El viaje que nunca existió: de Mesopotamia a Canaán. La Tierra Prometida

De la ciudad sumeria de Ur partió Abraham con destino a una tierra desconocida cargada de promesas. En ese punto comienza el viaje hacia el norte, que sustituye a la la quietud del Jardín del Edén y a la intemporaldiad del Diluvio, un destino en el que van acumulando cientos de relatos que aportan el contenido de los ciclos repetidos de llegada, exilio y retorno: la conquista de Canaán, el éxodo de Egipto, el regreso y los reinos, la caída de Israel y la deportación a Babilonia, el retorno, la pérdida y la diáspora.

Todo vuelve a empezar una y otra vez pero el comienzo tuvo lugar en Ur, una poderosa ciudad-estado, centro del imperio neosumerio que hacia el año 2112 contenía gran parte de Mesopotamia y que fue destruido por las invasiones de los amorreos, procedentes de los desiertos de Arabia, y de los elamitas, llegados del sur de la meseta iraní. En el Génesis se cuenta que Téraj tomó a su hijo Abraham y a su mujer, Sara, y su otro hijo, Harán, y a su nieto Lot y salieron de Ur de los caldeos para establecerse en Harán, quizá huyendo de la masacre elamita. En esta ciudad Abraham oyó por primera vez la voz de Dios que le dijo: “Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre y vete al país que yo te indicaré. Yo haré de ti un gran pueblo ( ) y por ti serán bendecidas todas las naciones de la tierra”.

El cronista elige la famosa ciudad de Ur como lugar natal de Abraham. En los relatos sobre los orígenes, todos los pueblos intentan prestigiarlos para hacer pasar por bueno lo que no fue más que un principio mediocre e incluso mezquino. Aquí se trata de instituir la figura del padre de la nación, Abraham, de la manera más halagüeña posible y, para empezar, se le sitúa en una de las primeras ciudades de Mesopotamia y último reducto imperial de los neosumerios.

Abraham abandona la ciudad de Harán con Sara, su sobrino Lot, con los esclavos y con el ganado hasta llegar a Siquem, una ciudad de Canaán, donde recibe el segundo mensaje de Dios: “Yo daré esta tierra a tu descendencia”. Después de visitar Betel y erigir un segundo altar, marcha hacia Egipto en busca de fortuna que le proporciona el mismo faraón como compensación por los servicios de Sara en su harén. Vuelven a Canaán, con abundante ganado, oro y plata y el resto de su vida permanecerán en esta tierra prometida pero sin que Dios haga efectiva su promesa. Es entonces cuando tiene lugar la destrucción de Sodoma y Gomorra entre nubes de azufre por orden de Dios que ya no podía soportar esos antros de depravación sexual.

Isaac sucede a Abraham y al primero, Jacob, padre de las doce tribus que dejaron su país natal para buscar refugio en Egipto en una época de grandes hambrunas. La epopeya familiar adquiere a partir de entonces las características de un drama histórico y es el propio Dios de Israel quien desafía al soberano más poderoso de la tierra, el faraón de Egipto, y le obliga a dejar marchar a su pueblo, al que se da a conocer como Yahvé en el Sinaí y al que guía a través del desierto hacia la tierra prometida.

Aquí concluye la narración de la historia de los orígenes de Israel contenida en los cuatro primeros libros bíblicos -Génesis, Éxodo, Levítico y Números. En el quinto, el Deuteronomio, además de establecerse el mensaje religioso definitivo, se suceden los relatos de la conquista de Canaán, la fundación de un gran imperio por el rey David y la construcción del Templo de Jerusalén por Salomón, hasta la destrucción de los dos reinos rivales, el de Israel en el norte y el de Judá en el sur. En esa ocasión Dios echó mano del ejército asirio para devastar al primero en el año 720 aec y de los babilonios un siglo después para acabar con el segundo. No se puede decir que Yahvé no fuera una deidad poderosa: conseguía incluso que le obedecieran los ejércitos enemigos para castigar a su propio pueblo.

