Periodistas españoles en la República de Weimar: Chaves Nogales y Xammar

Chaves Nogales, redactor jefe del ‘Heraldo de Madrid’, realizó un viaje en avión por Europa camino de Bakú, algo más de dieciséis mil kilómetros, en 1928. La primera escala la hizo en París y, aunque el objetivo de sus crónicas era contar cómo les iba a los soviéticos diez años después de su revolución, hizo un repaso, un poco apresurado, de las ciudades y gentes con las que se iba encontrando. Las quinientas pesetas que le entregó el director del periódico, Manuel Fontdevila, para gastos de viaje y que no cubrían ni siquiera el trayecto hasta París, se estiraron lo suficiente para permitirle enviar casi treinta crónicas de sus observaciones por buena parte de Europa. Quizá siguió el consejo de su jefe: pedir dinero en las embajadas y en los consulados.

Llegó a Berlín en agosto de 1928, un año antes de que estallara el mundo financiero y Alemania volviera a los tiempos de penuria e incertidumbre, irracionalidad y violencia que acabarían con la República de Weimar, esa institución que había enraizado profundamente en la conciencia de los ciudadanos alemanes con una “fuerza indestructible” y cuya desaparición resultaba impensable, en la opinión del periodista sevillano. No acertó: en menos de cinco años la Constitución de Weimar se convirtió en papel mojado para dar paso al fuego y al horror del Tercer Reich.

Otro periodista español narró las vicisitudes a las que tuvo que hacer frente la República entre 1922 y 1924, los peores años sin contar los anteriores de posguerra. Eugenio Xammar, corresponsal de ‘La Veu de Catalunya’ y luego de ‘La Publicitat’ llegó a Berlín “un día de invierno, frío y con niebla” y se encontró con un país deprimido en más de un sentido. “Se casó con una prusiana alta y delgada llamada Amanda”, cuenta Josep Pla, con quien hizo tándem en varios trabajos periodísticos, incluida la famosa entrevista a Adolf Hitler unos días antes del putsch de Múnich.

Eran otros tiempos, pero sorprende el diferente criterio de Chaves Nogales y de Xammar en torno a la vigencia de la Constitución de Weimar. “La República en Alemania -escribe Xammar en 1922- se asienta sobre un consenso colectivo lo suficientemente amplio para ser calificado de general, pero sobre el entusiasmo activo de muy pocos ( ) Vive desde hace cuatro años en estado de perpetua defensa”.

Lo primero que le llama la atención al redactor jefe de ‘El Heraldo de Madrid’, cuando en 1928 desciende del avión en un vuelo procedente de Zurich, es la gran cantidad de trenes que agujerean Berlín, convirtiéndola en una ciudad perforada, cuyo símbolo parece ser “un volante y una biela en movimiento”. Durante muchos meses se ha exhibido en los cines una película titulada ‘Berlín 1928’, en la que se reproduce la vida berlinesa a lo largo de todo un día y en la que se suceden las imágenes de ruedas, émbolos y motores, en un homenaje triunfal a la máquina sin alma. Chaves Nogales sentencia que esta manifestación cinemática revela pobreza espiritual y que sólo un idiota como Marinetti puede rendirse ante algo tan inferior.

Quizá sea inferior pero Alemania parece resplandecer tras haber superado una etapa de economía convulsa. Chaves Nogales ve que las familias se divierten, que los pobres aspiran a ser burgueses y éstos a disfrutar como los millonarios. Todo es un frenesí de velocidad, de progreso y, aparentemente, de riqueza. Muy diferente a lo que seis años antes Xammar relataba en sus crónicas con el hundimiento del marco y las reparaciones de guerra, imposibles de ser satisfechas. La riqueza total de Alemania, admitiendo las tasaciones más optimistas, no pasaba de 230.000 millones de marcos oro, una cifra sensiblemente igual a la que debía hacer efectiva como indemnizaciones. Apenas lo valía Alemania entera.

