Montpellier, venerado por su eficacia contra la peste.

La creencia en la protección de los santos hizo de los venecianos unos auténticos depredadores y acumuladores de reliquias. Baste recordar las accidentadas relaciones entre la catedral de San Donato y la ya desaparecida iglesia de Santo Stefano, en la isla de Murano. Ambas rivalizaron durante siglos por la posesión de una rótula, un fémur o cualquier otra parte de un cuerpo santificado. Iban haciéndose con estos objetos hasta que un día la catedral anunció que los cruzados venecianos habían traído y donado el cuerpo del mismísimo san Donato, obispo de Eubea, junto con los huesos del dragón que mató en Cefalonia de un escupitajo y que hoy en día se pueden contemplar colgados detrás del altar mayor.

El clero de Santo Stefano tardó casi doscientos años en conseguir superar a su adversario: en 1373, su abad anunció que se había descubierto en la cripta de la iglesia un cargamento de doscientos cadáveres sagrados, nada menos que los mismísimos Santos Inocentes asesinados por el rey Herodes.

Las guerras de las reliquias y el fervor que despertaban era común en la Europa cristiana, pero en Venecia adquiere un tono algo exagerado, obsesivo. Una vena exótica y enloquecida dibuja las fachadas de sus edificios con una desquiciada colección de animales, desde cangrejos a víboras y monstruos imposibles, así como leones por doquier -solamente en la entrada principal del Palacio Ducal hay 75 figuras del rey de la selva- y por mucho que sea el patrón totem de la ciudad, cualquier observador puede concluir que los venecianos durante mucho tiempo perdieron la noción de la medida de las cosas, tal vez como forma compensatoria por el exceso de racionalidad y cálculo que exige el comercio, con sus balances de beneficios y pérdidas, en fin, la práctica capitalista tan veneciana.

Tal vez por esta tolerancia, el amor al lujo o los gustos voluptuosos de los que hicieron gala, y la devoción a ritos exagerados y costumbres inusuales, los habitantes de Venecia sienten cierta complacencia hacia los excéntricos que, en gran número, se sienten atraídos por la ciudad y su laguna. Podemos imaginar a Byron, hombre de hábitos pintorescos, volviendo a la casa a nado por el Gran Canal después de una soirée, mientras su criado, tras él, viaja en una góndola con su ropa; a Nietzsche paseando por la Plaza de San Marcos, contemplando el paseo y el vuelo de las palomas mientras su mente dibujaba a Zarathustra y a Frederick Rolfe, el barón Corvo, paranoico y arrogante, que hizo de Venecia el último escenario de su vida.

Posiblemente la más espectacular de las conductas correspondiera a la riquísima milanesa Luisa Casati, icono de la Belle Époque y amante de D’Annunzio, famosa por sus performances, veladas orientales y bailes de disfraces con los que se entretenía en el Palacio Venier dei Leoni, en el Gran Canal de Venecia. El palacio, que pasó a ser propiedad de Peggy Guggenheim, exhibía pájaros mecánicos que cantaban en jaulas doradas, estatuas clásicas cubiertas de pan de oro y un pavo real blanco del que se encargaba día y noche un sirviente para que posara quieto en el alfeizar de una ventana. Por las noches, Luisa Casati paseaba por la plaza de San Marcos, acompañada de un lacayo negro provisto de antorchas que le iluminaba el camino por el que, completamente desnuda bajo su voluminoso abrigo de piel, avanzaba con paso regio al ritmo de sus dos guepardos.

Puede que el dominio del mar y sus rituales de grandeza, el exceso en todo y la decadencia tras su pérdida, la ausencia de pudor, el exhibicionismo y la excentricidad, las huellas del paso del tiempo y una inevitable percepción de melancolía y de profunda tristeza, haya convertido a Venecia en lo que es: una ciudad dramáticamente bella.

Lecturas

-Jan Morris, “Venecia”, RBA, 2012

-María Belmonte, “Peregrinos de la belleza. Viajeros por Italia y Grecia”, Editorial Acantilado, 2015.

– Pedrag Matvejevic, Breviario mediterráneo, Destino, 2006.

Sumeria: las primeras ciudades

La civilización nació en Eridu, una ciudad situada en el extremo sur de Mesopotamia, aunque primero fue la agricultura, introducida lentamente entre el décimo y el séptimo milenio a.e.c. (antes de la era común) en una amplia franja de tierra en forma de media luna que recibe el nombre de Creciente Fértil y cuyos cuernos están constituidos por el Levante (los actuales Siria, Líbano e Israel) y la Mesopotamia (el actual Irak).

El Creciente Fértil tiene como centro la “tierra entre los dos ríos”, el Éufrates y el Tigris, un lugar en el que siempre han convivido múltiples etnias. Hace unos seis mil años, llegaron en gran número los sumerios, un pueblo procedente quizá del Turquestán, creativo y tenaz, que se mezcló con los antiguos pobladores y que actuó como catalizador de la revolución urbana.

Pero primero se constata un gran impulso de la la agricultura. Para soslayar las brutales sequías y las crecidas impetuosas de los ríos, los habitantes de Mesopotamia crearon una tecnología que les permitía la realización de grandes obras públicas para asegurar el regadío de las tierras de labor y para facilitar la tarea se inventó el arado y después la tracción animal. Los excedentes agrícolas permitieron alimentar a dioses y a sacerdotes y a gran cantidad de artesanos y especialistas que forman el tejido de la ciudad, que no es ya una simple aglomeración de campesinos en un poblado, sino un complejo organismo social, en el que los individuos realizan funciones distintas y especializadas, desde los alfareros a los metalistas o a los comerciantes.

