El caníbal como bárbaro, griegos vegetarianos y el buen salvaje

Ulises en la cueva

Ulises desembarca en la isla de los cíclopes, criaturas feroces cuyo nombre significa ‘el del ojo en forma de anillo’, un círculo concéntrico que lucían en medio de la frente. Habían olvidado el arte de la herrería que aprendieron sus antepasados y se habían convertido en pastores sin leyes ni sociedad, viviendo separados entre sí, huraños a toda compañía, en cavernas excavadas en la montaña.

Polifemo era hijo de Poseidón y uno de los cíclopes más afectos a la carne humana para desgracia de los guerreros que volvían a sus hogares tras la guerra de Troya y que fueron sorprendidos por el cíclope dentro de su gruta, en la que habían entrado de forma insensata. Nada más descubrirlos, Polifemo cogió a dos de ellos por los pies y los estrelló contra el suelo para después devorarlos hasta dejar sus huesos pelados; a la mañana siguiente mató a otros dos para que le sirvieran como desayuno y de nuevo, por la noche, hizo lo mismo con otro par de compañeros de Ulises. No es el único episodio de antropofagia de la Odisea: tras escapar de los cíclopes, Ulises y sus compañeros caen en manos de otros comedores de hombres, los lestrigones.

Cíclopes y lestrigones no son humanos, sino gigantes, y por eso no se les puede calificar de caníbales, de la misma forma que los leones cuando devoran individuos de otras especies no lo son y cuando comen hombres son antropófagos, en tanto que el dios Crono, al devorar a sus propios hijos, se convertiría en un caníbal pero no en un antropófago. El término ‘caníbal’ procede de un error por parte de Colón que escucha o quiere escuchar ‘caniba’, término que le suena a súbdito del Gran Kan, cuando lo que le dicen los taínos, según cuenta Bartolomé de las Casas, es que los ‘caribe’ o ‘cariba’ son indígenas feroces que habitan en islas del entorno, vecinos que incursionan violentamente en su territorio y que se comen a sus prisioneros.

Está claro que la antropofagia, o canibalismo para mayor precisión, existía antes de la llegada de los españoles a las Indias y que probablemente el tabú que prohíbe la ingestión de carne humana sea uno de los más antiguos y más extendidos en casi todas las culturas que han relacionado este fenómeno con lo salvaje y lo bárbaro, con comportamientos perturbados y, en el mejor de los casos lo han justificado en situaciones de extrema necesidad.

Existe aún entre nosotros un temor ancestral a ser comido, tal vez inscrito en la memoria de la especie, de cuando éramos unos agresivos simios que huían de depredadores más feroces o se comían los unos a los otros. Los cuentos populares están repletos de ogros, trolls y sacamantecas, personajes muy relacionados con lo primitivo y lo elemental. Sin embargo, en época reciente han aparecido caníbales gourmets, cuyo representante más conspicuo es Hannibal Lecter, la criatura del escritor Thomas Harris llevada al cine con gran éxito, que si bien es claramente un perturbado, presenta una faceta sofisticada y elegante, es doctor en psiquiatría, aficionado a la música clásica y también a los sesos humanos, un manjar cuya degustación potencia el placer si se consume mientras se conversa amablemente con el propietario.

La visión refinada del canibalismo no existió en la antigüedad grecolatina, que lo consideraba como un retorno a la barbarie de los primeros tiempos: dice Hesíodo que el sentido de la justicia que Zeus dio a los hombres nos hizo diferentes de las bestias, que se caracterizan por comerse entre sí. En la mitología griega se narran varios episodios de canibalismo, aunque muy antiguos y de carácter ritual, como el que se refiere al sacrificio anual de un niño que, tras actuar como sustituto del rey Minos durante un único día, era comido crudo, en la antigua Creta.

