La última peste del Mundo Antiguo: la plaga de Justiniano

En julio del 541 llegaron a Alejandría noticias acerca de una epidemia en la localidad portuaria de Pelusio, situada en el lado oriental del delta del Nilo; dos meses después ya se había aposentado en Alejandría, donde residían los más famosos médicos de la época, que nada pudieron hacer porque ni siquiera ellos podían prescribir una cura eficaz para la peste ni evitar su transmisión.

Los bultos negros, conocidos como bubones, atormentaban las ingles, axilas y la parte posterior de las orejas de las víctimas. Inflamados de fiebre, morían, muchos de ellos tirados en la calle, con el vientre hinchado y la boca abierta de par en par vomitando torrentes de pus. Nadie los enterraba por miedo al contagio, que se extendía inexorablemente.

Ya nadie duda de que la Yertsinia pestis fue la causante de la pestilencia de la década de 540 y, de acuerdo con la descripción de los síntomas que hizo el cronista Procopio de Cesarea, una de las cepas podría haber sido neumónica, la más mortífera e infecciosa de todas. La bacteria (aislada por el epidemiólogo francés Alexandre Yersin en 1894 en la epidemia de Hong Kong)se adaptó a vivir en las pulgas hace miles de años pero se convirtió en una enfermedad virulenta y letal tiempo después; originalmente no era tan mortífera pero una mutación genética, ocurrida antes de la pandemia del siglo VI, la convirtió en la causa de la muerte de un 60% de la población del Imperio Romano de Oriente.

En el otoño de 541 la peste llegó a Constantinopla, la capital. Al principio solo morían los pobres, pero enseguida la peste llegó a los palacios e incluso Justiniano enfermó, aunque sobrevivió. Las calles de la ciudad quedaron desiertas de vivos. Morían de la peste, pero también de inanición por pura hambruna; el único negocio que subsistía era el enterramiento de los cadáveres.

Justiniano en un principio ordenó lanzar los cadáveres al mar pero ante la enormidad del número y el peligro del remedio, se optó por enterrar a los muertos en grandes agujeros excavados a tal propósito en el Cuerno de Oro: se depositaba una fila de ellos y se cubrían con una capa de tierra para inmediatamente volver a colocar más muertos hasta que ya no cabían más; entonces “se los pisaba con los pies y se les aplastaba como si fueran uvas estropeadas”, cuenta Juan de Efeso.

Tras cuatro meses, la peste perdió su virulencia y en el otoño del año 542 desapareció de Constantinopla, no sin que antes hubiera fallecido el cuarenta por ciento de una población de cerca de seiscientas mil personas; la plaga fue tan virulenta que en su peor momento causaba la muerte a once mil personas cada día en la capital. La enfermedad siguió su curso y se extendió por todo el Imperio de Justiniano. Se trasladó a Asia Menor, a Jerusalén, Antioquía, Sicilia y cubrió un territorio enorme, desde España a los países nórdicos. Durante dos siglos apareció de forma intermitente y siguió diezmando poblaciones.

El número de muertos fue de tal magnitud que apenas quedaron artesanos, comerciantes y campesinos. Tan escasa era la mano de obra disponible que los pobres se atrevieron a exigir a los ricos lo que antes ni soñaban. Tres años después de la erradicación de la peste en Constantinopla, Justiniano promulgó un edicto en el que prohibía que cualquier trabajador tuviera un salario superior al que tenía antes de la aparición de la enfermedad. Pero los salarios siguieron creciendo porque, además de muertos la enfermedad dejó graves secuelas en muchos de los vivos: las labores del campo y las industrias se vieron privadas de mano de obra y muchas se abandonaron.

Pablo el Diácono describe así la campiña italiana: “El mundo parecía haber regresado al silencio primigenio, pues en los campos no se oían voces ni se escuchaban los silbidos de los pastores. Los lugares donde una vez vivieron los hombres se habían convertido en madrigueras de animales salvajes”. Se calcula que desde que se detectó en Pelusio -un importante puerto comercial al que arribaban los barcos cargados con mercancías de diversas partes del mundo, amén de ratas- hasta dos siglos después, la ‘peste de Justiniano’ causó entre treinta y cincuenta millones de muertos, una cifra que equivalía a la mitad de la población del mundo conocido.

Se sucedieron las lecturas apocalípticas y se llegó a aceptar que fuera un acto de venganza divina por los pecados de la población. Algunos creyeron que la peste fue solo un heraldo que anunciaba el fin de los tiempos. En diciembre de 557 un terrible terremoto arrasó la ciudad y removió los cimientos de la catedral Hagia Sophia; en la primavera siguiente, la cúpula se derrumbó. Dos años después un ejército de bárbaros cruzó el Danubio congelado y amenazó a la propia Constantinopla y desde el otro lado del gran río, nómadas de las estepas, los crueles avaros, exigían exorbitantes cantidades de dinero a cambio de quedarse donde estaban. Sobre Italia cayó en el 568 el pueblo de las largas barbas, los lombardos, que acabaron con el control imperial de Constantinopla, que apenas se sostenía en Rávena y en Roma.