Son las primeras ciudades: Eridu, Uruk, Nippur, Kish y Ur. Desde antes del 4000 aec y durante los quince siglos siguientes, las gentes de Eridú y de sus alrededores sentaron los cimientos de lo que hoy llamamos civilización. Con ellas llegaron la división del trabajo, las religiones organizadas, la construcción de monumentos y la ingeniería civil, la escritura, las invenciones, los descubrimientos y la ley. También la ideología del progreso, de que era posible mejorar el pasado, pero también la desigualdad, la jerarquía, el despotismo y la guerra organizada.

Con el éxito económico se complicó la contaduría burocrática y comercial. Había que registrar la producción y los excedentes y es entonces cuando surgen los primeros balbuceos de la escritura, que sirve para extender la memoria y el control sobre las transacciones económicas y administrativas. Lo demás, afortunadamente, será literatura. Los sumerios no sólo habían conservado su lengua, sino que se había convertido en la más importante de la región y hacia el tercer milenio, cuando surge la escritura, todos los escribas escriben en sumerio.

En el tercer milenio las ciudades de Sumeria se protegen con grandes murallas fortificadas y, junto con la comarca que les rodea, constituyen una ciudad Estado, posesión del dios que vivíe en el templo principal, administrada como un organismo centralizado. Durante todo el tiempo que duró Mesopotamia se creía que cada ciudad había sido fundada por una divinidad concreta como si fuera su hogar terrenal. Los nombres de las ciudades se escribían con un signo que denotaba “dios”, un signo para el nombre del dios y un signo para el lugar. Nippur se escribió como DIOS.ENLIL. LUGAR y Uruk como DIOS.INANNA.LUGAR.

La divinidad celebrada en la ciudad de Eridu sería recordada como la inspiradora de la civilización. Su nombre era Enki, señor de la tierra, y se le reconocía como el dios que trajo la civilización a la humanidad y el guardián de las normas. Pero anteriormente fue el lugar de Ea, el espíritu del abismo, el remolino de las aguas, y su esposa era Dakina, la tierra y ambos constituían los elementos con los que se creó el mundo.

A sesenta y cinco kilómetros de Eridú, en el otro lado del río Buranum se produjo otro asentamiento en torno a un templo. Primero se lo conoció como Unug y luego como Uruk, la primera gran ciudad, que en el cuarto milenio aec era más grande en tamaño y población que la Atenas de Pericles o la Roma republicana de tres milenios después. Según relatos posteriores y restos arqueológicos, la actividad y la vida social eran intensas y, además de bellas construcciones, santuarios, lugares de reunión y jardines, sus habitantes se trasladaban por canales de agua en pequeños barcos, como en una Venecia del desierto.

La ciudad de Uruk estaba consagrada a la gran diosa, celebrada bajo el nombre de Inanna, que gobernaba también, en una época de enfermedades, plagas y elevadísima mortalidad, sobre el sexo y la fertilidad. Una civilización, dice Paul Kriwaczek en su libro “Babilonia”, no puede darse sin un grado de libertinaje y los antiguos mesopotámicos creían que el sexo y la vida en la ciudad iban emparejados y que la represión sexual y la moral conservadora de los campesinos aplastaban la creatividad y la imaginación de la gran ciudad. Uruk era conocida por sus cortesanas y prostitutas, por sus homosexuales y por sus travestis.

Seguro que no había nada más atractivo y al mismo tiempo más detestable que Uruk y lugares semejantes para las tribus dispersas de pastores nómadas, que hablaban dialectos semíticos emparentados entre sí, y habitaban los márgenes del Creciente Fértil, en el desierto inhóspito, ayuno de agricultura y de ciudades. Esos pastores nómadas, antepasados de los israelitas, fueron llamados “amurru” (occidentales) en Mesopotamia porque venían del oeste. Hacia el 2000, cuando Sumer gozaba de una nueva época de esplendor bajo el reinado de la tercera dinastía de Ur, la ciudad cayó en manos de los amurru. Algunos de ellos se sedentarizaron y pasaron a formar parte de la ciudad. Otros continuaron ofreciendo sus servicios en la frontera, a veces robando o saqueando, y transitando con sus rebaños de cabras y ovejas por el desierto.

Hacia el siglo XIII aec se habían establecido en sucesivas oleadas en Canaán y su modo de vida nómada o seminómada era ya un anacronismo. Ellos mismos sentían la necesidad de asentarse sobre tierras propias, deseo que se plasmó en una serie de leyendas sobre la promesa que el dios familiar de sus patriarcas ancestrales les había hecho, la concesión de tierras propias, mito central de la religión judía. Este pacto lo suscribe Yahvé con Abraham, que vivió en Ur y luego en Harán, pero que marcha hacia Canaán por orden de su dios, que dará a su descendencia el dominio de las tierras “desde el río de Egipto hasta el Éufrates”, a cambio de una obediencia ciega y de la circuncisión de todo varón a los ocho días de su nacimiento.

