El viaje que nunca existió: de Mesopotamia a Canaán. La Tierra Prometida

De la ciudad sumeria de Ur partió Abraham con destino a una tierra desconocida cargada de promesas. En ese punto comienza el viaje hacia el norte, que sustituye a la la quietud del Jardín del Edén y a la intemporaldiad del Diluvio, un destino en el que van acumulando cientos de relatos que aportan el contenido de los ciclos repetidos de llegada, exilio y retorno: la conquista de Canaán, el éxodo de Egipto, el regreso y los reinos, la caída de Israel y la deportación a Babilonia, el retorno, la pérdida y la diáspora.

Todo vuelve a empezar una y otra vez pero el comienzo tuvo lugar en Ur, una poderosa ciudad-estado, centro del imperio neosumerio que hacia el año 2112 contenía gran parte de Mesopotamia y que fue destruido por las invasiones de los amorreos, procedentes de los desiertos de Arabia, y de los elamitas, llegados del sur de la meseta iraní. En el Génesis se cuenta que Téraj tomó a su hijo Abraham y a su mujer, Sara, y su otro hijo, Harán, y a su nieto Lot y salieron de Ur de los caldeos para establecerse en Harán, quizá huyendo de la masacre elamita. En esta ciudad Abraham oyó por primera vez la voz de Dios que le dijo: “Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre y vete al país que yo te indicaré. Yo haré de ti un gran pueblo ( ) y por ti serán bendecidas todas las naciones de la tierra”.

El cronista elige la famosa ciudad de Ur como lugar natal de Abraham. En los relatos sobre los orígenes, todos los pueblos intentan prestigiarlos para hacer pasar por bueno lo que no fue más que un principio mediocre e incluso mezquino. Aquí se trata de instituir la figura del padre de la nación, Abraham, de la manera más halagüeña posible y, para empezar, se le sitúa en una de las primeras ciudades de Mesopotamia y último reducto imperial de los neosumerios.

Abraham abandona la ciudad de Harán con Sara, su sobrino Lot, con los esclavos y con el ganado hasta llegar a Siquem, una ciudad de Canaán, donde recibe el segundo mensaje de Dios: “Yo daré esta tierra a tu descendencia”. Después de visitar Betel y erigir un segundo altar, marcha hacia Egipto en busca de fortuna que le proporciona el mismo faraón como compensación por los servicios de Sara en su harén. Vuelven a Canaán, con abundante ganado, oro y plata y el resto de su vida permanecerán en esta tierra prometida pero sin que Dios haga efectiva su promesa. Es entonces cuando tiene lugar la destrucción de Sodoma y Gomorra entre nubes de azufre por orden de Dios que ya no podía soportar esos antros de depravación sexual.

Isaac sucede a Abraham y al primero, Jacob, padre de las doce tribus que dejaron su país natal para buscar refugio en Egipto en una época de grandes hambrunas. La epopeya familiar adquiere a partir de entonces las características de un drama histórico y es el propio Dios de Israel quien desafía al soberano más poderoso de la tierra, el faraón de Egipto, y le obliga a dejar marchar a su pueblo, al que se da a conocer como Yahvé en el Sinaí y al que guía a través del desierto hacia la tierra prometida.

Aquí concluye la narración de la historia de los orígenes de Israel contenida en los cuatro primeros libros bíblicos -Génesis, Éxodo, Levítico y Números. En el quinto, el Deuteronomio, además de establecerse el mensaje religioso definitivo, se suceden los relatos de la conquista de Canaán, la fundación de un gran imperio por el rey David y la construcción del Templo de Jerusalén por Salomón, hasta la destrucción de los dos reinos rivales, el de Israel en el norte y el de Judá en el sur. En esa ocasión Dios echó mano del ejército asirio para devastar al primero en el año 720 aec y de los babilonios un siglo después para acabar con el segundo. No se puede decir que Yahvé no fuera una deidad poderosa: conseguía incluso que le obedecieran los ejércitos enemigos para castigar a su propio pueblo.

Durante mucho tiempo se creyó que la Biblia narraba verdades históricas y se pasaron por alto las versiones diferentes, e incluso contradictorias; la cronología improbable de los acontecimientos; la falsedad de algunos escenarios y la escasa y poco fiable documentación de los compiladores de los textos. Ocurrió que, a finales del siglo VII aec, en tiempos del rey Josías, en Jerusalén, la capital del reino de Judá, un grupo de funcionarios, escribas, sacerdotes y profetas utilizó un conjunto extraordinario de historias orales y escritas, leyendas y cuentos, mitos y poemas para crear un relato más o menos coherente que diera cuerpo a lo que creían que eran las aspiraciones del pueblo judío: la creación de un Dios todopoderoso que les amaba pero también les castigaba cuando le eran infieles; el rechazo radical de todos los dioses que hasta entonces, bien o mal, habían convivido con el suyo y la fijación de las bases de un monoteísmo excluyente que ha llegado hasta nuestros días, además de dejar establecido que Canaán, la Tierra Prometida, les pertenecía por un contrato exclusivo con la divinidad.

Por todas estas razones la Biblia insiste una y otra vez en el origen extranjero del pueblo elegido, desde la salida de Ur hasta la huida de Egipto. El primer patriarca, Abraham, recorrió Canaán en torno al año 1850 aec, vivió como un emigrante y no poseyó tierra alguna hasta que adquirió un terreno para enterrar a su mujer en la cueva de Macpelá, en Hebrón. Esta condición de intruso se repetirá en las generaciones posteriores de patriarcas, depositarios de promesas de una tierra pero que no se cumplieron hasta cientos de años más tarde.