También se cuenta cómo Zeus se enfadó mucho con Licaón cuando en su honor sacrificó un niño en la Arcadia; sus hijos continuaron cometiendo crímenes y Zeus, disfrazado de viajero, fue a visitarlos. Le sirvieron una sopa en la que mezclaron las vísceras de su hermano Níctimo con otras de ovejas y cabras. El dios olímpico no se dejó engañar y en venganza los convirtió a todos en lobos, pero no se quedó conforme y ordenó un gran diluvio para borrar de la faz de la tierra a todos sus habitantes. Sólo Deucalión y Pirra se salvaron porque siguieron el consejo de Prometeo y construyeron un arca, aunque de poco sirvió el castigo porque los repobladores de la Arcadia volvieron a sacrificar niños y a comerse sus vísceras. Esta práctica convertía a los caníbales en lobos que aullaban en manadas sin poder recuperar su condición humana durante ocho años.

Estas historias, dice Robert Graves, “no son tanto un mito como una anécdota moral que expresa la repugnancia que provocaban en las zonas más civilizadas de Grecia las primitivas prácticas canibalísticas de Arcadia” y que, según Plutarco, eran consideradas “bárbaras y antinaturales”. Bárbaro en Grecia es el pueblo que desconoce el trigo, el olivo y la vid. Hombres de los primeros tiempos que, según el poeta del siglo III a. C. Melquión, tenían un modo de vida semejante al de las bestias y vivían en cavernas, desconocían la agricultura, sólo “la carne les daba sustento y por ello se mataban los unos a los otros”.

Aunque en este pasaje se habla de canibalismo, existe en la tradición griega un rechazo al consumo de carne, proceda de la misma especie o no. Se pensaba que su consumo volvía a los hombres violentos y proclives al asesinato y era la evidencia más palpable de la superioridad de los dioses sobre los mortales, porque no utilizaban el derramamiento de sangre para alimentarse de cadáveres, sino que su inmortalidad se debía a la ingestión de néctar o ambrosía, una especie de fluido etéreo que se producía en el Jardín de las Hespérides y que era transportado al Olimpo por palomas.

Según el orfismo, el ser humano se hallaba en el mismo nivel de los animales, sin ley alguna excepto la del más fuerte hasta que Orfeo ofreció a los hombres los dones de la agricultura y éstos dejaron de comer carne impura y de manchar de sangre el altar de los dioses. Los pitagóricos, al igual que los órficos, por su creencia en la metempsicosis, consideran que los animales participan de un alma que se reencarna sucesivamente y está presente en cualquier cuerpo vivo, lo que les obliga a rechazar todo tipo de carne porque su consumo sería una práctica caníbal y así, abanderan sin complejos una dieta absolutamente vegetariana, aunque la creencia que profesaban los antiguos acerca de que las habas contenían el alma de los difuntos, constituía una excepción en el mundo comestible de las plantas herbáceas. Se cuenta que Pitágoras, perseguido por sus enemigos, se negó a entrar en un campo de habas y fue capturado y muerto.

A pesar de que los estoicos Crisipo y Zenón consideraban que no había inconveniente alguno en utilizar los cadáveres humanos como alimento, esta práctica constituía para los griegos la maldad suprema porque suponía renunciar a la condición humana. Cuando los europeos llegan al continente americano crean un imaginario caníbal asociado a los indígenas que les servirá para deshumanizarlos y justificar su aniquilación. Ya lo habían experimentado en su territorio: herejes, judíos y brujas fueron acusados en los países cristianos de Europa de prácticas antropófagas porque se pretendía hacer de los disidentes una especie ajena a la humana.

Sin embargo, no todos los europeos menospreciaban a los pueblos primitivos. Sorprendentemente, en el siglo XVI, cuando miles de ciudadanos del Viejo Mundo marcharon a colonizar los nuevos territorios, Michel de Montaigne se presenta como precursor de la defensa del ‘buen salvaje’, idea que experimentará un importante auge en la Edad Moderna. En uno de sus ensayos, titulado ‘De los caníbales’, cuenta que ha conocido a un hombre que durante más de diez años vivió en lo que se llamó durante un tiempo la ‘Francia Antártica’, una colonia francesa en el actual Río de Jaaneiro que no prosperó, y de él obtuvo información sobre las costumbres de los indígenas, que no le parecieron en absoluto bárbaras, sino acordes a las leyes naturales y alejadas de la banalidad e injusticia de la civilización.