El libro del Génesis contiene las leyendas de la época en que los protoisraelitas eran pastores nómadas y fueron escritas y reelaboradas ya en Canaán. Y también contiene una referencia que va más allá, al principio de todo, al dramático cambio que supuso la agricultura y lo hace con la maldición que Yhavé dirige a Adán y a Eva al expulsarles del Paraíso: “Maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan”.

La revolución agrícola amplió la suma total de alimentos, pero no se tradujo en una dieta mejor o en más tiempo libre. La vida se hizo más difícil para los agricultores, pero lo que perdieron como individuos, lo ganaron como especie porque el cultivo de plantas y la domesticación de animales causó una revolucionaria explosión demográfica llevando al hombre a una multiplicación exponencial como nunca se hubiera visto. Yuval Noah Harari, en “De animales a dioses”, califica la revolución agrícola como “el mayor fraude de la historia”: el hombre ganó en inseguridad, el trabajo se convirtió en extenuante, la dieta era más pobre y para colmo surgieron enfermedades y plagas hasta ese momento desconocidas. Pero logró multiplicarse y poblar la tierra y dominar la naturaleza.

Los contactos de los israelitas con los estados mesopotámicos fueron intensos y no sólo recogen, deformándolas para crear su propio relato, las leyendas del Diluvio o la torre de Babel, sino también nombres y lugares. La Biblia menciona Ur como patria de Abraham, pero también Uruk, a la que llamaron Erech, y a Enki se le nombra en el Génesis como hijo de Caín con el nombre de Henoc. Yhavé condenó a Caín a una errancia sin reposo, pero le permitió construir una ciudad que le sirviera de refugio a él y a todos los desterrados, un lugar que es el mal en sí mismo, donde viven los demonios y otros dioses y donde reina la lujuria y se hace escarnio de los justos. La ciudad es el compendio de todo lo que detesta una cultura nómada que rechaza la construcción de un templo porque prefiere llevarlo consigo, el Arca de la Alianza, un santuario en miniatura que acompaña a los patriarcas y a sus rebaños en sus continuos desplazamientos por el desierto. Hasta la construcción de Jerusalén, la ciudad sagrada.

Lecturas

Paul Kriwaczek, Babilonia, Ariel 2010

Yuval Noah Harari, De animales a dioses, Debate. 2014

Cristóbal Colón, la codicia y el fervor religioso

Cristóbal Colón, la codicia y el fervor religioso

Se veía a sí mismo como Christum ferens, el portador de Cristo, que llevaba el mensaje evangelizador a las naciones paganas, mensajero y profeta; se identificaba con Moisés dirigiendo a su pueblo a través del desierto océano y como David, constructor del Templo, acusado injustamente y finalmente triunfante; se creía un elegido por el mismo Dios no sólo para realizar el descubrimiento de las Indias, anunciado en la Biblia según su peculiar lectura, sino también para hacer posible la venida del Reino Celestial.

Esta visión mesiánica y apocalíptica domina a Colón tardíamente, tras el fracaso de sus planes de explotación colonial. Cuando partió del puerto de Palos solamente pensaba en encontrar el camino hacia los fabulosos lugares descritos por Marco Polo, que aseguraba que “el oro abunda en las islas hasta producir asombro”, en una navegación hacia el oeste y, de paso, hacer realidad lo que le prometió al rey Fernando de Aragón para convencerlo acerca de las bondades de su proyecto: obtener oro para financiar la recuperación de Jerusalén, cuyo título de Rey ostentaba.

La evangelización de los paganos como motivación para el viaje pudo ser una simulación para justificar un cambio de asiento contable. Se hizo en Santa Fe, cuando se firmaron las capitulaciones: casi un millón doscientos maravedíes salieron de los fondos obtenidos por la venta de la bula cruzada de la diócesis de Badajoz, con destino a la cristianización de los infieles. Lo mejor sería, sugirió la reina Isabel a Colón, que revistiera su empresa como un viaje de cruzada. El resto, hasta dos millones, fueron sufragados por banqueros italianos y comerciantes castellanos, lo que facilitó que la reina de Castilla no tuviera que empeñar sus famosas joyas.

Colón considera su primer viaje un rotundo éxito porque cree que ha llegado a Asia, su destino, y ha tomado posesión de todo lo que ha encontrado, comenzando por la fabulosa Cipango que identifica con la isla de Cuba. Cree que en poco tiempo se hará con las auríferas minas del rey Salomón y se muestra convencido de que el territorio rebosa de valiosísimas cantidades de especias. Las lecturas apresuradas de los clásicos y su deseo de conciliarlas con la realidad le llevan a asegurar a los Reyes de España, en la relación de su primer viaje, que los indios mencionan la palabra ‘caniba’, es decir, la gente del Khan, aunque con mala pronunciación. Pese a que la comunicación con los indígenas se limitaba a señas, Colón consigue entender milagrosamente que existe un poblado de cíclopes y otro con hombres de hocicos de perro. Él mismo pasa a describir las minas de oro y piedras preciosas que nunca ha visto, así como la isla de Matininó, poblada por valientes amazonas que se reproducen con los feroces antropófagos de una isla vecina.

A finales de 1494, ya en su segundo viaje, Colón tiene que aceptar que no había suficiente oro para recuperar Jerusalén ni siquiera para pagar las deudas contraídas e inicia con los nativos una dura política de trabajos forzados; llega incluso a esclavizarlos y a mandar a quinientos de ellos a España, con objeto de enjugar las pérdidas. La Corona en un primer momento acepta la esclavitud de los indios, pero cambia de parecer por “cuestiones teológicas” y Colón vuelve a la península vestido con el áspero hábito de franciscano e hinchado de humildad para conseguir el perdón a los Reyes.