Durante mucho tiempo se creyó que la Biblia narraba verdades históricas y se pasaron por alto las versiones diferentes, e incluso contradictorias; la cronología improbable de los acontecimientos; la falsedad de algunos escenarios y la escasa y poco fiable documentación de los compiladores de los textos. Ocurrió que, a finales del siglo VII aec, en tiempos del rey Josías, en Jerusalén, la capital del reino de Judá, un grupo de funcionarios, escribas, sacerdotes y profetas utilizó un conjunto extraordinario de historias orales y escritas, leyendas y cuentos, mitos y poemas para crear un relato más o menos coherente que diera cuerpo a lo que creían que eran las aspiraciones del pueblo judío: la creación de un Dios todopoderoso que les amaba pero también les castigaba cuando le eran infieles; el rechazo radical de todos los dioses que hasta entonces, bien o mal, habían convivido con el suyo y la fijación de las bases de un monoteísmo excluyente que ha llegado hasta nuestros días, además de dejar establecido que Canaán, la Tierra Prometida, les pertenecía por un contrato exclusivo con la divinidad.

Por todas estas razones la Biblia insiste una y otra vez en el origen extranjero del pueblo elegido, desde la salida de Ur hasta la huida de Egipto. El primer patriarca, Abraham, recorrió Canaán en torno al año 1850 aec, vivió como un emigrante y no poseyó tierra alguna hasta que adquirió un terreno para enterrar a su mujer en la cueva de Macpelá, en Hebrón. Esta condición de intruso se repetirá en las generaciones posteriores de patriarcas, depositarios de promesas de una tierra pero que no se cumplieron hasta cientos de años más tarde.

Ninguno de los patriarcas pone en duda el derecho de los cananeos a ocupar su propio territorio, e incluso manifiestan respeto a sus dioses y a sus tradiciones religiosas, actitud que no se mantendrá en absoluto tras el Éxodo y el regreso de los israelitas liberados de la esclavitud en Egipto. El cambio de signo ideológico es notable: se intensifica el sentimiento de que el pueblo israelita tenía un derecho sagrado a una tierra porque le fue prometida por Dios y el derecho a una ‘guerra santa’ justificativa de cualquier agresión que tienda a conseguir esa misma tierra.

Comienza a elaborarse la identidad israelita en los relatos acerca de los patriarcas. Pero la llamada migración amorrea, en la que se situaría la salida de Abraham de Mesopotamia hacia Canaán, resultó ser una ilusión: no existen ni indicios arqueológicos ni similitudes culturales entre ambos territorios. La compilación de los relatos sobre los patriarcas debió hacerse mucho tiempo después y como poco se les puede reprochar su mala documentación: ni Isaac pudo tener un encuentro con Abimelec, rey de los filisteos, en la ciudad de Guerar, porque este pueblo no se estableció en la llanura costera de Canaán hasta después del año 1200 aec, ni había caravanas de camellos cuando José vivía en Egipto porque estos animales no se utilizaron de forma masiva para transportar mercancías hasta después del año 1000 aec.

El relato del éxodo, tan fundamental en la conformación identitaria israelita, tampoco es fiable: ni la esclavitud en Egipto ni la travesía de cuarenta años por el desierto hasta el regreso y conquista de Canaán. Cuando se inicia la reelaboración de los relatos bíblicos, hacia el siglo VII, tras la caída del reino de Israel, el de la huida de Egipto debía ser una historia arraigada en la imaginación judía y cananea desde hacía tiempo como una vigorosa imagen de libertad y resistencia nacional frente a las amenazas de los grandes imperios. Pero no hay nada que confirme que los israelitas se enfrentaran al faraón y que seiscientos mil consiguieran huir sin ningún percance. A menos que pensemos en los hicsos, un pueblo que había estado al servicio de Egipto, como esclavos, trabajadores inmigrantes o soldados fronterizos y que, tras sublevarse contra sus amos, gobernó el norte del país desde el año 1650 al 1550 aec. Avaris, la capital de los hicsos, era demasiado poderosa para que el ejército egipcio que avanzaba desde el sur pudiera tomarla al asalto, así que se llegó a un acuerdo para permitirles que abandonaran el delta sin ser atacados.