Ninguno de los patriarcas pone en duda el derecho de los cananeos a ocupar su propio territorio, e incluso manifiestan respeto a sus dioses y a sus tradiciones religiosas, actitud que no se mantendrá en absoluto tras el Éxodo y el regreso de los israelitas liberados de la esclavitud en Egipto. El cambio de signo ideológico es notable: se intensifica el sentimiento de que el pueblo israelita tenía un derecho sagrado a una tierra porque le fue prometida por Dios y el derecho a una ‘guerra santa’ justificativa de cualquier agresión que tienda a conseguir esa misma tierra.

Comienza a elaborarse la identidad israelita en los relatos acerca de los patriarcas. Pero la llamada migración amorrea, en la que se situaría la salida de Abraham de Mesopotamia hacia Canaán, resultó ser una ilusión: no existen ni indicios arqueológicos ni similitudes culturales entre ambos territorios. La compilación de los relatos sobre los patriarcas debió hacerse mucho tiempo después y como poco se les puede reprochar su mala documentación: ni Isaac pudo tener un encuentro con Abimelec, rey de los filisteos, en la ciudad de Guerar, porque este pueblo no se estableció en la llanura costera de Canaán hasta después del año 1200 aec, ni había caravanas de camellos cuando José vivía en Egipto porque estos animales no se utilizaron de forma masiva para transportar mercancías hasta después del año 1000 aec.

El relato del éxodo, tan fundamental en la conformación identitaria israelita, tampoco es fiable: ni la esclavitud en Egipto ni la travesía de cuarenta años por el desierto hasta el regreso y conquista de Canaán. Cuando se inicia la reelaboración de los relatos bíblicos, hacia el siglo VII, tras la caída del reino de Israel, el de la huida de Egipto debía ser una historia arraigada en la imaginación judía y cananea desde hacía tiempo como una vigorosa imagen de libertad y resistencia nacional frente a las amenazas de los grandes imperios. Pero no hay nada que confirme que los israelitas se enfrentaran al faraón y que seiscientos mil consiguieran huir sin ningún percance. A menos que pensemos en los hicsos, un pueblo que había estado al servicio de Egipto, como esclavos, trabajadores inmigrantes o soldados fronterizos y que, tras sublevarse contra sus amos, gobernó el norte del país desde el año 1650 al 1550 aec. Avaris, la capital de los hicsos, era demasiado poderosa para que el ejército egipcio que avanzaba desde el sur pudiera tomarla al asalto, así que se llegó a un acuerdo para permitirles que abandonaran el delta sin ser atacados.

Esto explicaría, aunque de forma menos fantástica con el envío de plagas diversas y la apertura de las aguas del Mar Rojo, la huida del pueblo judío del ejército del faraón. El historiador judío del siglo I Flavio Josefo creyó que los judíos eran descendientes de los hicsos y está acreditado que Avaris mantenía estrechos lazos con Canaán, de donde eran originarios. Cuando fueron expulsados de Egipto a su tierra de origen, organizaron un sistema de ciudades-estado que protagonizó uno de los periodos más prósperos de su historia en los comienzos de la Edad del Hierro, entre los años 1200 y 1000 aec.

Es una conjetura, pero probablemente, los hicsos, fueron desvaneciéndose entre la población cananea y formaron, junto a la autóctona, el futuro Israel, que entra en la historia propiamente dicha en torno al año 950 aec. Todo indica que los judíos no aparecieron de repente desde otro lugar, sino que habían vivido en la región durante mucho tiempo. No hubo una invasión violenta en Canaán después del supuesto éxodo de Egipto, hacia el 1200, y Jericó no fue destruida por el ruido de las trompetas que derribaron sus murallas porque en esa época carecía de fortificaciones; tampoco Josué pudo realizar una emboscada a la ciudad de Ay porque ya no existía y en cuanto a la destrucción de Betel, Laquis, Jasor y demás ciudades cananeas hay pruebas de que no fueron los israelitas, sino las convulsiones, guerras y crisis sociales causadas por la irrupción de los llamados Pueblos del Mar.

La supuesta conquista de Canaán ni ocurrió en esos años ni tampoco por la fuerza, sino como consecuencia de una infiltración pacífica y gradual de los israelitas en la sociedad cananea. Se llegó a pensar que los apiru, mencionados en inscripciones y documentos del siglo XIV eran los antepasados de las tribus hebreas de Josué, pero todo indica que no formaban un grupo étnico, sino que constituían una clase compuesta por marginados sociales, desterrados algunos de ellos de las ciudades cananeas, y que se desempeñaban como bandidos e incluso como mercenarios.

Probablemente, el núcleo original de lo que luego sería Israel surgiría en la zona montañosa ocupada por pastores nómadas. Fue resultado del colapso de la cultura cananea, no su causa. Los israelitas surgieron de la propia Canaán y ni hubo un éxodo masivo de Egipto ni travesía del desierto ni conquista violenta de la Tierra Prometida.

Lecturas

Israel Finkelstein, La Biblia desenterrada, Siglo XXI, 2003.

John C.H. Laughlin, La arqueología y la Biblia, Crítica, 2000.