Sin embargo, Colón persiste en su idea de sacar una alta rentabilidad a su “misión”, aunque ya en el tercer viaje el caos se adueña del territorio a su cargo y se suceden las denuncias de malos tratos, nepotismo y actos injustos y crueles y acaba siendo enviado a España, encadenado junto a sus hermanos, para ser juzgado. Se le destituye como virrey de Santo Domingo y gobernador de las Indias y su prestigio va decayendo al tiempo que aumenta su obsesión sobre el designio divino que le obliga personalmente al cumplimiento del plan revelado en las Escrituras.

Es difícil saber cuánto hay de convicciones religiosas profundas en lo que él piensa que era su destino manifiesto y si su comportamiento, que a veces parece originado por un desequilibrio mental, era normal en la época. Ciertamente, en el primer viaje de regreso a España, tuvo que hacer frente a una fortísima tempestad que casi acabó en naufragio y que desencadenó en él la primera de una larga serie de experiencias religiosas intensas que se repetirían cada vez que Colón atravesara una crisis importante, de las que se defendía con el argumento inapelable de haber sido escogido por el mismísimo Dios para capitanear sus designios.

No hay que olvidar que Europa vive en estos tiempos un auténtico fervor milenarista, en parte como reacción ante la expansión del islam y las victorias de los turcos otomanos, que amenazan la Europa central: Constantinopla había caído en sus manos en 1453. Y se acentúa el profetismo que había empezado a resurgir un siglo antes, a partir del Cisma de Occidente, con una vertiente política muy conspicua en el Reino de Aragón, donde la referencia será fundamentalmente Joaquín de Fiore, un abate siciliano del siglo XII, al que se debe una imaginativa interpretación de la Biblia.

Joaquín de Fiore afirmaba que, tras vivir una Edad del Padre en la que Dios se revelaba tan solo de forma parcial, su encarnación daba comienzo a la Edad del Hijo. A continuación, una batalla entre Cristo y el Anticristo, el bien y el mal, inauguraría la Edad del Espíritu, que precedería al fin del mundo. El ‘Pastor Angélico’ purificaría la Iglesia y restablecería las virtudes de la época de los apóstoles y un ‘Último Emperador’ conquistaría Jerusalén, unificaría el mundo y defendería a Cristo frente a las fuerzas del mal.

Tras la conquista de Sicilia en 1282, Pedro III de Aragón, casado con Constanza, última descendiente de Federico II Hohenstaufen, se convirtió en el depositario de la herencia mística de este rey mesiánico y, desde entonces, los monarcas aragoneses tuvieron ante sí la misión de recuperar los Santos Lugares. Fernando de Aragón, que accedió al trono en 1479, era también Rey de Jerusalén, y a juicio de algunos de sus cortesanos, podría convertirse en el Último Emperador que alentaban los joaquinistas, por su condición de Rey de Castilla en virtud de su matrimonio con Isabel, y su programa de conquistas contra los mahometanos del Reino de Granada y contra los paganos de las Islas Canarias.

Colón conocía las ideas de Fiore y también participaba de la tradición escatológica del Apocalipsis del Pseudo-Metodio, una obra bizantina escrita originalmente en siríaco de la segunda mitad del siglo VII, que confía en la llegada del último emperador romano que recuperará Jerusalén para la Cristiandad, lo que será seguido por la aparición del Anticristo y, finalmente, la Parusía y el Juicio final en la mismísima Jerusalén.

El futuro Almirante prometió al rey Fernando que los beneficios de la empresa transatlántica que le proponía cubrirían los gastos de arrebatar Jerusalén a los gobernantes musulmanes de Tierra Santa. Pero no se trataba sólo de recuperar el Reino de Jerusalén, sino de la reconstrucción del Templo para la Santa Iglesia, preámbulo del segundo advenimiento glorioso de Jesús al final de los tiempos. En el imaginario de Colón, los encargados de liberar Jerusalén serán los Reyes Católicos, financiados por el oro de las Indias, y señalaría el inminente final de los tiempos y la venida del Señor, justo después del cumplimiento de todas las profecías para lo que calculaba que sólo faltaban ciento cincuenta y cinco años.

No sólo la Biblia le vaticina, también lo hacen los clásicos: en las líneas de la Medea de Sófocles, Colón se ve dibujado en Tifis, el audaz navegante que descubrirá un mundo nuevo: Años en el transcurso de los tiempos, en los cuales el océano aflojará los lazos de las cosas y aparecerá el mundo en toda su grandeza. Tifis descubrirá nuevos orbes y ya no será Thule la última tierra”. Verso que el cronista fray José Acosta, en su ‘Historia natural y moral de las Indias’ traducirá con la suficiente libertad para encaminarlo en la dirección apetecida: Tras largos años vendrá un siglo nuevo y dichoso / Que al Océano anchuroso, sus limites pasará / Descubrirán gran tierra, verán otro Nuevo Mundo / Navegando el gran profundo, que agora el paso nos cierra”.

