Egipcios, mitanios, hititas, asirios y aqueos: guerreros del Bronce Tardío

En el tercer milenio, hace cinco mil años, los objetos de bronce empezaron a convertirse en símbolos de prestigio y riqueza. Las brillantes vajillas y las joyas cuidadosamente labradas proclamaban la riqueza de su propietario pero fueron las armas fabricadas con esta aleación, cuyo uso se generalizó en el Oriente Próximo y en las islas del mar Egeo mil años después, hacia el 1700, las que favorecieron la conquista de los pueblos y el poder de los imperios.

Los herreros descubrieron que el cobre podía reforzarse si lo fundían y lo aleaban con el estaño. Tuvieron tanto éxito que los barcos surcaron las rutas comerciales del mar y las caravanas las terrestres, cargados con este preciado metal, sólo accesible para quienes controlaban esas rutas o tenían acceso a las minas de las que se extraían los preciados metales.

Hititas, guerreros y diplomáticos de un reino desconocido

Coincidiendo con la generalización de espadas, arcos y escudos de bronce surge un nuevo reino en Anatolia que durante quinientos años rivalizará, con más o menos altibajos, con las grandes potencias vecinas -Egipto, Mitanni, Asiria y Acaya- hasta su desaparición en las brumas del recuerdo tras la invasión de los Pueblos del Mar. Hizo su aparición en la escena internacional de la época de forma inesperada: el ejército hitita, liderado por el rey Mursili I, llegó a Babilonia hacia el 1595, saqueó la ciudad y regresó a Hattusa, su capital, tras dejar instalada a la dinastía casita, con la que mantendrá vínculos amistosos y matrimoniales durante toda su existencia y convivencia pacífica. Desde entonces, hasta su conquista por Asiria al final de la Edad del Bronce, Babilonia no tuvo ambiciones territoriales más allá del Éufrates, lo que en un mundo inmerso casi de continuo en guerras de expansión y dominio, la apartaba de las potencias que dirigían los destinos del antiguo Oriente Próximo.

Hasta hace dos siglos nadie había oído hablar de Hatti ni de los hititas. En 1830, Jean-François Champollion publicó la traducción de un tratado de paz firmado por el faraón Ramsés II con Hattusili de Hetta o Hatti, lo que produjo un gran revuelo por el hecho de que un gran faraón firmara un acuerdo entre iguales con un personaje desconocido de un desconocido reino. El mismo faraón había hecho representar su supuesta victoria sobre el pueblo de Hatti en la batalla de Kadesh; la Biblia, en el Génesis, les llama “los hijos de Heth” o solamente heteos o hititas y los confunde con sus avanzadillas en territorio de Canaán y los griegos, que tendrían muchas razones para recordarlos por su relación con Troya, nunca mencionaron su nombre por lo que su existencia cayó en el olvido en los siglos que siguieron a su desaparición.

Hasta que unas excavaciones en Bogazköy (a 150 kilómetros de Ankara) realizadas a principios del siglo XX de nuestra era, descubrieron las ruinas de su capital Hattusa y, en ellas, unas cinco mil tablillas de arcilla impresas con escritura cuneiforme rotas en más de 30.000 fragmentos que abarcan la historia de cinco reinados, justamente los del apogeo del poder de los hititas, que revelaron no sólo su eminencia guerrera, sino la capacidad diplomática de sus gobernantes, que con frecuencia hicieron de las relaciones con sus poderosos vecinos una estrategia política de contención bélica.

Los enemigos más cercanos a los que tuvo que enfrentarse el País de Hatti, que ocupaba un territorio muy vulnerable, fueron los reinos montañeses de los kaskas o gaskas en el norte y el reino de Arzawa al oeste que, pese a llegar a ser un estado vasallo de los reyes hititas, nunca se comportó como un súbdito fiel y en varias ocasiones, junto a los pequeños reinos vecinos, se rebeló con ayuda de la potencia que dominó el Egeo en los últimos tres siglos del Bronce Tardío: Acaya o Ahhiyawa en su nombre hitita, es decir, el país de los aqueos.

Mitanios, los guerreros del carro

El primer gran enemigo de Hatti fue el reino de Mitanni, que hizo su aparición con la supresión de las colonias de comerciantes asirios en Anatolia hacia el siglo XVIII y el sometimiento de Asiria a vasallaje. Instalado en los cursos altos del Tigris y del Éufrates, ocupaba el corazón del actual Kurdistán y constituía el producto de la fusión perfecta de hurritas y mitanios. Se les conoce por las referencias de las otras potencias a las que se enfrentó, sobre todo Egipto, pero no corrieron la suerte de dejar en tablillas los hechos significativos de su historia, como ha ocurrido con los hititas. Sus guerreros eran experimentados combatientes de carros ligeros, modalidad que ellos introdujeron, y responsables del complejo adiestramiento de los caballos que requería su utilización en combate.