El encarecimiento de la vida aumentaba en torno al cien por cien cada mes en este año de 1922; centenares de miles de familias a duras penas tienen lo necesario para vivir y se evitan gastos como el uso del tranvía, el gas y la electricidad, cuyas fábricas tienen que despedir a buena parte de su personal. Además, la depreciación económica interrumpe la importación de materias primas que antes iban destinadas a la industria alemana. Los desórdenes empezaran en ciudades como Coblenza, donde las mujeres salieron a la calle, indignadas al ver que el dinero de la semana no llegaba ni para lo más indispensable.

La llegada del quinto invierno de guerra, como llama Xammar al año 1923, viene acompañada por la ocupación francesa de la cuenca del Ruhr. El Gobierno alemán espera la intervención de Inglaterra y de los Estados Unidos, que no llega. En quince días el dólar pasa de 10.000 a 25.000 marcos. Los alemanes responden con la resistencia pasiva: cierre de comercios a las fuerzas de ocupación y pequeños sabotajes como cortes de electricidad en sus residencias. El ejército francés procede a realizar detenciones y consejos de guerra que imponen duras penas de prisión.

La propaganda contra los franceses por medio de libelos y carteles es muy intensa en toda Alemania, que teme una ocupación militar indefinida que pueda conducir a la anexión final. Perderá de nuevo la guerra, vaticina Xammar, pero tiene a su favor “la opinión del mundo” que no tuvo durante la gran guerra. Se extiende la convicción de que las exigencias de Francia y la ocupación son inicuas: viajeros británicos y estadounidenses lo reflejan en sus crónicas o en sus diarios. Y en estos tiempos de racismo sin ambages los cronistas afirman que el despliegue de soldados de las colonias francesas, tropas negras, es una humillación consciente a Alemania. Cuentan historias de violaciones y mulatos bastardos y tildan de salvajes sin taparrabos y monos con uniforme a estos soldados franceses. Xammar también toma nota: “Estos soldados negros van y vienen por las calles como si estuviesen en su casa, ríen, gritan, hablan y se hacen los guasones. A veces, cuando están de juerga, se les dispara el fusil y matan a un par de niños. Pero no se puede decir que sean malintencionados”.

El francés se convierte en el enemigo, en el ocupante y en el que está hecho de otra pasta; la animadversión mutua durará decenios, aunque ya venía de antiguo. Chaves Nogales, en sus recorridos por Berlín, se hace acompañar de una señora francesa que hace años que vive en Alemania y que le sirve como contrapunto y freno al estupor que le producen “las sugestiones germánicas” de adolescentes dicharacheras y semidesnudas. Ocurre que a los alemanes les encantan los deportes y los jóvenes son endiabladamente naturales.

El cronista sevillano describe en una de sus crónicas cómo se comportan los adolescentes en la playa artificial que es orgullo del nuevo Berlín y las miradas de quienes les observan mientras cenan o beben champán. Se trata del magnífico espectáculo del Wellenbad, un baño de ola artificial del Luna Park. Dentro del agua, hombres y mujeres fraternizan con una libertad de movimientos y una indiferencia que el latino no entiende, dice, mientras queda extasiado ante las espléndidas mujeres germánicas “ahítas de cerveza y kirsch” que alborotan con sus estruendosas risas. “El alemán de dieciocho años es como un dios joven; a los treinta y cinco, es como un cerdo”, le susurra ‘Madame’, la acompañante “tan en sazón” a sus treinta y cinco años, cuya sensibilidad latina le impide confraternizar con semejantes hunos. Francia es la elegancia y la sensatez de la madurez, en tanto que Alemania es la potencia y la energía indomable de la juventud.

Por otra parte se aprecia en estas crónicas de Chaves Nogales el antisemitismo que inunda gran parte de Europa. Nos cuenta las impresiones que le produce una actuación en el ‘Kunstler Kafee’, un pequeño cabaret en cuyo centro se alza una tarima y sobre ella un piano, donde esa noche ha venido a expresarse un “judío joven, un inconfundible judío, ya un poco en arco el cuerpo a pesar de su juventud; pálidos y brillantes los ojos negros; corva -cómo no- la nariz. Y se ha puesto a recitar contra quienes practican el deporte físico y también contra el káiser y le han aplaudido; luego ha llegado un negro y el público también se ha reído con la ridiculización del viejo emperador ( ) los alemanes se divierten pero los que arremeten contra el viejo imperialismo no son nunca alemanes: son judíos, negros, esclavos… Me falta ver al alemán”.