Menciona el canibalismo y cómo se realiza exclusivamente con los prisioneros, que viven durante tres meses a cuerpo de rey y deseando que los ejecuten. Les asan y se los comen entre todos e incluso envían trozos a los amigos ausentes. Montaigne reconoce la “barbarie y el horror” que supone comerse al enemigo, pero considera “más bárbaro aún comerse a un hombre vivo que comérselo muerto; desgarrar por medio de suplicios y tormentos un cuerpo todavía lleno de vida, asarlo lentamente, y echarlo luego a los perros o a los cerdos” con el agravante de que “para la comisión de tal horror sirvieron de pretexto la piedad y la religión”. Concluye que nosotros, los civilizados, “les sobrepasamos en todo género de barbarie”.

Esta visión un tanto idílica del prisionero que, alegre y satisfecho, se presta a convertirse en festín del vencedor no es totalmente cierta. Los actos de canibalismo recogidos por los observadores son, en muchas ocasiones, insoportablemente crueles. Existen testimonios, como el de Hans Staden, un marino alemán que naufragó en la costa de Brasil y pudo observar los sacrificios rituales de los tupinambas, o el de los jesuitas que en Canadá fueron testigos de una ceremonia similar por parte de los hurones. Mención aparte merecen los sucesos en el imperio méxica, que van más allá del ritual propio de un sacrificio humano habitual en sociedades preestatales que carecen de infraestructura para mantener a prisioneros como esclavos o sirvientes, para convertirse en imperio caníbal” basado en la distribución cotidiana de proteínas humanas, según la polémica tesis del antropólogo Marvin Harris.

Una visión interesante de todo este asunto es la de Claude Lèvi-Strauss. En un artículo publicado en 1993, “Todos somos caníbales”, afirma que el canibalismo -alimentario, político, ritual o terapéutico (por ejemplo, los trasplantes de órganos)- es un concepto subjetivo, una “categoría etnocéntrica”: no existe si no a los ojos de las sociedades que lo proscriben. “Toda carne, sea cual fuera su procedencia, es un alimento caníbal para el budismo, que cree en la unidad de la vida. A la inversa, en África y en Melanesia, hay pueblos que hacían de la carne humana un alimento como cualquier otro, cuando no el mejor, el más respetable, el único que ‘tiene un hombre’, decían”.

También los griegos adoptaron un relativismo que hoy nos parece muy actual. En el libro III de su “Historia”, Heródoto, tras referirse al insensato Cambises, rey de los persas, que se comportaba de forma impía, haciendo burla de las creencias de otros pueblos y de sus dioses, afirma que, si se diera la oportunidad a cualquier hombre en el mundo para poder elegir las leyes y usos de otros pueblos tras ser informado convenientemente, siempre acabaría prefiriendo los de su nación porque no hay nadie que no piense que lo de su patria es lo mejor.

Y cuenta que “en cierta ocasión hizo llamar Darío a unos griegos, sus vasallos, que vivían junto a él, y habiendo comparecido les preguntó cuánto dinero querían por comerse a sus padres una vez fallecidos. Respondiéronle que ni por todo el oro del mundo lo harían. Llama inmediatamente después a unos indios llamados calatias, entre los cuales es normal comerse el cadáver de los propios padres. Estaban allí presentes los griegos y Darío pregunta a los indios cuánto querían por permitir que se quemaran los cadáveres de sus padres y ellos suplicaron a gritos que no dijeran por los dioses semejante blasfemia”.

Lecturas

– Robert Graves, “Los mitos griegos”, RBA 2005

– Herodoto, “Los nueve libros de la Historia”, Edaf 2006

– Miguel de Montaigne, “Ensayos”, Penguin Random House, 2014

– Marvin Harris, Caníbales y reyes, Alianza Editorial, 2006

– Claude Lévi-Strauss, “Todos somos caníbles”, Fondo de Cultura Económica, 2013