El primer choque documentado entre hititas y hurritas-mitanios tuvo lugar en 1595 según los registros babilónicos, durante el reinado de Mursili I, el mismo monarca hitita que saqueó Babilonia tras una prodigiosa marcha de ochocientos kilómetros desde Alepo, en la que llevó el terror y la desolación a las ciudades del sur, muchas de ellas de lealtad mitania: su guerreros, montados en carros ligeros bajaron a las llanuras abiertas mesopotámicas e infligieron graves bajas a los caldeos. La táctica consistía en correr en círculo, a una distancia de cien o doscientos metros, alrededor de los infantes sin coraza, al tiempo que la tripulación de los carros les aseteaba, causando seis bajas por minuto. La potencia de los carros de guerra era inusitada: diez minutos de acción de diez carros causaban quinientas bajas o más.

Mursili se enfrentó a las tropas de Mitanni y a la vuelta le fue arrebatado todo el botín conseguido en Babilonia, posiblemente en represalia por los ataques a las ciudades asaltadas en el camino de ida. Tras llegar a Hatussa fue asesinado por su cuñado Hantili en una más de las revoluciones palaciegas que infestaron los reinados hititas y que tuvieron como consecuencia la pérdida de poder e influencia sobre los países vecinos. Los hurritas se hicieron con los territorios que previamente había conquistado Hatti e incluso la esposa y los hijos de Mursili fueron hechos prisioneros y murieron en la región del Éufrates.

Los egipcios se interesan por Siria

Que el reino de Mitanni disputara a Egipto el corredor sirio espoleó el ánimo guerrero de los faraones que, tradicionalmente e incluso en las épocas más imperialistas, se esforzaban únicamente en la defensa del territorio y de las rutas comerciales sin afán expansionista. A lo largo de mucho tiempo, Egipto vivió protegido por la geografía y la ausencia de vecinos poderosos; la única amenaza provenía del noroeste, donde el Sinaí desempeñaba un papel de tampón y fue por el noroeste por donde penetraron los hicsos, por lo que urgía controlar el pasillo siriopalestino, idealmente hasta el Éufrates. Expulsados los hicsos y después de varios reinados en los que la reconstrucción del país fue prioritaria, Tutmosis I cruzó el istmo con una formidable caballería, además de carros de guerra, y barrió sin dificultad los pequeños reinos de Siria y Palestina hasta llegar al Éufrates.

Su nieto Tutmosis III es quien consolida el dominio de los territorios conquistados que se habían perdido en los reinados posteriores, y convierte a Egipto en una gran potencia. En 1469 condujo sus tropas a marchas forzadas a través de Mitanni, que demostró ser un formidable oponente. De esta campaña data la famosa batalla de Meggido, la primera de la que se tiene constancia y un relato histórico, en la que el faraón venció a la coalición de ciudades de Siria y Palestina respaldada por el reino de Mitanni.

El final de las campañas de Tutmosis III en Siria y la preocupación hitita por los asuntos que reclamaban la presencia del rey en Anatolia, proporcionaron una clara oportunidad al reino de Mittani para reafirmar su control sobre los países del norte de Siria y no sólo sobre ellos. Surge este reino en todo su esplendor imperialista de la mano del rey guerrero Saustatar, que se apoderó de Assur, la capital asiria, y cerró las rutas del Tauro a los hititas, de manera que sus dominios se extendieron desde la costa mediterránea de Siria hasta la cordillera de los Zagros y desde el sur de Anatolia hasta el norte de Babilonia.

Egipto y Mitanni competían por los recursos naturales de Siria y su acceso al mar, pero como ninguno era capaz de sacar provecho de los enfrentamientos, en el último tercio del siglo XV decidieron sellar una alianza rubricada con el matrimonio de una princesa mitania con el faraón. A este trato se unieron, mediante juramentos, pactos matrimoniales, cartas, embajadores y regalos, el País de Hatti, Babilonia y territorios más pequeños, como Alasiya (Chipre) y Kizzuwatna (Cilicia). Fue una época en la que todos se consideraban “hermanos” y se enviaban cartas muy conciliadoras, casi amorosas, un triunfo de la diplomacia, en la que Hatti llegaría a ser maestra de naciones.

