Venecia, un turbio pasado

Ciudad melancólica que arrastra pesares antiguos, dice Jan Morris, su mejor biógrafo. Todo empezó cuando las islas de la laguna se convirtieron en refugio de las invasiones bárbaras; cuando, aún envueltas en la bruma de los mitos y de la malaria, acogieron a sus nuevos habitantes que, desposeídos de todo en su huida, fundaron aldeas, habitaron covachas y obtuvieron de los marjales y de las radas cenagosas sus dos únicas riquezas: la pesca y la sal.

Según las crónicas antiguas, la fundación de Venecia tuvo lugar el 25 de marzo del año 421 a las doce del mediodía exactamente; era viernes. Pero, como entidad política surgió en el siglo IX tras la guerra entre bizantinos y francos y después de un tratado de paz con Carlomagno. Se metió en negocios y no le fue nada mal el de los productos de lujo procedentes de Oriente y el de las manufacturas europeas con los que traficó desde el lugar privilegiado, cruce entre dos mundos, que ocupaba; primero se adueñó del Adriático, luego del Mediterráneo oriental y, finalmente, de las rutas comerciales orientales con Persia, la India y China, mientras Europa permanecía en su retaguardia.

Venecia se coronó como señora del mar y en recuerdo de estas bodas regias y del dominio perpetuo de la ciudad sobre el Adriático, el dux, en representación de la Serenísima y acompañado por una procesión de embarcaciones engalanadas, se hacía llevar a bordo de la galera ceremonial, la Bucintauro, hasta el Lido, un año tras otro. En el puerto, erguido sobre la popa de la nave capitana, el dux derramaba agua bendita sobre el mar y arrojaba un anillo de diamantes bendecido por el patriarca, al tiempo que exclamaba en voz alta: “¡Nos desposamos contigo, mar nuestro, en señal de verdadero y eterno dominio!”.

La costumbre, que en principio era una libación antes de la batalla, dio comienzo en el año 997, cuando el dux Pietro Orseolo derrotó a los primeros enemigos marinos de la República, los dálmatas -o piratas, según opinión de los venecianos- y se transformó en un impresionante acontecimiento anual que simbolizaba el poderío naval de Venecia y que se representó con toda su fastuosidad a lo largo de veinte generaciones. Uno de los anillos arrojado al mar fue hallado en el interior de un pez y ahora se encuentra en el Tesoro de la Basílica de San Marcos.

Refugiados primero y luego incansables amasadores de fortuna y dueños de las rutas que conectaban con el Oriente, los poderosos venecianos fueron temidos y despreciados por sus vecinos, sus aliados y sus enemigos. En su haber hay que reconocerles que nunca fueron hipócritas y que trataron las guerras contra el Islam como cualquier otra expedición comercial destinada al lucro. Nunca pretendieron justificar sus acciones.

Con motivo de la cuarta cruzada a Oriente, en 1202, se firmó un contrato de alquiler de barcos con Venecia para trasladar a los ejércitos francos a cambio de 85.000 marcos de plata, pagaderos a plazos, más la mitad del botín, condiciones exigidas por el dux Enrico Dandolo, prácticamente ciego y casi nonagenario, que se empeñó en comandar la flota personalmente. Más de treinta mil hombres del ejército franco acampó en la isla del Lido, pero llegado el momento de partir, no tenían dinero para pagar. Los venecianos plantearon sus exigencias: les transportarían a Tierra Santa pero por el camino debían someter una o dos colonias venecianas rebeldes de la costa de Dalmacia. No fueron sólo una ni dos y ni se dirigieron a Tierra Santa, sino a la misma Constantinopla, a cuyo emperador depusieron. Al mando del viejo y ciego dux en persona, cayeron sobre las cuatrocientas torres de la ciudad, cargaron los barcos de botín y se dividieron el Imperio entre los asaltantes.

Por un simple incumplimiento de contrato, los venecianos se convirtieron en los dueños de “un cuarto y la mitad de un cuarto del Imperio romano”. Obtuvieron la soberanía de Lacedemonia, Durazzo, las Cícladas, las Espóradas y Creta, y volvieron a casa cargados de suntuosos objetos robados el palacio imperial de Constantinopla, muchos de los cuales aún permanecen en San Marcos, como el más notable de ellos: los caballos de bronce de tamaño real procedentes del Hipódromo.