Esto explicaría, aunque de forma menos fantástica con el envío de plagas diversas y la apertura de las aguas del Mar Rojo, la huida del pueblo judío del ejército del faraón. El historiador judío del siglo I Flavio Josefo creyó que los judíos eran descendientes de los hicsos y está acreditado que Avaris mantenía estrechos lazos con Canaán, de donde eran originarios. Cuando fueron expulsados de Egipto a su tierra de origen, organizaron un sistema de ciudades-estado que protagonizó uno de los periodos más prósperos de su historia en los comienzos de la Edad del Hierro, entre los años 1200 y 1000 aec.

Es una conjetura, pero probablemente, los hicsos, fueron desvaneciéndose entre la población cananea y formaron, junto a la autóctona, el futuro Israel, que entra en la historia propiamente dicha en torno al año 950 aec. Todo indica que los judíos no aparecieron de repente desde otro lugar, sino que habían vivido en la región durante mucho tiempo. No hubo una invasión violenta en Canaán después del supuesto éxodo de Egipto, hacia el 1200, y Jericó no fue destruida por el ruido de las trompetas que derribaron sus murallas porque en esa época carecía de fortificaciones; tampoco Josué pudo realizar una emboscada a la ciudad de Ay porque ya no existía y en cuanto a la destrucción de Betel, Laquis, Jasor y demás ciudades cananeas hay pruebas de que no fueron los israelitas, sino las convulsiones, guerras y crisis sociales causadas por la irrupción de los llamados Pueblos del Mar.

La supuesta conquista de Canaán ni ocurrió en esos años ni tampoco por la fuerza, sino como consecuencia de una infiltración pacífica y gradual de los israelitas en la sociedad cananea. Se llegó a pensar que los apiru, mencionados en inscripciones y documentos del siglo XIV eran los antepasados de las tribus hebreas de Josué, pero todo indica que no formaban un grupo étnico, sino que constituían una clase compuesta por marginados sociales, desterrados algunos de ellos de las ciudades cananeas, y que se desempeñaban como bandidos e incluso como mercenarios.

Probablemente, el núcleo original de lo que luego sería Israel surgiría en la zona montañosa ocupada por pastores nómadas. Fue resultado del colapso de la cultura cananea, no su causa. Los israelitas surgieron de la propia Canaán y ni hubo un éxodo masivo de Egipto ni travesía del desierto ni conquista violenta de la Tierra Prometida.

Lecturas

Israel Finkelstein, La Biblia desenterrada, Siglo XXI, 2003.

John C.H. Laughlin, La arqueología y la Biblia, Crítica, 2000.

Reyes, sacerdotisas y corredores de fondo en la ciudad sumeria de Ur

El Diluvio Universal nunca existió, ni siquiera el mesopotámico del que hablan las crónicas de Gilgamesh y repite el Génesis. Aunque el arqueólogo británico Leonard Woolley anunciara en 1929 urbi et orbi que había descubierto evidencias del diluvio de Noé en las excavaciones de la antigua ciudad sumeria de Ur, la inundación no fue en absoluto universal. Hubo al menos dos diluvios en Ur, pero con varios siglos de diferencia. En muchas ciudades del sur de Mesopotamia, pero no en todas, pueden hallarse estratos de diluvios similares pero fechados en distintos momentos. Algunos lugares, como Eridu, la primera ciudad mesopotámica, situada a once kilómetros de Ur, no muestran signo alguno de inundación.

El castigo a los hombres, ya sea por la maldad que tanto ofende a Yahvé o porque impiden el sueño al dios sumerio Enlil, es un mito que se alimenta de medias verdades para dar una explicación más o menos plausible de lo ocurrido cientos o miles de años antes. El mito del Diluvio se añadió posteriormente a la epopeya de Gilgamesh: los mesopotámicos creían que en esos tiempos remotos, anteriores a la aparición en escena de su héroe, se produjo una gran inundación en la región, justo al comienzo del desarrollo de las ciudades, que separó su historia en dos partes. Aunque probablemente los primeros asentamientos sufrieron inundaciones catastróficas y algunas comunidades fueron destruidas y sepultadas bajo el lodo, las ciudades creadas posteriormente no las sufrieron en demasía.