A mediados del siglo XIV, el rey hitita Suppiluliuma entra en escena e intenta aislar diplomáticamente a Tusratta, rey de Mitanni, previamente a un ataque a gran escala contra él y sus territorios vasallos y aliados. Para ello intensifica las relaciones amistosas con Egipto, cuyo trono estaba ocupado por Akenatón, antes de hacerse con Alepo y ocupar y saquear la capital mitania, Wassukkanni. Tusratta tuvo que dividir sus fuerzas para defender su territorio de los ataques hititas y de los asirios, que empezaban su recuperación. Tras su derrota, huyó y fue asesinado por su propio hijo, con lo que Mitanni prácticamente desapareció.

Cuando un príncipe hitita pudo ser faraón de Egipto

Con Egipto a punto de atacar Carkemish y prácticamente en pie de guerra contra Hatti, se produce uno de los episodios más extraños de la historia del antiguo Oriente Próximo. Suppiluliuma recibe una carta urgente de la reina de Egipto, esposa de Tutankamón, en la que le comunica que su marido ha muerto y le pide que le envíe a uno de sus hijos para convertirlo en su esposo, ya que no tiene hijos. El rey hitita desconfía de la propuesta y manda al copero real Hattusa-ziti a Egipto para que obtenga pruebas de que no le están engañando. Lo extraordinario es que la propuesta de la reina egipcia no era una simple alianza matrimonial, sino el ofrecimiento del trono de su reino a un príncipe extranjero.

En la primavera siguiente Hattusa-ziti volvió a la corte hitita en Hattusa, acompañado por Hani, un emisario especial de Egipto que le entrega una carta de la reina en la que le reprocha amargamente que no la crea y le asegura que la propuesta sólo se la había presentado al rey de Hatti. Suppiluliuma temía que si enviaba a su hijo, éste se convirtiera en un rehén de los egipcios, pero al final acepta y envía a su cuarto hijo, un joven llamado Zannanza, para desposar a la reina. El asunto no pudo terminar peor: el hijo enviado para casarse fue asesinado durante el viaje.

El dolor y la ira de Suppiluliuma no tuvo límites y en ese mismo momento comenzó a preparar su venganza contra Egipto, a pesar de que el nuevo faraón, Ay, le aseguró que era inocente y que quería una reconciliación. El rey hitita envió a su ejército bajo el mando de su hijo Amuwanda, que cruzó las fronteras egipcias en Siria, atacó las poblaciones a su paso y tomó miles de prisioneros que fueron trasladados hasta Hatti, lo que constituyó un episodio irónicamente trágico: los prisioneros llevaban consigo una epidemia que durante veinte años hizo estragos en Hatti y diezmó su población. Suppiluliuma y Amuwanda, que le sucedió en el trono apenas durante un año, fueron también víctimas de la peste.

Al invadir tierras egipcias, Suppiluliuma había actuado contra los términos de su tratado con Egipto, de modo que los dos mil dioses y diosas de ambos países que servían como testigos se veían obligados a “destruir la casa, la tierra y los servidores” del rey que había faltado a su palabra y cometido un acto impío, por lo que hicieron caer una plaga sobre Hatti. Con el tiempo y con las oraciones al dios de la Tormenta, la peste amainó, pero siempre quedó en la memoria de los gobernantes que no debía contrariarse a los dioses, que todo lo ven.

La segunda parte de todo esta rivalidad entre Egipto y Hatti se dilucidó en la famosa batalla de Kadesh, cincuenta años después. Tuvo lugar en el 1274 y su resultado está recogido en los muros de cinco templos egipcios, entre ellos el de Abu-Simbel. A pesar de que Ramsés se glorificó a sí mismo como gran vencedor, las consecuencias de la batalla no dicen eso y, a largo plazo, Muwatalli, el rey hitita, no fue el perdedor. Ramsés partió tras la batalla hasta el país de Aba, adonde fue perseguido por los hititas y el país conquistado. En los dos años siguientes, gobernantes locales de Canaán y Palestina desafiaron abiertamente la autoridad egipcia.