Con esta visión del espectáculo sería difícil que el señor Chaves pudiera apercibirse del ambiente amenazador de las calles, de la marea parda, de la ascensión del movimiento racista y xenófobo alentado ya en esos años en Berlín por el propio Goebbels: en 1926 había sido nombrado Gauleiter de Berlín-Brandeburgo e inició una frenética actividad de propaganda y asaltos encomendados a sus fuerzas de choque, las SA. En ninguna de sus crónicas Chaves hace mención de los desfiles y de las palizas.

No ocurre lo mismo con Xammar, que relata cómo en Baviera se permite “el somatén monárquico y nacionalista encargado de romperle el cuello a los republicanos, socialistas y judíos, sobre todo a los judíos porque en Baviera todo el año es Jueves Santo”. Es septiembre de 1923 y dos meses después se produce “un espectáculo para turistas”, el ridículo golpe de Estado de Múnich, en el que Hitler entra a una cervecería y con su voz de cornetín pretende dirigirse al público en medio del desorden y el griterío y, al no conseguirlo, “con un gesto completamente norteamericano y cinematográfico levanta la mano al aire y encaja dos tiros en el techo”.

El día anterior, Hitler concedió una entrevista a Eugenio Xammar y a Josep Pla. Tan poca importancia le dieron que se publicó casi quince días después. Del futuro dictador de Alemania, Xammar dice que es “el necio más sustancioso que desde que estamos en el mundo, hemos tenido el gusto de conocer. Un necio cargado de empuje, de vitalidad, de energía; un necio sin medida ni freno. Un necio monumental, magnífico y destinado a hacer una carrera brillantísima”, algo de lo que él “está más convencido que nosotros mismos”.

A lo largo de su monólogo, más que entrevista, Hitler afirma que la única forma de deshacerse de los judíos es expulsándolos de Alemania, pero sin quedarse a medias como hicieron los Reyes Católicos al permitir que los conversos se quedaran en Castilla y en Aragón; no es un problema de religión, sino de raza, proclama Hitler, y todos sin excepción deberán abandonar el país. Añade que el Vaticano es el centro de las intrigas internacionales judías contra la liberación de la raza germánica. Xammar prometió una segunda parte de la entrevista sobre las intenciones en economía de Hitler, que “no tienen desperdicio”, pero no se publicó.

El año 1924 constituye un giro hacia una estabilidad económica y es a partir de 1926 cuando cambia la situación económica en Alemania, que consigue salir de la crisis gracias a los empréstitos internacionales -alentados más de una vez por Xammar en sus análisis de la política y de la economía alemanas- y que se hizo posible gracias al realismo y a la labor diplomática de Stresseman. Sólo diez años después del armisticio, Alemania era ya la segunda potencia industrial del mundo. Chaves Nogales, que llega en 1928, es consciente de la nueva riqueza, de la industriosidad del país y de su modernidad a ultranza, pero parece no observar la extensión del sentimiento nacional herido en todo el espectro político, el descreimiento de la derrota en la Gran Guerra y el deseo de venganza contra los que consideran traidores a la patria; se muestra convencido de que los alemanes han olvidado totalmente la última guerra y no quieren saber nada de aventuras imperialistas.

Eugenio Xammar reflejó el ambiente que podría convertir Alemania en una dictadura reaccionaria, pero se equivocó con Hitler, al que no dio demasiada importancia en esos años y al que consideraba un semianalfabeto, y con su partido “racial”, al que consideraba un partido de dementes. A Chaves Nogales ni siquiera se le pasó por la cabeza que Alemania dejara de ser una república democrática. En los años treinta, ambos coincidirán en Berlín y cambiarán de opinión.

Lecturas

– Eugenio Xammar, El huevo de la serpiente. Crónicas desde Alemania (1922-1924). Acantilado, 2005

– Manuel Chaves Nogales, La vuelta a Europa en avión. Libros del Asteroide, 2012.