La Ciudad de los Césares, mito de náufragos y desaparecidos

Ni las Amazonas ni las Ciudades de Cíbola ni Santiago Matamoros eran leyendas propias del nuevo continente, en el que se buscó de todo, desde la Fuente de la Juventud al Paraíso Terrenal, pero pronto surgieron mitos autóctonos como la leyenda de El Dorado o la Ciudad de los Césares.

Conocida también como Ciudad Encantada de la Patagonia, Ciudad Errante, Elelín, Lin Lin, Trapalanda y Trapananda, nace este mito por la supuesta cercanía del gran Imperio de los Incas y se renueva a lo largo del tiempo alentado por la búsqueda de explicaciones sobre el destino de soldados y colonos que naufragaron en el sur del continente o fueron abandonados como resultado de motines o por fuerza mayor.

La primera referencia sobre la existencia de esta ciudad mítica se remonta a la expedición del explorador italiano Sebastián Caboto en busca de la legendaria Sierra de la Plata. El objetivo primero de la expedición, que salió de España en 1526, consistía en atravesar el Estrecho de Magallanes y llegar a las islas Molucas, el archipiélago indonesio rico en especias, pero durante su escala en Santa Catarina (Brasil) Caboto escuchó rumores sobre la existencia de una civilización oculta y extraordinariamente rica. Dos supuestos náufragos de la expedición de Juan Díaz de Solís al Río de la Plata en 1516 le relataron la aventura de un tercer compañero de penalidades, Alejo García, que tras el naufragio se había internado hasta la Sierra de la Plata, en el actual altiplano boliviano, donde halló grandes riquezas pero fue asesinado por los indios en el camino de regreso.

Todos estos testimonios convencieron a Caboto para abandonar la misión original en busca de las prometedoras riquezas del Potosí y envió a uno de sus capitanes, Francisco César, a la cabeza de una expedición a las tierras del interior en 1528. Para cubrir más terreno, la expedición se dividió en tres columnas que penetraron en la jungla: de dos de ellas nada se volvió a saber y la de César cubrió más de mil quinientos kilómetros hacia el noroeste en un viaje de tres meses.

La relación oficial del viaje se perdió y lo que se sabe procede de un español que dijo haber conocido a César en Perú y que éste había regresado de la expedición cargado de oro, plata y tejidos exóticos procedentes de una ciudad oculta. Posiblemente Caboto ni le creyó porque decidió regresar a España, tras el ataque y destrucción del fuerte de Sancti Spiritu, que había servido como base a la expedición, y no mandó a nadie más en busca de la fabulosa ciudad.

Así nació la leyenda de la Ciudad de los Césares, a la que contribuyó el que se hiciera pública su pretendida existencia durante el juicio a Caboto en Sevilla, acusado de haberse desviado de su misión, aunque hay indicios de que el propio Francisco César estaba en España en 1530 al figurar como testigo en el juicio contra Sebastián Caboto.

En estos años tiene lugar la conquista y destrucción del Imperio Inca, de lo que nace la extravagante idea de que un grupo de nobles y altos dignatarios consiguieron huir y establecerse en el interior, atravesando los Andes, en un lugar ya establecido de antemano, pensado para acogerles en el caso de que necesitaran un retiro dorado. Allá se fue Almagro para descubrir que no había ni oro ni grandes ciudades como las del Perú, sino cuevas y aldehuelas y nativos que vestían pieles de animales y comían raíces, yerbas y granos silvestres. El regreso fue aún peor: para alejarse de los Andes atravesaron el desierto de Atacama.

Naufragios y desaparecidos

La intriga de los césares se intensificó por las frecuentes desapariciones de expedicionarios en la peligrosa región a lo largo del siglo XVI. En 1534, el portugués Simón de Alcazaba se lanzó a tomar posesión de las tierras que la Corona española le había concedido: Patagonia, sur de Chile y Tierra de Fuego. Lo intentó a pie, a través de llanuras inhóspitas, vegetación raquítica y vientos huracanados, sin hallar el tesoro de algún supuesto Inca que iban buscando. Un grupo de expedicionarios se amotinó y Juan Arias, el instigador, dio muerte a Alcazaba. Quiso hacerse pirata pero otros se lo impidieron y la discordia produjo nuevos crímenes, de manera que los primeros amotinados fueron apresados: unos degollados, otros ahorcados y los más abandonados en tierra. De los que nunca aparecieron se dijo que habían encontrado la Ciudad de los Césares.