Achaia, el país de los aqueos, el quinto en discordia

Durante el reinado de Mutawalli hace su aparición la misteriosa potencia marítima llamada Ahhiyawa por los hititas. Sus gobernantes aparecen en las listas de los grandes reyes del Bronce Tardío contenidas en las comunicaciones de los hititas y en relación con los conflictos surgidos en los países del oeste de Anatolia. En la década de 1920, Emil Forrrer afirmó que Ahhiyawa era el modo hitita de escribir el nombre griego Achaiwia, una forma arcaica de Achaia, el país de los aqueos a los que se refiere Homero en la Ilíada. El término debió usarse en referencia al mundo micénico, o al menos a parte de ese mundo. Con el tiempo la vinculación Ahhiyawa-micénico se ha vuelto más convincente.

Los aqueos podrían ser considerados como ‘el quinto en discordia’, después de egipcios, mitanios, hititas y asirios, utilizando una expresión del teatro que designa a aquellos personajes que sin ser los protagonistas de la obra ni los villanos, son igualmente importantes para el desenlace de la trama. Aunque fueron los últimos en intervenir en los asuntos de la costa asiática, dejaron una impronta peculiar porque sus acciones perduraron a lo largo de los siglos gracias a la inclusión poética de guerreros aqueos en Troya, recogidos en la Ilíada.

Ahhiyawa fue una potencia principal del Bronce Tardío, cuyo rey había acordado con los hititas un estatuto similar al de los otros grandes gobernantes de la Edad de Bronce -los reyes de Egipto, Babilonia, Asiria y Mitanni. Aparece en Anatolia en el siglo XV en el transcurso de una operación militar dirigida sobre esta región por Attarsiya, ‘el hombre de Ahhiya’ (forma más antigua que Ahhiyawa) con infantería y una fuerza de cien carros. A partir de ese momento se produce una creciente implicación de esta potencia en los asuntos de Anatolia occidental, pero nunca mediante una ocupación de territorios.

En el siglo XIII, la estrategia de Ahhiyawa fue la de apoyar a destacados disidentes de la autoridad hitita en los estados de Anatolia occidental porque, al igual que Egipto y Hatti, pretendía consolidar su influencia en la zona mediante el establecimiento de una red de estados vasallos bajo el mando inmediato de gobernadores locales con el objetivo de acceder a recursos demandados en Grecia, como esclavos, caballos y metales.

A finales del siglo XIII, un renegado hitita de alta cuna llamado Pijamaradu, que había caído en desgracia ante el rey Muwatalli II, huyó hacia el oeste, donde comenzó a construir su propio reino entre los territorios occidentales sometidos a los hititas, probablemente con el apoyo del rey de los aqueos. Su hija se casó con Atpa, el gobernante vasallo de Ahhiyawa en Milawanda (Mileto para los griegos), que estaba bajo la influencia micénica desde hacía ya un siglo como resultado de una concesión hitita que pretendía frenar las ambiciones de la potencia aquea, probablemente mediante un tratado formal. Pijamaradu consiguió, durante los primeros años de su rebelión, controlar el País de Wilusa (Ilios para los griegos). Muwatalli reconquistó Wilusa, pero Pijamaradu eludió su captura y fue a refugiarse junto al rey de Ahhiyawa. Poco después, el rey hitita suscribió un tratado con Alaksandu, reconocido ocupante del trono de Wilusa. Todo esto ocurrió entre 1295 y 1272.

No terminaron entonces los problemas con Pijamaradu, que prosiguieron durante el reinado de Hattusili. La llamada carta de Tawalawa, escrita por este rey a su homólogo aqueo, exige la entrega del renegado, que había escapado a Milawanda. Entonces Hattusili entró en Milawanda, pero aún no fue sometida al control hitita. Fue con su hijo, Tudhaliya I (1237-1209), cuando se rebela el Reino de Seha a instancias de Ahhiyawa y se establece un régimen prohitita en Milawanda, con lo que las actividades aqueas quedaron totalmente suprimidas y su rey fue borrado de las listas de reyes ‘hermanos’ que tenían su mismo rango.

Las relaciones entre Ahhiyawa y Hatti llevan inevitablemente a la guerra de Troya (ciudad identificada como Ilios/Willios/Wilusa, uno de los reinos vasallos de Hatti). Trevor Bryce recuerda que las fuentes escritas anatólicas no proporcionan pruebas de un único ataque de invasores griegos sobre un reino de Anatolia que condujera a una posterior destrucción de ese reino, sino más bien a un cierto número de ataques limitados, realizados durante varias décadas y quizá una ocasional ocupación del reino asediado. Las fuentes griegas, por su parte, asignan varias fechas a la guerra de Troya, en su mayoría entre el siglo XIV y los comienzos del XIII. La intervención micénica en el oeste de Anatolia alcanzó su cima en el mismo periodo, pero la historia del conflicto entre griegos micénicos y nativos anatolios en el oeste de la península retrocede al menos hasta principios del XIV, con Attarsiya, quizá la manera hitita de escribir Atreo, un nombre llevado en la tradición griega por uno de los primeros gobernantes de Micenas.