Antes del tercer milenio, los sumerios ya vivían en centros urbanos: Eridu, Ur, Uruk, Larsa, Lagash, Umma, Nippur y Kish. Uruk, en el 3100 (aec) era la ciudad más grande, no sólo de Mesopotamia, sino del mundo entero: estaba rodeada por una muralla de diez kilómetros de perímetro y el número de personas que vivían en ella alcanzaba las 25.000. Como las otras ciudades de su entorno, estaba gobernada por ‘ensi’, príncipes sacerdotes, y la economía dependía del templo, que poseía enormes cantidades de tierras y de animales y cuyos funcionarios iniciaron un sistema de escritura para poder hacer un seguimiento de los bienes con los que se comerciaba.

El Diluvio mesopotámico, señala Paul Kriwaczek, habría ocurrido hacia el año 2900 (aec) y explicaría en términos míticos el comienzo de la escritura como tal y una nueva ideología que impulsó la ciudad-estado y sustituyó la clase sacerdotal por la monarquía hereditaria. Comienza entonces el periodo que los historiadores denominan Dinástico Arcaico, en el que la escritura evolucionó hasta convertirse en un modo de expresar ideas aunque todavía seguía siendo utilitaria, una forma de recordar algo, como el nombre de los reyes y sus hazañas, o para intercambiar saludos o amenazas con otros gobernantes.

Los sacerdotes son sustituidos por los ‘lugal’, término que significa literalmente ‘hombre grande’ y que hace referencia a los reyes seculares y guerreros. La realeza “bajó del cielo”, dice la primera línea de la Lista Real Sumeria, compilada por los escribas mil años después de la aparición de la monarquía, y en la que se reescribe la historia de manera que toda Mesopotamia habría sido gobernada desde una sola ciudad cada vez. Los dioses, que habían creado a los hombres para no tener que trabajar los campos, elaborar los alimentos ni construir sus propios santuarios, querían que la gente fuera gobernada por los reyes e incluso los propios dioses tenían un rey: Enlil, que vivía en la ciudad de Nippur.

Las ciudades entraron en conflicto entre sí a causa precisamente de su éxito. Sus ejércitos se enfrentaron pero las hegemonías de unas y otras se revelaron efímeras. Lagash y Umma estaban rodeadas por varios reinos, incluidos Uruk y Ur por el sur; al norte de Summer, Kish, un reino mucho mayor dominaba la región. Algunas veces, los reyes sumerios conquistaban otras ciudades y asumían el título de “Rey de Kish”, aunque no controlaran la propia Kish.

En este periodo cobra importancia la ciudad de Ur. Lo sabemos por sus Tumbas Reales, descubiertas en 1920 por Leonard Woolley. De las 2.000 mil tumbas, dieciséis incluían una construcción sepulcral subterránea y cada una de ellas albergaba el cadáver de un hombre o una mujer junto con innumerables objetos para su vida en el más allá. Pudieran ser sacerdotes y sacerdotisas o tal vez reyes y reinas pero en cualquier caso eran personas que poseían una riqueza inmensa; enterrados con tocados de oro, copas de plata, mantos rojos y collares de lapislázuli. Pero a su lado también yacían los cuerpos de sus sirvientes, algunos envenenados y otros con señales de violencia.

Hacia el año 2320 (aec), Lugalzagasi, monarca de la ciudad de Umma, se apoderó de Ur, Kish y Uruk. Consiguió la unificación política de todas las ciudades de Summer pero tuvo la mala suerte de que en esa misma época pueblos procedentes del desierto sirio descendieran por el curso del Eúfrates y se establecieran en una zona de la Mesopotamia central, a la que denominaron Acad. Serán los acadios los que, dirigidos por su soberano Sargón, lleguen a Uruk, cuyas famosas murallas construidas por Gilgamesh demolieron; vencieron a una coalición de cincuenta gobernantes de ciudades sumerias y capturaron a Lugalzagesi “Gran Rey de Uruk y de Todos los Países” que, cargado de cadenas fue llevado hasta Nippur, donde se le expuso en una jaula ante el templo de Enlil, dios del viento y de la tierra.