Pero es la inspiración divina la que lleva a Colón a escribir el ‘Libro de las Profecías’ entre 1502 y 1504 y que básicamente es una colección de citas bíblicas que, a su entender, vaticinan los dos grandes objetivos de su misión -la restauración de Jerusalén y la evangelización de las Indias- y cómo él ha sido elegido por Dios y cómo está presente en las Escrituras ejerciendo de protagonista del Descubrimiento.

Esta imagen tan particular que Colón tiene de sí mismo se mantiene hasta su muerte, En una carta dirigida al papa Alejandro VI, en 1502, insiste en que la isla, a la que han llamado Española, es en realidad “Tharsis, es Cethia, es Ophir y Ophaz e Cipango” y que en esa comarca “es el Paraíso Terrenal” que había localizado cuatro años antes en la Isla de la Trinidad y que convertía la tierra en una esfera imperfecta para poder albergar el Edén en una especie de bulto sobresaliente, como “pezón de mujer”.

En 1503 en otra misiva enviada desde Jamaica a los Reyes, reitera la necesidad de reconquistar Jerusalén y reconstruir el Templo utilizando el oro de las Indias, un oro que en su relato se convierte en algo sagrado al decir que “el oro es excelentísimo; del oro se hace tesoro y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo, y llega a echar las ánimas al Paraíso”.

Podría pensarse que a esas alturas, Colón ya ha entrado en el ámbito de las alucinaciones. La vida no ha sido fácil para él y ha estado a punto de perderla en ocasiones y, a pesar del ambiente de fervor milenarista que impregnaba la época, también hubo en su tiempo quien se burló de él, como señala Bartolomé de las Casas, siempre comedido e incluso elogioso del Almirante, porque adoptaba maneras de adivino y de profeta. Pero en general fue considerado como el gran protagonista del Descubrimiento de las Indias.

Y el Papado en el siglo XIX (Pío IX y León XIII) tuvo una especial predisposición hacia él, hasta el punto de proponer por tres veces su beatificación a la Sacra Congregación de Ritos. El papa León XIII tildó la gesta colombina como “la hazaña más grandiosa y hermosa que hayan podido ver los tiempos”. Luego añade que mediante ella, “se aumentó la autoridad del nombre europeo de manera extraordinaria” y así quedó unida al Evangelio.

Pío IX encargó al Conde Rosselly des Lorgues una biografía de Cristóbal Colón en la que basarse para postular su causa y conseguir su canonización pero el proceso del Almirante parece que se estrelló definitivamente y la “hazaña más grandiosa” que aumentó la autoridad del hombre europeo no pudo con su concubinato empecatado de casi dos décadas. Tampoco estaba bien visto hacer santo al hombre que instituyó por vez primera la esclavitud en América.

No tengo noticia de que se haya vuelto a pensar en este proyecto; sí en cambio, en el de Isabel de Castilla, iniciado en pleno franquismo, en 1958, y que se ha demorado una y otra vez. Para que la Reina triunfe habría que hundir aún más al Almirante y así poner de relieve cómo ella se “enfrentó” a la esclavización, excepto en casos de rebelión o apostasía, de sus súbditos indígenas. No obstante, el reinado de Isabel tiene muchas más sombras y desatinos que hoy en día resultan imperdonables y echarían por tierra una causa de canonización: desde el proceso de injurias hacia su prima Juana y la consiguiente guerra civil por el trono, hasta su responsabilidad en el nuevo sesgo que adquirió la Inquisición bajo sus manos y su consecuencia ideológica inevitable, injusta y desastrosa, que fue la persecución y expulsión de judíos y moriscos.

La Ciudad de los Césares, mito de náufragos y desaparecidos

Ni las Amazonas ni las Ciudades de Cíbola ni Santiago Matamoros eran leyendas propias del nuevo continente, en el que se buscó de todo, desde la Fuente de la Juventud al Paraíso Terrenal, pero pronto surgieron mitos autóctonos como la leyenda de El Dorado o la Ciudad de los Césares.

Conocida también como Ciudad Encantada de la Patagonia, Ciudad Errante, Elelín, Lin Lin, Trapalanda y Trapananda, nace este mito por la supuesta cercanía del gran Imperio de los Incas y se renueva a lo largo del tiempo alentado por la búsqueda de explicaciones sobre el destino de soldados y colonos que naufragaron en el sur del continente o fueron abandonados como resultado de motines o por fuerza mayor.

La primera referencia sobre la existencia de esta ciudad mítica se remonta a la expedición del explorador italiano Sebastián Caboto en busca de la legendaria Sierra de la Plata. El objetivo primero de la expedición, que salió de España en 1526, consistía en atravesar el Estrecho de Magallanes y llegar a las islas Molucas, el archipiélago indonesio rico en especias, pero durante su escala en Santa Catarina (Brasil) Caboto escuchó rumores sobre la existencia de una civilización oculta y extraordinariamente rica. Dos supuestos náufragos de la expedición de Juan Díaz de Solís al Río de la Plata en 1516 le relataron la aventura de un tercer compañero de penalidades, Alejo García, que tras el naufragio se había internado hasta la Sierra de la Plata, en el actual altiplano boliviano, donde halló grandes riquezas pero fue asesinado por los indios en el camino de regreso.

Todos estos testimonios convencieron a Caboto para abandonar la misión original en busca de las prometedoras riquezas del Potosí y envió a uno de sus capitanes, Francisco César, a la cabeza de una expedición a las tierras del interior en 1528. Para cubrir más terreno, la expedición se dividió en tres columnas que penetraron en la jungla: de dos de ellas nada se volvió a saber y la de César cubrió más de mil quinientos kilómetros hacia el noroeste en un viaje de tres meses.