Los asirios acaban con lo que quedaba de los mitanios y atacan a los hititas

El uso de la diplomacia para evitar conflictos se extendió durante todo el reino hitita, pero seguramente fue con Hattusili III y su esposa Puduhepa cuando alcanzó sus mejores momentos. Este monarca dio un golpe de estado y sustituyó a su sobrino Urhi-Tesub, que se refugió en la corte de Ramsés II. El nuevo monarca pasó todo su reinado intentando convencer de su legitimidad como gobernante al resto de las naciones. Tras subir al trono, estableció una alianza con el rey de Babilonia, formalizó su relación con el rey amorreo Bentesina, pactó un doble matrimonio con las casas reales de Amurru y de Babilonia y dos hijas de Hattusili se convirtieron en esposas de Ramsés. La correspondencia entre Ramsés y Puduhepa es abundante y el tratado firmado con Egipto lleva el nombre del rey y de la reina hititas.

El tratado, traducido por Champollion y del que se halló una copia en las tablillas encontradas en Hatussa, no le sirvió al reino de Hatti en su enfrentamiento con Asiria. Gobernada por Adad-Nirari, acabó con Hanigalbat, nombre del pequeño territorio que quedaba del antiguo reino de Mitanni, y obligó al rey hitita a reconocerle como a un igual, como un ‘Gran Rey’. Hattusili no estaba muy convencido, pero al final tuvo que reconocer la soberanía asiria sobre los territorios conquistados. Sattuara, descendiente del rey mitanio destronado, se rebeló contra Asiria y Salmanasar capturó, saqueó y masacró sus ciudades; tomó miles de prisioneros y dejó por escrito lo que sería la estrategia comunicativa de terror que caracterizó al imperio asirio durante siglos: “Masacré sus hordas, pero catorce mil de ellos seguían vivos, los cegué y me los llevé”.

El enfrentamiento entre Asiria y Hatti prosiguió con sus sucesores. Tukulti-Ninurta atacó los estados de Subari, territorio que controlaba las rutas más importantes que conducían a través del Éufrates a Anatolia y las estratégicas minas de cobre de Ergani-Maden. Thudaliya, el rey hitita, impuso sanciones sobre los mercaderes asirios, con quienes prohibió negociar a sus estados vasallos, pero sólo sirvió para fortalecer la resolución asiria de obtener el acceso sin restricciones a los puertos del Mediterráneo. El enfrentamiento militar en Niriya dio la victoria de Asiria, pero en lugar de seguir combatiendo a los hititas, los ejércitos de Ninurta se dirigieron a la conquista de Babilonia, que no ofrecía ninguna recompensa y cuyo control dilapidó los recursos asirios.

Las últimas crónicas y el colapso

Los últimos registros históricos informan de las batallas navales que el reino de Hatti protagonizó con su su rey Tudhaliya en las costas de Alasiya (Chipre) para asegurarse sus abundantes recursos de madera y cobre, impedir una amenaza en el suministro de grano al reino y evitar que bases navales fueran tomadas por fuerzas enemigas, quizá aquellas que formaban parte de los Pueblos del Mar y que pronto figurarán en los registros egipcios.

Nadie que hubiera vivido en Micenas, Egipto o Hattusa en 1230 habría podido reconocer su mundo cien años después. Egipto había perdido la mayor parte de sus territorios extranjeros, Hatti no existía y Hattusa estaba en ruinas, el esplendor del mundo micénico era solamente un recuerdo, el comercio se había suspendido en Alasiya y los grandes puertos situados a lo largo de la costa del Mediterráneo, incluido el gran emporio de Ugarit en el norte habían quedado reducidos a cenizas y las ciudades del interior, abandonadas.

Terremotos, prolongadas sequías, escasez de alimentos o el colapso de los sofisticados reinos del Oriente Próximo contribuyeron a la llegada de los llamados Pueblos del Mar, quizá movimientos migratorios en busca de nuevas tierras y alimentos que barrieron Anatolia, Siria y Palestina y sólo fueron detenidos en Egipto por Ramsés III.

Lecturas

-Trevor Bryce, El reino de los hititas, Cátedra, 1998.

-David Solar, Cavernas, pirámides, imperios, Espasa 2011.