De las iglesias de Constantinopla se llevaron las reliquias de los santos. No era su primer robo de esta índole. Hacia el año 828 unos mercaderes venecianos robaron los huesos de Marcos, uno de los evangelistas, en Alejandría. Los metieron en un barril, los cubrieron con carne de cerdo y pasaron su carga de contrabando por los controles aduaneros de los musulmanes, que se negaron a rebuscar bajo al carne porcina. San Marcos fue depositado en una pequeña capilla que se convirtió en gran basílica en el siglo XI.

Siglos después hicieron otro tanto: desesperados por una de tantas epidemias pestíferas que asolaban la ciudad, los venecianos robaron el cuerpo de San Roque en Montpellier, venerado por su eficacia contra la peste.

La creencia en la protección de los santos hizo de los venecianos unos auténticos depredadores y acumuladores de reliquias. Baste recordar las accidentadas relaciones entre la catedral de San Donato y la ya desaparecida iglesia de Santo Stefano, en la isla de Murano. Ambas rivalizaron durante siglos por la posesión de una rótula, un fémur o cualquier otra parte de un cuerpo santificado. Iban haciéndose con estos objetos hasta que un día la catedral anunció que los cruzados venecianos habían traído y donado el cuerpo del mismísimo san Donato, obispo de Eubea, junto con los huesos del dragón que mató en Cefalonia de un escupitajo y que hoy en día se pueden contemplar colgados detrás del altar mayor.

El clero de Santo Stefano tardó casi doscientos años en conseguir superar a su adversario: en 1373, su abad anunció que se había descubierto en la cripta de la iglesia un cargamento de doscientos cadáveres sagrados, nada menos que los mismísimos Santos Inocentes asesinados por el rey Herodes.

Las guerras de las reliquias y el fervor que despertaban era común en la Europa cristiana, pero en Venecia adquiere un tono algo exagerado, obsesivo. Una vena exótica y enloquecida dibuja las fachadas de sus edificios con una desquiciada colección de animales, desde cangrejos a víboras y monstruos imposibles, así como leones por doquier -solamente en la entrada principal del Palacio Ducal hay 75 figuras del rey de la selva- y por mucho que sea el patrón totem de la ciudad, cualquier observador puede concluir que los venecianos durante mucho tiempo perdieron la noción de la medida de las cosas, tal vez como forma compensatoria por el exceso de racionalidad y cálculo que exige el comercio, con sus balances de beneficios y pérdidas, en fin, la práctica capitalista tan veneciana.

Tal vez por esta tolerancia, el amor al lujo o los gustos voluptuosos de los que hicieron gala, y la devoción a ritos exagerados y costumbres inusuales, los habitantes de Venecia sienten cierta complacencia hacia los excéntricos que, en gran número, se sienten atraídos por la ciudad y su laguna. Podemos imaginar a Byron, hombre de hábitos pintorescos, volviendo a la casa a nado por el Gran Canal después de una soirée, mientras su criado, tras él, viaja en una góndola con su ropa; a Nietzsche paseando por la Plaza de San Marcos, contemplando el paseo y el vuelo de las palomas mientras su mente dibujaba a Zarathustra y a Frederick Rolfe, el barón Corvo, paranoico y arrogante, que hizo de Venecia el último escenario de su vida.

Posiblemente la más espectacular de las conductas correspondiera a la riquísima milanesa Luisa Casati, icono de la Belle Époque y amante de D’Annunzio, famosa por sus performances, veladas orientales y bailes de disfraces con los que se entretenía en el Palacio Venier dei Leoni, en el Gran Canal de Venecia. El palacio, que pasó a ser propiedad de Peggy Guggenheim, exhibía pájaros mecánicos que cantaban en jaulas doradas, estatuas clásicas cubiertas de pan de oro y un pavo real blanco del que se encargaba día y noche un sirviente para que posara quieto en el alfeizar de una ventana. Por las noches, Luisa Casati paseaba por la plaza de San Marcos, acompañada de un lacayo negro provisto de antorchas que le iluminaba el camino por el que, completamente desnuda bajo su voluminoso abrigo de piel, avanzaba con paso regio al ritmo de sus dos guepardos.

Puede que el dominio del mar y sus rituales de grandeza, el exceso en todo y la decadencia tras su pérdida, la ausencia de pudor, el exhibicionismo y la excentricidad, las huellas del paso del tiempo y una inevitable percepción de melancolía y de profunda tristeza, haya convertido a Venecia en lo que es: una ciudad dramáticamente bella.

Lecturas

-Jan Morris, “Venecia”, RBA, 2012

-María Belmonte, “Peregrinos de la belleza. Viajeros por Italia y Grecia”, Editorial Acantilado, 2015.

– Pedrag Matvejevic, Breviario mediterráneo, Destino, 2006.

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