Sargón venció también a Ur “en batalla y castigó a la ciudad y destruyó sus fortalezas”, según reza una inscripción real. Conquistó casi todo lo que es actualmente Iraq y gran parte de Siria, forjando el primer imperio del mundo y revelándose como un maestro en utilizar la religión para legitimar su reinado. No sólo afirmó que era un elegido de los dioses sino que convirtió a su hija en la suma sacerdotisa de Nanna, el dios lunar de la ciudad de Ur. Enheduanna asumió el control de un patrimonio inmenso asociado al templo de Nanna y, con ello, de una buena parte de la economía de Ur. Pero la recordamos porque con su nombre rubricó himnos y plegarias a la diosa Inanna que aún se conservan, de manera que es el primer autor literario del mundo al que se atribuye una composición.

Sargón no tuvo un reinado tranquilo: él y su dinastía tuvieron que enfrentarse a unos poderosos invasores, los gutis, unos montañeses semibárbaros. Los acadio-sumerios lo creyeron un justo castigo de los dioses: “Enlil hizo descender de las montañas a aquellos que no se parecen a ningún otro pueblo ni son considerados parte de la Tierra, a los gutis, un pueblo con inteligencia humana pero con instintos de perro y apariencia de monos que, en gran número, como los saltamontes, cubrieron la tierra”.

Acad quedó arrasada y el imperio acadio desapareció: los arqueólogos documentan un fin repentino de las reliquias de la civilización y la Lista Real Sumeria apenas cuenta que fueron 157 los años de la dinastía de Sargón.

El Imperio acadio se desmoronó tras su cuarto sucesor, pero los guti fueron derrotados por la unión de las ciudades bajo del mando de Utu-hegal, de Lagash, que tras veinte años de lucha derrotaron y tomaron prisionero a Virigan, el último monarca guti. Una crónica babilónica, escrita probablemente trescientos años después de los sucesos, confirma que el dios Marduk arrebató el gobierno a los guti y se lo concedió a Utu-hegal, aunque debido a sus actos criminales el reino pasó a la ciudad de Ur.

Comienza entonces la Tercera Dinastía de Ur, creadora del imperio neosumerio, hacia el 2112 (aec), que en su momento de mayor auge abarcó gran parte de Mesopotamia, un vasto territorio que agrupaba Summer, Babilonia y los territorios comprendidos entre las cuencas de ambos ríos hasta Mari y Assur. Su rey, Ur-Nammu, se presenta como un liberador y, en el prólogo a las leyes que ordenó escribir, probablemente en una estela de piedra que no ha llegado hasta nosotros, se describe como un monarca amable y piadoso y afirma que protegió al débil frente al poderoso: “No entregué el huérfano al rico. No entregué la viuda al poderoso… Eliminé la enemistad, la violencia y los gritos en busca de justicia. Establecí la justicia en el país”.

También se proclama como un elegido de los dioses, igual que hizo Sargón: “Ur-Namma, el poderoso guerrero, rey de la ciudad de Ur, rey de los países de Sumner y Acad, hijo de la diosa Ninsun”. Para ganarse el favor de las divinidades y de la población, mandó construir zigurats en al menos cuatro ciudades. El Gran Zigurat de Ur, cuyos restos reconstruidos aún pueden contemplarse, se emprendió durante su reinado. Tanto en Ur como en las otras ciudades sumerias se construía con adobe, una especie de ladrillo secado al sol, debido a la ausencia de canteras en la zona. Este tipo de construcción no permitía levantar edificios que duraran siglos y cuando se estropeaban se volvía a construir sobre ellos hasta que se convertían en auténticas colinas artificiales o ‘tells’, sobre los que se alzaban los templos y los palacios. También los zigurats eran de adobe, aunque algunas de sus paredes se revestían con ladrillos de cerámica vidriada que les hacían más resistentes y más ornamentales.