La relación oficial del viaje se perdió y lo que se sabe procede de un español que dijo haber conocido a César en Perú y que éste había regresado de la expedición cargado de oro, plata y tejidos exóticos procedentes de una ciudad oculta. Posiblemente Caboto ni le creyó porque decidió regresar a España, tras el ataque y destrucción del fuerte de Sancti Spiritu, que había servido como base a la expedición, y no mandó a nadie más en busca de la fabulosa ciudad.

Así nació la leyenda de la Ciudad de los Césares, a la que contribuyó el que se hiciera pública su pretendida existencia durante el juicio a Caboto en Sevilla, acusado de haberse desviado de su misión, aunque hay indicios de que el propio Francisco César estaba en España en 1530 al figurar como testigo en el juicio contra Sebastián Caboto.

En estos años tiene lugar la conquista y destrucción del Imperio Inca, de lo que nace la extravagante idea de que un grupo de nobles y altos dignatarios consiguieron huir y establecerse en el interior, atravesando los Andes, en un lugar ya establecido de antemano, pensado para acogerles en el caso de que necesitaran un retiro dorado. Allá se fue Almagro para descubrir que no había ni oro ni grandes ciudades como las del Perú, sino cuevas y aldehuelas y nativos que vestían pieles de animales y comían raíces, yerbas y granos silvestres. El regreso fue aún peor: para alejarse de los Andes atravesaron el desierto de Atacama.

Naufragios y desaparecidos

La intriga de los césares se intensificó por las frecuentes desapariciones de expedicionarios en la peligrosa región a lo largo del siglo XVI. En 1534, el portugués Simón de Alcazaba se lanzó a tomar posesión de las tierras que la Corona española le había concedido: Patagonia, sur de Chile y Tierra de Fuego. Lo intentó a pie, a través de llanuras inhóspitas, vegetación raquítica y vientos huracanados, sin hallar el tesoro de algún supuesto Inca que iban buscando. Un grupo de expedicionarios se amotinó y Juan Arias, el instigador, dio muerte a Alcazaba. Quiso hacerse pirata pero otros se lo impidieron y la discordia produjo nuevos crímenes, de manera que los primeros amotinados fueron apresados: unos degollados, otros ahorcados y los más abandonados en tierra. De los que nunca aparecieron se dijo que habían encontrado la Ciudad de los Césares.

Lo mismo se dijo de los 150 hombres de la llamada expedición del obispo Plasencia porque éste, personaje bien acomodado en la corte española, corrió con los gastos, y que fueron abandonados en el estrecho de Magallanes en 1540 tras el naufragio de la nave capitana. No hubo manera de rescatarlos: el segundo barco fue arrastrado hacia el sur por los temporales y las corrientes y el tercero consiguió llegar a Perú en muy malas condiciones.

Nunca más volverían a ser vistos pero corrieron rumores de que, en su camino hacia el noroeste, vencieron en combate a los indios nativos y fundaron la famosa ciudad que llamaron Trapalanda, Ciudad Encantada de la Patagonia o Ciudad de los Césares. Su patriarca fue uno de los náufragos: Sebastián Argüello.

El informe de un particular de esta misión describía una ciudad en torno a un lago y narraba la historia de dos españoles supervivientes que habían sido acogidos por una tribu india hasta que, en 1567, construyeron y fundaron la Ciudad de los Césares. El virrey creyó este relato apócrifo y llegó a escribir al rey de España para pedirle que enviara sacerdotes a aquella zona.

Lo que sí existió fue una falsedad intencionada: la de que el estrecho de Magallanes se había cerrado. Y fue propalada por la diplomacia española para evitar que otras naciones bordearan el continente americano con destino a las islas de las especias. José de Acosta escribe que “el estrecho, que en la mar del Sur halló Magallanes, creyeron algunos, o que no lo había o se había cerrado y hoy hay quien dice que no hay tal Estrecho, sino que son islas entre la mar porque lo que es tierra firme se acaba allí y el resto es todo islas y al cabo de ellas se junta el un mar con el otro amplísimamente”. Se llegó a dar por verídico que una “horrenda borrasca” que levantó una isla del fondo del mar, la había colocado en la boca del Estrecho.

Esta hipótesis interesada se mantuvo durante veinte años, abonada por los desastres y naufragios de diversas expediciones, desde 1558 a 1578, hasta que Francis Drake cruzó el estrecho de este a oeste y realizó la segunda vuelta al mundo.

La extraordinaria aventura de Sarmiento de Gamboa

Pero la leyenda de la Ciudad de los Césares continuó viva durante algún tiempo. En 1585, en otra expedición desgraciada, concebida para evitar que los ingleses se hicieran con esta zona tan estratégica, más de trescientos colonos y soldados fueron abandonados en las isletas del estrecho de Magallanes.

Sarmiento de Gamboa, el jefe de la expedición y responsable del proyecto de colonización y fortificación, se esfuerzó en socorrerlos pero le fue imposible. Manda pedir refuerzos a España pero no le hacen caso, por lo que decide allegarse a la Corte y pedir ayuda, pero en el viaje es apresado por Walter Raleigh y llevado preso a Inglaterra. El rey Felipe II paga su rescate pero, al atravesar Francia, Sarmiento de Gamboa cae en manos de los hugonotes y pasa más de tres años en un calabozo. De nuevo es rescatado por el rey y llega a España en parihuelas. Pide ayuda en la Corte para socorrer a sus colonos pero nadie se acuerda de ellos y, después de 1591, fecha de su último Memorial al Rey, se pierde su rastro.