La peste que abandonó Constantinopla siguió golpeando en diferentes lugares hasta el año 750. Pese al tiempo transcurrido desde el primer brote violento, la capital bizantina no se recuperó y doscientos años después apenas contabilizaba cien mil habitantes, una cuarta parte de lo que había sido. La enfermedad, que contribuyó de manera decisiva a la desaparición del poder bizantino en la parte occidental del Imperio Romano también sembró la bases del colapso del dominio sasánida. Los nómadas que, por lo general, habían demostrado ser inmunes a la plaga superaban en número a las guarniciones locales y se lanzaron sobre lo que quedaba del inmenso territorio que llegó a gobernar Justiniano, convertido en un territorio de aldeas abandonadas y conquistado previamente por la maleza.

Profetas judíos y cristianos habían pronosticado que hordas temibles y salvajes, comandadas por Gog y Magog, descenderían sobre el pueblo de Dios como una nube de langostas cubriendo la tierra en vísperas del fin del mundo. Los cristianos de los primeros tiempos, que habían recogido la profecía de Ezequiel de la Biblia, identificaron estos nombres como los de tribus del centro de Asia y luego con todos aquellos pueblos que pudieran amenazar la existencia del Imperio Romano.

El historiador judío Flavio Josefo, en la misma línea que los cristianos, había identificado a los descendientes de Magog como escitas y los había relacionado con una antigua leyenda, la del descubrimiento por Alejandro Magno de un paso de montaña en el Cáucaso, que selló con “puertas de hierro” para retrasar el Fin de los Tiempos, que se anunciaría con la aparición de estos pueblos en las fronteras de occidente. Dos siglos después, en el III, aparece en el ‘Pseudo-Calístenes’ el conquistador macedonio visitando tierras asombrosas y pueblos impuros. Sobre esas leyendas surgió, en estos tiempos de calamidades del siglo VI una nueva versión: las puertas de hierro, ahora recubiertas de bronce, habían encerrado a los pueblos de Gog y Magog y Alejandro, sobre quien “descansaba el Espíritu del Señor”, las había construido por indicación directa de un ángel. En el siglo de la peste y de los terremotos, los cerrojos de Alejandro estaban empezando a ceder.

La peste iniciada en el 540 remitió en algunos sitios durante un tiempo pero apareció en otros, al azar. En la Pascua del año 600 regresó a Galilea y se extendió por toda Palestina. Al igual que ocurriera en la frontera norte del Imperio bizantino, la falta de soldados y la disminución de las rentas públicas para mantener las guarniciones dejaron inerme al territorio de Siria, que cedió campos y ciudades a la muerte causada por la pestilencia.

A los males de la plaga se habían unido los de la violencia en ambos imperios, el bizantino y el persa. Tras varios años de inestabilidad y de golpes de estado contra la dinastía sasánida, Cosroes II quiso aprovechar la debilidad de Constantinopla y en sus manos cayeron a partir del 605 la fortaleza de Daras y las ciudades de Amida y Edesa. Su ejército llegó hasta Éfeso y en el 615 la totalidad de Siria y Palestina le pertenecían y, aunque fue derrotado quince años después por el emperador Heraclio, que consiguió recuperar la Vera Cruz que había sido robada por el ejército del general Sharbaraz en el sitio de Jerusalén, no se apagó en las mentes de las gentes el terror al fin de los tiempos generado por la peste, el hambre y la guerra.

Para los persas los años subsiguientes fueron los de los Últimos Días que auguraba su religión, el zoroastrismo, que tanto había influido en las narraciones apocalípticas de los judíos y, por consiguiente, de los cristianos. El Magog de los sasánidas fue el Islam, que se encontró con un país exhausto, dividido y sin ninguna estructura militar que pudiera hacerle frente. Tras la gran derrota de la batalla de Nihavand en el 642 cayó el Imperio sasánida, el territorio en su mayor parte fue absorbido por el Califato Omeya y ya no hubo más shahanshad, ‘rey de reyes’.

Lecturas

-Tom Holland, A la sombra de las espadas, Editorial Planeta, 2014

-Pseudo Calístenes, Vida y hazañas de Alejandro de Macedonia (Traducción de Carlos García Gual), Editorial Clásica Gredos.

Glanville Downey, Constantinople in the Age of Justinian, Norman Books, 1960

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