Ur-Nammu no consiguió ver el Gran Zigurat terminado y dejó a su hijo Shulgi el problema de cómo hacer algo extraordinario que le colocara por encima del resto de los hombres, prácticamente a la altura de un dios. La labor propagandística de su entorno fue fabulosa y aún hoy se conservan más de veinte himnos referidos a su gloria, que le presentan como gran rey y un gran guerrero, azote de sus enemigos, portador de prosperidad a su tierra y encarnación de la misma civilización sumeria.

A los himnos se añade la crónica de la espectacular y curiosa carrera que Shulgi realizó en el año siete de su reinado entre Nippur, centro religioso de Sumeria, hasta Ur, la capital del Estado. Fue y volvió en un día para oficiar el festival religioso ‘Eshesh’ en ambas ciudades. Dicen las tablillas: “Lo hice para que mi nombre se asentara en días venideros y no cayera nunca en el olvido, para que mi alabanza se extendiera a lo largo de la Tierra y mi gloria fuera proclamada en las tierras extranjeras, yo, el veloz corredor, convoqué mi fuerza y para probar mi velocidad, mi corazón me impelió a hacer un viaje de ida y vuelta de Nippur a Ur”.

Los espectadores se reunieron a lo largo de la ruta para ver su rey correr más veloz y cubrir una mayor distancia que un mensajero del imperio. Llega al templo de Ur y oficia el sacrificio de bueyes y corderos mientras resuenan los tambores y los instrumentos de viento. Y regresa a Nippur “como un halcón”. Se desencadena una tormenta en la que chocan los vientos del norte y del sur y los rayos colisionan en el cielo; temblaba la tierra, y caía granizo sobre su espalda. Pero siguió corriendo, como un “fiero león” o como “un asno en el desierto” y alcanzó Nippur antes del anochecer.

Hacia el comienzo del segundo milenio se produjo una etapa de anarquía general con la amenaza de nuevas invasiones, entre ellas la de los amorreos, pueblo seminómada procedente posiblemente de los desiertos de Arabia. Shulgi había construido un muro alrededor del territorio de más de 250 kilómetros para contenerlos y su sucesor ordenó su refuerzo pero continuaron los ataques.

El intercambio de bienes se paralizó y llegó incluso la hambruna a Ur, cuyo rey pidió ayuda al general Ishbi-Erra, a cargo de la zona norte del país, pero éste no hizo caso. La ciudad vecina de Larsa, a cuarenta kilómetros, fue conquistada por un líder tribal amorreo. Los elamitas, llegados del sur de la meseta iraní, se apoderaron de Ur, se llevaron sus dioses y se establecieron en algunas zonas del sur de Mesopotamia. Fue entonces cuando Summer desapareció de la historia pero perseveró como el estrato de la gran civilización que le sucedió: Babilonia.

Lecturas

Paul Kriwaczek, ‘Babilonia. Mesopotamia: la mitad de la historia humana’, Ariel, 2010

Amanda H. Podany, El antiguo Oriente Próximo, Alianza, 2014

Joseph M. Walker, Antiguas civilizaciones de Mesopotamia, Edimat, 2002

Sumeria: las primeras ciudades

La civilización nació en Eridu, una ciudad situada en el extremo sur de Mesopotamia, aunque primero fue la agricultura, introducida lentamente entre el décimo y el séptimo milenio a.e.c. (antes de la era común) en una amplia franja de tierra en forma de media luna que recibe el nombre de Creciente Fértil y cuyos cuernos están constituidos por el Levante (los actuales Siria, Líbano e Israel) y la Mesopotamia (el actual Irak).

El Creciente Fértil tiene como centro la “tierra entre los dos ríos”, el Éufrates y el Tigris, un lugar en el que siempre han convivido múltiples etnias. Hace unos seis mil años, llegaron en gran número los sumerios, un pueblo procedente quizá del Turquestán, creativo y tenaz, que se mezcló con los antiguos pobladores y que actuó como catalizador de la revolución urbana.