En 1587, según el corsario inglés Thomas Cavendish, sólo quedaban cincuenta pobladores en una de las dos ciudades fundadas por Sarmiento de Balboa; en la otra sólo cadáveres. Pero estos colonos pasarían a engrosar la leyenda de la ciudad de los Césares y nuevas expediciones irían en su búsqueda: la última fue enviada por el gobernador de Chile en 1791.

 

 

Conquistadores Adventum, los primeros treinta años

Boabdil entrega las llaves de Granada y la reina Isabel insta a sus soldados a nuevas hazañas al tiempo que consiente y contribuye a la expedición de un marino genovés, Cristóbal Colón, que buscando las Indias de las especias desembarcará en las islas de un continente desconocido.

Así empieza el primer capítulo de lo que algunos consideran gesta caballeresca y otros, genocidio de indios. La serie Conquistadores Adventum, dirigida por Israel del Santo, y cuya primera temporada consta de ocho capítulos, no toma partido porque no es necesario insistir en lo sucedido; se cuenta y basta. Y aunque los sucesos se dramatizan, la serie pretende ser un documental con las pocas licencias que permite la historia.

Se trata del relato de una conquista casi siempre brutal, pero también de las aventuras de unos hombres que, espoleados por diferentes razones, llegan a extremos inusitados de resistencia, de crueldad, de conmiseración y también de valor. Por sus capítulos aparecerán el Cristóbal Colón tenaz y fantasioso; el embustero Vespuccio; el sanguinario y devoto Alonso de Ojeda; el elegante Ponce de León; el feroz Núñez de Balboa; el loco Pedro Arias; Pánfilo de Narváez, el gafe; el conquistador conquistado Gonzalo Guerrero; el incombustible Bartolomé de las Casas; el cronista Pigafetta y el ‘desertor’ portugués Magallanes.

Una voz en off, que participa en las expediciones de estos primeros treinta años de la conquista, nos cuenta cómo tres carabelas parten hacia las Indias, “repletas de desgraciados”: negreros, esclavistas, piratas, ladrones y condenados a muerte. También viaja Juan de la Cosa, el “mejor cartógrafo de la época” y, naturalmente, Cristóbal Colón, al mando de todos ellos.

Después de treinta y tres días de navegación, las tres carabelas tocan tierra. Ante los viajeros se extiende una playa de arenas blancas y, al frente, una tupida maraña de árboles, muchos desconocidos. Era el 12 de octubre de 1492. Pero resultó ser América, no Cipango, la “isla de los tejados de oro” como llamó Marco Polo a Japón, y mucho menos Catay, pero transcurrirán años antes de que se den cuenta de que se trata de un mundo nuevo del que no había noticias hasta entonces. Los recién llegados inspeccionan más de diez islas, pero ni rastro del Gran Khan ni de las especias que devolverían, multiplicado por mil, el gasto de las tres carabelas y su tripulación.

Colón vuelve a España con varios indios de muestra, bastantes papagayos y una cantidad de oro ridículamente pequeña, pero se le encarga un segundo viaje y esta vez son mil quinientos los hombres que desembarcan en las Indias. Entre ellos figura Américo Vespucio, “el más grande de los mentirosos, traficante de perlas y esclavos, que no distinguía la proa del retrete”, y que consiguió, por chiripa y mediante engaños, dar su nombre al nuevo continente.

Alonso de Ojeda, de conquistador con mala suerte a franciscano

Cuando llegan a la isla de La Española, el fuerte Natividad construido un año antes con los restos de la nao Santa María, ya no existe: los treinta y nueve soldados que dejó Colón han sido masacrados como consecuencia de su codicia y su violencia. Y dará comienzo la venganza. Entre los más sanguinarios destaca Alonso de Ojeda, un personaje sorprendente, vengativo, pendenciero, vivaracho, duelista y devoto de la Virgen de los Remedios. Es pequeño de estatura y tiene el pelo rojizo. Por eso los españoles le llaman el ‘pequeño capitán’ y los taínos le dan el sobrenombre de ‘cutía’, un pequeño roedor que vive en el bosque.

Tras “pacificar” la isla de La Española, vuelve a España y consigue de los Reyes Católicos una capitulación y, tras desembarcar con tres carabelas en 1499, acompañado por Juan de la Cosa y Americo Vespuccio, explora la costa de Venezuela, a la que da ese nombre por sus grandes casas de madera construidas sobre el agua y unidas por pasarelas, una especie de Venecia selvática.

Pasaron años poco halagüeños para Ojeda, pero en 1509 consigue la gobernación de un territorio inmenso, que habría de compartir con Diego de Nicuesa, y que comprendía las actuales Nicaragua, Costa Rica, Panamá y la costa de Colombia. La construcción de un fuerte en lo que hoy es el puerto de Cartagena fue un tremendo error: las tribus de la zona les atacaron y aunque los indios fueron perseguidos y aniquilados, decenas de hombres de Ojeda murieron, incluido Juan de la Cosa.