Lo mismo se dijo de los 150 hombres de la llamada expedición del obispo Plasencia porque éste, personaje bien acomodado en la corte española, corrió con los gastos, y que fueron abandonados en el estrecho de Magallanes en 1540 tras el naufragio de la nave capitana. No hubo manera de rescatarlos: el segundo barco fue arrastrado hacia el sur por los temporales y las corrientes y el tercero consiguió llegar a Perú en muy malas condiciones.

Nunca más volverían a ser vistos pero corrieron rumores de que, en su camino hacia el noroeste, vencieron en combate a los indios nativos y fundaron la famosa ciudad que llamaron Trapalanda, Ciudad Encantada de la Patagonia o Ciudad de los Césares. Su patriarca fue uno de los náufragos: Sebastián Argüello.

El informe de un particular de esta misión describía una ciudad en torno a un lago y narraba la historia de dos españoles supervivientes que habían sido acogidos por una tribu india hasta que, en 1567, construyeron y fundaron la Ciudad de los Césares. El virrey creyó este relato apócrifo y llegó a escribir al rey de España para pedirle que enviara sacerdotes a aquella zona.

Lo que sí existió fue una falsedad intencionada: la de que el estrecho de Magallanes se había cerrado. Y fue propalada por la diplomacia española para evitar que otras naciones bordearan el continente americano con destino a las islas de las especias. José de Acosta escribe que “el estrecho, que en la mar del Sur halló Magallanes, creyeron algunos, o que no lo había o se había cerrado y hoy hay quien dice que no hay tal Estrecho, sino que son islas entre la mar porque lo que es tierra firme se acaba allí y el resto es todo islas y al cabo de ellas se junta el un mar con el otro amplísimamente”. Se llegó a dar por verídico que una “horrenda borrasca” que levantó una isla del fondo del mar, la había colocado en la boca del Estrecho.

Esta hipótesis interesada se mantuvo durante veinte años, abonada por los desastres y naufragios de diversas expediciones, desde 1558 a 1578, hasta que Francis Drake cruzó el estrecho de este a oeste y realizó la segunda vuelta al mundo.

La extraordinaria aventura de Sarmiento de Gamboa

Pero la leyenda de la Ciudad de los Césares continuó viva durante algún tiempo. En 1585, en otra expedición desgraciada, concebida para evitar que los ingleses se hicieran con esta zona tan estratégica, más de trescientos colonos y soldados fueron abandonados en las isletas del estrecho de Magallanes.

Sarmiento de Gamboa, el jefe de la expedición y responsable del proyecto de colonización y fortificación, se esfuerzó en socorrerlos pero le fue imposible. Manda pedir refuerzos a España pero no le hacen caso, por lo que decide allegarse a la Corte y pedir ayuda, pero en el viaje es apresado por Walter Raleigh y llevado preso a Inglaterra. El rey Felipe II paga su rescate pero, al atravesar Francia, Sarmiento de Gamboa cae en manos de los hugonotes y pasa más de tres años en un calabozo. De nuevo es rescatado por el rey y llega a España en parihuelas. Pide ayuda en la Corte para socorrer a sus colonos pero nadie se acuerda de ellos y, después de 1591, fecha de su último Memorial al Rey, se pierde su rastro.

En 1587, según el corsario inglés Thomas Cavendish, sólo quedaban cincuenta pobladores en una de las dos ciudades fundadas por Sarmiento de Balboa; en la otra sólo cadáveres. Pero estos colonos pasarían a engrosar la leyenda de la ciudad de los Césares y nuevas expediciones irían en su búsqueda: la última fue enviada por el gobernador de Chile en 1791.