Pero primero se constata un gran impulso de la la agricultura. Para soslayar las brutales sequías y las crecidas impetuosas de los ríos, los habitantes de Mesopotamia crearon una tecnología que les permitía la realización de grandes obras públicas para asegurar el regadío de las tierras de labor y para facilitar la tarea se inventó el arado y después la tracción animal. Los excedentes agrícolas permitieron alimentar a dioses y a sacerdotes y a gran cantidad de artesanos y especialistas que forman el tejido de la ciudad, que no es ya una simple aglomeración de campesinos en un poblado, sino un complejo organismo social, en el que los individuos realizan funciones distintas y especializadas, desde los alfareros a los metalistas o a los comerciantes.

Son las primeras ciudades: Eridu, Uruk, Nippur, Kish y Ur. Desde antes del 4000 aec y durante los quince siglos siguientes, las gentes de Eridú y de sus alrededores sentaron los cimientos de lo que hoy llamamos civilización. Con ellas llegaron la división del trabajo, las religiones organizadas, la construcción de monumentos y la ingeniería civil, la escritura, las invenciones, los descubrimientos y la ley. También la ideología del progreso, de que era posible mejorar el pasado, pero también la desigualdad, la jerarquía, el despotismo y la guerra organizada.

Con el éxito económico se complicó la contaduría burocrática y comercial. Había que registrar la producción y los excedentes y es entonces cuando surgen los primeros balbuceos de la escritura, que sirve para extender la memoria y el control sobre las transacciones económicas y administrativas. Lo demás, afortunadamente, será literatura. Los sumerios no sólo habían conservado su lengua, sino que se había convertido en la más importante de la región y hacia el tercer milenio, cuando surge la escritura, todos los escribas escriben en sumerio.

En el tercer milenio las ciudades de Sumeria se protegen con grandes murallas fortificadas y, junto con la comarca que les rodea, constituyen una ciudad Estado, posesión del dios que vivíe en el templo principal, administrada como un organismo centralizado. Durante todo el tiempo que duró Mesopotamia se creía que cada ciudad había sido fundada por una divinidad concreta como si fuera su hogar terrenal. Los nombres de las ciudades se escribían con un signo que denotaba “dios”, un signo para el nombre del dios y un signo para el lugar. Nippur se escribió como DIOS.ENLIL. LUGAR y Uruk como DIOS.INANNA.LUGAR.

La divinidad celebrada en la ciudad de Eridu sería recordada como la inspiradora de la civilización. Su nombre era Enki, señor de la tierra, y se le reconocía como el dios que trajo la civilización a la humanidad y el guardián de las normas. Pero anteriormente fue el lugar de Ea, el espíritu del abismo, el remolino de las aguas, y su esposa era Dakina, la tierra y ambos constituían los elementos con los que se creó el mundo.

A sesenta y cinco kilómetros de Eridú, en el otro lado del río Buranum se produjo otro asentamiento en torno a un templo. Primero se lo conoció como Unug y luego como Uruk, la primera gran ciudad, que en el cuarto milenio aec era más grande en tamaño y población que la Atenas de Pericles o la Roma republicana de tres milenios después. Según relatos posteriores y restos arqueológicos, la actividad y la vida social eran intensas y, además de bellas construcciones, santuarios, lugares de reunión y jardines, sus habitantes se trasladaban por canales de agua en pequeños barcos, como en una Venecia del desierto.

La ciudad de Uruk estaba consagrada a la gran diosa, celebrada bajo el nombre de Inanna, que gobernaba también, en una época de enfermedades, plagas y elevadísima mortalidad, sobre el sexo y la fertilidad. Una civilización, dice Paul Kriwaczek en su libro “Babilonia”, no puede darse sin un grado de libertinaje y los antiguos mesopotámicos creían que el sexo y la vida en la ciudad iban emparejados y que la represión sexual y la moral conservadora de los campesinos aplastaban la creatividad y la imaginación de la gran ciudad. Uruk era conocida por sus cortesanas y prostitutas, por sus homosexuales y por sus travestis.