Es entonces cuando funda el fuerte San Sebastián, tampoco en un buen lugar. Esperaba la llegada de Martín Fernández de Enciso, uno de sus socios, con provisiones para los colonizadores, pero quien llegó fue un antiguo compañero, Bernardino de Talavera, al que no se le ocurre más que secuestrarlo para conseguir un rescate pero, con tan mala suerte que el barco en el que navegan naufraga en la isla de Cuba, cuya costa sur recorren a pie, unas setecientas leguas, hasta que llegan tres naves al mando de Pánfilo de Narváez (el mismo que se enfrentó a Hernán Cortes y luego murió ahogado en su expedición a La Florida).

Ojeda habla a favor de su secuestrador, pero éste es ajusticiado, y él decide abandonar la vida de conquistador y convertirse en fraile franciscano, en Santo Domingo. En su testamento ordena que le entierren en la entrada del convento para que todo el que entre en él le pise y así pueda penar por los múltiples crímenes que cometió en vida.

Núñez de Balboa, el descubridor decapitado

Otro personaje sorprendente es Núñez de Balboa, que asume el mando de los hombres de Ojeda y destituye a Martín Fernández de Enciso, un buen hombre pero débil para medrar en estos lugares. Con menos de setenta hombres, realiza una larga expedición hacia el oeste, en la que atraviesan ciénagas, duermen enterrados en la arena para librarse de los mosquitos y se enfrentan a diferentes grupos de indios.

El 25 de septiembre de 1513 descubren el Océano Pacífico, al que Núñez de Balboa llama el Mar del Sur. Habían pasado veinte años desde que Colón llegara a las Indias. El que fuera criador de cerdos sin éxito en La Española y polizón dentro de un barril, Núñez de Balboa, se ha convertido en un héroe. No sólo ha descubierto el océano, sino que ha vencido a “más de veinte naciones”. En lugar de matar indios y esclavizar al resto, negocia, pacta, toma partido y divide a las tribus, y se casa con la princesa más bella de las Indias, Anayansi, a la que bautiza con el nombre de María Caridad de los Remedios.

Pero el rey Fernando nombra gobernador de Castilla de Oro a Pedro Arias de Ávila, llamado ‘la ira de Dios’ y también Pedrarias Dávila porque cuando se enoja habla tan deprisa que se le juntan las sílabas, y aunque mantiene a Núñez de Balboa como Adelantado del Mar del Sur, se trata de una falta de consideración al descubridor del gran océano.

Hasta ese momento, 1514, todos los que habían llegado a las Indias eran “enfermos, locos o monstruos”. Con la llegada de Pedro Arias llegará también la infecta burocracia española y la obligación de leerles a los indios el infame Requerimiento, del que nada entendían y que solo era un pretexto para atacarlos, como denuncia en la propia Castilla el dominico Bartolomé de las Casas, dedicado por entero a la protección y la defensa de los indios.

Balboa, el de la “mirada alcohólica”, confiesa que ni él ni sus compañeros son héroes y que se han limitado a no dejarse matar. Alentado por las historias del oro de Perú, o Birú, de las que hablan los indios, pretende armar una flota, pero Pedro Arias no va a permitírselo: envía a Francisco Pizarro para que lo arreste y, bajo la acusación de falsa traición, ordena su decapitación el 15 de enero de 1519. Su cabeza estuvo clavada en una pica durante cuatro días y cuenta la leyenda que Pedro Arias convirtió en candil su calavera. A su perro, Leoncico, nadie le puedo quitar el collar de oro, ni siquiera Pizarro.

Magallanes, siempre hacia el oeste, y Narváez, en busca de la eterna juventud

Los dos últimos capítulos de la serie están dedicados a la expedición de Narváez a La Florida y a la vuelta alrededor del mundo que inició Fernando de Magallanes y completó Juan Sebastián Elcano. Su cronista, el lombardo Pigafetta, nos cuenta el encuentro con un gigante en la Patagonia; los motines que sufrió el almirante y la respuesta que a ellos dio; el descubrimiento del paso entre el Atlántico y el Pacífico; de cómo durante los tres meses de travesía de este infinito mar se comieron las ratas del barco y, cuando se acabaron, el cuero que cubría el palo mayor y el serrín de la madera.

También relata en su Diario la muerte de Magallanes en un enfrentamiento con los indígenas de una isla de Filipinas y cómo la Victoria, capitaneada por Elcano siguió adelante y la Trinidad, bajo el mando de Espinosa, volvió atrás, por el este. Los del comandante vasco llegaron a las Molucas y cargaron la nave de clavo y pimienta, hasta 25 toneladas con un valor de quince millones de maravedíes. Dieciocho de los 265 marinos que se enrolaron tres años atrás consiguieron llegar a Sanlúcar de Barrameda, el 6 de septiembre de 1522, y completar la vuelta al mundo.

Fue una hazaña que acabó con éxito, aunque sólo fuera para dieciocho. En cambio, la expedición encargada por el emperador Carlos V a Pánfilo de Narváez en La Florida fue un absoluto desastre. Su misión secreta consistía en la búsqueda de las fuentes de la eterna juventud, pero envejeció veinte años en dicha empresa y finalmente perdió la vida en un naufragio, en la desembocadura del Misisipi. Su segundo al mando, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, y unos pocos más sobrevivieron gracias a que los indios carancahuas, al verlos desamparados e indefensos, se compadecieron y, como mandan las tradiciones de su pueblo, “lloraron” con ellos.