Seguro que no había nada más atractivo y al mismo tiempo más detestable que Uruk y lugares semejantes para las tribus dispersas de pastores nómadas, que hablaban dialectos semíticos emparentados entre sí, y habitaban los márgenes del Creciente Fértil, en el desierto inhóspito, ayuno de agricultura y de ciudades. Esos pastores nómadas, antepasados de los israelitas, fueron llamados “amurru” (occidentales) en Mesopotamia porque venían del oeste. Hacia el 2000, cuando Sumer gozaba de una nueva época de esplendor bajo el reinado de la tercera dinastía de Ur, la ciudad cayó en manos de los amurru. Algunos de ellos se sedentarizaron y pasaron a formar parte de la ciudad. Otros continuaron ofreciendo sus servicios en la frontera, a veces robando o saqueando, y transitando con sus rebaños de cabras y ovejas por el desierto.

Hacia el siglo XIII aec se habían establecido en sucesivas oleadas en Canaán y su modo de vida nómada o seminómada era ya un anacronismo. Ellos mismos sentían la necesidad de asentarse sobre tierras propias, deseo que se plasmó en una serie de leyendas sobre la promesa que el dios familiar de sus patriarcas ancestrales les había hecho, la concesión de tierras propias, mito central de la religión judía. Este pacto lo suscribe Yahvé con Abraham, que vivió en Ur y luego en Harán, pero que marcha hacia Canaán por orden de su dios, que dará a su descendencia el dominio de las tierras “desde el río de Egipto hasta el Éufrates”, a cambio de una obediencia ciega y de la circuncisión de todo varón a los ocho días de su nacimiento.

El libro del Génesis contiene las leyendas de la época en que los protoisraelitas eran pastores nómadas y fueron escritas y reelaboradas ya en Canaán. Y también contiene una referencia que va más allá, al principio de todo, al dramático cambio que supuso la agricultura y lo hace con la maldición que Yhavé dirige a Adán y a Eva al expulsarles del Paraíso: “Maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan”.

La revolución agrícola amplió la suma total de alimentos, pero no se tradujo en una dieta mejor o en más tiempo libre. La vida se hizo más difícil para los agricultores, pero lo que perdieron como individuos, lo ganaron como especie porque el cultivo de plantas y la domesticación de animales causó una revolucionaria explosión demográfica llevando al hombre a una multiplicación exponencial como nunca se hubiera visto. Yuval Noah Harari, en “De animales a dioses”, califica la revolución agrícola como “el mayor fraude de la historia”: el hombre ganó en inseguridad, el trabajo se convirtió en extenuante, la dieta era más pobre y para colmo surgieron enfermedades y plagas hasta ese momento desconocidas. Pero logró multiplicarse y poblar la tierra y dominar la naturaleza.

Los contactos de los israelitas con los estados mesopotámicos fueron intensos y no sólo recogen, deformándolas para crear su propio relato, las leyendas del Diluvio o la torre de Babel, sino también nombres y lugares. La Biblia menciona Ur como patria de Abraham, pero también Uruk, a la que llamaron Erech, y a Enki se le nombra en el Génesis como hijo de Caín con el nombre de Henoc. Yhavé condenó a Caín a una errancia sin reposo, pero le permitió construir una ciudad que le sirviera de refugio a él y a todos los desterrados, un lugar que es el mal en sí mismo, donde viven los demonios y otros dioses y donde reina la lujuria y se hace escarnio de los justos. La ciudad es el compendio de todo lo que detesta una cultura nómada que rechaza la construcción de un templo porque prefiere llevarlo consigo, el Arca de la Alianza, un santuario en miniatura que acompaña a los patriarcas y a sus rebaños en sus continuos desplazamientos por el desierto. Hasta la construcción de Jerusalén, la ciudad sagrada.

Lecturas

Paul Kriwaczek, Babilonia, Ariel 2010

Yuval Noah Harari, De animales a dioses, Debate. 2014